<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680</id><updated>2011-11-17T14:23:47.627-08:00</updated><category term='E.T.A. Hoffmann'/><category term='Edward W. Ludwig'/><category term='John William Polidori'/><category term='Fritz Leiber'/><category term='Fred Saberhagen'/><category term='Robert Silverberg'/><category term='Anthony Boucher'/><category term='Christopher Anvil'/><category term='Norman Spinrad'/><category term='Robert F. Young'/><category term='Jacques Sternberg'/><category term='Fredric Brown'/><category term='Alfred Bester'/><category term='R. A. 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Westlake'/><category term='Alan Nelson'/><category term='Robert Sheckley'/><category term='Roald Dahl'/><category term='H.P Lovecracft'/><category term='Alan Barclay'/><title type='text'>Entra al Mundo de la Ciencia Ficción</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>Noche Eterna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13605232014348570180</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='14' src='http://3.bp.blogspot.com/-4hwrsne9sog/TsWJV9uoeOI/AAAAAAAACm0/hbMqWAZVPgE/s220/ojos.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>152</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680.post-2740746121580970375</id><published>2011-11-07T12:08:00.001-08:00</published><updated>2011-11-07T12:08:43.731-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Philip K. Dick'/><title type='text'>CÓMO CONSTRUIR UN UNIVERSO QUE NO SE DERRUMBE DOS DÍAS DESPUÉS -PHILIP K. DICK</title><content type='html'>Una vez escribí una historia sobre un hombre que fue herido y llevado al hospital. Cuando comenzaron a operarle descubrieron que era un androide, no un humano, pero él no lo sabía. Tuvieron que decírselo. De repente, el señor Garson Poole descubrió que su realidad consistía en una cinta agujereada que iba de bobina en bobina dentro de su pecho. Fascinado, comenzó a rellenar y a añadir nuevos agujeros. Inmediatamente, su mundo cambió. Una bandada de patos voló por la habitación cuando abrió un nuevo agujero en la cinta. Finalmente cortó la cinta por completo, y el mundo desapareció. De hecho, también desapareció para el resto de personajes de la historia… lo cual no tiene sentido, si lo piensas. A no ser que los demás personajes fuesen ficciones de su cinta de fantasía agujereada. Lo que yo supongo que eran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre fue mi esperanza cuando escribía novelas y relatos que preguntasen "¿Qué es la realidad?", encontrar algún día la respuesta. También era la esperanza de la mayoría de mis lectores. Pasaron los años. Escribí unas treinta novelas y un centenar de relatos, y todavía no entiendo qué es real. Un día una estudiante de Canadá me pidió que le definiese la realidad, para un trabajo que estaba escribiendo para su clase de filosofía. Ella quería una respuesta de una frase. Lo pensé y finalmente contesté, "La realidad es aquello que no desaparece cuando dejas de creerlo". Eso fue todo lo que pude conseguir. Esto se remonta a 1972. Todavía no he conseguido una respuesta más exacta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero esto es un problema de verdad, no sólo un juego intelectual. Porque hoy vivimos en una sociedad en la que falsas realidades son manufacturadas por los medios, gobiernos, grandes corporaciones, grupos religiosos y políticos – y existe el soporte electrónico por el que enviar estos pseudo-mundos a la mente del lector, el espectador, el oyente. A veces, cuando veo a mi hija de once años ver la televisión, me pregunto qué le están enseñando. El problema de la interpretación; considéralo. Un niño pequeño ve un programa de televisión hecho para adultos. Probablemente no entienda la mitad de lo que se dice o se hace en el programa. Quizás no entiende nada. Y el quid es, ¿cuán verídica es de cualquier forma esa información, incluso si el chico la entendiera? ¿Qué relación hay entre la situación normal de una comedia de televisión y la realidad? ¿Y qué hay de las series policíacas? Los coches están continuamente fuera de control, chocándose y ardiendo. Los policías siempre son los buenos, siempre ganan. No pases por alto este detalle: Los policías siempre ganan. Qué lección ésta. No deberías enfrentarte a la autoridad, e incluso si lo haces, saldrás perdiendo. La idea es, Sé pasivo. Y – coopera. Si el oficial Baretta te pide información, dásela, porque el oficial Baretta es un hombre bueno en el que se puede confiar. Él te quiere, y tú deberías quererle a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pues pregunto en mi obra ¿Qué es real? Porque incesantemente somos bombardeados con pseudo-realidades creadas por gente muy sofisticada que usa mecanismos electrónicos muy sofisticados. Yo no desconfío de sus motivos; desconfío de su poder. Tienen mucho de eso. Y es un poder sorprendente: el de crear universos enteros, universos mentales. Necesito saber. Yo hago lo mismo. Mi trabajo es el de crear universos, como base de una novela tras otra. Y los tengo que construir de tal forma que no se destruyan dos días después. O al menos eso es lo que mis editores esperan. De cualquier modo, os revelaré un secreto: me gusta construir universos que se destruyan. Me gusta ver cómo se despegan, y me gusta ver cómo los personajes de la novela luchan contra este problema. Amo el caos a escondidas. Debería haber más. No creáis – y hablo más serio que un muerto al decir esto-, no asumáis que el orden y la estabilidad son siempre buenos, en una sociedad o en un universo. Lo viejo, lo osificado, debe dejar pasar a la nueva vida y al nacimiento de nuevas cosas. Antes de que lo nuevo nazca, lo viejo debe morir. Es una comprensión peligrosa, porque nos dice que tarde o temprano debemos acabar con mucho de lo que nos es familiar. Y eso duele. Pero es parte del secreto de la vida. A no ser que nos podamos acomodar psicológicamente a los cambios, empezamos a morir sin remedio. Lo que estoy diciendo es que los objetos, las costumbres, los hábitos y los modos de vida deben morir para que los auténticos seres humanos puedan vivir. Y el auténtico ser humano, el que más importa, el útil, elástico organismo que puede rebotar para atrás, absorber, y combatir con lo nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto, yo diría esto, porque vivo cerca de Disneyland, y siempre están añadiendo nuevas atracciones y destruyendo las antiguas. Disneyland es un organismo que evoluciona. Durante años tuvieron el Lincoln Simulacrum, como si el mismo Lincoln no fuese más que una forma temporal cuya materia y energía se tomase y se perdiese. Lo mismo es cierto para cada uno de nosotros, guste o no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El filósofo presocrático griego Parménides enseñaba que las únicas cosas reales eran aquéllas que nunca cambiaban… y el filósofo presocrático griego Heráclito enseñaba que todo cambia. Si superpones estos dos puntos de vista, se obtiene este resultado: nada es real. Hay un fascinante paso siguiente en esta línea de pensamiento: Parménides pudo no haber existido nunca porque envejeció y murió y desapareció, así pues, de acuerdo con su propia filosofía, no existió. Y Heráclito pudo haber estado en lo cierto –No olvidemos esto; así que si Heráclito tenía razón, entonces Parménides existió, luego, según la filosofía de Heráclito, quizás Parménides tenía razón, pues Parménides cumplía todas las condiciones, el criterio, según las cuales Heráclito consideraba las cosas reales. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ofrezco esto simplemente para demostrar que tan pronto como empiezas a preguntarte qué es real en último término, empiezas a decir cosas sin sentido. Zen probó que el movimiento era imposible, (realmente él sólo creía que lo había probado; lo que demostró se llama técnicamente "teoría de los límites"). David Hume, el mayor escéptico de todos, una vez dijo que tras una reunión de escépticos llegó a proclamar la veracidad del escepticismo como teoría; todos los miembros de la reunión sin excepción salieron por puertas y ventanas. Veo lo que Hume quería decir. Sólo eran palabras. Ninguno de los solemnes filósofos se tomaba en serio lo que decían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero yo considero el hecho de definir lo que es real –que es un tema serio, incluso un tema vital. Y en algún lugar se encuentra el otro tema, la definición del hombre auténtico. Porque el bombardeo de pseudo-realidades rápidamente comienza a producir hombres de mentira, hombres falsos – tan falsos como los datos que les presionan desde todos los flancos. Mis dos temas favoritos son realmente uno sólo; se unen en este punto. Falsas realidades crearán falsos humanos. O falsos humanos crearán falsas realidades y se las venderán a otros humanos, volviéndolos a su vez falsificaciones de sí mismos. Así que nos encontramos con falsos humanos inventando falsas realidades y después colocándoselas a otros falsos humanos. Simplemente es una versión muy ampliada de Disneyland. Puedes tener el Paseo Pirata o el Lincoln Simulacrum o el Paseo Salvaje del Señor Toad – Puedes tenerlos todos, pero ninguno es de verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En mis escritos me interesé tanto por lo falso que finalmente alcancé una definición de falsas falsedades. Por ejemplo, en Disneyland hay pájaros falsos, que funcionan mediante motores eléctricos, que emiten graznidos y gorjeos cuando pasas junto a ellos. Supón que una noche todos nosotros nos colamos en el parque con pájaros de verdad y los cambiamos por los artificiales. Imagina el horror que los oficiales de Disneyland sentirían al descubrir el cruel engaño. ¡Pájaros de verdad! Y quizás algún día incluso hipopótamos y leones de verdad. Consternación. El parque siendo astutamente transmutado de lo irreal a lo real por fuerzas siniestras. De hecho, ¿te imaginas el Matterhorn convertido en una genuina montaña cubierta de nieve? ¿Y si todo el lugar fuese, por un milagro del poder y sabiduría de Dios, cambiado, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, en algo incorruptible? Tendrían que clausurarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el Timeo de Platón, Dios no creó el Universo, como el Dios de los cristianos; Simplemente se lo encuentra un día. Se halla en un estado de total caos. Dios comienza a trabajar para transformar el caos en orden. La idea me gusta, y la he adaptado para que supla mis propias necesidades intelectuales: ¿Y si todo el Universo comenzase como algo no tan real, como una ilusión, como la religión hindú enseña, y Dios, sin amor ni amabilidad para nosotros, lo está transformando lentamente, lenta y secretamente, en algo real?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No nos daríamos cuenta de esta transformación, pues no nos dimos cuenta de que nuestro mundo era una ilusión al principio. Técnicamente ésta es una idea gnóstica. El gnosticismo es una religión que unió a judíos, cristianos y paganos durante algunas cientos de años. Me han acusado de mantener ideas gnósticas. Supongo que lo hago. Hace algún tiempo me habrían quemado. Pero algunas de sus ideas me intrigan. Una vez, mientras buscaba gnosticismo en la Britannica, encontré una referencia a un código gnóstico llamado El Dios Irreal y los Aspectos de Su Universo Inexistente, una idea que me hizo reír inevitablemente. ¿Qué tipo de persona escribiría sobre lo que sabe que no existe, y cómo puede algo inexistente tener aspectos? Pero entonces me di cuenta de que había estado escribiendo sobre esos temas durante veinticinco años. Supongo que hay un gran margen en lo que puedes decir cuando escribes sobre algo que no existe. Un amigo mío publicó una vez un libro llamado Las serpientes de Hawai. Algunas bibliotecas le escribieron pidiendo copias. Bueno, no hay serpientes en Hawai. Todas las páginas de su libro eran nada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto, en la ciencia-ficción no hay pretensión alguna de que los mundos descritos sean reales. Es por lo que la llamamos ficción. Al lector se le ha advertido de antemano que no crea lo que está leyendo. Igualmente es verdad que los visitantes de Disneyland comprenden que el Señor Toad realmente no existe y que los piratas están animados por motores y mecanismos servoasistidos, relés y circuitos electrónicos. Así que no se produce ninguna decepción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero lo extraño es que, de algún modo, algún modo real, gran parte de lo que aparece bajo el título de "ciencia-ficción" es verdad. Puede no ser literariamente cierto, supongo. Realmente nunca hemos sido invadidos por criaturas de otro sistema estelar, como aparece en Encuentros en la Tercera Fase (Close Encounters of the Third Kind). Los productores de esa película nunca pretendieron que nos lo creyéramos. ¿O no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, más importante, si pretendían hacerlo, ¿es realmente cierto? Ahí está el quid: no, ¿lo creen el autor o el productor, pero – ¿Es verdad? Porque, por algún accidente, en la búsqueda de un buen argumento, un autor o productor o guionista de ciencia- ficción podrían adentrarse en la verdad… y sólo más tarde darse cuenta de ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La herramienta básica para la manipulación de la realidad son las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que debe usar esas palabras. George Orwell dejó esto bien claro en su novela 1984. Pero otro modo de controlar las mentes de las personas es controlar sus percepciones. Si puedes conseguir que vean el mundo como tú lo ves, ellos pensarán de la misma forma que tú lo haces. La comprensión sigue a la percepción. ¿Cómo consigues que vean la realidad como tú la ves? Después de todo, es sólo una realidad entre muchas. Las imágenes son un componente básico: escenas. Ésta es la razón por la que el poder de la televisión para influir mentes jóvenes es tan asombrosamente grande. Las palabras y las imágenes están sincronizadas. La posibilidad del control total del telespectador existe, especialmente en los telespectadores jóvenes. Ver la televisión es una forma de aprender mientras se duerme. Un electroencefalograma de una persona que está viendo la televisión muestra que tras aproximadamente media hora el cerebro decide que no está ocurriendo nada, y pasa a un estado de adormilamiento hipnótico, emitiendo ondas alpha. Esto se produce debido al poco movimiento ocular. Además, gran parte de la información es gráfica y por tanto pasa al hemisferio derecho del cerebro, en lugar de ser procesado por el izquierdo, donde se halla la personalidad consciente. Experimentos recientes indican que gran parte de lo que vemos en la pantalla de la televisión lo recibimos en una base subliminal. Sólo imaginamos que vemos lo que hay ahí. El grueso de la información elude nuestra atención; literalmente, tras unas horas de ver la televisión, no sabemos qué hemos visto. Nuestros recuerdos son falsos, como los de los sueños; el vacío se llena retrospectivamente. Y falsificado. Hemos participado sin saberlo en la creación de una falsa realidad, y entonces nos la hemos dado forzadamente a nosotros mismos. Hemos colaborado en nuestra propia perdición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y - y lo digo como un escritor profesional de ciencia-ficción - los productores, guionistas y directores que crean esos mundos audiovisuales no saben qué parte de lo que contienen es verdadero. En otros mundos, hay víctimas de sus productos, contando con nosotros. Hablando por mí mismo, yo no sé qué parte de lo que he escrito es verdad, o qué partes (si lo es alguna), son verdaderas. Ésta es una situación potencialmente letal. Tenemos ficción que imita a la verdad y verdad que imita a la ficción. Tenemos una peligrosa yuxtaposición, un peligroso borrón. Y con toda probabilidad no es deliberado. De hecho, esto es parte del problema. No se puede obligar a un autor a que etiquete su producto, como en una lata de pudding cuyos ingredientes están anotados en la etiqueta… no se le puede obligar a decir qué parte es verdad y cuál no si ni él mismo lo sabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es una experiencia sobrecogedora escribir algo en una novela, creyendo que es pura ficción, y ver más tarde – quizás años más tarde – que es cierto. Me gustaría poneros un ejemplo. Es algo que yo no entiendo. Quizás podáis alcanzar una teoría. Yo no puedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1970 escribí una novela llamada Fluyan Mis Lágrimas, Dijo el Policía. Uno de los personajes es una chica de diecinueve años llamada Kathy. Su marido se llama Jack. Kathy parece trabajar para el mundillo criminal, pero más tarde, según leemos más profundamente en la novela, descubrimos que realmente trabaja para la policía. Ella mantiene relaciones con un inspector de policía. El personaje es pura ficción. O al menos así lo creía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De cualquier modo, en el Día de Navidad de 1970, conocí a una chica llamada Kathy – esto fue tras terminar la novela, se entiende. Tenía diecinueve años. Su novio se llamaba Jack. Y pronto descubrí que Kathy era traficante de drogas. Pasé meses intentando conseguir que dejara de vender drogas; le estuve advirtiendo una y otra vez que la cogerían. Entonces, una tarde cuando entrábamos en un restaurante juntos, Kathy se paró y dijo, "No puedo entrar". Sentado en el restaurante había un inspector de policía al que yo conocía. "Tengo que decirte la verdad," dijo Kathy. "Estoy manteniendo relaciones con él".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ciertamente son extrañas coincidencias. Quizás hubo precognición. Pero el misterio se vuelve incluso más sorprendente; lo que sigue me desconcierta completamente. Lo ha hecho durante cuatro años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1974 la novela se publicó en Doubleday. Una tarde estaba hablando con mi sacerdote – soy episcopal – y se me ocurrió comentarle una importante escena de cerca del final del libro en la que el personaje Felix Buckman conoce a un extraño negro en una gasolinera nocturna, y comienzan a hablar. Según le describía la escena con más detalle, mi sacerdote estaba cada vez más agitado. Finalmente dijo, "¡Ésa es una escena del Libro de los Hechos, de la Biblia! En Hechos la persona que se encuentra al hombre negro se llama Philip – tu nombre". El Padre Rasch estaba tan sorprendido por el parecido que ni siquiera pudo localizar la escena en su Biblia. "Lee los Hechos", me dijo. "Y estarás de acuerdo. Es igual hasta en detalles específicos".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me fui a casa y leí la escena de los Hechos. Sí, el Padre Rasch tenía razón; la escena de mi novela era una obvia repetición de la escena de los Hechos… y yo nunca había leído los Hechos, debo admitirlo. Pero otra vez el puzzle es más complejo. En los Hechos, el alto oficial romano que arrestaba e interrogaba a San Pablo se llamaba Felix – el mismo nombre que mi personaje. Y mi personaje Felix Buckman es un coronel de policía de alto rango; de hecho, en mi novela él tiene el mismo oficio que el Felix del libro de los Hechos: la autoridad final. Hay una conversación en mi novela que se parece mucho a la conversación entre Felix y Pablo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno, decidí intentar encontrar otras similitudes. El personaje principal de mi novela se llama Jason. Conseguí un índice de la Biblia y miré a ver si alguien llamado Jason aparecía en algún lugar de la Biblia. No podía recordar ninguno. Bueno, un hombre llamado Jason aparece una vez y sólo una en la Biblia. Es en el Libro de los Hechos. Y, como para atormentarme aún más con las coincidencias, en mi novela Jason huye de las autoridades y se refugia en casa de una persona, y en Hechos el hombre llamado Jason aloja a un fugitivo de la ley en su casa – una inversión exacta de la situación de mi novela, como si un misterioso espíritu responsable de todo esto estuviese pasando un buen rato con ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Felix, Jason, y el encuentro en la carretera con el hombre negro que era un completo extraño. En Hechos, el discípulo Philip bautiza al hombre negro, quien entonces se aleja regocijándose. En mi novela, Felix Buckman se acerca al hombre negro para buscar apoyo emocional, porque la hermana de Felix Buckman acaba de morir y él está hundiéndose psicológicamente. El hombre negro aleja los espíritus de Buckman y aunque Buckman no se aleja regocijándose, al menos sus lágrimas han dejado de caer. Había volado a casa, lamentando la muerte de su hermana, y tuvo que acercarse a alguien, cualquiera, incluso un absoluto desconocido. Es un encuentro entre dos desconocidos en la carretera que cambia la vida de uno de ellos - tanto en mi novela como en Hechos. Y un apunte final para el trabajo del misterioso espíritu: el nombre Felix es la palabra latina para "feliz". Lo que yo no sabía cuando escribí la novela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un estudio cuidadoso de mi novela muestra que por razones que no puedo ni empezar a explicar me las había apañado para relatar algunos incidentes básicos de un libro particular de la Biblia, e incluso tomado los nombres correctos. ¿Qué podría explicar esto? Hace cuatro años que descubrí todo esto. Durante cuatro años he intentado llegar a una teoría y no lo he hecho. Dudo que llegue a hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el misterio no había terminado ahí, como yo había imaginado. Hace dos meses iba andando al buzón de correos por la noche para enviar una carta, y también para disfrutar de la vista de la Iglesia de San José, que se encuentra tras el edificio de mi apartamento. Vi a un hombre dando vueltas sospechosamente alrededor de un coche aparcado. Parecía que estaba intentando robar el coche, o quizás algo de su interior; cuando regresaba del buzón, el hombre se escondió tras un árbol. Por un impulso me acerqué a él y le pregunté, "¿Hay algún problema?"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Me he quedado sin gasolina," dijo el hombre. "Y no tengo dinero."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Increíblemente, puesto que nunca había hecho esto antes, saqué mi cartera, tomé todo el dinero de ésta, y se lo di. Entonces él me dio un apretón de manos y me preguntó dónde vivía, para que pudiese devolverme el dinero más tarde. Regresé a mi apartamento, y entonces me di cuenta de que el dinero no le serviría de nada, pues no había ninguna gasolinera donde ir andando. Así pues regresé, en mi coche. El hombre tenía una lata de gasolina de metal en el maletero de su coche, y, juntos, fuimos en mi coche a una gasolinera nocturna. Pronto estuvimos allí, dos desconocidos, mientras el encargado llenaba la lata de gasolina. De repente me di cuenta de que ésta era la escena de mi novela - la novela escrita ocho años atrás. La gasolinera nocturna era exactamente como yo la había visto en mi ojo interior cuando escribí la escena - la parpadeante luz azul, el encargado - y en ese momento observé un detalle que no había visto antes. El extraño al que estaba ayudando era negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuimos de vuelta a su coche cargados con la gasolina, nos dimos un apretón de manos, y entonces volví a mi edificio de apartamentos. No volví a verle. No podía devolverme el dinero porque yo no le había dicho cuál de los muchos apartamentos era el mío o cuál era mi nombre. Estaba demasiado asombrado por la experiencia. Había vivido literalmente una escena completa tal y como aparecía en mi novela. Lo que viene a ser, que viví una especie de réplica de la escena de los Hechos en la que Philip se encuentra con el hombre negro en el camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué podría explicar todo esto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La respuesta a la que he llegado puede no ser correcta, pero es la única que tengo. Tiene que ver con el tiempo. Mi teoría es: En cierto sentido, el tiempo no es real. O quizás es real, pero no como nosotros lo experimentamos o imaginamos que es. Yo tenía la aguda, abrumadora certeza (y todavía la tengo) de que a pesar de los cambios que vemos, una zona específica y permanente subyace bajo el mundo de cambio: y que esa invisible zona subyacente es la de la Biblia; éste, específicamente, es el periodo inmediatamente posterior a la muerte y resurrección de Cristo; éste es, en otras palabras, el periodo de tiempo del Libro de los Hechos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Parménides estaría orgulloso de mí. He observado un momento en continuo cambio y declarado que bajo éste subyace lo eterno, lo inalterable, lo absolutamente real. ¿Pero cómo hemos llegado a esto? Si el tiempo real es más o menos el 50 d.C., ¿por qué vemos el 1978 d.C.? Y si realmente estamos viviendo en el Imperio Romano, en algún lugar de Siria, ¿por qué vemos los Estados Unidos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante las Edad Media, surgió una curiosa teoría, que ahora os presentaré, pues merece la pena. Es la teoría de que el Maligno - Satán - es el "Mono de Dios". Que crea imitaciones falsas de la creación, de la auténtica creación de Dios, y que las cambia por la auténtica creación. ¿Ayuda esta extraña teoría a explicar mi experiencia? ¿Vamos a creer que estamos engañados, que estamos engatusados, que no es 1978 d.C. sino 50 d.C.... y que Satán ha entretejido una realidad simulada para menoscabar nuestra fe en el regreso de Cristo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me puedo imaginar siendo examinado por el psiquiatra. El psiquiatra dice, "¿En qué año estamos?" Y yo contesto, "50 d.C.". El psiquiatra parpadea y entonces pregunta, "¿Y dónde estás?" Yo contesto, "En Judea". "¿Dónde cuernos está eso?" pregunta el psiquiatra. "Es una parte del Imperio Romano", tendría que contestar. "¿Sabes quién es el Presidente?" preguntaría el psiquiatra, y yo contestaría, "El Procurador Félix". "¿Estás seguro de eso?" diría el psiquiatra, mientras hace una señal disimulada a dos enormes psicotécnicos. "Sí", tendría que contestar. "Excepto que Félix ha descendido y ha sido remplazado por el Procurador Festus. Ya ves, San Pablo fue capturado por Félix por -" "¿Quién le dijo todo eso?" interrumpiría el psiquiatra, irritadamente, y yo contestaría, "El Espíritu Santo". Y tras esto me encontraría en una habitación de goma, espiando fuera, y sabiendo exactamente cómo llegué hasta allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo en esa conversación sería cierto, en cierto sentido, pero palpablemente incierto en otro. Yo sé perfectamente bien que la fecha es 1978 y que Jimmy Carter es el Presidente y que vivo en Santa Ana, California, en los Estados Unidos. Incluso sé cómo llegar desde mi apartamento a Disneyland, un hecho que no parece que pueda olvidar. Y seguramente no existía ningún Disneyland en tiempos de San Pablo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pues, si me esfuerzo en ser muy racional y razonable, y todas esas otras cosas buenas, debo admitir que la existencia de Disneyland (que sé que es real) prueba que no estamos viviendo en Judea en el 50 d.C. La idea de San Pablo dando vueltas en las tazas gigantes mientras escribía las Primeras Cartas a los Corintios, mientras la televisión parisina le graba con una lente de fotografía - que simplemente no puede existir. San Pablo nunca se acercaría a Disneyland. Sólo los niños, turistas, y los altos oficiales visitantes soviéticos van a Disneyland. Los Santos no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero de algún modo ese material bíblico se introdujo en mi inconsciente y se coló en mi novela, e igualmente cierto, por alguna razón en 1978 reviví una escena que había descrito en 1970. Lo que estoy diciendo es esto: Hay una evidencia interna en al menos una de mis novelas de que otra realidad, una realidad inalterable, exactamente como Parménides y Platón sospecharon, yace bajo el mundo fenoménico visible de lo cambiante, y de algún modo, de alguna forma, quizás para nuestra sorpresa, podemos llegar a ella. O a lo mejor, un misterioso Espíritu puede ponernos en contacto con ella, si desea que veamos esa otra zona permanente. El tiempo pasa, miles de años pasan, pero en el mismo instante en que vemos este mundo contemporáneo, el mundo antiguo, el mundo de la Biblia, se halla junto a él, aún ahí y aún real. Eternamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Debo dar todo por perdido y contaros el resto de esta peculiar historia? Así haré, habiendo llegado tan lejos. Mi novela Fluyan mis lágrimas, Dijo el policía fue publicada por Doubleday en Febrero de 1974. La semana posterior a cuando fue publicada, me sacaron dos muelas de juicio picadas, bajo pentatol sódico. Más tarde ese día sufría un intenso dolor. Mi esposa telefoneó al dentista y él llamó a la farmacia. Media hora después llamaron a mi puerta: el recadero de la farmacia con la medicina para el dolor. Aunque estaba sangrando y mareado y débil, sentí la necesidad de abrir yo mismo la puerta. Cuando abrí la puerta, me encontré frente a una mujer - que llevaba un brillante colgante dorado en el centro del cual había un brillante pez de oro. Por alguna razón me quedé hipnotizado por el brillante pez dorado; olvidé el dolor, olvidé la medicina, olvidé por qué estaba la chica allí. Simplemente permanecí mirando fijamente el signo del pez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"¿Qué significa eso?" le pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La chica tocó el resplandeciente pez dorado con la mano y dijo, "Es un símbolo que llevaban los antiguos cristianos". Entonces me dio el paquete de medicinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento, mientras miraba fijamente el signo del brillante pez y oía sus palabras, repentinamente experimenté lo que más tarde descubrí se llama anamnesia – una palabra griega que significa, literalmente, "pérdida del olvido". Recordé quién era y dónde estaba. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, todo volvió a mí. Y no sólo pude recordarlo sino que pude verlo. La chica era una secreta Cristiana al igual que yo. Vivíamos temiendo que los romanos nos detectasen. Teníamos que comunicarnos con signos secretos. Ella sólo me había dicho eso, y era verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un corto tiempo, tan difícil es de creer o explicar, vi sombreando la vista los contornos de la negra prisión de los odiosos romanos. Pero, mucho más importante, recordé a Jesús, quien había estado con nosotros recientemente, y se había marchado temporalmente, y regresaría muy pronto. Mi emoción fue de placer. Nos estábamos preparando en secreto para recibirle de vuelta. No tardaría mucho. Y los romanos no lo sabían. Ellos creían que Él estaba muerto, muerto para siempre. Ése era nuestro gran secreto, nuestro agradable conocimiento. A pesar de las apariencias, Cristo iba a regresar, y nuestro asombro y anticipación no tenían fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿No es raro que este extraño suceso, esta recuperación de recuerdos perdidos, ocurriese sólo una semana después de que Fluyan mis lágrimas fuese publicado? Y es Fluyan mis lágrimas el que contiene la réplica de personas y hechos del Libro de los Hechos, que se sitúa en el momento preciso – justo tras la muerte y resurrección de Cristo – que yo recordé, gracias al símbolo del pez dorado, como si estuviesen teniendo lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si fueras yo, y esto te ocurriese a ti, estoy seguro de que no podrías dejarlo de lado. Buscarías una teoría que diese cuenta de ello. Desde hace ahora unos cuatro años, he estado probando una teoría tras otra: tiempo circular, tiempo congelado, tiempo atemporal, lo que se llama tiempo "sagrado" como contraste con el tiempo "mundano"… No puedo contar las teorías que he probado. Una constante ha prevalecido, aún así, durante todas las teorías. Indudablemente debe haber un misterioso Espíritu Santo que tenga una exacta e íntima relación con Cristo, que puede residir en las mentes humanas, guiarlas e informarlas, e incluso expresarse a través de esos humanos, incluso sin que se den cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante la escritura de Fluyan mis lágrimas, en 1970, hubo un extraño suceso que entonces reconocí como poco ordinario, que no era parte del proceso regular de escritura. Tuve un sueño una noche, uno especialmente vívido. Y cuando desperté me hallé bajo el deseo – la absoluta necesidad – de introducir el sueño en el texto de la novela exactamente como lo había soñado. Para hacer esto perfectamente, tuve que hacer once borradores de la parte final del manuscrito, hasta que estuve satisfecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El campo, marrón y seco, en verano, donde él había vivido de niño. Montaba un caballo, y aproximándose por su derecha una manada de caballos acercándose lentamente. En los caballos montaban hombres con brillantes ropajes, cada uno de distinto color; cada uno llevaba una coraza punteada que relucía con la luz del sol. Los lentos, solemnes caballeros le pasaron y según le adelantaban él se fijó en el rostro de uno: una vieja cara redonda, un terrible hombre viejo con rizadas cascadas de barba negra. Qué fuerte nariz tenía. Qué facciones más nobles. Tan cansado, tan serio, tan lejos de los hombres corrientes. Evidentemente era un rey. Felix Buckman les dejó pasar; él no habló con ellos y ellos no le dijeron nada. Juntos, todos se dirigieron a la casa de la que había salido. Un hombre se había encerrado en lo alto de la casa, un único hombre, Jason Taverner, en el silencio y oscuridad, sin ventanas, por sí mismo desde ahora hasta la eternidad. Sentado, simplemente existiendo, inerte. Felix Buckman siguió adelante, saliendo al amplio campo. Y entonces escuchó detrás suya un único grito terrible. Habían matado a Taverner, y viéndoles entrar, sintiéndoles en las sombras a su alrededor, sabiendo lo que pretendían hacer con él, Taverner había gritado. En su interior Felix Buckman sintió absoluta y completa aflicción. Pero en el sueño no volvía ni miraba atrás. No se podía hacer nada. Nadie habría podido detener la determinación de los hombres de trajes multicolores; no se les podría haber dicho que no lo hiciesen. De cualquier modo, eso ya había pasado. Taverner estaba muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este pasaje probablemente no os sugiere ninguna cosa en particular, excepto una legal determinación del juicio de alguien culpable o considerado culpable. No está claro si Taverner ha cometido de hecho un crimen o simplemente se cree que ha cometido algún crimen. Yo tuve la sensación de que era culpable, pero que era una tragedia que tuviese que ser asesinado, una triste tragedia terrible. En la novela, este sueño hace a Felix Buckman empezar a llorar, y entonces se encuentra con el hombre negro en la gasolinera nocturna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Meses después de que la novela se publicase, encontré la sección de la Biblia a la que se refiere este sueño. Es Daniel, 7:9:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...fueron colocados tronos y un anciano de días se sentó: su vestido era blanco como la nieve, los cabellos de su cabeza puros como la lana, su trono de llamas de fuego y sus ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría y se extendía delante de él. Millares y millares le servían y una miríada de miríadas estaba de pie ante él. El tribunal se sentó y los libros fueron abiertos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre del cabello blanco vuelve a aparecer en Apocalipsis, 1:13:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en medio de los candelabros al que es como Hijo del hombre, vestido de túnica talar, ceñidos los lomos con un cinturón de oro. Su cabeza y las hebras de su barba eran blancas cual lana blanca, como nieve, sus ojos como llamas de fuego. Y sus pies semejantes al bronce bruñido, como metales rusientes en la fragua. Y su voz como rumor de hinchado oleaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y después 1:17:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y viéndole, caí a sus pies como muerto. Y puso su diestra sobre mí, diciéndome: Cese tu temor. Yo soy desde siempre para siempre. Soy asimismo el viviente; y aunque estuve muerto, heme aquí vivo por los siglos de los siglos. Yo tengo las llaves de la Muerte y del Hades. Escribe, pues, lo que has visto, lo que es y lo que va a venir después de esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, como Juan de Patmos, anoté fielmente lo que vi y lo puse en mi novela. Y era verdad, aunque en su momento no supe a quién se refería esa descripción:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...él se fijó en el rostro de uno: una vieja cara redonda, un terrible hombre viejo con rizadas cascadas de barba negra. Qué poderosa nariz tenía. Qué facciones más nobles. Tan cansado, tan serio, tan lejos de los hombres corrientes. Evidentemente era un rey. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin duda era un rey. Es el mismo Cristo retornado, para juzgar. Y eso es lo que hace en mi novela: Él juzga al hombre encerrado arriba en la oscuridad. El hombre encerrado arriba en la oscuridad debe ser el Príncipe del Mal, la Fuerza de la Oscuridad. Llamadlo como queráis, su hora ha llegado. Fue juzgado y condenado. Felix Buckman pudo llorar la tristeza de esto, pero sabía que el veredicto no podía ser discutido. Y así pues él siguió cabalgando, sin dar la vuelta o mirar atrás, oyendo el grito de miedo y derrota: el grito del mal destruido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pues mi novela contenía material de otras partes de la Biblia, aparte de las secciones de los Hechos. Descifrada, mi novela cuenta una historia bastante diferente de la historia de la superficie (en la que no necesitamos introducirnos aquí). La historia real es simplemente ésta: el retorno de Cristo, ahora rey más que sirviente sufridor. Juez más que víctima de un juicio injusto. Todo está dado la vuelta. El mensaje central de mi novela, sin saberlo yo, era un aviso al poderoso: pronto Tú serás juzgado y condenado. ¿A quién, específicamente, se refería esto? Bien, realmente no puedo decirlo; o más bien preferiría no decirlo. No lo sé con certeza, sólo tengo una intuición. Y eso no es suficiente para seguir, así que me guardaré mis pensamientos para mí mismo. Pero deberíais pensar qué eventos políticos tuvieron lugar en este país entre Febrero de 1974 y Agosto de 1974. Preguntaos quién fue juzgado y condenado, y cayó como una estrella fugaz en ruina y desgracia. El hombre más poderoso del mundo. Y siento tanta pena por él como lo sentí cuando soñé aquel sueño. "Ese pobre hombre", dije una vez a mi esposa, con lágrimas en mis ojos. "Encerrado en la oscuridad, tocando el piano en la noche para sí mismo, solo y asustado, sabiendo lo que está por venir". Por Dios, perdonémosle, finalmente. Pero lo que les hicieron a él y a sus hombres – "todos los hombres del presidente", como está escrito - tenía que hacerse. Pero ya ha pasado, y debería dejársele en la luz del sol de nuevo; ninguna criatura, ninguna persona, debería ser encerrado en la oscuridad eternamente, aterrorizado. Esto no es humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por el tiempo en que la Corte Suprema estaba decidiendo que las cintas de Nixon debían devolverse a la acusación particular, yo estaba comiendo en un restaurante chino en Yorba Linda, el pueblo de California donde Nixon fue al colegio - donde creció, trabajó en el almacén de verduras, donde hay un parque con su nombre, y por supuesto la casa Nixon, simples listones de chilla y todo eso. En mi galletita de la fortuna, tenía la siguiente predicción:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LO HECHO EN SECRETO HALLA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL MODO DE SALIR A LA LUZ. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Envié el pedazo de papel a la Casa Blanca, mencionando que el restaurante chino se encontraba a una milla de la casa original de Nixon, y decía, "Creo que ha habido un error; por accidente obtuve la predicción del señor Nixon. ¿Tiene él la mía?" La Casa Blanca no contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien, como dije antes, un escritor de ciencia-ficción podría escribir la verdad y no saberlo. Por citar a Xenófanes, otro presocrático: "Incluso si un hombre debiera intentar decir la verdad absoluta, ni siquiera él lo sabría; todo está envuelto en apariencias" (fragmento 34). Y Heráclito añadió a esto: "La naturaleza de las cosas tiene la costumbre de ocultarse" (fragmento 54). W. S. Gilbert, de Gilbert y Sullivan (G&amp;S), escribió: "Rara vez son las cosas lo que parecen; leche desnatada disfrazada de crema." El sentido de todo esto es que no podemos confiar en nuestros sentidos y posiblemente ni siquiera en nuestro razonamiento a priori. Como para nuestros sentidos, entiendo que la gente que ha estado ciega desde su nacimiento y de repente se les ofrece la vista, se maravillan de descubrir que los objetos parecen hacerse cada vez más pequeños según se alejan. Lógicamente, no hay una razón para esto. Nosotros, por supuesto, hemos llegado a aceptar esto, porque estamos acostumbrados a esto. Vemos a los objetos hacerse más pequeños, pero sabemos que realmente ellos mantienen el mismo tamaño. Así pues incluso la persona pragmática de cada día utiliza una cierta cantidad de sofisticados menosprecios de lo que nuestros ojos y oídos le dicen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco de lo escrito por Heráclito ha sobrevivido, y lo que tenemos es oscuro, pero el fragmento 54 es lúcido e importante: "La estructura latente es el amo de la estructura obvia". Esto quiere decir que Heráclito creía que un velo yacía sobre la verdadera estructura. Él también pudo haber sospechado que el tiempo no era de algún modo lo que parecía, porque en el fragmento 52 decía: "El tiempo es un niño que juega, juega a las damas; de un niño es el reino." Esto es sin duda críptico. Pero también decía en el fragmento 18: "Si uno no lo espera, no encontrará lo inesperado; no va a ser rastreado y ningún camino nos guía allí." Edward Hussey, en su libro escolar Los presocráticos, dice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si Heráclito es tan insistente en la falta de entendimiento mostrada por la mayoría de los hombres, sólo parecería razonable que debiera ofrecer instrucciones más detalladas para penetrar la verdad. El discurso de la adivinación enigmática sugiere que algún tipo de revelación, más allá del control humano, es necesario... La verdadera sabiduría, como se ha visto, está íntimamente relacionada con Dios, lo que sugiere que cuanto más avanza la sabiduría un hombre se vuelve como, o una parte, de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este fragmento no forma parte de un libro religioso ni de un libro de teología; es un análisis de los primeros filósofos por un catedrático de Filosofía Antigua en la Universidad de Oxford. Hussey deja claro que para esos primeros filósofos no existía distinción entre filosofía y religión. El primer gran salto cuantitativo de la filosofía griega fue de Xenófanes de Colofón, nacido a mediados del siglo VI a.C.. Xenófanes, sin referirse a ninguna autoridad aparte de la de su propia mente, dice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un Dios hay, en ningún modo como las criaturas y también sin forma corporal en el pensamiento de su mente. Todo él ve, todo él piensa, todo él oye. Siempre permanece sin moverse en el mismo sitio: sin esfuerzo se mueve ahora para acá, ahora para allá. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ésta es una concepción sutil y avanzada de Dios, evidentemente sin precedente entre los pensadores griegos. "Los razonamientos de Parménides parecían mostrar que toda la realidad debe ser sin duda una mente," escribe Hussey, "o un objeto de pensamiento en una mente." Leyendo Heráclito específicamente, dice, "En Heráclito es difícil decir cuánta distancia separa los designios de la mente Dios de su ejecución en el mundo, o qué distancia separa la mente de Dios del mundo." El más lejano esfuerzo de Anáxagoras me ha fascinado siempre "Anáxagoras había sido conducido a una teoría de la microestructura de la materia que la hacía, hasta cierto punto, misteriosa para la razón humana." Anáxagoras creía que todo estaba determinado por la Mente. Éstos no son pensadores infantiles, ni primitivos. Discutían asuntos importantes y cada uno estudiaba los puntos de vista de los demás con gran detalle. No fue hasta la época de Aristóteles que sus puntos de vista se redujeron a lo que podemos inteligentemente - pero de forma equivocada - clasificar como básico. La suma de gran parte de la teología y filosofía presocráticas se puede establecer como sigue: El Kosmos no es como parece ser, y lo que probablemente sea, en su nivel más profundo, es exactamente lo que el ser humano es en su nivel más profundo - llámalo mente o alma, es algo unitario que vive y piensa, y sólo parece ser múltiple y material. Gran parte de este punto de vista nos llega a través de la doctrina del Logos observada por Cristo. El Logos era tanto aquello que pensó, como la cosa que fue pensada: pensador y pensamiento unidos. El universo, entonces, es pensador y pensamiento, y puesto que somos parte de éste, nosotros, como humanos, somos, en el análisis final, pensamientos y pensadores de esos pensamientos.Así pues, si Dios piensa en Roma hacia el 50 d.C., entonces Roma hacia el 50 d.C. es. El universo no es un reloj de arena y Dios la mano que lo voltea. El universo no es una reloj que funciona con baterías y Dios la batería. Spinoza creía que el universo era el cuerpo de Dios extendido en el espacio. Pero mucho antes que Spinoza - dos mil años antes que él - Xenófanes había dicho, "Sin esfuerzo, él usa todas las cosas mediante el pensamiento de su mente".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si cualquiera de vosotros ha leído mi novela Ubik, sabe que la misteriosa entidad o mente o fuerza llamada Ubik comienza como una serie de baratos y vulgares anuncios y termina diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo soy Ubik. Yo existo desde antes de que el universo existiese. Yo hice los soles. Yo hice los mundos. Yo creé las vidas y los sitios que habitan; Yo los moví allí, Yo los puse allí. Ellos hacen lo que Yo digo, ellos hacen lo que Yo les ordeno. Yo soy la palabra y mi nombre nunca es pronunciado, el nombre que nadie sabe. Me llaman Ubik pero ése no es mi nombre. Yo soy. Yo seré siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de esto es obvio quién y qué es Ubik; él específicamente dice que es la palabra, lo que viene a ser, el Logos. En la traducción alemana, se da uno de los más maravillosos lapsos de correcto entendimiento que me he encontrado; Dios nos asista si el hombre que tradujo mi novela Ubik al alemán fuese a hacer una traducción del griego koine al alemán del Nuevo Testamento. Él lo hizo correctamente hasta que llegó a la frase "Yo soy la palabra". Esto le descolocó. ¿Qué puede querer decir el autor con esto? debió preguntarse, obviamente sin haberse encontrado jamás con la doctrina del Logos. Así que hizo un trabajo de traducción tan bueno como pudo. En la edición alemana, la Entidad Absoluta que hizo los soles, hizo los planetas, creó las vidas y los lugares que habitan, dice de sí misma:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo soy el nombre marcado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si hubiese traducido el Evangelio según San Juan, supongo que habría sido algo así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el principio existía el nombre marcado; y el nombre marcado estaba con Dios; y el nombre marcado era Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podría parecer que no sólo os traigo felicidades desde Disneyland sino de Mortimer Snerd. Ése es el destino de un autor que esperaba incluir temas teológicos en sus escritos. "El nombre marcado, entonces, estaba con Dios en el principio, y a través de él todas las cosas llegaron a ser; ni una sola cosa de cuantas existen ha llegado a la existencia sin él". Así que tiene nobles ambiciones. Esperemos que Dios tenga sentido del humor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O debería decir, Esperemos que el nombre marcado tenga sentido del humor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como ya dije anteriormente, mis dos preocupaciones en mi literatura son "¿Qué es real?" y "¿Qué es el hombre auténtico?". Estoy seguro de que podéis ver que no he podido responder a la primera pregunta. He estado usando la intuición de que de algún modo el mundo de la Biblia es una zona literalmente real pero velada, inmutable, oculta de nuestra vista, pero alcanzable para nosotros mediante la revelación. Esto es todo lo que he alcanzado - una mezcla de experiencia mística, razonamiento y fe. Me gustaría decir algo acerca de los rasgos del hombre real, también; en esta aventura he obtenido respuestas más plausibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ser humano auténtico es uno de nosotros que instintivamente sabe lo que no debe hacer, y, además, se opondrá a hacerlo. Se negará a hacerlo, incluso si esto conlleva graves consecuencias para él como para aquellos a quienes ama. Éste, para mí, es el definitivo rasgo heroico de la gente normal; ellos dicen no al tirano y con calma acogen las consecuencias de la resistencia. Sus actos pueden ser pequeños, e incluso casi siempre desapercibidos, sin señal en la historia. Sus nombres no son recordados, ni estos auténticos humanos esperaban que sus nombres fueran recordados. Veo su autenticidad en un modo extraño: no en su desgana al realizar actos heroicos sino en sus negativas silenciosas. En esencia, ellos no pueden ser obligados a ser lo que no son.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El poder de las realidades falsas golpeándonos hoy - esas mentiras manufacturadas deliberadamente nunca penetran en el corazón de seres humanos de verdad. Observo a los chicos viendo la televisión y lo primero que me preocupa es lo que les están enseñando, y entonces me doy cuenta, Ellos no pueden ser corrompidos o destruidos. Ellos observan, ellos escuchan, ellos entienden, y, entonces, donde y cuando es necesario, ellos rechazan. Hay algo enormemente poderoso en la habilidad de un niño de evitar lo fraudulento. Un niño tiene el ojo más claro, la mano más firme. Los vendedores, los promotores, están atrayendo la lealtad de estas pequeñas personas para nada. Es verdad, las compañías de cereales pueden ser capaces de vender grandes cantidades de copos para el desayuno; las cadenas de hamburguesas y perritos calientes pueden vender cantidades infinitas de unidades de comida rápida irreal a los niños, pero el profundo corazón late firmemente, sin ser alcanzado ni manipulado. Un chico de hoy puede detectar una mentira más rápido que los más sabios adultos de hace dos décadas. Cuando quiero saber qué es verdad, pregunto a mis hijos. Ellos no me preguntan; yo me vuelvo a ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día mi hijo Christopher, de cuatro años, estaba jugando ante mí y su madre, nosotros, los dos adultos, comenzamos a discutir la figura de Jesús en los Evangelios Sinópticos. Christopher se giró hacia nosotros un momento y dijo, "Yo soy un pescador. Pesco por el pescado". Estaba jugando con una linterna de metal que alguien me había regalado, que yo nunca había usado... y de repente me di cuenta de que la linterna tenía forma de pez. Me pregunto qué pensamientos estaban siendo colocados en el alma de mi pequeño niño en ese momento - y no colocados por vendedores de cereales o caramelos. "Yo soy un pescador. Pesco por el pescado". Christopher, a la edad de cuatro años, había encontrado la señal que yo no encontré hasta que tenía cuarenta y cinco años. El tiempo se está acelerando. ¿Y a qué fin? Quizá nos lo dijeron hace dos mil años. O quizás no fue hace tanto; quizás es una ilusión el que haya pasado tanto tiempo. Quizás fue hace una semana, o incluso hoy hace un rato. Quizás el tiempo no sólo se está acelerando; quizás, además, va a terminar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y si lo hace, los paseos en Disneylandia no volverán a ser lo mismo. Porque cuando el tiempo se acaba, los pájaros y los hipopótamos y leones y ciervos de Disneylandia no serán nunca más imitaciones, por primera vez, y un pájaro real cantará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9019036574516868680-2740746121580970375?l=solocienciaficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/2740746121580970375'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/2740746121580970375'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/2011/11/como-construir-un-universo-que-no-se.html' title='CÓMO CONSTRUIR UN UNIVERSO QUE NO SE DERRUMBE DOS DÍAS DESPUÉS -PHILIP K. DICK'/><author><name>Noche Eterna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13605232014348570180</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='14' src='http://3.bp.blogspot.com/-4hwrsne9sog/TsWJV9uoeOI/AAAAAAAACm0/hbMqWAZVPgE/s220/ojos.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680.post-4070247834596926402</id><published>2011-11-07T12:06:00.000-08:00</published><updated>2011-11-07T12:07:29.598-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Philip K. Dick'/><title type='text'>PODEMOS RECORDARLO TODO POR USTED -PHILIP K. DICK</title><content type='html'>Despertó... y deseó estar en Marte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensó en los valles. ¿Qué se sentiría al caminar por ellos? Creciendo incesantemente, el sueño fue en aumento a medida que recuperaba sus sentidos: el sueño y el ansia. Casi llegaba a sentir la abrumadora presencia del otro mundo, que solamente habían visto los agentes del Gobierno y los altos funcionarios. ¿Y un empleado como él? No, no era probable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Te levantas o no? - preguntó su esposa Kirsten, con tono soñoliento y con su nota habitual de malhumor -. Si estás ya levantado, oprime el botón del café caliente en el maldito horno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Está bien - respondió Douglas Quail.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descalzo, se dirigió desde el dormitorio a la cocina. Allí, tras haber hecho presión, obedientemente, sobre el botón del café caliente, tomó asiento ante la mesa, extrajo un bote pequeño, de color amarillo, de buen Dean Swift. Inhaló profundamente y la mezcla Beau Nash le produjo picor en la nariz y al mismo tiempo le quemó el paladar. Pero continuó inhalando; el producto le despertó y permitió que sus sueños, sus nocturnos deseos, sus ansias esporádicas se condensaran en algo parecido a la racionalidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Iré! - se dijo a sí mismo -. Antes de morir, veré Marte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto, era imposible, y aun soñando, esto lo sabía muy bien. Pero la luz del día, el ruido habitual que hacía su esposa al cepillarse el cabello ante el espejo del tocador..., todas las cosas conspiraron repentinamente para recordarle lo que él era.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Un miserable empleado asalariado», se dijo con amargura. Kirsten le recordaba tal circunstancia por lo menos una vez al día, y él no la culpaba por ello; era una labor de esposa lograr que el marido asentara los pies firmemente sobre la tierra. En la Tierra, pensó, y se echó a reír. La frase le hacia gracia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿En qué estás pensando? - preguntó la esposa, cuando entró en la cocina arrastrando por el suelo un pico de su larga bata color rosa -. Apuesto a que estás soñando de nuevo. Estarás en las nubes, como siempre. Tienes la cabeza llena de pájaros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí - respondió él, mirando por la ventana de la cocina hacia los taxis aéreos y demás artilugios volantes, así como a la gente que se apresuraba para acudir a su trabajo. Al cabo de un rato, también él estaría entre todas aquellas personas. Como siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Apuesto a que tus sueños tienen algo que ver con alguna mujer - dijo Kirsten, sonrojándose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No - contestó -. Con un dios. Con el dios de la guerra. Tiene maravillosos cráteres y en sus profundidades crece toda clase de vida vegetal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Escucha - dijo Kirsten, agachándose a su lado y hablando calurosamente, a la vez que abandonaba por unos instantes el tono normal y áspero de su voz -. El fondo del océano... «nuestro» océano, es infinitamente más bello. Lo sabes bien; todo el mundo lo sabe. Alquila para un equipo de branquias artificiales, pide una semana de permiso en el trabajo y podremos sumergirnos y vivir en uno de esos maravillosos lugares de recreo acuáticos que están abiertos todo el año. Y además...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer se detuvo y añadió tras una breve pausa: - No me escuchas. Deberías hacerlo. Eso es mucho mejor que tu obsesión por Marte. ¡Ni siquiera me escuchas! ¡Cielo santo!, ¡estás condenado, Doug! ¿Qué va a ser de ti?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Me voy a trabajar - dijo él, poniéndose en pie y olvidándose del desayuno -. Eso es lo que va a ser de mi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La esposa lo miró con expresión dubitativa y dijo: - Cada día estás peor, más y más fantástico. ¿Adónde te va a llevar todo esto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A Marte - contestó, abriendo la puerta del armario para coger una camisa limpia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras haber descendido del taxi, Douglas Quail caminó lentamente a través de tres abarrotadas calzadas especiales para peatones, dirigiéndose hacia aquel umbral moderno y atractivo. Allí se detuvo contemplando el tráfico de media mañana y con suma calma leyó el rótulo de neón. Ya en el pasado lo había leído muchas veces pero nunca desde tan cerca. Esto era diferente. Lo que hacía ahora era algo más. Algo que más pronto o más tarde tenía que suceder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;REKAL INCORPORATED&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Era ésta la respuesta? Después de todo, sólo era una ilusión, quizá muy convincente, pero no dejaba por ello de serio. Al menos objetivamente. Pero subjetivamente... todo lo contrario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, de todas maneras, en los siguientes cinco minutos tenía una cita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Respirando profundamente cierta cantidad del aire medio envenenado de Chicago, atravesó a continuación el policromo umbral y se acercó hasta el mostrador de la recepcionista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La rubia y bella muchacha del mostrador, de atractivos senos e impecablemente ataviada, le saludó con suma simpatía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Buenos días, señor Quail.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí - replicó él -. Estoy aquí para tratar acerca de un curso Rekal, como usted sabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Por supuesto - dijo la recepcionista, tomando un pequeño auricular que había a su lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego anunció:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El señor Douglas está aquí, señor McClane. ¿Puede entrar ahora, o es demasiado pronto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Surgieron del auricular unos extraños sonidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí, señor Quail - dijo la joven -. Puede usted entrar; el señor McClane le está esperando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al avanzar el señor Quail con ciertas dudas, la muchacha le advirtió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Habitación D, señor Quail. A su derecha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante unos instantes creyó haberse perdido, pero pronto encontró la habitación indicada. Se abrió la puerta automáticamente. Tras una enorme mesa de despacho, se hallaba un hombre de mediana edad, de aspecto afable y ataviado con un traje gris marciano de piel de rana; solamente aquel atavío hubiese sido suficiente para indicar a Quail que acababa de acudir a visitar a la persona más adecuada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Siéntese, Douglas - dijo McClane, señalando con una mano regordeta hacia una silla que había frente a su mesa de despacho -. ¿De manera que desearía ir a Marte? Muy bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail tomó asiento, sintiéndose muy nervioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No estoy muy seguro de que esto valga la pena - dijo -. Cuesta mucho y realmente tengo la impresión de que no conseguiré nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Cuesta tanto como ir allá», pensó.- Usted tendrá las pruebas tangibles de su viaje - aseguró enfáticamente el señor McClane -. Todas las pruebas que necesite. Vea usted esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre revolvió en un cajón de su impresionante mesa, y del interior de un gran sobre color marrón, extrajo una pequeña cartulina impresa en relieve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Se trata de un billete de viaje. Demuestra que usted ha hecho el viaje de ida y vuelta. Postales... Sobre la mesa extendió cuatro fotografías tridimensionales a todo color, para que Quail las viese. Luego añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Película. Fotografías que usted tomó de algunos lugares típicos de Marte con una cámara de cine alquilada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mostró las fotos a Quail y continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ...Más los nombres de las personas que ha conocido usted, objetos de recuerdo que llegarán de Marte en el mes próximo, y pasaporte, certificados de las vacunas que se le hayan puesto, y algunos detalles más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre guardó silencio y miró agudamente a Quail. Luego, añadió: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sabrá usted que ha viajado, que ha ido allá. No nos recordará a nosotros, ni a mí, ni siquiera el haber estado aquí. Será en su mente un verdadero viaje, le garantizamos eso. Dos semanas completas de recuerdos hasta su más mínimo detalle. Y no olvide esto: si alguna vez duda usted de que realmente ha hecho el viaje a Marte, puede volver aquí y se le devolverá la cantidad cobrada, íntegramente. ¿Se da cuenta?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero no habré ido - dijo Quail -. No habré ido, por muchas pruebas que ustedes me den de tal cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail lanzó un profundo suspiro y añadió tras una breve pausa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Y jamás habré sido un agente secreto de la Interplan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le parecía imposible que la fabulosa memoria que inyectaba Rekal pudiese desarrollar aquella labor.... a pesar de lo que había oído decir a la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Señor Quail - dijo pacientemente McClane -. Como usted mismo nos explicó en su carta, no tiene oportunidad, ni la más ligera posibilidad de ir alguna vez a Marte; no puede usted permitírselo, y lo que es mucho más importante, nunca podrá usted llegar a ser un agente secreto para Interplan ni para nadie. No puede serlo ni lo será jamás. Esta es la única forma de alcanzar..., bien, el sueño de su vida, ¿no tengo razón, señor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane cloqueó con la garganta y añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero puede «haberlo sido y haberlo hecho». Nos preocuparemos de que así sea. Y nuestros honorarios son muy razonables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras pronunciar sus últimas palabras, McClane sonrió animadamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Es tan convincente esa memoria inyectable? - preguntó Quail.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Mucho más que la realidad, señor. Si de verdad hubiese usted ido a Marte como agente de la Interplan, ahora habría olvidado muchas cosas; nuestro análisis sobre los sistemas de la verdadera memoria (auténticos recuerdos de principales acontecimientos de la vida de una persona) demuestran que siempre se pierden muchos detalles, detalles que se olvidan y que jamás vuelven a recordarse. Parte de lo que le ofrecemos es que todo cuanto «plantemos» en su memoria jamás lo olvidará. La serie de imágenes e ideas que se le inyectarán cuando esté usted en estado de inconsciencia es la creación de grandes expertos, hombres que han pasado años en Marte. En cada caso verificamos los detalles en forma realmente exhaustiva. Aparte de que ha elegido usted un sistema muy fácil para nosotros; si hubiese usted deseado ser emperador de la Alianza de Planetas interiores o hubiera elegido Plutón para su viaje, hubiésemos tenido muchas más dificultades..., y, por supuesto, los honorarios habrían sido también muy superiores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llevándose una mano al bolsillo interior de su chaqueta para extraer la cartera, Quail dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Está bien. Ha sido la ambición de toda mi vida, y sé que realmente nunca la conseguiré. De manera que imagino que tendré que aceptar esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No piense de esa forma - dijo McClane, severamente -. No está usted aceptando lo que podríamos llamar un segundo plato. La memoria real con todas sus vaguedades, omisiones, por no citar también sus distorsiones, sí que es en realidad un segundo plato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane aceptó el dinero y oprimió un botón que había sobre su mesa. Luego, cuando se abrió la puerta para dar paso a dos hombres fornidos, añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Está bien, señor Quail. Irá usted a Marte como agente secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane se levantó, estrechó la mano de Quail, húmeda a causa de los nervios, y concluyó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- O mejor dicho, ya está usted en camino esta tarde a las cuatro y media regresará a la Tierra y un taxi le llevará hasta su vivienda, y como ya le he dicho, nunca recordará haberme visto o haber venido aquí; en realidad, ni siquiera sabrá nada de nuestra existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la boca reseca por el nerviosismo, Quail siguió a los dos técnicos; lo que sucediese a continuación dependería de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¿Llegaré a creer que realmente estuve en Marte? - se preguntó -. ¿Llegaré a estar seguro de que al fin logré la ambición de toda mi vida?»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail tenía la intuición de que algo, sin saber por qué, saldría mal. Pero ignoraba de qué podía tratarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tendría que esperar para saberlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aparato de comunicación interior de McClane, que le conectaba con el área de trabajo de la firma, sonó, y dijo una voz:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El señor Quail está en este momento bajo, los efectos sedantes, señor. ¿Quiere usted supervisar esta operación, o seguimos adelante?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es de rutina - observó McClane. Puede usted continuar, Lowe; no creo que tenga usted ninguna dificultad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La programación de la memoria artificial de un viaje a otro planeta -con o sin la adición de ser agente secreto- se realizaba en la firma con monótona regularidad. En un solo mes, McClane calculaba que probablemente se llevarían a cabo unas veinte veces; los viajes interplanetarios artificiales se habían convertido en pan diario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo que usted diga, señor McClane - respondió la voz de Lowe. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aparato de comunicación interior guardó silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acercándose hasta la sección abovedada de la cámara situada detrás de su despacho, McClane buscó un paquete Tres y otro Sesenta y dos: viaje a Marte; espía secreto interplanetario. Luego regresó con ambos paquetes a su mesa de despacho, tomó asiento cómodamente, Y extrajo todo el contenido..., objetos y documentos que se depositarían en la vivienda de Quail mientras los técnicos de laboratorio se ocupaban en fabricar la falsa memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un localizador de ideas, y McClane pensó que aunque aquél era el objeto de mayor tamaño, también era el que les producía mayores beneficios económicos. Un transmisor tan diminuto que el agente podría tragárselo si le capturaban. Libro de claves que se parecían asombrosamente a uno auténtico..., los modelos de la firma eran extraordinariamente seguros: basados, siempre que era posible, sobre las verdaderas claves de Estados Unidos. Diversos objetos que no parecían tener aplicación alguna, pero que formarían, al unirse en la memoria de Quail, base sólida sobre su imaginario viaje: media moneda, ya antigua, de plata, y con un valor de cincuenta centavos, varias anotaciones de los sermones de John Donne escritas incorrectamente, cada una de ellas en un trozo de papel fino y transparente, varios sobrecitos de cerillas de bares de Marte, una cuchara de acero inoxidable en la que se leían grabadas las siguientes palabras: «Propiedad del Kibutsim Nacional de Marte», un diminuto rollo de alambre que... Sonó, una vez más, el aparato de comunicación interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Señor McClane, siento mucho molestarle, pero sucede algo raro. Quizá fuese mejor que viniese usted un momento. Quail está ahora bajo efectos sedantes; reaccionó bien bajo la narquidrina; está completamente inconsciente, pero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Voy ahora mismo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intuyendo alguna dificultad seria, McClane abandonó su despacho. Un momento después aparecía en la zona de trabajo. Sobre una cama higiénica yacía Douglas Quail, respirando lenta y regularmente, con los ojos cerrados parecía enterarse muy débilmente, sólo débilmente, de la presencia de los dos técnicos y del propio McClane.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿No hay espacio para insertar falsos modelos de memoria? - interrogó McClane, con irritación -. Habrá suficiente para dos semanas; está empleado en la oficina de Emigración de la Costa Occidental, que es una agencia del Gobierno, y debido a ello indudablemente durante el año pasado habrá disfrutado de dos semanas de vacaciones. Repito que con eso será suficiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los detalles menudos siempre molestaban a McClane. - Nuestro problema - dijo Lowe - es algo muy diferente. - Se inclinó sobre la cama y dijo a Quail -: Repítale al señor McClane lo que acaba de contamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ojos grises del hombre que yacía boca arriba sobre la cama miraron al rostro de McClane. Este los observó con atención. Su expresión se había endurecido y tenían un aspecto inorgánico, pulido, como piedras semipreciosas. McClane no estaba muy seguro de que le gustase lo que estaba viendo. Aquel brillo de los ojos era demasiado frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué desea usted ahora? - preguntó Quail, ásperamente -. Salgan de aquí antes de que los destroce a todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estudió detenidamente a McClane y añadió: - Especialmente usted. Sí, está usted a cargo de esta operación de contraespionaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lowe dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cuánto tiempo ha estado usted en Marte?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Un mes - respondió Quail, con el mismo tono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y cuál fue su propósito al ir allí? - Exigió Lowe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los delgados labios de Quail se retorcieron un tanto, pero no habló. Finalmente, arrastrando las palabras hasta lograr que sonaran con evidente acento de hostilidad, dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Agente de Interplan. Ya se lo he dicho. ¿No graba usted todo cuanto se habla? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ponga en marcha esa cinta grabada para que la escuche su jefe y déjeme tranquilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerró los ojos. La dureza de las pupilas se esfumó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane se sintió inmediatamente aliviado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lowe dijo calmosamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Este es un hombre duro, señor McClane.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No lo será - respondió McClane -. No lo será cuando de nuevo dispongamos que pierda su eslabón de memoria. Se mostrará tan dócil como antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego añadió, dirigiéndose a Quail:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿De manera que ésa era la razón por la que tanto ansiaba ir a Marte?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin abrir los ojos respondió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Nunca quise ir a Marte. Me destinaron Y no tuve más remedio que Ir. Confieso que sentía curiosidad por ir. ¿Quién no la hubiese sentido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo abrió los ojos Y miró a los tres hombres en particular a McClane. Luego murmuró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Buen suero de la verdad éste que usted tiene aquí. Me ha hecho recordar cosas que había olvidado completamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hubo un silencio y luego murmuró, como si hablara para sí:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y Kirsten? ¿Estaría complicada en todo esto? Un contacto de Interplan vigilándome... para tener la seguridad de que yo no recuperase la memoria... ¿podría ser? No me extraña que se burlara tanto de mis deseos de ir allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muy débilmente, sonrió. La sonrisa más bien de comprensión, se desvaneció casi inmediatamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Por favor, créame, señor Quail; hemos tropezado con esto enteramente por accidente. En el trabajo que nos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Le creo - respondió Quail.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este último parecía cansado. La droga continuaba profundizando más y más en él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Dónde dije que había estado? - interrogó -. ¿Marte? Es difícil recordar. Sé que me gustaría haberlo visto; y creo que también le gustaría a todo el mundo. Pero yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su voz se debilitó extraordinariamente, Y Musitó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ...yo, soy un simple empleado, un empleado que no sirve para nada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Incorporándose, Lowe dijo a su superior:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Desea una falsa memoria que corresponde a un viaje que realmente ha hecho. Y una razón falsa que es la verdadera razón. Está diciendo la verdad; está muy sumido en la narquidrina. El viaje aparece muy vivido en su mente, al menos bajo el efecto de los sedantes. Pero aparentemente no puede recordarlo en estado de vigilia. Alguien, probablemente en los laboratorios de ciencias militares del Gobierno, borró sus recuerdos conscientes; todo cuanto sabía era que ir a Marte significaba para él algo especial, lo mismo que ser agente secreto. Esto no pudieron borrarlo; no es un recuerdo sino un deseo, indudablemente el mismo que le impulsó a presentarse voluntario para tal destino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro técnico, Keeler, dijo a McClane:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué hacemos? ¿Injertar un modelo de falsa memoria sobre la verdadera? No se puede predecir cuáles serán los resultados. Podría recordar parte del verdadero viaje, y la confusión producir un intervalo psicopático. Se vería obligado a retener dos sujetos opuestos en su mente, y hacerlo simultáneamente: que fue a Marte y que no fue. Que es auténtico agente de Interplan y que no lo es... Creo que debemos despertarlo sin realizar ninguna implantación de falsa memoria y sacarlo de aquí. Esto es un hierro candente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- De acuerdo - respondió McClane.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al asentir a la propuesta de Keeler se le ocurrió otra idea y preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Pueden ustedes predecir qué es lo que recordará cuando salga del estado de estupor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Imposible de predecir - respondió Lowe -. Probablemente albergue, a partir de ahora, algún débil recuerdo de su verdadero viaje, y también es muy probable que tenga serias dudas sobre su veracidad. Quizá decida que en nuestra programación hubo un fallo. También podría recordar haber venido aquí; esto podría borrarse si usted lo desea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Cuanto menos nos relacionemos con este hombre, mejor - dijo McClane - No debemos jugar con esto. Ya hemos sido lo suficientemente estúpidos, o infortunados, como para descubrir a un auténtico espía de Interplan, tan perfectamente camuflado que ni siquiera él mismo sabía quién era... o, más bien, quién es.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuanto antes se desembarazasen de aquel individuo que se hacía llamar Douglas Quail, sería mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Piensa usted instalar los paquetes Tres y Sesenta y dos en su alojamiento? - preguntó Lowe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No - dijo McClane -. Y vamos a devolverle la mitad de los honorarios cobrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡La mitad! ¿Por qué la mitad? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane respondió débilmente: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Creo que es un buen arreglo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el coche llegó a su residencia, situada en un extremo de Chicago, Douglas se dijo a sí mismo que, sin duda alguna, era una buena cosa haber regresado a la Tierra. El largo período de estancia de un mes en Marte ya había comenzado a difuminarse en su memoria; solo le quedaba una vaga imagen de los Profundos cráteres, la omnipresente erosión de las colinas, de la vitalidad, del movimiento mismo. Un mundo de polvo donde pocas cosas ocurrían, un mundo en el que buena parte del día era preciso pasarlo comprobando una y otra vez las reservas de oxígeno. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También recordaba las formas de vida, los modestos cactus color gris marrón y los gusanos. De hecho se había traído de Marte varios ejemplares moribundos de la fauna de aquel planeta; los había pasado de contrabando por las aduanas. Después de todo, no constituían ninguna amenaza; no podían sobrevivir en la densa atmósfera de la Tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Introdujo una mano en el bolsillo en busca del pequeño estuche que contenía los gusanos, pero en su lugar extrajo un sobre. Al abrirlo descubrió, perplejo, que contenía quinientas setenta cartulinas de crédito en forma de billetes de bajo valor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¿De dónde ha salido esto? - se preguntó a sí mismo -. ¿Acaso no me gasté en el viaje hasta la última moneda que poseía?»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junto con el dinero había una hoja de papel marcada con las palabras: «Retenida la mitad de los honorarios» y firmaba «McClane». La fecha era la del día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Recuerda - dijo Quail, en voz alta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Recordar qué, señor o señora? - inquirió respetuosamente el conductor-robot del taxi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Tiene una guía telefónica? - preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Desde luego que sí, señor o señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se abrió un pequeño compartimiento, y de su interior se deslizó una diminuta guía telefónica de Cook County.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La redacción de esta guía es extraña - comentó Quail, al hojearla en sus páginas amarillas. Sintió cierto temor. Hizo un esfuerzo para disimularlo, y luego dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Aquí está. Lléveme a Rekal Incorporated. He cambiado de idea, ya no quiero ir a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí, señor o señora - respondió el robot.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un momento después, el taxi se lanzaba en dirección opuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Puedo usar su teléfono? - preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Con sumo placer - dijo el robot, presentándole un lujoso teléfono con tridivisión en color, completamente nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail marcó el número de su vivienda. Y con una breve pausa, vio la imagen en miniatura, pero muy auténtica, de Kirsten en la pequeña pantalla del aparato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estuve en Marte - le dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estás borracho, o algo peor - replicó ella, retorciendo los labios irónicamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te estoy diciendo la verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cuándo? - preguntó Kirsten.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No lo sé - dijo Quail, realmente confuso -. Creo que fue un viaje simulado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por medio de un sistema de memorias extrarreales o como diablos se llame. Pero no tuvo resultado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kirsten dijo de nuevo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estás borracho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;E inmediatamente colgó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail lo hizo a continuación, sintiendo que se sonrojaba. «Siempre el mismo tono», se dijo a sí mismo, encolerizado. Siempre las mismas recriminaciones como si ella lo supiese todo y él nada. «¡Qué matrimonio!», pensó amargado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un momento más tarde, el taxi se detuvo junto a la acera de un edificio color rosa, pequeño, y muy atractivo. Un rótulo policromo de neón decía: «Rekal incorporated».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La elegante. recepcionista se sorprendió al principio, pero acto seguido se dominó para saludar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Hola, señor ¿Cómo está usted? ¿Olvidó alguna cosa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El resto de los honorarios que aboné.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más compuesta ya, la recepcionista dijo: - ¿Honorarios? Creo que se equivoca, señor&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estuvo usted aquí discutiendo la posibilidad de la realización de un viaje, pero... la muchacha se encogió de hombros y dijo, tras breve pausa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tal y como tengo entendido, ese viaje no tuvo lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail respondió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo recuerdo todo muy bien, señorita. La carta a Rekal, que inició todo este asunto. Recuerdo mi llegada aquí y mi visita al señor McClane. Y recuerdo, asimismo. cómo los dos técnicos de laboratorio me llevaron del despacho para administrarme una droga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenía nada de extraño que la firma le hubiera devuelto la mitad de la cantidad desembolsada. No había dado resultado la falsa memoria de su viaje a Marte, al menos no enteramente, como se lo habían asegurado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Señor - dijo la muchacha -, aunque sea usted un empleado de poca importancia es usted un hombre de buen ver, y cuando se indigna estropea sus facciones. Si se sintiera usted mejor, yo podría..., bien, podría permitirle que me llevara a algún sitio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail se puso furioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La recuerdo a usted muy bien - dijo con tono de indignación -. Y recuerdo la promesa del señor McClane de que si recordaba mi visita a Rekal Incorporated me devolverían mi dinero en su totalidad. ¿Dónde está el señor McClane?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras una demora, probablemente tan larga como pudieron lograr, el señor Quail se encontró nuevamente sentado ante la impresionante mesa de despacho, exactamente como lo había estado una hora antes aquel mismo día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Poseen ustedes una maravillosa técnica - dijo Quail sardónicamente con enorme resentimiento -. Los llamados «recuerdos» de un viaje a Marte como agente secreto de Interplan son vagos y confusos, aparte de estar llenos de contradicciones. Y recuerdo claramente el trato que hice aquí con ustedes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debería llevar este caso a la oficina de Mejores Negocios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquellos momentos, Quail ardía de indignación. La sensación de haber sido engañado le abrumaba y había vencido su acostumbrada aversión a discutir abiertamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con gran cautela, McClane dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Capitulemos, Le devolveremos el resto de sus honorarios. Admito que no hemos hecho nada en absoluto por usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tono de las últimas palabras de McClane era de resignación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail dijo, con tono acusador:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ni siquiera me han proporcionado los diversos objetos que, según ustedes, demostrarían mi estancia en Marte. Toda esa comedia que me contaron no llegó a materializarse en nada. Ni siquiera un billete de viaje. Ninguna postal. Ni pasaporte. Ningún certificado de vacuna, nada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Escuche, - dijo McClane -. Supongamos que le digo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane se detuvo repentinamente y dijo al cabo de un breve silencio:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bien, dejémoslo así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hizo presión sobre el botón de la comunicación interior y añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Shirley, por favor, ¿quiere usted preparar un cheque por valor de quinientos setenta para el señor? Gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego miró nuevamente a Quail.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inmediatamente llegó el cheque; la recepcionista lo dejó ante McClane y, una vez más, desapareció, dejando solos a los dos hombres que continuaban mirándose fijamente desde ambos lados de la impresionante mesa de despacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Permítame advertirle algo - dijo McClane, al firmar el cheque y entregárselo &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-. No hable con nadie sobre su..., bien..., sobre su reciente viaje a Marte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué viaje?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bien, me refiero al viaje que ha hecho usted parcialmente. Actúe como si no lo recordara. Simule que jamás tuvo lugar. No me pregunte por qué, pero acepte mi consejo; será mejor para todos nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane había comenzado a sudar abundantemente. Hubo otra pausa de silencio, y añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Y ahora, señor Quail, tengo que trabajar con otros clientes, ¿comprende?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se puso en pie y acompañó a Quail hasta la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dijo al abrirla:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Una firma que trabaja tan deficientemente no debería tener ningún cliente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acto seguido cerró la puerta a su espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo hacia casa, en el taxi, reflexionó sobre la redacción de la carta que dirigiría a la oficina de Mejores Negocios, División de la Tierra. Tan pronto como tomase asiento ante su máquina de escribir lo haría; era su deber advertir a otras personas para que se alejaran de Rekal Incorporated.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó a su alojamiento, se sentó ante su máquina de escribir portátil, abrió los cajones y comenzó a buscar papel carbón, hasta que se dio cuenta de la presencia de una caja familiar. Una caja que él había llenado cuidadosamente en Marte con fauna, y más tarde la había pasado de contrabando por la aduana. Al abrir la caja vio, sin acabar de creerlo, seis gusanos muertos y ciertas variedades de vida unicelular con las que se alimentaban los gusanos marcianos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los protozoos estaban secos, casi hechos polvo, pero los reconoció inmediatamente; le había costado un día de trabajo recogerlos entre las grandes rocas de color oscuro. Recordaba que había sido un maravilloso viaje de descubrimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Pero yo no he ido a Marte» se dijo a sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, por otra parte...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se presentó Kirsten en la puerta de la habitación cargada con una cierta cantidad de verduras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cómo es que estás en casa a estas horas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz de la esposa, con su eterno y monótono tono de acusación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Fui yo a Marte? - preguntó Quail -. Tú debes saberlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No, por supuesto que no has ido a Marte y también tú deberías saberlo. ¿Acaso no estás siempre hablando de que deseas ir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te aseguro que creo que he ido ya. - Hubo un silencio, y Quail añadió luego: - Y a la vez, creo que no fui.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Decídete entre una cosa u otra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cómo puedo hacerlo? - interrogó Quail, con una extraña mueca -. Los dos recuerdos están firmemente grabados en mi mente; uno es real y el otro no, pero no puedo diferenciar cuál es el auténtico y cuál es el falso. ¿Por qué no puedo confiar en ti? Tú les importas muy poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su esposa podía hacer, al menos, aquello por él... aunque en lo sucesivo no volviese a hacer ya nada en su beneficio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kirsten dijo con voz monótona y controlada: - Doug, si no vuelves a ser una persona normal, hemos terminado. Voy a dejarte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estoy en apuros - replicó con voz un tanto ronca -. Probablemente me encamino hacia un estado psicopático. Espero que no, pero puede que así sea. De todas maneras, eso lo explicaría todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Depositando en el suelo la cesta de las verduras, Kirsten caminó hacia el armario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No estaba bromeando - dijo con suma calma. Sacó del armario un abrigo, se lo puso, y regresó hasta la puerta para añadir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te telefonearé uno de estos días. Esta es mi despedida, Doug. Espero que salgas pronto de todo esto. Realmente, lo deseo por tu bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Espera! - exclamó desesperadamente Quail -. Solamente dímelo para estar seguro. Dime si fui o no..., dime cuál de mis dos recuerdos es el verdadero, el real...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al pronunciar estas últimas palabras, se dio cuenta de que también podían haber alterado los canales de su memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta se cerró. Finalmente, su esposa se había ido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una voz dijo a sus espaldas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bien, todo ha terminado. Ahora levante las manos Quail. Y por favor, dé media vuelta para mirar hacia aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail se volvió instintivamente sin alzar las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre que se hallaba frente a él vestía el uniforme color canela de la agencia policíaca Interplan, y su pistola parecía ser un modelo de las Naciones Unidas. Por alguna razón, aquel rostro era familiar a Quail; familiar en una forma borrosa que no acababa de localizar. Sin embargo, nerviosamente, alzó ambas manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Usted recuerda su viaje a Marte - dijo el policía -. Conocemos todos sus actos de hoy y todos sus pensamientos.... en particular sus importantes pensamientos en el recorrido que hizo desde su casa hasta Rekal Incorporated. Tenemos un teletransmisor en el interior de su cerebro que nos mantiene constantemente informados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un transmisor telepático, aplicación del plasma vivo que se había descubierto en la Luna. Quail sintió un estremecimiento de aversión. Aquella cosa vivía dentro de él, en el interior de su propio cerebro, alimentándose, escuchando... Pero la policía Interplan usaba aquel procedimiento. Por lo tanto, era probablemente cierto, por muy deprimente que resultara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Por qué a mí? - interrogó Quail, roncamente. ¿Qué era lo que él había hecho... o pensado? ¿Y qué tenla que ver todo aquello con Rekal incorporated?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Fundamentalmente - dijo el policía Interplan -, esto nada tiene que ver con Rekal; es más bien un asunto entre usted y nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El policía señaló hacia uno de sus oídos y añadió: - Todavía estoy recogiendo sus procesos mentales mediante su transmisor telepático.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fijó en que el hombre llevaba en uno de sus oídos una especie de enchufe blanco de plástico. El policía continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- De manera que debo advertirle que cualquier cosa que piense podrá emplearse contra usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre sonrió. Hubo una larga pausa de silencio. Luego, siguió hablando:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No es que ahora importen mucho ciertas cosas. Lo que sí es molesto es que, bajo los efectos de la narquidrina, en Rekal Incorporated usted relató ante los técnicos y el propietario, señor McClane, detalles de su viaje, adónde fue usted, para quién, y algunas de las cosas que hizo. Los dos técnicos y el señor McClane estaban muy atemorizados. Deseaban no haberle visto jamás...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nueva pausa de silencio, y el policía concluyó: - Y tienen razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Yo no hice jamás ningún viaje. Se trata solamente de una falsa memoria implantada en mí por los técnicos de McClane.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero inmediatamente pensó en la caja de su mesa de despacho que contenía formas de vida marcianas. Y recordó las dificultades y molestias sufridas para recogerlas. El recuerdo parecía real. Y la caja con aquellas formas de vida sin duda alguna era auténtica. A menos que McClane la hubiese instalado allí. Quizá aquella era una de las «pruebas» que había mencionado McClane tan alegremente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«El recuerdo de mi viaje a Marte - pensó - no me convence. Pero desgraciadamente ha convencido a la agencia de policía Interplan. Creen que realmente fui a Marte y suponen que al menos lo hice parcialmente» &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No solamente sabemos que ha ido usted a Marte - añadió el policía, en respuesta a sus pensamientos - sino también que usted recuerda bastantes cosas como para constituir un peligro para nosotros. Y no vale la pena suprimir su recuerdo de todas las cosas, porque usted simplemente acudiría a Rekal Incorporated otra vez y reanudaría el experimento. Y tampoco podemos hacer nada contra McClane y su sistema porque no tenemos jurisdicción sobre nadie, excepto sobre nuestra propia gente. De todas maneras, McClane no ha cometido ningún delito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El policía hizo otra de sus habituales pausas y añadió, tras mirar fijamente a Quail:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ni técnicamente, usted tampoco. Usted acudió a Rekal Incorporated con la idea de recuperar la memoria. Usted fue allí, y así lo consideramos, por las mismas razones que acude el resto de la gente.... gentes con vidas monótonas y oscuras: el ansia de aventura. Pero desgraciadamente, la vida de usted no ha sido ni monótona ni oscura, y ya ha disfrutado demasiadas emociones; la última cosa que necesitaba usted en este mundo era un curso de Rekal Incorporated. Nada hubiese podido ser más fatídico para usted o para nosotros. Y en realidad, también para McClane.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Por qué es peligroso para ustedes que yo recuerde mi viaje..., mi supuesto viaje, lo que yo hice allí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Porque lo que usted hizo - respondió el policía Interplan - no está de acuerdo con nuestra intachable imagen pública paternal y protectora. Usted hizo, por nosotros, lo que nosotros jamás hacemos. Como usted recordará, gracias a la narquidrina. Esa caja de gusanos muertos y algas está en su mesa de despacho desde hace seis meses, desde que usted regresó. Y en ningún momento mostró usted la menor curiosidad hacia ella. Ni siquiera sabíamos que la tenía hasta que usted la recordó cuando se dirigía a casa desde Rekal; entonces vinimos aquí a buscarla... Vinimos dos a por ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro silencio y el policía añadió innecesariamente. - Sin suerte; no había tiempo suficiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un segundo policía Interplan se unió al primero; los dos conferenciaron brevemente. Mientras tanto, pensó rápidamente. En aquel instante recordaba más cosas. El policía tenía razón acerca de la narquidrina. Ellos, Interplan, probablemente también la usaban. ¿Probablemente? Estaba seguro de que lo hacían. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había visto cómo se la administraban a un detenido. ¿Dónde había ocurrido tal cosa? ¿En algún lugar de la Tierra? Decidió que más probablemente en la Luna, al percibir la imagen que se perfilaba en su defectuosa memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y recordaba algo más. Las razones de «ellos» para enviarle a Marte; el trabajo que habla hecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenía nada de extraño que hubiesen purgado su memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Oh, cielos! - exclamó el primero de los dos policías, interrumpiendo la conversación que sostenía con su compañero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Evidentemente, acababa de captar los pensamientos de Quail.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bien, ahora el problema es mucho peor, mucho peor de lo que hubiésemos pensado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avanzó hacia Quail apuntándole con la pistola. - Tenemos que matarle - dijo -. Y ahora mismo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nerviosamente, su compañero dijo: - ¿Por qué ahora mismo? ¿Acaso no podemos enviarle a Interplan Nueva York y dejar que allí...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El ya sabe perfectamente por qué tiene que ser ahora mismo - dijo el primer policía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre también parecía sentirse muy nervioso, pero Quail se daba cuenta de que se debía a una razón muy diferente. Su memoria había vuelto a él casi repentinamente. Y por tal razón, entendía el nerviosismo del policía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En Marte maté a un hombre - dijo Quail -. Tras haberme desembarazado de quince guardaespaldas. Algunos de ellos armados con pistolas especiales, como lo están ustedes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail había sido entrenado durante un período de cinco años por Interplan para convertirse en un asesino. Un asesino profesional. Conocía varias formas de desembarazarse de cualquier adversario armado.... como aquellos dos agentes de la policía, y el que mostraba el diminuto audífono también lo sabía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si se movía con suficiente rapidez...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La pistola disparó. Pero Quail ya se había movido hacia un lado, décimas de segundo antes, y al mismo tiempo había derribado al agente mediante un golpe de karate aplicado a la garganta con la velocidad del relámpago. En un instante se apoderó de su pistola y apuntó al otro agente, que se mostraba enormemente sorprendido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Captó mis pensamientos - dijo Quail, jadeando con vehemencia -. Sabía lo que yo estaba a punto de hacer, pero aun así, lo hice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Medio tendido en el suelo, el agente golpeado murmuró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No usará, esa pistola contra ti, Sam; acabo de captar ese pensamiento suyo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabe que está acabado y no ignora que nosotros lo sabemos. Vamos, Quail...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Trabajosamente, lanzando algunos gruñidos de dolor, el agente se puso en pie. Luego, extendió una mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La pistola - dijo a Quail -. No puede usted usarla, y si me la entrega, prometo no matarle; será usted juzgado ante un tribunal, y alguien que ocupe un alto puesto en Interplan decidirá. Así, pues, no lo haré yo... Puede que borren su memoria una vez más. No lo sé. Pero ya sabe usted por qué iba a matarle; no podía evitar que usted recordará cosas. De manera que, en cierto modo, mis razones para matarle ya son cosa del pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail, sin soltar el arma, salió corriendo de la habitación, dirigiéndose al ascensor. «Si me seguís -pensó-, os mataré.» Los agentes no lo hicieron. Oprimió el botón del ascensor y se abrieron las puertas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dio cuenta de que los policías no le habían seguido. Evidentemente, habían captado sus pensamientos y decidían no correr riesgos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ascensor, al sentir su peso, descendió. Había escapado... por el momento. Pero, ¿qué sucedería a continuación? ¿Dónde podría ir? El ascensor llegó a la planta baja; un momento más tarde, Quail se unía a la multitud de peatones que caminaban apresuradamente por los canales especiales de las calzadas. Le dolía la cabeza y se sentía enfermo. Pero al menos había evitado la muerte; casi le habían asesinado en su propia casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensó que, probablemente, lo intentarían de nuevo. «Cuando me encuentren», pensó. Y con aquel transmisor en su cerebro no tardarían en descubrir su paradero.Irónicamente, había logrado lo que pidiera a Rekal Incorporated. Aventura, peligro, policía Interplan, un viaje secreto y peligroso en el que él se jugaba la vida. Todo cuanto había ansiado como falsa memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora podían apreciarse las ventajas de que aquello fuera un recuerdo, pero nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A solas, en un banco del parque, reflexionó mientras contemplaba los rebaños de peatones alegres y desenfadados, unos seres semipájaros importados de las dos lunas de Marte, capaces de emprender el vuelo aun en contra de la fuerte gravedad de la Tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Puede que aún pueda regresar a Marte», pensó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, y después, ¿qué? Las cosas serían mucho peor en Marte. La organización política cuyo líder había asesinado le localizaría en el mismo momento en que descendiera de la nave; allí le perseguirían en el acto tanto «ellos» como Interplan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¿Podéis escuchar mis pensamientos?», se preguntó. Fácil camino hacia la paranoia; solo allí, sentado, sintió cómo le controlaban, cómo grababan sus pensamientos, cómo discutían entre ellos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sintió un estremecimiento, se puso en pie, y caminó sin rumbo, con ambas manos metidas en los bolsillos. Se daba cuenta de que no tenía la menor importancia el lugar adonde pudiese ir. «Siempre estaréis conmigo - pensó - mientras tenga dentro de mi cabeza este dispositivo.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Haré un trato con vosotros - pensó para sí y para ellos -. ¿No podéis implantar una falsa memoria en mí otra vez, como lo hicisteis antes, para vivir una vida rutinaria olvidando que alguna vez estuve en Marte? ¿Algo que asimismo me haga olvidar totalmente haber visto un uniforme de Interplan y haber sostenido en la mano. una pistola?»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una voz dentro de su cerebro respondió: «Como ya se le ha explicado cuidadosamente a usted, eso no sería suficiente».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asombrado, Quail se detuvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Comunicamos antiguamente con usted en esta forma - continuó diciendo la voz - cuando estaba usted operando en el campo, en Marte. Han pasado meses desde que lo hicimos por última vez; pensábamos, de hecho, que jamás tendríamos que volver a hacerlo. ¿Dónde está usted?»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Paseando - respondió Quail -. Caminando hacia mi muerte.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y pensó para sí: «Provocado por las pistolas de vuestros agentes.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¿Cómo pueden estar seguros de que no sería suficiente? ¿Acaso no tienen resultado las técnicas de Rekal?»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Como ya hemos dicho - respondió la voz -, si se le proporcionan a usted un conjunto de memorias normalizadas, usted se sentiría... intranquilo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inevitablemente acudiría de nuevo a Rekal o quizá a cualquier otra firma competidora. No podemos pasar por eso dos veces.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Supongamos - dijo Quail - que una vez se cancelen mis auténticos recuerdos, se implante en mí algo más completo que una memoria normalizada. Algo que pudiese satisfacer mis ansias. Eso ya se ha demostrado; y probablemente ésa es la razón por la que ustedes me han contratado. Pero pueden inventar algo más, algo que sea igual. Fui el hombre más rico de la Tierra, pero finalmente doné todo mi dinero a fundaciones educativas. O fui, quizá, un famoso explorador espacial. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cualquier cosa por el estilo, ¿no valdría cualquier cosa de estas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hubo un largo silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Hagan la prueba - dijo Quail, desesperadamente -. Pongan a trabajar a sus famosos psiquiatras militares; exploren mi mente. Averigüen cuál es mi sueño más ansiado.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail trató de pensar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Mujeres - murmuró a continuación -, miles de ellas, como las tuvo don Juan. Playboy interplanetario... Una querida en cada ciudad de la Tierra, Luna y Marte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Y luego abandoné, todo eso a causa del agotamiento. Por favor, hagan la prueba.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Entonces, ¿se entregaría usted voluntariamente? - Preguntó la voz en el interior de su cabeza. Si convenimos, y es posible tal solución, se entregaría?» &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras un breve intervalo de duda, respondió:»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Si, correré el riesgo... con la condición de que no me maten.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Haga usted el primer movimiento - dijo la voz inmediatamente -, entréguese a nosotros e investigaremos esa línea de posibilidad. Sin embargo, si no lo podemos hacer, si sus recuerdos comienzan a surgir nuevamente como ha sucedido esta vez, entonces...»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hubo otro silencio, y a continuación la voz concluyó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«... Tendremos que destruirle. Esto debe usted comprenderlo. Bien, Quail, ¿todavía quiere usted probar?» &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«SI», respondió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De lo contrario, la única alternativa en aquellos. momentos era la muerte, una muerte segura. Por lo menos aceptando la prueba le quedaba una posibilidad de sobrevivir por muy débil que fuese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Preséntese en nuestro cuartel general de Nueva York - resumió la voz del agente Interplan -. En el 580 de la Quinta Avenida, planta doce. Una vez se haya entregado nuestros psiquiatras comenzarán a trabajar sobre usted. Haremos diversas clases de pruebas. Trataremos de determinar su último deseo por muy fantástico que sea, y entonces le llevaremos a Rekal y procuraremos que tal deseo se haga realidad en su mente. Y... buena suerte. Es evidente que le debemos algo. Actuó usted muy bien para nosotros.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tono de voz carecía de malicia; si algo expresaba, ellos -la organización- sentían simpatía hacia él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Gracias», dijo Quail.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y acto seguido comenzó a buscar un taxi-robot.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Señor Quail - dijo el psiquiatra de Interplan, hombre de edad madura y facciones graves -, posee usted unos sueños de fantasía realmente interesantes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Probablemente son algo que ni siquiera usted mismo supone. Espero que no le molestará mucho conocerlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El oficial de alta graduación de Interplan que se hallaba presente dijo bruscamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Será mejor que no se moleste mucho al escuchar esto, si no desea recibir un balazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El psiquiatra continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A diferencia de la fantasía de desear ser un agente secreto de Interplan, que, hablando relativamente no es más que un producto de madurez, y que poseía cierto carácter plausible, esta producción es un sueño grotesco de su infancia; no tiene nada de particular que usted no lo recuerde. Su fantasía es la siguiente: tiene usted nueve años de edad, y camina a solas por un sendero del campo. Una variedad, poco familiar, de nave espacial, procedente de otro sistema estelar aterriza directamente frente a usted. Nadie en la Tierra, excepto usted, la ve. Las criaturas que hay en su interior son muy pequeñas e indefensas, algo parecidas a los ratones de campo, aun cuando están intentando invadir la Tierra. Docenas de miles de otras naves semejantes están a punto de ponerse en camino, cuando esta nave de exploración dé la señal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Y se supone que yo he de detenerlos - dijo Quail, experimentando una sensación mezcla de diversión y disgusto -. Simplemente de un manotazo o aplastándolos con el pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No - replicó el psiquiatra, pacientemente -. Usted detiene la invasión, pero no destruyendo a esos seres. En su lugar, usted muestra hacia ellos amabilidad o piedad, aunque sea por telepatía - su medio de comunicación -, porque ya sabe usted a lo que han venido. Ellos nunca han recibido semejante trato por parte de un organismo vivo, y para demostrar su aprecio, pactan con usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quail dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No invadirán la Tierra mientras yo viva, ¿verdad? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Exactamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A continuación, el psiquiatra se dirigió al oficial de Interplan:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Puede usted ver que encaja en su personalidad, a pesar de su falso desprecio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Así, pues, simplemente con seguir viviendo - dijo Quail, con creciente sensación de placer -, simplemente con seguir alentando, salvo a la Tierra de una invasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Entonces, en efecto, soy el personaje más importante de la Tierra. Sin levantar un dedo siquiera&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Evidentemente, señor - respondió el psiquiatra - y conste que esto es una base en su Psique; ésta es una fantasía de infancia. Algo que, sin una terapia profunda y sin tratamiento de drogas, usted jamás habría recordado. Pero siempre ha existido en usted; se hallaba en estado latente, pero sin cesar jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El jefe de policía se dirigió entonces a McClane, que se halla sentado, escuchando atentamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Puede usted implantar un modelo de esta clase en él?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Manejamos toda clase de fantasía que pueda existir - dijo McClane -. Francamente, he oído cosas peores que ésta. Por supuesto que podemos hacerlo. Dentro de veinticuatro horas, no habrá deseado haber salvado a la Tierra. Será algo que creerá ha sucedido realmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El oficial de la policía dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Entonces ya puede usted comenzar su trabajo como preparación previa, ya hemos borrado en él el recuerdo de su viaje a Marte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué viaje? - preguntó Quail.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie le contestó, y así, aunque de mala gana, abandonó el asunto. Pronto se presentó un vehículo de la policía. El, McClane y el jefe de la policía subieron y se dirigieron hacia Rekal Incorporated.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Será mejor que esta vez no cometa usted errores - dijo el jefe de la policía al nervioso McClane.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No veo que haya nada que pueda salir mal - respondió McClane, sudando abundantemente -. Esto nada tiene que ver con Marte o con Interplan. Simplemente se tratará de la detención de una invasión de la Tierra procedente de otro sistema estelar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane movió la cabeza, y tras una breve pausa de silencio, continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Cielos, qué clase de sueños!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y tras pronunciar estas últimas palabras, se enjugó el sudor de la frente con un pañuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie dijo nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En realidad, es conmovedor - añadió McClane. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero arrogante - dijo el oficial de policía -. Porque cuando él muera volverá a presentarse la amenaza de invasión. No tiene nada de extraño que no lo recuerde; es la fantasía más grande que he oído en mi vida. Luego, miró a Quail con expresión de desaprobación. - ¡Y pensar que hemos anotado a este hombre en nuestra nómina!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegaron a Rekal Incorporated, la recepcionista Shirley les recibió apresuradamente en la oficina exterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bien venido sea de nuevo, señor Quail - dijo la muchacha -. Siento mucho que anteriormente las cosas hubiesen salido mal; estoy segura de que ahora todo saldrá mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía enjugándose el sudor de la frente con el pañuelo, McClane dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Todo saldrá mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Actuando con rapidez, llamó a Lowe y a Keeler, y les siguió, a ellos y a Quail, hasta la zona de trabajo. Después regresó a su despacho en compañía de Shirley y del jefe de policía. Para esperar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Tenemos algún paquete preparado para esto, señor McClane? - preguntó Shirley, tropezando con él en su agitación y sonrojándose modestamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Creo que sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane trató de recordar. Luego abandonó el intento y consultó el gráfico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidió en voz alta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Una combinación de los paquetes Ochenta, Veinte y Seis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De la sección de cámara abovedada que había tras su despacho extrajo los adecuados paquetes y los llevó hasta su mesa de despacho para examinarlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Del Ochenta - explicó - una varilla mágica de curación, que le entregaron al cliente en cuestión, esta vez el señor Quail..., la raza de seres de otro sistema estelar. Una muestra de gratitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Todavía surte efectos? - preguntó el oficial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo hizo en otro tiempo - respondió McClane -. Pero él, bien, la usó hace años curando aquí y allá. Ahora sólo es un objeto. Aunque la recuerde vívidamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane cloqueó con la garganta, y luego abrió el paquete Veinte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Documento del secretario general de las Naciones Unidas, dándole las gracias por haber salvado a la Tierra; esto no es precisamente una cosa muy adecuada porque parte de la fantasía de Quail se basa en que nadie conoce la invasión, excepto él, pero en nombre de la verosimilitud lo incluiremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane inspeccionó el paquete Seis a continuación. ¿Qué significaba aquello? No lo recordaba; frunciendo el ceño, introdujo una mano en el interior de la bolsa de plástico, mientras que Shirley y el oficial de la policía le contemplaban con curiosidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Escritura en un idioma extraño - dijo Shirley.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Esto demuestra quiénes eran - dijo McClane - y de dónde llegaron. Se incluye un detallado mapa estelar señalando su vuelo y el sistema de origen. Por supuesto, lo han hecho «ellos» y él no sabe leerlo. Pero sí recuerda que se lo leyeron personalmente en su propia lengua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane depositó los tres paquetes sobre el centro de la mesa de despacho, y añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Se debe llevar esto a la vivienda de Quail, para que cuando llegue a casa los encuentre. Y estas cosas confirmarán su fantasía. Procedimiento operativo normalizado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego reflexionó sobre cómo irían las operaciones de Lowe y Keeler.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonó el aparato de comunicación interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Señor McClane, siento mucho molestarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era la voz de Lowe; McClane quedó como congelado cuando la reconoció. Quedó pasmado y mudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sucede algo y sería mejor que viniese usted a supervisar la operación. Como anteriormente, Quail reaccionó bien bajo la narquidrina, está inconsciente, relajado, y tiene buena recepción, pero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane salió disparado hacia la zona de trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre una cama higiénica yacía Douglas Quail respirando lentamente y con regularidad, con los ojos medio cerrados, y casi sin percibir a los que le rodeaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Comenzamos a interrogarle - dijo Lowe, muy pálido - para averiguar exactamente cuándo situar el recuerdo-fantasía de haber salvado a la Tierra. Y cosa extraña...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Me advirtieron que no lo dijera - murmuró Quail, con voz extrañamente ronca -. Ese fue el convenio. Ni siquiera se suponía que llegara a recordarlo. Pero, ¿Cómo podría olvidar un suceso como aquél?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- «Creo que fue difícil - reflexionó McClane -, pero lo hizo usted... hasta ahora.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Incluso me entregaron una especie de pergamino como muestra de gratitud - añadió - Lo tengo escondido en mi alojamiento. Se lo enseñaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;McClane dijo al oficial de la policía, que le había seguido:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bien, le sugiero que no le maten. Si lo hacen, «ellos» regresarán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- También, me entregaron una varilla mágica para curar - añadió con los ojos totalmente cerrados -. Así fue como maté a aquel hombre en Marte. Está en mi cajón, junto con la caja de gusanos y plantas ya resecas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin pronunciar una sola palabra, el oficial de Interplan abandonó la zona de trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Lo mejor que podría hacer ahora sería desembarazarme de esos paquetes-prueba», se dijo a sí mismo McClane, resignadamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminó, lentamente, hacia su despacho, pensando en que, después de todo, también debía desembarazarse de aquella citación del secretario general de las Naciones Unidas... La verdadera citación probablemente no tardaría mucho tiempo en llegar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9019036574516868680-4070247834596926402?l=solocienciaficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/4070247834596926402'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/4070247834596926402'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/2011/11/podemos-recordarlo-todo-por-usted.html' title='PODEMOS RECORDARLO TODO POR USTED -PHILIP K. DICK'/><author><name>Noche Eterna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13605232014348570180</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='14' src='http://3.bp.blogspot.com/-4hwrsne9sog/TsWJV9uoeOI/AAAAAAAACm0/hbMqWAZVPgE/s220/ojos.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680.post-4920991541498119916</id><published>2011-11-07T12:01:00.000-08:00</published><updated>2011-11-07T12:02:12.664-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Herbert George Wells'/><title type='text'>El hombre que podia hacer milagros- H. George Wells</title><content type='html'>Un pantum malayo en prosa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es dudoso que el don fuera innato. Por mi parte, pienso que le vino de repente. Es más, hasta los treinta años fue escéptico y no creía en poderes milagrosos. Tengo que mencionar aquí que era un hombre bajito, de encendidos ojos castaños, pelo rojizo muy erizado, un bigote cuyas puntas doblaba hacia arriba, y con pecas. Se llamaba George McWhirter Fotheringay —un nombre que de ninguna manera inducía a esperar milagros— y era oficinista en Gomshott. Muy dado a los razonamientos contundentes, fue mientras aseguraba la imposibilidad de los milagros cuando tuvo la primera premonición de sus extraordinarios poderes. Sostenía este particular argumento en el bar del Dragón Largo, y Toddy Beamish se encargaba de llevarle la contraria con un monótono pero eficaz Eso dice usted, que llevó al señor Fotheringay a los mismísimos límites de la paciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaban presentes, además de estos dos, un ciclista muy polvoriento, Cox —el dueño del bar— y la señorita Maybridge, la respetable y bastante corpulenta camarera del Dragón. La señorita Maybridge estaba de espaldas al señor Fotheringay lavando vasos. Los otros le observaban, más o menos entretenidos por la ineficacia del método contundente en aquel momento. Aguijoneado por la estrategia de Torres Vedras empleada por el señor Beamish, el señor Fotheringay decidió hacer un esfuerzo retórico inusitado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Escuche, señor Beamish —dijo Fotheringay—, entendamos claramente lo que es un milagro. Es algo que va contra el curso de la naturaleza hecho por el poder de la voluntad, algo que no podría suceder sin ser expresamente querido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso dice usted—dijo Beamish oponiéndose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay apeló al ciclista, que hasta entonces había sido un oyente mudo, y recibió su asentimiento, transmitido con una tos dubitativa y una mirada al señor Beamish. El dueño no expresaba opiniones y el señor Fotheringay, volviendo al señor Beamish, recibió la inesperada concesión de un asentimiento cualificado a su definición de milagro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por ejemplo —dijo Fotheringay muy envalentonado—, esto sería un milagro. Esa lámpara siguiendo el curso natural de la naturaleza no podría arder de esa manera si estuviera boca abajo, ¿verdad, señor Beamish?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Según usted no podría—dijo el señor Beamish.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y usted —dijo Fotheringay—... ¿No querrá usted decir?... ¿eh? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No —dijo el señor Beamish a regañadientes—. No, no podría. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Muy bien —continuó el señor Fotheringay—. Pues he aquí que viene por aquí alguien, que pudiera ser yo mismo, y se pone, pudiera ser aquí mismo, y dice a la lámpara, como podría hacerlo yo concentrando toda mi voluntad: «Vuélvete boca abajo sin romperte y continúa ardiendo regularmente y...» ¡Sopla!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquello bastaba para hacer a cualquiera exclamar: ¡Sopla! Lo imposible, lo increíble estaba a la vista de todos ellos. La lámpara colgaba invertida en el aire, ardiendo tranquilamente con la llama hacia abajo. Era tan sólida, tan incuestionable como lo fuera jamás lámpara alguna, la prosaica y vulgar lámpara del bar del Dragón Largo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay estaba con el dedo índice extendido y el entrecejo fruncido del que prevé un choque catastrófico. El ciclista, que estaba sentado junto a la lámpara, se agachó y cruzó de un salto el bar. Todos saltaron más o menos. La señorita Maybridge se volvió y chilló. Durante casi tres segundos la lámpara permaneció quieta. Un débil grito de angustia mental salió del señor Fotheringay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No puedo mantenerlo por más tiempo —dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se tambaleó hacia atrás y la lámpara invertida de repente llameó, cayó contra el rincón del bar, rebotó lateralmente, se hizo pedazos en el suelo y se apagó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue una suerte que tuviera un recipiente metálico, si no todo el lugar habría estallado en llamas. El señor Cox fue quien habló primero, y su observación, despojada de excrecencias innecesarias, venía a decir que Fotheringay era imbécil. ¡Fotheringay no estaba para discutir ni siquiera una proposición tan fundamental como ésa! Se encontraba completamente pasmado ante lo sucedido. La conversación que siguió no arrojó absolutamente ninguna luz sobre el asunto por lo que a Fotheringay se refería. La opinión general no sólo siguió muy de cerca a la del señor Cox, sino que lo hizo con mucha vehemencia. Todos acusaron a Fotheringay de un truco estúpido y le hicieron verse a sí mismo como un insensato destructor de la comodidad y la seguridad. Su cabeza era un tornado de perplejidad, hasta él mismo se inclinaba a estar de acuerdo con ellos y presentó una oposición notablemente ineficaz a la propuesta de que se marchara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fue a casa rojo y acalorado, con el cuello del abrigo aplastado, los ojos ardiendo y las orejas coloradas. Al pasar observó nerviosamente cada una de las diez farolas. Únicamente cuando se encontró solo en su pequeño dormitorio de Church Row fue capaz de enfrentarse seriamente a los recuerdos de lo ocurrido y preguntarse qué demonios había pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se había quitado el abrigo y las botas y estaba sentado en la cama con las manos en los bolsillos repitiendo el texto de su defensa por decimoséptima vez. Yo no quería que la maldita lámpara volcara... cuando se le ocurrió que en el preciso momento de decir las palabras clave, sin darse cuenta, había querido lo que decía, y que cuando había visto la lámpara en el aire había tenido la sensación de que dependía de él mantenerla allí sin saber claramente cómo había de hacerlo. No tenía una mente especialmente compleja o se habría detenido durante un tiempo en ese sin darse cuenta había querido, que engloba, realmente, los problemas más abstrusos de las acciones voluntarias, pero de hecho, la idea le vino envuelta en una bruma bastante aceptable. Y, no siguiéndose de ese punto, como he de admitir, ninguna conclusión lógica clara, llegó a la comprobación experimental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apuntó resueltamente a su vela y concentró la mente, aunque tuvo la sensación de que hacía una estupidez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Levántate —dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero en un segundo esa sensación había desaparecido. La vela se elevó, quedó suspendida en el aire un vertiginoso momento y, por lo que el señor Fotheringay coligió, cayó con estrépito en el tocador, dejándole a oscuras salvo por el mortecino resplandor de la mecha. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante un rato el señor Fotheringay estuvo sentado a oscuras, completamente quieto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Realmente ha sucedido, después de todo —dijo—. Lo que no sé es cómo voy a explicarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suspiró profundamente y empezó a palparse los bolsillos en busca de una cerilla. No pudo encontrar ninguna y se levantó y buscó a tientas por la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ojalá tuviera una cerilla—dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recurrió al abrigo. Allí tampoco había ninguna, y entonces se le ocurrió que los milagros eran posibles incluso con cerillas. Extendió una mano y la miró con el ceño fruncido en la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Que haya una cerilla en esa mano —dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Notó que un objeto ligero caía por la palma y los dedos se cerraron sobre una cerilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras varios intentos inútiles de encenderla descubrió que era una cerilla de seguridad. La tiró y luego se le ocurrió que podía haberla querido encendida. Así lo hizo, y la vio ardiendo en medio del felpudo del tocador. La cogió a toda prisa y se apagó. Percibió que sus posibilidades se ensanchaban. Cogió a tientas la vela y volvió a colocarla en su palmatoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ahora, ¡enciéndete! —dijo el señor Fotheringay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el acto la vela estaba llameando mientras descubría un pequeño agujero negro en el paño que cubría el tocador con un mechón de humo elevándose de él. Durante un rato pasó la mirada del agujero a la llamita y de nuevo al agujero, luego levantó la vista y vio su propia mirada en el espejo. Con esta ayuda se comunicó consigo mismo en silencio durante un tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué pasa ahora con los milagros? —dijo finalmente el señor Fotheringay dirigiéndose a su imagen reflejada en el espejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las subsiguientes meditaciones del señor Fotheringay fueron de una descripción rigurosa, pero confusa. Todo lo que podía comprender era que por lo que a él se refería se trataba de un caso de pura voluntad. La naturaleza de las primeras experiencias le desanimó a hacer más experimentos excepto los de tipo más cauteloso. Pero levantó una cuartilla de papel, y volvió rosa y luego azul el agua de un vaso, y creó un caracol que aniquiló milagrosamente y se proporcionó un milagroso cepillo de dientes nuevo. En algún momento, ya a altas horas, había comprendido que el poder de su voluntad debía de tener alguna cualidad especialmente rara y cáustica, un hecho del que había tenido indicios antes, pero sin certeza corroborada. El susto y la perplejidad de su primer descubrimiento estaba ahora matizado de orgullo ante las pruebas de su singularidad y por vagos presentimientos de ventaja. Se dio cuenta de que el reloj de la iglesia estaba dando la una, y como no se le ocurrió que podía librarse milagrosamente de sus deberes cotidianos en Gomshott, volvió a la tarea de desvestirse para meterse en la cama sin más dilaciones. Cuando luchaba para sacarse la camisa por la cabeza se le ocurrió una idea brillante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Que esté en la cama—dijo, y así fue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Desvestido —precisó, y encontrando frías las sábanas, añadió apresuradamente—: y en mi camisón. No, en un bonito y suave camisón de lana. ¡Ah! —suspiró con inmenso deleite.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y ahora que me quede cómodamente dormido...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se despertó a la hora usual y estuvo pensativo durante todo el desayuno, preguntándose si la experiencia de la noche anterior no sería un sueño especialmente intenso. Finalmente volvió a pensar en experimentos cautos. Por ejemplo, tenía tres huevos para desayunar, dos se los había suministrado la patrona, buenos, pero de tienda, el otro era un delicioso huevo de ganso, puesto, cocinado y servido por su voluntad extraordinaria. Se fue a Gomshott deprisa en un estado de profunda excitación, aunque cuidadosamente disimulada, y sólo se acordó de la cáscara del tercer huevo cuando la patrona habló de ella por la noche. No pudo hacer nada durante todo el día por culpa del asombrosamente nuevo conocimiento de sí mismo, pero eso no le produjo ningún inconveniente, porque lo compensó milagrosamente en los últimos diez minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Según avanzaba el día su estado mental pasó del asombro a la euforia, si bien las circunstancias de su expulsión del Dragón Largo eran todavía desagradables de recordar y una embrollada relación del asunto que había llegado a oídos de sus colegas originó algunas chanzas. Era evidente que había de tener cuidado al levantar objetos frágiles, pero por otra parte su don prometía cada vez más según le daba vueltas en la cabeza. Pretendía entre otras cosas aumentar su riqueza personal mediante actos de creación poco ostentosos. Dio la existencia a un par de espléndidos gemelos de diamantes y los aniquiló de nuevo precipitadamente cuando el joven Gomshott cruzó la contaduría hasta su mesa. Temía que el joven Gomshott se preguntara cómo los había obtenido. Vio con toda claridad que el don requería cautela y atención para ejercitarlo, pero, hasta donde podía discernir, las dificultades que acompañaban a su dominio no serían mayores que las que ya había hecho frente en la práctica del ciclismo. Fue quizás esa analogía tanto como la sensación de que no sería bienvenido en el Dragón Largo, la que le llevó después de cenar al callejón de detrás de la fábrica del gas, a ensayar algunos milagros en privado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus intentos adolecían posiblemente de cierta falta de originalidad, pues, aparte del poder de su voluntad, el señor Fotheringay no era un hombre muy excepcional. Le vino a la cabeza el milagro de la vara de Moisés, pero la noche era oscura y poco propicia para el control adecuado de grandes serpientes milagrosas. Luego recordó el cuento de Tannháuser que había leído en la parte posterior del programa de la Filarmónica. Eso le pareció singularmente atractivo e inofensivo. Clavó su bastón —un bastón muy bonito hecho de tronco de palmera enana— en el césped que bordeaba el sendero y ordenó a la madera seca que floreciera. El aire se llenó inmediatamente de perfume de rosas, y mediante una cerilla, él mismo vio que este maravilloso milagro se había realizado, desde luego, a la perfección. Unas pisadas que se aproximaban pusieron fin a su satisfacción. Asustado por un descubrimiento prematuro de sus poderes se dirigió apresuradamente al floreciente bastón:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vuelve atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que quería decir era: Vuelve a ser como antes, pero desde luego estaba confuso. El bastón retrocedió a velocidad considerable, y llegó, irreprimible, un grito airado y una palabrota procedentes de la persona que se acercaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿A quién tira zarzas, estúpido? —gritó la voz—. Me ha dado en la espinilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo siento, viejo —dijo el señor Fotheringay, y entonces, dándose cuenta de lo embarazoso de su explicación, se atusó nerviosamente el bigote. Vio avanzar a Winch, uno de los tres policías municipales de Immering.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué significa esto? —preguntó el policía—. ¡Anda! Es usted, ¿no? ¡El tipo que rompió la lámpara del Dragón Largo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No significa nada —respondió el señor Fotheringay—. Nada en absoluto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Entonces por qué lo hace?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Oh, aburrimiento! —dijo el señor Fotheringay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aburrimiento, ¡ya! ¿Sabe que ese palo hace daño? ¿Para qué lo hace, entonces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De momento al señor Fotheringay no se le ocurrió ninguna razón por la que lo había hecho. Su silencio pareció irritar al señor Winch. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esta vez, joven, ha estado agrediendo a la policía. Eso es lo que ha hecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Escuche, señor Winch —dijo el señor Fotheringay, enojado y confuso—, lo siento mucho. El hecho es que...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Sí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pudo pensar en otra cosa que la verdad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estaba ensayando un milagro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Trató de decirlo de una forma casual, pero por más que lo intentó no lo consiguió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Haciendo un ...! Vamos, no diga tonterías. ¡Haciendo un milagro, nada menos! ¡Un milagro! ¡Bueno, esto sí que es divertido! Vaya, ¿no era usted el tipo que no creía en milagros...? El hecho es que éste es otro de sus estúpidos trucos de magia... eso es lo que es. Pues bien, le digo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el señor Fotheringay nunca oyó lo que el señor Winch iba a decirle. Se dio cuenta de que se había delatado, de que había arrojado su secreto a todos los vientos del cielo. Una violenta racha de irritación le impulsó a la acción. Se enfrentó al policía rápida y furiosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vale —dijo—, ya he aguantado bastante. Yo te enseñaré un estupido truco de magia, ¡claro que lo haré! ¡Vete al Hades! ¡Vete ya! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Estaba solo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay no llevó a cabo más milagros esa noche, ni tampoco se molestó en ver lo que había sido de su floreciente bastón. Volvió a la ciudad, asustado y muy tranquilo, y se fue a su dormitorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Cielos! —dijo—, es un don poderoso, extremadamente poderoso. Apenas quería decir ni la mitad de lo que dije. ¡Me pregunto cómo será el Hades!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se sentó en la cama y se quitó las botas. Iluminado por una feliz idea, transfirió el policía a San Francisco, y, sin ninguna interferencia más con la causalidad normal, se fue sensatamente a la cama. Por la noche soñó con la ira de Winch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente el señor Fotheringay oyó dos interesantes noticias. Alguien había plantado un bellísimo rosal trepador contra la casa privada del señor Gumshott padre en Lullaborough Road, y el río iba a ser dragado hasta el molino de Rawling en busca del policía Winch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay estuvo abstraído y meditabundo todo el día, y no realizó ningún milagro excepto ciertas disposiciones para Winch, y el milagro de completar el trabajo del día con escrupulosa perfección a pesar del enjambre de pensamientos que le zumbaba por la cabeza. La extraordinaria abstracción y humildad de su actitud fue destacada por varios y constituyó un motivo de bromas. La mayor parte del tiempo estuvo pensando en Winch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El domingo por la tarde fue a los oficios religiosos, y cosa bastante curiosa, el señor Maydig, que tenía cierto interés en temas de ocultismo, predicó sobre cosas que no son legítimas. El señor Fotheringay no asistía regularmente a los oficios, pero el sistema de escepticismo contundente al que ya he aludido, se encontraba ahora muy debilitado. El tono del sermón arrojó una luz completamente nueva sobre estos novedosos dones y de repente decidió consultar al señor Maydig inmediatamente después del servicio. Tan pronto como lo tuvo decidido se estuvo preguntando por qué no lo había hecho antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al señor Maydig, hombre flaco y excitable, de muñecas y cuello notablemente largos, le produjo una gran satisfacción la petición de una conversación privada por parte de un joven cuya despreocupación por los asuntos religiosos era tema de general observación en la ciudad. Después de algunos imprescindibles retrasos le llevó al despacho de la residencia eclesiástica, contiguo a la iglesia, le sentó cómodamente y, en pie delante de un animado fuego —sus piernas proyectaban un arco de sombra a lo Cecil Rhodes sobre la pared opuesta—, pidió al señor Fotheringay que expusiera su negocio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al principio el señor Fotheringay estaba un poco avergonzado y encontró alguna dificultad en presentar el asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mucho me temo que va a ser difícil que me crea... —y cosas así durante algún tiempo. Finalmente probó con una pregunta y solicitó la opinión del señor Maydig sobre los milagros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Maydig estaba todavía diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno... —en un tono extremadamente judicial, cuando el señor Fotheringay le interrumpió de nuevo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Supongo que no creerá que una persona corriente, como yo mismo por ejemplo, que pudiera estar sentada aquí mismo ahora, pudiera disponer de algún tipo de don en su interior que le capacitara para hacer cosas por medio de su voluntad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es posible—dijo el señor Maydig—. Algo de eso, quizás, es posible. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si pudiera utilizar con toda libertad algo de lo que hay aquí creo que le podría explicar mediante una especie de experimento —dijo el señor Fotheringay—. Bueno, fíjese, por ejemplo, en esa tabaquera que está sobre la mesa. Lo que yo quiero saber es si lo que voy a hacer con ella es un milagro o no. Sólo medio minuto, por favor, señor Maydig.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frunció el ceño, apuntó a la tabaquera y dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Conviértete en un florero con violetas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tabaquera hizo lo que se le ordenó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Maydig se sobresaltó violentamente con el cambio y se quedó mirando del taumaturgo al florero. No dijo nada. Pronto se aventuró a inclinarse sobre la mesa y oler las violetas. Eran recién cortadas y muy finas. Luego miró fijamente al señor Fotheringay de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo lo hizo? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay se tiró del bigote.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sólo lo dije, y ahí tiene. ¿Es eso un milagro, o magia negra, o qué es? Y ¿qué cree que me pasa? Eso es lo que quería preguntar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es un suceso de lo más extraordinario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y tal día como hoy la semana pasada no tenía más idea que usted de que pudiera hacer cosas como ésa. Me sobrevino totalmente de repente. Es algo raro en mi voluntad, supongo, y eso es todo cuanto puedo decir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es eso... lo único. ¿Podría hacer otras cosas como ésa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Cielos, claro que sí! —respondió el señor Fotheringay—, exactamente cualquier cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensó y, de repente, recordó un truco de prestidigitación que había visto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Ahora! —apuntó—. Transfórmate en un jarrón de peces. No, eso no, transfórmate en un jarrón de cristal lleno de agua con peces de colores nadando en su interior. ¡Así está mejor! ¿Lo ve, señor Maydig?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es asombroso. Es increíble. Usted es o el más extraordinario... Pero no...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Podría cambiarlo en cualquier cosa —dijo el señor Fotheringay—. Realmente cualquier cosa. ¡Ahora! Conviértete en una paloma, ¿quieres?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al otro momento una paloma azul estaba aleteando por la habitación y haciendo que el señor Maydig se agachara cada vez que se le acercaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Párate ahí, quieres —dijo el señor Fotheringay, y la paloma colgó inmóvil en el aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Podría cambiarla de nuevo en florero —dijo, y después de colocar a la paloma en la mesa hizo ese milagro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Supongo que dentro de poco querrá su pipa —dijo, y restableció la tabaquera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Maydig había seguido todos estos últimos cambios en una especie de silencio exclamativo. Miró fijamente al señor Fotheringay y, con mucho cuidado, cogió la tabaquera, la examinó y la volvió a colocar en la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Bien! —fue la única expresión de sus sentimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ahora, después de eso, es más fácil de explicar a lo que vine —dijo el señor Fotheringay, y procedió a una relación larga y enrevesada de sus extrañas experiencias, comenzando con el asunto de la lámpara del Dragón Largo y complicada con persistentes alusiones a Winch. Según avanzaba en el relato, el pasajero orgullo que había producido la consternación del señor Maydig desapareció, y se convirtió de nuevo en el señor Fotheringay corriente del trato cotidiano. El señor Maydig escuchó atentamente, la tabaquera en la mano, y su porte cambió también con el curso de la narración. Pronto, mientras el señor Fotheringay abordaba el milagro del tercer huevo, el ministro le interrumpió con una ondeante mano extendida...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es posible —dijo—. Es creíble. Es sorprendente, pero reconcilia algunas dificultades. El poder de hacer milagros es un don, una cualidad especial como la genialidad o la clarividencia... hasta ahora le ha sucedido a gente excepcional en muy raras ocasiones. Pero en este caso... Siempre he dudado de los milagros de Mahoma, de Buda y de Madame Blavatsky. Pero, ¡por supuesto! ¡Sí, es simplemente un don! Ejemplifica tan bellamente los argumentos de ese gran pensador —el tono de voz del señor Maydig bajó—, su Excelencia el Duque de Argyl. Aquí topamos con leyes más fundamentales, más profundas que las leyes ordinarias de la naturaleza. Sí, sí. ¡Continúe, continúe!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay pasó a contar su percance con Winch, y el señor Maydig, ya no sobrecogido ni asustado, comenzó a estirar los miembros y a añadir asombros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esto es lo que más me ha preocupado —siguió el señor Fotheringay—. Esto era sobre lo que más necesitaba que me aconsejaran. Por supuesto, está en San Francisco, donde quiera que esté San Francisco, pero desde luego es embarazoso para los dos, como comprenderá, señor Maydig. No veo cómo puede comprender lo que ha sucedido y me atrevería a decir que está asustado y exasperado de forma tremenda y tratando de echarme el guante. Y diría que sigue poniéndose en camino para venir aquí. Yo lo devuelvo mediante un milagro cada pocas horas cuando pienso en ello. Y desde luego eso es algo que no podrá entender y necesariamente le enojará, y además si cada vez compra un billete le costará mucho dinero. He hecho lo más que he podido por él, pero desde luego es difícil para él ponerse en mi lugar. Posteriormente pensé que sus vestidos podían haberse chamuscado, ya sabe, si el Hades es lo que se supone que es, antes de que lo trasladara. En ese caso supongo que en San Francisco lo hubieran encerrado. Por supuesto que le ordené un traje nuevo y puesto encima tan pronto como pensé en ello. Pero, como ve, estoy ya metido en un endiablado enredo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Maydig puso aspecto serio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Comprendo que esté metido en un lío. Sí, es una posición difícil. Cómo ha de solucionarlo... —se volvió difuso e indeciso—. Sin embargo, vamos a dejar a Winch por un rato y a discutir el problema más general. Creo que no se trata de un caso de magia negra o algo así. Creo que no hay el menor matiz de delincuencia en todo ello, señor Fotheringay, ninguna de ningún género, a no ser que haya suprimido hechos materiales. No, son milagros, puros milagros, milagros, si puedo decirlo, de la más alta categoría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empezó a dar pasos por la alfombra de la chimenea y a gesticular, mientras el señor Fotheringay estaba sentado con el brazo sobre la mesa y la cabeza en el brazo con aspecto preocupado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé cómo voy a solucionar lo de Winch —dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El don de hacer milagros, obviamente es un don muy poderoso —dijo el señor Maydig—; encontraremos una solución para Winch, no se preocupe. Mi querido señor, es usted un hombre de lo más importante, con las posibilidades más sorprendentes. ¡Aportando pruebas, por ejemplo! Y en otros aspectos, las cosas que puede hacer...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, he pensado en una cosa o dos —dijo el señor Fotheringay—. Pero algunas de ellas salieron un poco torcidas. ¿Vio usted aquel pez del principio? El tipo de jarrón equivocado y el tipo de pez incorrecto. Y pensé en preguntar a alguien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un comportamiento apropiado —dijo el señor Maydig—, un comportamiento muy apropiado, el comportamiento más apropiado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se detuvo y miró al señor Fotheringay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es prácticamente un don ilimitado. Comprobemos sus poderes, por ejemplo. A ver si realmente... Si realmente son todo lo que parecen ser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y de esa manera, por increíble que pueda parecer, en el estudio de la casita de detrás de la iglesia congregacionalista, la tarde del domingo 10 de noviembre de 1896 el señor Fotheringay, incitado e inspirado por el señor Maydig, empezó a hacer milagros. Se recaba la atención del lector respecto de la fecha de forma especial y definitiva. El lector objetará, probablemente ha objetado ya, que ciertos puntos de esta historia son improbables, que si cualquiera de las cosas de este tipo ya descritas hubieran ocurrido realmente habrían aparecido en todos los periódicos hace un año. Encontrará especialmente difíciles de aceptar los detalles que siguen a continuación, porque entre otras cosas implican que él o ella, el lector en cuestión, tuvo que haber muerto de forma violenta y sin precedentes hace más de un año. Ahora bien, un milagro no es nada si no es improbable, y de hecho el lector fue muerto de forma violenta y sin precedentes hace un año. En el subsiguiente curso de esta historia eso quedará completamente claro y creíble, como lo admitirá todo lector sensato y razonable. Pero éste no es lugar para el fin de la historia, estando como estamos a poco más de la mitad. Al principio los milagros realizados por el señor Fotheringay eran pequeños y tímidos, menudencias con copas y mobiliario de salón, tan débiles como los milagros de los teósofos y, aun débiles como eran, eran recibidos con estupor por su colaborador. Él hubiera preferido dejar solucionado el asunto de Winch, pero el señor Maydig no se lo permitía. No obstante, después de haber hecho una docena de estas trivialidades domésticas, su sensación de poder aumentó, su imaginación comenzó a dar señales de estimulación y su ambición creció. Su primera empresa de mayores dimensiones se debió al hambre y a la negligencia de la señora Minchin, el ama de llaves del señor Maydig. La comida a la que el ministro condujo al señor Fotheringay estaba mal puesta y era poco atractiva como refrigerio para dos laboriosos hacedores de milagros, pero estaban sentados, y el señor Maydig lamentaba con dolor más que con ira las deficiencias de su ama de llaves, cuando al señor Fotheringay se le ocurrió que tenía una oportunidad por delante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No cree, señor Maydig —dijo—, si no es tomarse libertades... que yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Mi querido señor Fotheringay! ¡Por supuesto! ¡No faltaba más! El señor Fotheringay ondeó la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué tomamos? —preguntó con generosa liberalidad, y, a petición del señor Maydig modificó la cena muy a fondo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En cuanto a mí —dijo echando un ojo a lo seleccionado por el señor Maydig—, soy siempre especialmente aficionado a la jarra de cerveza y a una buena rebanada de pan con queso fundido al estilo de Gales, y eso es lo que pediré. No soy muy dado al borgoña —y de inmediato la cerveza y el queso galés aparecieron puntualmente a sus órdenes. Estuvieron mucho tiempo sentados cenando, hablando de igual a igual, como pronto percibió el señor Fotheringay con una sensación de sorpresa y satisfacción, de todos los milagros que harían próximamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y por cierto, señor Maydig —dijo el señor Fotheringay—, quizá pudiera ayudarlo... en plan casero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No entiendo bien —dijo el señor Maydig llenándose un vaso de viejo borgoña milagroso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay se sirvió un segundo queso galés que quedaba y dio un bocado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estaba pensando —dijo— que podría (ñam, ñam) hacer (ñam, ñam) un milagro con la señora Minchin (ñam, ñam), hacerla mejor. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Maydig bajó el vaso y miró dubitativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ella... se opone fuertemente a las interferencias, ya sabe, señor Fotheringay. Y de hecho son más de las once y media y probablemente esté en la cama y dormida. Cree usted que en general...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay consideró estas objeciones. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No veo que no se deba hacer mientras duerme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante un tiempo el señor Maydig se opuso a la idea y luego cedió. El señor Foderingay emitió las órdenes y un poco menos cómodos, quizá, los dos caballeros continuaron con su comida. El señor Maydig se estaba explayando sobre los cambios que podría esperar al día siguiente en su ama de llaves con un optimismo que pareció incluso al sentido del yantar del señor Fotheringay un poco forzado y agotador cuando desde arriba empezó a llegar una serie de confusos ruidos. Se intercambiaron miradas interrogativas y el señor Maydig abandonó apresuradamente la habitación. El señor Fotheringay le oyó llamando a su ama de llaves y luego oyó sus pisadas subiendo suavemente hasta ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un minuto o así el ministro volvió, el paso leve y la cara radiante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Maravilloso —dijo—, ¡y conmovedor! ¡De lo más conmovedor! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empezó a dar pasos por la alfombra de la chimenea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un arrepentimiento, un arrepentimiento de lo más conmovedor... por la rendija de la puerta. ¡Pobre mujer! ¡Un cambio de lo más maravilloso! Se había levantado. Se debió de haber levantado inmediatamente. Se había despertado para romper una botella privada de brandy que tenía en su baúl. ¡Y para confesarlo además!... Pero esto nos da, nos abre, el panorama más sorprendente de posibilidades. Si hemos podido obrar este milagroso cambio en ella...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al parecer la cosa es ilimitada —dijo el señor Fotheringay—. Y en cuanto a Winch...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Completamente ilimitada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y desde la alfombra de la chimenea el señor Maydig, dejando a un lado la dificultad de Winch, desplegó una serie de maravillosas propuestas, propuestas que inventaba sobre la marcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien, cuáles fueron esas propuestas no concierne a lo esencial de esta historia. Baste decir que estaban pensadas en un espíritu de infinita benevolencia, la clase de benevolencia que solía calificarse de panza llena. Baste decir también que el problema de Winch siguió sin resolver. Ni siquiera es necesario describir hasta qué punto esa serie llegó a realizarse. Hubo cambios sorprendentes. A altas horas los señores Maydig y Fotheringay se encontraban cruzando a toda velocidad la fría plaza del mercado bajo la quietud de la luna en una especie de éxtasis de taumaturgia, el señor Maydig, todo agitación y gesto, el señor Fotheringay, conciso e hirsuto y ya nada avergonzado de su grandeza. Habían reformado a todos los borrachos del distrito parlamentario, cambiado toda la cerveza y alcohol en agua —el señor Maydig se había impuesto al señor Fotheringay en este punto—, además habían mejorado considerablemente las comunicaciones ferroviarias del lugar, drenado la ciénaga de Flinder, mejorado el suelo del monte de Un Árbol y curado la verruga del vicario, e iban a ver qué se podía hacer con el dañado muelle del Puente Sur.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La ciudad —jadeó el señor Maydig— no será la misma mañana. ¡Qué sorprendidos y agradecidos estarán todos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y justo en ese momento el reloj de la iglesia dio las tres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oiga —dijo el señor Fotheringay—, son las tres. Tengo que volver a casa. He de estar en el trabajo a las ocho. Y además la señora Wimms...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estamos sólo empezando —dijo el señor Maydig rebosante de la dulzura del poder ilimitado—. Estamos sólo empezando. Piense en todo el bien que estamos haciendo. Cuando la gente se despierte... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero... —objetó el señor Fotheringay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Maydig le cogió de repente por el brazo. Tenía los ojos brillantes y desorbitados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mi querido amigo —dijo—, no hay prisa. Mira —apuntó a la Luna en el cenit—, ¡Josué!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Josué? —dijo el señor Fotheringay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Josué—dijo el señor Maydig—. ¿Por qué no? Párala. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay miró a la Luna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Está un poco alta—dijo después de una pausa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué no? —repitió el señor Maydig—. Por supuesto que no se para. Detienes la rotación de la Tierra, ya sabes. El tiempo se para. No es que estemos haciendo daño a nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Hum! —dijo el señor Fotheringay—. Bueno —suspiró—. Lo intentaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se abotonó la chaqueta, y se dirigió al globo habitable, con tanta seguridad como tenía en sus poderes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya, para de rotar, ¿quieres? —dijo el señor Fotheringay. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atropelladamente estaba volando de pies a cabeza en el aire a una velocidad de docenas de millas por minuto. A pesar de los innumerables círculos que estaba describiendo por segundo, pensó, porque el pensamiento es maravilloso —a veces tan lento como la brea fluyendo, a veces tan instantáneo como la luz. Pensó en un segundo y quiso: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Que baje sano y salvo. Pase lo que pase, que baje sano y salvo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo quiso justo en el preciso momento, porque sus vestidos calentados por su rápido vuelo por el aire estaban ya empezando a chamuscarse. Bajó con una enérgica, aunque de ningún modo peligrosa, sacudida a lo que pareció ser un montículo de tierra recién removida. Una gran masa de metal y cascotes, extraordinariamente parecida a la torre del reloj del medio de la plaza del mercado, se estrelló contra la tierra cerca de él, revotó sobre él y voló hecha piedras, ladrillos y cascotes como una bomba que estalla. Una vaca volando por el aire golpeó uno de los bloques y se aplastó como un huevo. Hubo un estrépito que hizo que todos los más violentos estrépitos de su vida anterior no parecieran sino el sonido de polvo cayendo y fue seguido por una serie descendente de estrépitos menores. Un fortísimo viento rugió por toda la tierra y el cielo de forma que apenas si pudo levantar la cabeza para mirar. Durante un rato estuvo demasiado atónito y sin aliento incluso para ver dónde estaba o qué había pasado. Y su primer movimiento fue para palparse la cabeza y cerciorarse de que el pelo que flotaba al viento era todavía el suyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Cielos! —jadeó el señor Fotheringay, apenas capaz de hablar a causa del vendaval—. ¡Me he librado por un pelo! ¿Qué ha salido mal? Tormentas y truenos. Y hace sólo un minuto una noche apacible. Es Maydig el que me ha metido en este tinglado. ¡Qué viento! Si sigo haciendo estas estupideces tendré un accidente estúpido...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Dónde está, Maydig? ¡En qué maldito lío está todo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miró a su alrededor hasta donde los aleteos de su chaqueta le permitían. El aspecto de las cosas era realmente extraño en extremo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El cielo está bien, de todas formas —dijo el señor Fotheringay—. Y eso es casi todo lo que está bien. Y hasta parece que se aproxima un terrorífico vendaval. Pero allá arriba está la Luna. Exactamente igual que estaba en este momento. Brillante como el mediodía. En cuanto al resto... ¿Dónde está el pueblo? ¿Dónde... dónde está todo? ¿Y qué diablos puso este viento a soplar? Yo no ordené ningún viento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Fotheringay luchó en vano por ponerse en pie, y después de un fracaso permaneció a cuatro patas, aguantando. Revisó el mundo iluminado por la luna en dirección a sotavento, con las puntas de la chaqueta ondeando sobre su cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hay algo que está realmente mal —dijo el señor Fotheringay—. Pero qué es... sólo Dios sabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A lo largo y a lo ancho no se veía nada en el blanco resplandor a través de la bruma de polvo que iba por delante del rugiente vendaval más que revueltas masas de tierra e incipientes montones de ruinas, nada de árboles, ni casas, ni formas familiares, sólo un páramo de desorden desvaneciéndose por fin en la oscuridad bajo las columnas y serpentinas de los remolinos, los rayos y truenos de una tormenta que se levantaba rápidamente. Cerca de él, en el lívido resplandor, había algo que podía haber sido alguna vez un olmo, una aplastada masa de astillas, temblaba de las ramas a la base, y más lejos una retorcida masa de vigas de hierro —obviamente el viaductosobresalía de una apilada confusión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya sabe, cuando el señor Fotheringay detuvo la rotación del sólido globo terráqueo, no había hecho ninguna estipulación concerniente a las trivialidades que se mueven por su superficie. Y la tierra gira tan deprisa que su superficie en el ecuador viaja a bastante más de mil millas por hora y en estas latitudes a más de la mitad de esa velocidad. Así que el pueblo, y el señor Maydig, y el señor Fotheringay, y todos y todo habían sido lanzados violentamente hacia adelante a unas nueve millas por segundo —es decir, de forma mucho más violenta que si hubieran sido disparados por un cañón. Y todos los seres humanos, todas las criaturas vivas, todas las casas y todos los árboles —todo el mundo tal y como lo conocemos— habían sido lanzados de esa manera, y machacados y destruidos completamente. Eso era todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde luego el señor Fotheringay no comprendió plenamente estas cosas. Pero se percató de que su milagro había fracasado, por lo que le sobrevino un gran asco hacia los milagros. Ahora estaba a oscuras porque las nubes se habían arremolinado y tapaban el momentáneo vislumbre de la luna y el aire estaba lleno de irregulares copos de granizo, torturados y luchadores. Un gran rugido del viento y las aguas llenaban el cielo y la tierra, y, escudriñando con la mano de visera a través del polvo y el aguanieve en dirección al viento, vio, a la luz de los rayos, una vasta pared de agua cayendo a cántaros que venía hacia el.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Maydig! —gritó la débil voz del señor Fotheringay entre el estrépito de los elementos—. ¡Aquí! ¡Maydig!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Detente! —gritó el señor Fotheringay al agua que avanzaba—. ¡Oh, por amor de Dios, detente!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sólo un momento —dijo el señor Fotheringay a los rayos y truenos—. Deteneos un momento mientras recopilo mis pensamientos... ¿Y ahora qué hago? —se preguntó—. ¿Qué hago? ¡Cielos! Ojalá estuviera aquí el señor Maydig.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya sé —dijo el señor Fotheringay—. Y por amor de Dios, que esta vez salga bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Ah! —exclamó—, que nada de lo que voy a ordenar suceda hasta que diga ¡ya!... ¡Cielos! Ojalá lo hubiera pensado antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elevó la vocecita contra el vendaval gritando más y más alto en el vano deseo de oír su propia voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Ahora!.. ¡allá va! Ten cuidado con lo que acabo de decir. En primer lugar cuando se haya realizado todo lo que tengo que decir, que pierda mis poderes milagrosos, que mi voluntad sea como la de cualquier otro y que terminen todos estos peligrosos milagros. No me gustan. Preferiría no haberlos hecho. Nunca. Eso es lo primero. Y lo segundo es que vuelva al momento de antes de empezar los milagros, que todo sea exactamente igual que era antes de que aquella bendita lámpara se volcara. Es mucho trabajo, pero es el último. ¿Lo has cogido? Ningún milagro más. Todo como estaba. Yo de vuelta en el Dragón Largo justo antes de beber mi media pinta. ¡Eso es! Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Metió los dedos en el montículo, cerró los ojos y dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Ya!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo se volvió completamente inmóvil. Se dio cuenta de que estaba firme, de pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso dice usted —dijo una voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió los ojos. Estaba en el bar del Dragón Largo discutiendo de milagros con Toddy Beamish. Tuvo una vaga sensación de algo grande olvidado que pasó instantáneamente. Ya sabe, excepto por la pérdida de los poderes milagrosos, todo volvía a estar como había estado, su inteligencia y memoria, por tanto, eran ahora exactamente lo que habían sido al comienzo de esta historia, de forma que no supo absolutamente nada de todo lo contado aquí, no sabe nada de todo lo contado aquí hasta el día de hoy. Y entre otras cosas, desde luego, todavía no cree en los milagros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Le digo que los milagros, hablando con precisión, no pueden existir —dijo—, mantenga lo que mantenga. Y estoy preparado para demostrárselo pase lo que pase.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso es lo que usted piensa —dijo Toddy Beamish—, demuéstrelo si puede.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Escuche, señor Beamish —dijo Fotheringay—. Entendamos claramente lo que es un milagro. Es algo contrario al curso de la naturaleza hecho por el poder de la Voluntad...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9019036574516868680-4920991541498119916?l=solocienciaficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/4920991541498119916'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/4920991541498119916'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/2011/11/el-hombre-que-podia-hacer-milagros-h.html' title='El hombre que podia hacer milagros- H. George Wells'/><author><name>Noche Eterna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13605232014348570180</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='14' src='http://3.bp.blogspot.com/-4hwrsne9sog/TsWJV9uoeOI/AAAAAAAACm0/hbMqWAZVPgE/s220/ojos.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680.post-593613245610291768</id><published>2011-11-07T11:50:00.000-08:00</published><updated>2011-11-07T11:55:35.329-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='E.T.A. Hoffmann'/><title type='text'>La casa vacia -E.T.A. Hoffmann</title><content type='html'>Ya sabéis -comenzó a decir Teodoro- que pasé el último verano en ***. Los numerosos amigos y conocidos que encontré allí, la vida amable y despreocupada, las numerosas manifestaciones artísticas y científicas, todo me retuvo. Nunca me sentía tan contento como cuando me entregaba por entero a mi pasión de vagabundear por las calles, deteniéndome para ver los grabados en cobre que se exhibían en las puertas, deleitarme con los letreros y observando a las personas que salían a mi encuentro, con idea de hacerles un horóscopo; pero no sólo me atraía irresistiblemente la riqueza de las obras de arte y el lujo, sino la contemplación de los magníficos y suntuosos edificios. La alameda, ornada de construcciones semejantes, que conduce a la Puerta de *** es el punto de reunión de un público dispuesto a gozar de la vida, ya que pertenece a la clase alta o acomodada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los pisos bajos de los grandes palacios exhibíanse la mayor parte de las veces mercancías lujosas, mientras que en los altos habitaba gente de las clases mencionadas. Las hosterías más elegantes estaban, por lo general, en esta calle y los representantes extranjeros vivían en ella; así podéis suponer que allí había una animación especial y mayor movimiento que en otro lugar de la ciudad, dando la sensación de hallarse más poblada de lo que realmente estaba. El interés por vivir en aquel sitio hacia que muchos se conformasen con una pequeña vivienda, menor de lo que les correspondía, de suerte que muchas familias habitaban en una misma casa, como si ésta fuera una colmena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con frecuencia paseaba yo por tal avenida, cuando un día, de pronto, me fijé en un paraje que difería de los demás de extraña manera. Imaginaos una casita baja, con cuatro ventanas, en medio de dos bellos y elevados edificios, cuyo primer piso apenas si se elevaba más que los bajos de las casas vecinas, y cuyo techo, en mal estado de conservación, así como las ventanas, cubiertas en parte con papeles, y los muros descoloridos, daban muestra del total abandono en que la tenía su propietario. Suponed qué aspecto tendría aquella casa entre dos mansiones suntuosas y adornadas con lujosa profusión. Permanecí delante contemplándola y observé al aproximarme qué todas las ventanas estaban cerradas, que delante de la ventana del piso bajo se levantaba un muro y que la acostumbrada campanilla de la puerta cochera, así como la de la puerta principal, no existían; ni tan siquiera había un aldabón o llamador. Con el tiempo llegué al convencimiento de que la casa estaba deshabitada, ya que nunca, pasase a la hora que fuera, veía la menor huella de un ser humano. ¡Una casa deshabitada en esa parte de la ciudad! Era algo muy raro, aunque posiblemente tendría una explicación natural: que su dueño estuviese haciendo un largo viaje o que viviese en posesiones muy lejanas, sin atreverse a alquilar o Vender este inmueble, por si lo necesitaba en el caso de volver a ***. Eso pensaba yo, y, sin saber cómo, me encontraba siempre paseando por delante de la casa vacía, al tiempo que permanecía, no tanto sumergido en extraños pensamientos, como enredado en ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien sabéis todos, queridos compañeros de mi alegre juventud, que siempre me considerasteis un visionario, y que cuantas veces las extrañas apariencias de un mundo maravilloso entraban en mi vida, vosotros, con vuestra rígida razón, lo combatíais. ¡Pues bien! Ahora podéis poner las caras de desconfianza que queráis, pues he de confesaros que yo también a veces he sufrido engaños, y que con la casa vacía parecía ir a ocurrir algo semejante, pero... al final vendrá la moraleja que os dejará aniquilados. ¡Escuchad! i Vamos al asunto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día, y precisamente a la hora en que el buen tono ordena pasear arriba y abajo por la alameda, estaba yo, como de costumbre, absorto en mis pensamientos, contemplando la casa vacía. De pronto, noté Sin mirar que alguien se había colocado a mi lado y me observaba fijamente. Era el conde P., en muchos puntos tan afín a mí, y no me cabe la menor duda de que también estaba interesado en la casa misteriosa. Me sorprendió que, al comunicarle la extraña impresión que me había causado esa casa deshabitada en aquella parte tan frecuentada de la ciudad, sonriese irónicamente, si bien al punto me aclarase todo. El conde P. había ido mucho más lejos que yo. Después de múltiples observaciones y combinaciones, había dado con la explicación de porqué se encontraba la casa en aquel estado, y precisamente la explicación estaba relacionada con una extraña historia, que sólo la más viva fantasía del poeta podía haber imaginado. Voy ahora a referiros la historia del conde, que recuerdo con entera claridad, y, por lo que respecta a lo que me sucedió luego, me siento tan excitado todavía, que os lo contaré después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué sorpresa fue la del conde al enterarse de que la casa vacía sólo alojaba los hornos del confitero, cuyos lujosos escaparates atraían al viandante! Por eso las ventanas del bajo, donde estaban los hornos, permanecían tapiadas y las habitaciones del primer piso, con las cortinas echadas para evitar el sol y los insectos, protegiendo así los artículos confitados. Cuando el conde me contó esto, sentí como si me hubieran arrojado un jarro de agua fría o como si demonios enemigos hicieran burla de mis sueños poéticos... Pese a aquella explicación prosaica, siempre que desde entonces pasaba ante ella, no dejaba de mirar la casa deshabitada, y, siempre que la miraba, sentía ligeros estremecimientos al imaginar toda clase de escenas extrañas. No me acostumbraba a la idea de la confitería, de los mazapanes, de los bombones, de las tartas, de las frutas escarchadas, etcétera. Una extraña combinación de ideas hacía que todo me sonase a secretos simbolismos y que pareciese decirme: «¡No os asustéis, amigo mío! Somos dulces criaturas, pero de un momento a otro estallará un trueno.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces yo volvía a pensar: «¿No eres acaso un loco, un iluso, que siempre tratas de convertir lo vulgar en algo maravilloso? ¿Tienen razón acaso tus amigos cuando te consideran un exaltado visionario?»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La casa, no podía ser de otro modo, permanecía siempre igual. Llegó un momento en que, al habituarse mi vista a ella y a las ilusorias figuras que parecían reflejarse en las paredes, éstas poco a poco fueron desapareciendo. Sin embargo, una casualidad hizo que lo que parecía dormido volviese a despertar. El hecho de haber quedado todo, a pesar mío, reducido a algo prosaico, como podéis imaginar, no impedía que yo siguiese mirando la fabulosa casa conforme a mi manera de pensar, pues soy fiel caballero de lo maravilloso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sucedió, pues, que un día en que, como de costumbre, paseaba por la alameda a las doce, mi mirada se fue a detener en las ventanas cubiertas por cortinas de la casa vacía. Noté que la cortina de la última ventana, justamente junto a la tienda de la confitería, comenzaba a moverse. Dejáronse ver una mano y un brazo. Con mis gemelos de ópera pude observar claramente la bella mano femenina, de blancura resplandeciente, en cuyo dedo meñique refulgía con desusado destello un brillante, y desde cuyo brazo redondeado, de belleza exuberante, lanzaba sus destellos un rico brazalete. La manó colocó un frasco de cristal de extraña forma en el alféizar de la ventana y desapareció tras la cortina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedé inmóvil; una rara y agradable emoción recorrió mi interior, a la manera de un calor eléctrico. Fijamente permanecí mirando a la ventana fatal y de mi pecho se escapó un suspiro. Por último, sentí como si fuese a desmayarme, y poco rato después me encontré rodeado de gentes de todas clases, que me observaban con semblante de curiosidad. Esto me disgustó, pero enseguida me di cuenta de que toda aquella muchedumbre no cesaba de comentar admirada que había caído desde un sexto piso un gorro de dormir sin que se le hubiese desgarrado ni una sola malla. Me alejé lentamente, mientras el demonio prosaico me susurraba con toda claridad al oído que la mujer del confitero, alhajada como en día de fiesta, se había asomado para dejar en la ventana un frasco de agua de rosa vacío. ¡Qué extraña ocurrencia! Pero, de pronto, tuve un pensamiento audaz; regresé al instante a contemplar el escaparate de la Confitería inmediato a la casa vacía y entré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras soplaba la espuma del hirviente chocolate que había pedido, comencé a decir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En realidad habéis ampliado mucho vuestro establecimiento...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El confitero echó con presteza un par de bombones de colores en el cucurucho de papel y, dándoselos a la encantadora joven que lo solicitaba, apoyó sus brazos en el mostrador, mirándome sonriente. Volví a repetirle que había hecho muy bien en colocar el horno en la casa contigua, aunque resultaba extraña y triste la casa vacía en medio de la animada fila de edificios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Eh, señor! -repuso el confitero-. ¿Quién le ha dicho que la casa de ahí al lado me pertenece? Han sido vanos todos mis intentos de adquirirla, aunque bien creo que esa casa posiblemente oculte un enigma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya podéis suponeros, amigos míos, en qué estado de excitación me dejó esta respuesta y qué reiteradamente le supliqué que me dijese algo más de la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pues, sí, señor mío! -díjome-. En realidad no sé nada raro de la casa; únicamente puedo aseguraros que pertenece a la condesa de S., que vive en sus posesiones, y desde hace muchos años no viene a ***. Como entonces no se habían construido los magníficos edificios que existen ahora, según me han contado, la casa está en el mismo estado que antaño y nadie sabe nada de la completa decadencia en que Se encuentra ahora. Sólo dos seres vivientes la habitan: un ancianísimo administrador muy huraño y un perro gruñón, que a veces, en el patio de atrás, ladra a la Luna. El rumor popular dice que debe haber fantasmas en la casa vacía. Realmente mi hermano (el dueño de la tienda) y yo hemos oído varias veces en el silencio de la noche, sobre todo en Nochebuena, cuando el negocio nos hace estar al pie del mostrador ruidos extraños que parecen venir a través de la pared desde la casa vecina. Luego comienzan a oírse unos sonidos estridentes y un rumor que nos parece horrible. Aún no hace mucho que una noche se oyeron cánticos, tan raros que apenas si puedo describirlos. Parecía la voz de una mujer de edad, pero el tono era tan penetrante, las cadencias tan variadas y los gorgoritos tan agudos, que ni siquiera los he oído en Italia, en Francia o en Alemania a las muchas cantantes que he conocido. Me pareció como si cantase con palabras francesas, que, sin embargo, no podía distinguir bien, aunque llegó un momento en que no pude oír más aquel canto loco y fantasmal que me ponía los pelos de punta. A veces, cuando el bullicio de la calle cesaba un poco oíamos detrás del cuarto trastero profundos suspiros y luego un reír sofocado que parecía venir del suelo; pero, con el oído pegado a la pared, podía percibirse que era en la casa vecina donde suspiraban y reían. Fíjese -dijo mientras me conducía a la habitación última y señalaba a través de la ventana-, fíjese usted en aquel tubo de metal que sale del muro. A menudo humea tanto, incluso en verano, cuando nadie necesita calefacción, que mi hermano muchas veces ha regañado con el inquilino por temor a un incendio. Pero éste se disculpa, diciendo que cocina su comida. Ahora bien, lo que coma, eso sólo Dios lo sabe, pues con frecuencia se propaga un olor muy especial sobre todo cuando el tubo humea mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta de cristal de la tienda resonó, y el confitero apresuróse, al tiempo que me lanzaba una mirada y me hacía una seña indicando a la persona que entraba, seña que comprendí perfectamente. ¿Quién podía ser aquel extraño personaje sino el administrador de la casa misteriosa? Imaginaos un hombrecillo delgado y seco, con semblante de momia, nariz aguda, labios contraídos, ojos chispeantes y verdes, de gato, sonrisa de loco, el pelo negro rizado a la antigua moda y empolvado, un tupé altísimo engomado y, colgando, una gran bolsa de piel llamada «Postilion d'Amour». Usaba un viejo vestido de color café 'desvaído, aunque muy bien cepillado y limpio, y grandes zapatos desgastados, con hebillas. Imaginaos que esta personilla se dirigió, mejor dicho dirigió su enorme puño, de dedos largos y robustos, hacia el escaparte y, medio sonriendo y medio contemplando los dulces preservados por el cristal, dijo con voz gemebunda y desvaída:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un par de naranjas confitadas, un par de almendrados, un par de marrons glacés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidme y juzgad si no había motivo para pensar algo raro. El confitero sirvió todo lo que el anciano pedía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¡Pesadlo, pesadlo, honorable señor vecino!», parecía susurrar aquel hombre extraño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego sacó del bolsillo, mientras gemía y suspiraba, una pequeña bolsa de cuero y buscó trabajosamente el dinero. Noté que las monedas que iba contando sobre el mostrador estaban ya en desuso. Con voz quejumbrosa murmuró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dulce..., dulce..., dulce debe ser todo... Por parte mía, todo dulce... Satanás unta el hocico de su novia con miel..., pura miel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El confitero me miró riéndose, y luego dijo al viejo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se diría que no os encontráis bien; la edad, debe ser la edad; las fuerzas disminuyen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin alterar su gesto, el viejo exclamó con voz aguda:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Edad? ¿Edad? ¿Que disminuyen las fuerzas? ¿Débil yo, flojo? ¡Ja, ja, ja!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y tras esto cerró los puños, haciendo crujir sus articulaciones, y dio tal salto en el aire, tras pisar con fuerza, que toda la tienda se estremeció y los cristales resonaron temblorosos. Pero en el mismo instante oyóse una algarabía espantosa: el viejo había pisado al perro negro, que se fue a meter entre sus piernas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Maldita bestia! ¡Maldito perro del infierno! -dijo en voz baja, mientras, abriendo el cucurucho, le ofrecía un almendrado grande. El perro, que se había puesto a llorar como si fuera una persona, se tranquilizó, sentóse sobre sus patas traseras y empezó a roer el almendrado como un hueso. Ambos terminaron a la vez: el perro con su almendrado y el viejo zampándose todo el cucurucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--Buenas noches, querido vecino -dijo alargando la mano al confitero y dándole tal apretón, que éste lanzó un grito de dolor-. El viejo y débil anciano os desea buenas noches, honorable señor confitero-repitió saliendo de la tienda y tras él su perro negro, relamiendo los restos del almendrado esparcidos por su hocico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pareció que ni siquiera había reparado en que estaba yo allí, inmóvil y asombrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahí le tenéis -comenzó a decir el confitero-, ahí le tenéis; así es como obra este viejo extraño, que aparece por aquí cuando menos dos o tres veces por semana, pero no hay forma de sacarle nada; sólo que es el mayordomo del conde de S., que ahora administra esta casa donde vive, y que espera todos los días, y así lleva muchos años, que la familia condal de S. retorne, y que por ese motivo no alquila la casa. Mi hermano un día fue a su encuentro y le preguntó qué era ese ruido tan extraño que hacía a medianoche, pero él. muy tranquilo, respondió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si la gente dice que hay fantasmas en esta casa, no lo creáis; no es cierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A todo esto Sonó la hora en que el buen tono ordena visitar las confiterías. La puerta se abrió, y una multitud elegante entró, de modo que ya no pude preguntar más. No cabía la menor duda de que las noticias del conde P., acerca de la propiedad y el empleo de la casa, eran falsas; que el viejo administrador, no obstante su negativa, no vivía solo, y que allí se ocultaba un secreto. ¿Tenía alguna relación el extraño y espantoso cántico con el bello brazo que se mostró en la ventana? Aquel brazo no correspondía, no podía tener relación alguna, con el cuerpo de una mujer vieja. El cántico, sin embargo, conforme a la descripción del confitero, no provenía de la garganta de una muchacha. Además, recordé la humareda y el extraño olor de que me había hablado, así como el frasco de cristal visto por mí, y muy pronto se ofreció a mi mente la imagen de una criatura de bellos ojos, presa de poderes mágicos. Creí ver en el viejo un brujo fatal, un hechicero, que posiblemente no tenía relación alguna con la familia condal de S. y que, por cuenta propia, encontrábase en la casa abandonada haciendo de las suyas. Mi fantasía se puso a trabajar, y aquella misma noche, no sólo en sueños, sino en el delirio que precede al dormir, vi claramente la mano con el brillante refulgente en el dedo y el brazo ceñido por el rico brazalete. Un semblante bellísimo se me apareció entre la transparente niebla gris, semblante que tenía ojos azules, tristes y suplicantes, y luego la figura encantadora' de una joven en la plenitud de su belleza. Muy pronto me di cuenta de que, lo que tomaba por niebla, era la humareda que se desprendía del frasco de cristal que tenía la figura entre sus manos, y que subía en rizadas volutas hacia lo alto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¡Oh, mágica visión -exclamé extasiado-, oh, mágica visión! ¿Dónde te encuentras, quién te ha encadenado? ¡Oh, cuánto amor y tristeza hay en tu mirada! Bien sé que la magia negra te tiene prisionera, que eres la desgraciada esclava de un demonio malicioso, vestido con ropas marrones que trastea por la confitería, da saltos capaces de destruir todo y pisa a perros infernales, que alimenta con almendrados, cuando, a fuerza de aullidos, han consumado sus evocaciones satánicas... ¡Oh, ya lo sé todo, bella y encantadora criatura! ¡El diamante es el reflejo de tu brillo interior! ¡Ah!, si no le hubieses dado la sangre de tu corazón, ¿cómo iba a brillar así, con rayos tan multicolores y con tonos tan maravillosos que jamás ha podido ver un mortal? Sí, sé muy bien que el brazalete que ciñe tu brazo es una argolla de la cadena a que hacía referencia el hombre vestido de marrón, que es un eslabón magnético. ¡No le hagas caso, hermosa mía! Ya veo cómo se suelta y cae en la encendida retorta, desprendiendo llamas azuladas. ¡Yo lo he echado y ya estás libre! ¿Acaso no sé todo, acaso no sé todo, amada mía? Pero escúchame, encantadora, abre tus labios y dime...»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mismo instante un puño poderoso me empujó contra el frasco de cristal, que se rompió en mil pedazos, esparciéndose por el aire. Con un débil quejido de dolor, la encantadora figura desapareció en la oscura noche...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;|Ah! Veo por vuestra sonrisa que de nuevo me tomáis por un visionario. Pero os aseguro que todo el sueño, si es que no queréis prescindir de este nombre, tenía el perfecto carácter de una visión. Como veo que continuáis sonriéndoos y negándoos a creerme, de un modo prosaico, prefiero no decir nada, sino terminar de una vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas amaneció, corrí muy intranquilo y Heno de deseos hacia la alameda y me aposté frente a la casa vacía. Además de las cortinas interiores, había rejas. La calle estaba totalmente vacía. Acerquéme a la ventana del piso bajo y me puse a escuchar atentamente. Pero no oí nada; todo estaba en un silencio sepulcral. Ya se hacía de día y comenzaba a animarse el comercio; debía irme de allí. Os cansaría si os contase cuántos días fui a la casa en momentos diversos, y todo en vano, sin poder descubrir nada, y cómo todas mis investigaciones y observaciones no me procuraron ninguna noticia. Así es que, finalmente, la bella imagen de la visión que había contemplado fue esfumándose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mas he aquí que un día que volvía de dar un paseo por la tarde, al pasar por delante de la casa vacía noté que la puerta estaba medio abierta; entré. El hombre del traje marrón se asomó. Yo había tomado una resolución. Pregunté al viejo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Vive aquí Binder, el consejero de Hacienda?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al tiempo empujaba la puerta para entrar en un vestíbulo iluminado débilmente por la luz de una lámpara. El viejo me miró con su sonrisa permanente y dijo con voz lenta y gangosa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, no vive aquí; nunca ha vivido aquí, nunca vivirá aquí y tampoco vive en toda la alameda. Pero la gente dice que en esta casa hay fantasmas. Sin embargo, puedo asegurarle que no es cierto; es una casa muy tranquila, muy bonita, y mañana vendrá la respetable condesa de S. ¡Buenas noches, mi querido amigo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas terminó de decir esto, el viejo se las ingenió para echarme de la casa y cerrar la puerta tras de mí. Oí cómo resonaban las llaves en su llavero, mientras subía las escaleras, carraspeando y tosiendo. Aquel escaso tiempo fue suficiente sin embargo, para que viese qué en el vestíbulo colgaban tapices antiguos de varios colores y que la sala estaba amueblada con sillones de damasco rojo, todo lo cual le daba un aspecto extraño, ¡Nuevamente volvieron a despertarse en mi interior la fantasía y la aventura tras de haber entrado en la casa misteriosa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Imaginaos..., imaginaos al día siguiente en qué estado volví a recorrer la alameda al mediodía. Al dirigir la mirada involuntariamente hacia la casa vacía, observé que algo brillaba en el piso alto. Al acercarme vi que la persiana estaba levantada y la cortina medio corrida. iOh, cielos! Apoyado en su brazo, el bello semblante de aquella visión mía me miraba suplicante. ¿Era posible permanecer quieto en medio de la muchedumbre? En aquel momento me fijé en el banco destinado a los viandantes, colocado precisamente ante la casa vacía, aunque de espaldas a la fachada. Con paso rápido caminé por la alameda y. apoyándome sobre el respaldo del banco, pude contemplar sin ser molestado la ventana fatal. ¡Si!, era ella, la encantadora y bella criatura, los mismos rasgos... Sólo que su mirada incierta... no se dirigía a mí, según me pareció, sino más bien denotaba algo artificial, como muerto. Daba la engañosa impresión de pertenecer a un cuadro, impresión que hubiera sido completa de no haberse movido el brazo y la mano. Totalmente absorto en la contemplación del extraño ser que estaba asomado a la ventana, y que me causaba tan rara exaltación, no oí la voz temblona de un vendedor ambulante italiano que inútilmente me ofrecía su mercancía. Como me tocase el brazo, volvíme con presteza y le reñí furioso. No me dejaba un instante con sus súplicas pedigüeñas. En todo el día no había ganado nada; decía que le comprase un par de lápices o un paquete de mondadientes. Impaciente, para librarme a toda prisa de aquel pesado, metí la mano en el bolsillo en busca de mi bolsa mientras él me decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aún tengo cosas más bonitas. Buscó en su caja y sacó un espejito, que estaba en el fondo con otros cristales, y me lo mostró de lejos. Volví a mirar la casa vacía, la ventana y los rasgos de aquel encantador y angelical semblante de la visión que se me había aparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apresurado compré el espejito, que me permitió, sin necesidad de molestar al vecino, mirar hacia la ventana. Así es que, contemplando durante largo rato el rostro misterioso, me sucedió que experimenté un sentimiento rarísimo e indescriptible, como si estuviera soñando despierto, Tuve la sensación de que me paralizaba, pero más bien que los movimientos del cuerpo, la mirada, que no podía apartar del espejo. Confieso con rubor que recordé aquellos cuentos infantiles que me relataba en mí tierna niñez la criada al acostarme, cuando me divertía contemplándome en el gran espejo de la habitación de mi padre. Me dijo entonces que, cuando los niños se miran mucho por la noche al espejo, ven la cara horrible de un desconocido, y esto hacía que a veces permanecieran mirando fijamente. Aquello me parecía horroroso, pero aun sobrecogido por el espanto, no podía dejar de mirar a través del espejo, porque tenía una gran curiosidad de ver el semblante desconocido. Una vez parecióme ver un par de ojos brillantes, horribles, que despedían chispas desde el espejo; me puse a gritar y caí desvanecido. En aquella ocasión se me declaró una larga enfermedad, y todavía hoy tengo la sensación de que aquellos ojos me están mirando. En una palabra: todas aquellas beberías de mi infancia pasaron por mi imaginación; sentí que se me helaban las venas, y quise apartar de mi lado el espejo..., pero no pude. Los ojos celestiales de la encantadora criatura me contemplaban. Sí, su mirada penetraba directamente en mi corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, aquel espanto que me sobrecogió repentinamente cesó y dio paso a un suave dolor y a una dulce nostalgia, semejante al efecto de una sacudida eléctrica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tenéis un espejo envidiable! - dijo una voz junto a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desperté como de un sueño, y cuál no sería mi desconcierto cuando encontré a mi lado unos semblantes que sonreían de modo equívoco. Varias personas habíanse sentado en el mismo banco y era lo más probable que, por mi insistencia en mirar al espejo y quizá por los extraños gestos que debí de hacer en el estado de exaltación en que me encontraba, diese un espectáculo muy divertido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tenéis un espejo envidiable -repitió la voz al ver que yo no respondía-. ¿Por qué miráis con tanta fijeza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un hombre ya de edad, vestido muy cuidadosamente, que en el tono de su conversación y en la mirada tenía algo de bondadoso e inspiraba confianza, era quien me hablaba. No tuve reparo en decirle que precisamente en el espejo veía a una joven maravillosa que estaba asomada a la ventana de la casa vacía. Fui más lejos aún: pregunté al viejo si veía él también aquel maravilloso semblante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Allí, en aquella casa vieja..., en la última ventana? - me preguntó asombrado el viejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ciertamente, ciertamente -repuse. El viejo se sonrió y comenzó a decir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Os habéis engañado de un modo extrañísimo... Doy gracias a que mis viejos ojos... ¡Dios bendiga mis viejos ojos! ¡Eh, eh, señor mío! En efecto, sí, yo también he visto con estos ojos bien abiertos el semblante maravilloso asomado a la ventana. Aunque realmente bien creo que se trata de un retrato al óleo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rápidamente me volví hacia la ventana: todo había desaparecido y la persiana se había bajado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -continuó el viejo-; sí, señor mío, no es demasiado tarde para convencerse de que precisamente ahora el criado que vive ahí solo, como un castellano, en los cuarteles de la condesa de S., acaba de limpiar el polvo del cuadro, lo ha quitado de la ventana y bajó la persiana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Así que era un cuadro? - pregunté totalmente desconcertado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Confiad en mis ojos -repuso el viejo-. Al ver en el espejo sólo el reflejo del cuadro ha sido usted fácilmente engañado por la ilusión óptica. ¿Acaso yo, cuando tenía vuestra edad, gracias a mi fantasía, no era capaz de evocar la imagen de una bella joven y de darle vida?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero la mano y el brazo se movían -insistí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, sí; se movían, todo se movía -dijo el viejo sonriendo y dándome un golpecito en el hombro. Luego levantóse y después de hacerme una reverencia se despidió con estas palabras-: Tened cuidado con esos espejos de bolsillo, que mienten tan engañosamente. Téngame por su más obediente servidor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podéis imaginar cuál sería mi estado de ánimo cuando me vi tratado como si fuera un ser fantástico, necio y visionario. Quedé convencido de que el viejo tenía razón, de que toda aquella loca fantasmagoría había tenido lugar en mi interior, y que todo lo de la casa vacía, para vergüenza mía, sólo era una mixtificación repelente. De muy mal humor y muy disgustado abandoné el banco, decidido a librarme de una vez para siempre del misterio de la casa vacía o, por lo menos, dejar transcurrir unos días sin pasear por la alameda ni por aquel sitio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguí tal propósito al pie de la letra. Pasaba las horas ocupado en los negocios de mi bufete, y al atardecer pasaba el rato en un círculo de alegres amigo?, de tal modo que no volvieron a atormentarme aquellos secretos. Únicamente me sucedía algunas noches que me despertaba como si alguien me tocase, y entonces tenía la clara sensación de que, sólo el ser misterioso que se me había aparecido al mirar la ventana de la casa vacía, era la causa de mis sobresaltos. Incluso cundo estaba en mi trabajo o en animada conversación con mis amigos me estremecía con este pensamiento, como si hubiese recibido una sacudida eléctrica. Pero esto sucedía en momentos fugaces. El pequeño espejo de bolsillo, que en otro tiempo tan mentirosamente había reflejado la imagen amable, ahora me servía para menesteres prosaicos: acostumbraba a hacerme el nudo de la corbata ante él. Pero sucedió un día que lo encontré opaco, y echándole el aliento lo froté para darle brillo. Se me detuvo el pulso y todo mi ser se estremeció al experimentar un sentimiento, de terror no exento de cierto agrado. Sí..., ciertamente tengo que calificar de ese modo la sensación que me sobrecogió cuando eché el aliento al espejo, pues contemplé, en medio de una neblina azul, el bello rostro, que me miraba suplicante, con una mirada que traspasaba el corazón. ¿Os reís? Sí, estáis convencidos de que soy un visionario sin remedio. Mas decid lo que queráis, pensad lo que queráis; no me importa. La maravillosa mujer me miraba, en efecto, desde el espejo; pero en cuanto cesé de echarle aliento al espejo, desapareció su rostro de él... No quiero fatigaros más. Pues voy a referir todo lo que sucedió después. Sólo os diré que incansablemente yo repetía la experiencia del espejo y casi siempre lograba evocar la imagen, aunque algunas veces mis esfuerzos resultaban infructuosos. Entonces corría como loco hacia la casa vacía y me ponía a contemplar la ventana; pero ningún ser humano se asomaba... Vivía sólo pensando en ella; todo lo demás me parecía muerto, sin interés; abandoné mis amigos, mis estudios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En estas circunstancias muchas veces sentía un dolor suave y una nostalgia como soñadora. Parecía a veces como sí la imagen perdiese fuerza y consistencia, aunque en otras ocasiones se agudizaba de tal modo que recuerdo algunos momentos con verdadero espanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encontrábame en un estado de ánimo tal, que hubiera estado a punto de ser mi perdición. Pero aunque os riáis y os burléis de mí, escuchad lo que voy a contaros. Como ya os dije, cuando aquella imagen palidecía, lo que sucedía muy a menudo, sentía un malestar muy grande. Entonces la figura hacía su aparición con una viveza tal, con un brillo tan grande, que me daba la sensación de poder tocarla. Aunque realmente también tenía la horrible impresión de ser yo mismo la figura envuelta por la niebla que se reflejaba en el espejo. Aquel estado penoso terminaba siempre con un agudo dolor en el pecho y luego con una gran apatía que me dejaba preso de un total agotamiento. En los momentos en que fracasaba en mi intento del espejo, notaba que me quedaba sin fuerzas; pero cuando volvía a aparecer la imagen en él, no he de negar que experimentaba un extraño placer físico. Esta continua tensión ejercía sobre mí un influjo maligno; con una palidez mortal y totalmente destrozado, andaba vacilante; mis amigos me consideraban enfermo y sus continuas advertencias me obligaron a meditar seriamente acerca de mi estado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuera intencionadamente o de forma casual, unos amigos que estudiaban medicina, en una visita que me hicieron dejaron allí un libro de Reil sobre las enfermedades mentales. Comencé a leerlo. La obra me atrajo irresistiblemente, pero ¡cuál no sería mi asombro al ver que todo lo que se decía en tomo a la locura obsesiva lo experimentaba yo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El profundo espanto que sentí, al imaginarme cercano al manicomio, me hizo reflexionar, y tomé una decisión, que ejecuté al momento. Guardé mi espejo de bolsillo y me dirigí rápidamente al doctor K.. famoso por su tratamiento y curaciones de dementes, debidas al profundo conocimiento que tenía del principio psíquico, que a menudo es causa de enfermedades corporales, pero mediante el cual también pueden curarse. Le referí todo, no oculté ni el menor detalle, y juré que haría cuanto pudiera para salvarme del monstruoso destino en que veía una amenaza. Escuchóme atentamente, y luego noté cómo en su mirada se reflejaba un gran asombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aún no está el peligro cerca -me dijo-; no está tan cerca como creéis, y os afirmo con toda certeza que puedo alejarlo. No hay la menor duda de que padecéis un mal psíquico, pero el mismo reconocimiento del ataque de un principio maligno os permite tener a mano el arma con que defenderos. Dejadme el espejo, dedicaos a algún trabajo que ocupe todas vuestras fuerzas, evitad la alameda, trabajad desde muy temprano todo lo que podáis resistir. Después de un buen paseo, reunios con vuestros amigos, que hace tanto que no veis. Comed alimentos saludables, bebed buen vino. Como veis, trato de fortalecer vuestro cuerpo y de dirigir vuestro espíritu hacia otras cosas, para alejar de vos la idea fija, es decir, la aparición que os ofusca, ese semblante en la ventana de la casa vacía que veis reflejada en vuestro espejo. ¡Seguid al pie de la letra mis prescripciones!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me resultaba difícil separarme del espejo. El médico, que ya lo había cogido, pareció notarlo. 'Echó su aliento sobre él y me preguntó mientras lo retenía;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Veis algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada, ni la menor cosa -repuse, como realmente sucedía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Echad vos el aliento -dijo el médico, mientras me lo devolvía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así lo hice, y la imagen maravillosa apareció más claramente que nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Aquí está! -exclamé en voz alta. El médico miró y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No veo absolutamente nada, pero no he de ocultaros que, en el mismo instante en que miré en vuestro espejo, sentí un estremecimiento siniestro, que se me pasó en seguida. Bien sabéis que soy muy sincero, y por eso merezco vuestra confianza. Repetid la prueba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así lo hice; el médico me rodeó con sus brazos; sentí su mano en mi nuca. La imagen volvió. El médico, que miraba conmigo en el espejo, palideció; luego, quitándome el espejo de la mano, miró de nuevo, lo guardó en su pupitre y volvióse hacia mí, mientras se secaba el sudor de la frente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Seguid mi prescripción -comenzó a decir-. Seguid punto por punto mi prescripción. Tengo que reconocer que aquellos momentos en que vuestro yo interior siente un dolor físico me resultan muy misteriosos, aunque espero poder deciros pronto algo acerca de este asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguí al pie de la letra los consejos del médico, por muy penoso que me resultara, y aunque pronto sentí la influencia beneficiosa de la dieta ordenada y de los diversos trabajos en que se ocupaba mi espíritu, sin embargo no pude verme totalmente libre de aquellos horribles accesos, que solían manifestarse al mediodía, y sobre todo a las doce de la noche. Incluso en medio de las más alegres reuniones, bebiendo y cantando, me sucedía como si atravesasen mi interior puñales incandescentes, y entonces eran inútiles todos los esfuerzos que hacía para resistir; tenía que alejarme, pudiendo solamente volver a casa cuando retornaba de mi desvanecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sucedió, pues, que un día, estando en una reunión nocturna en la que se hablaba de efectos e influencias, se trató también del oscuro y desconocido campo del magnetismo. Se hacía referencia preferentemente a la posible influencia de un lejanísimo principio psíquico, y se pusieron muchos ejemplos. Sobre todo, un joven médico, muy dado al magnetismo, demostró que, tanto él como otros muchos, mejor dicho, como todos los magnetizadores poderosos, podía obrar desde lejos mediante su pensamiento y voluntad sobre una sonámbula. Todo lo que habían dicho Kluge, Schubert, Barteis y otros podía demostrarse con pruebas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me parece que lo más importante -terminó finalmente uno de los presentes, un conocido médico que estaba allí como atento observador-, lo más importante de todo es que el magnetismo parece encerrar muchos enigmas, que, por lo general, no se consideran secretos en la vida diaria, sino simples experiencias. Así, pues, tenemos que andar con pies de plomo. ¿Cómo es posible que suceda que, aparentemente, sin motivo alguno externo o interno, y rompiendo la cadena de los pensamientos, una determinada persona o simplemente la imagen fiel y viva de algún acontecimiento se apodere dé nosotros de manera que nos quedemos asombrados? Lo más notable es lo que a menudo experimentamos en sueños. Toda la imagen del sueno se hunde en un negro abismo, y he aquí que de nuevo, independientemente de la imagen de aquel sueño, surge otra con poderosa vida, imagen que nos transporta a lejanas regiones y de pronto nos pone en relación con personas aparentemente desconocidas, en las que hacía ya mucho años no pensábamos. Sí, y todavía más, a menudo contémplennos personas desconocidas o que conocimos hace muchos años. Como cuando decimos algunas veces: «¡Dios mío! Este hombre, esta mujer me resultan conocidos; me parece haberlos visto ya en alguna parte, es probable, aunque parezca mentira, que sea el recuerdo oscuro de un sueño. ¿Cómo podría explicarse esta súbita aparición de imágenes extráñate en medio de nuestras ideas, que suelen apoderarse de nosotros con una fuerza especial, si no fuese porque son motivadas por un principio psíquico? ¿Cómo sería posible ejercer influencia en un espíritu extraño en determinadas circunstancias, y sin preparación alguna, de forma que podamos obrar sobre él como si estuviera muerto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un paso más -añadió otro riéndose- y estamos en los embrujamientos, la magia, los espejos y las necias fantasías y supersticiones de los tiempos antiguos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Eh! - interrumpió el médico al escéptico-. No hay ninguna época anticuada, y mucho menos puede considerarse necios a los tiempos pasados en que hubo hombres que pensaron, pues también tendríamos que considerar necia nuestra propia época. Hay algo, por mucho que nos esforcemos en negarlo, y que más de una vez se ha demostrado, y es que en el oscuro y misterioso reino, que es la patria de nuestro espíritu, arde una lamparita, perceptible por nuestra mirada, ya que la Naturaleza no ha podido negarnos el talento y la inclinación de los topos, pues, ciegos como somos, buscamos orientarnos a través de caminos de tinieblas. Y así como los ciegos de la tierra reconocen la proximidad del bosque por el rumor de las hojas de los árboles, por el murmullo y el sonido de las aguas, y se cobijan en sus sombras refrescantes, y el arroyo les calma su sed, de forma que su anhelo alcanza la meta deseada, del mismo modo presentimos nosotros, gracias al resonante batir de alas y al aliento espiritual de los seres, que nuestro peregrinaje nos conduce al manantial de la luz, ante la cual se abren nuestros ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pude resistir más tiempo, y, volviéndome hacia el médico, le dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Considero, y no quiero entrar en más profundidades, considero posible no sólo esta influencia, sino también otras, y creo que en el estado magnético pueden realizarse operaciones gracias al principio psíquico. Asimismo -continué-, creo que existen fuerzas demoníacas enemigas que pueden ejercer su poder maléfico sobre nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Serán partículas malignas de espíritus caídos -repuso el médico riéndose-. No. no debemos admitir esto, y sobre todo les suplico que no tomen estas insinuaciones mías sino como simples sugerencias, a las que voy a añadir que no creo en un indiscutible dominio de un principio espiritual sobre otro, sino más bien tengo que admitir que todo sucede a causa de una debilidad de la voluntad, cambio o dependencia que permite este dominio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En fin -comenzó a decir un hombre de edad que había permanecido callado, aunque escuchando muy atentamente-, en fin, estoy de acuerdo con vuestras extrañas ideas acerca de los misterios impenetrables con los que tratamos de familiarizamos. Si existen misteriosas riquezas activas, que se ciernen sobre nosotros amenazadoramente, tiene que existir alguna anormalidad en nuestro organismo espiritual que nos robe fuerza y valor para resistir victoriosamente. En una palabra: sólo la enfermedad del espíritu, los pecados, nos hacen siervos del principio demoníaco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es digno de notarse -prosiguió- que ya, desde los tiempos más remotos, las fuerzas demoníacas sólo actuaban sobre los hombres que sufrían grave trastorno espiritual. Me refiero, sobre todo a encantos o hechicerías amorosas de que están llenas todas las crónicas. En los más disparatados procesos brujeriles aparecen siempre, e, incluso en los códigos de algunas naciones muy civilizadas, se habla de filtros amorosos, destinados a obrar psíquicamente, que no sólo despiertan el deseo amoroso, sino que irresistiblemente obran sobre una determinada persona. Ya que la conversación trata de estas cosas, recordaré un suceso trágico que sucedió en mi propia casa hace poco tiempo. Cuando Bonaparte invadió nuestro país con sus tropas, un coronel de la Guardia Noble italiana alojóse en mi casa. Era uno de los pocos oficiales de la llamada Grande Armée, que se había distinguido por su conducta digna y correcta. De semblante pálido, sus ojos hundidos daban señales de estar enfermo o presa de una profunda preocupación. Pocos días después de su llegada, estando conmigo, sucedió algo que manifestó la especie de enfermedad de que se veía atacado. Encontrábame yo precisamente en su habitación cuando, de pronto, conienzó a suspirar y se llevó una mano al pecho, o mejor dicho, a la altura del estómago, como si sintiese dolores mortales. Llegó un momento en que no pudo hablar, viéndose obligado a tumbarse en el sofá; luego, de pronto, perdió la visión y quedóse rígido, sin conocimiento, como un palo. Pero después se incorporó como si despertase de un sueño, aunque era tal su cansancio, que durante mucho tiempo no pudo moverse. Mi médico, a quien yo envié después de haber probado diversos métodos, comenzó a tratarle magnéticamente, y esto pareció ejercer algún efecto. Pero, en cuanto dejaba de magnetizarle, el enfermo experimentaba un sentimiento insoportable de malestar. Como el médico se había ganado la confianza del coronel, confesóle éste que en aquellos momentos veía la imagen de una joven que había conocido en Pisa; tenía entonces la sensación de que su mirada ardiente penetraba en su interior, y era cuando experimentaba aquellos dolores insoportables, hasta que caía inconsciente. Aquel estado le causaba tal dolor de cabeza y una tensión tal como si hubiera vivido un éxtasis amoroso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada dijo de cuáles fueran las relaciones que hubiera tenido con aquella mujer. Las tropas estaban a punto de emprender la marcha; el coche del coronel hallábase a la puerta, éste estaba desayunando, y he aquí que, en el mismo momento de llevarse a los labios un vaso de vino de Madera, se desplomó, cayendo al suelo, al tiempo que profería un grito. Estaba muerto. Los médicos diagnosticaron un ataque nervioso fulminante. Unas semanas después, me entregaron una carta dirigida al coronel. Yo no tenía intención de abrirla, pues pensaba dársela a algún amigo de sus familiares, al tiempo de comunicarles la noticia de su repentina muerte. La carta provenía de Pisa, y supe que contenía las siguientes palabras: «¡Infeliz! Hoy, día 7, a las doce del mediodía, falleció Antonia, abrazando amorosamente tu imagen traicionera.» Miré el calendario, en el que había señalado el día de la muerte del coronel, y vi que el fallecimiento de Antonia había sido a la misma hora que el suyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quise escuchar el resto de la historia que refería aquel hombre, pues invadióme tal terror al reconocer mi propio estado en el del coronel italiano, que salí apresurado, rabiando de dolor, poseído por el loco anhelo de ver la imagen desconocida. Corrí hacia la casa fatal. Desde lejos me pareció ver brillar luces a través de las persianas bajadas; pero, a medida que me fui aproximando, se desvaneció el brillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Furioso, ebrio de amor, me lancé hacía la puerta, que cedió a mi empuje. Encontróme en un vestíbulo débilmente iluminado. El corazón me saltaba del pecho, tal era la angustia y la impaciencia que sentía; oyóse un cántico caudaloso que parecía provenir de una garganta femenina cuyo tono agudo resonaba en toda la casa; en fin, no sé cómo sucedió que me encontré de pronto en una gran sala iluminada con muchas velas, amueblada a la manera antigua, con muebles dorados y muchos exóticos jarrones japoneses. Una nube de humo se elevaba, como una neblina azul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bienvenido seas, seas bienvenido..., dulce desposado!... ¡Ha llegado la hora de la boda! -se oyó gritar a una voz de mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como todavía no sé cómo hice mi aparición en la sala, tampoco puedo decir de qué modo apareció de improviso resplandeciente, a través de la niebla, una bella figura juvenil, ataviada con ricos vestidos, que se dirigió hacia mí con los brazos abiertos mientras repetía: «¡Bienvenido seáis, dulce desposado!», al mismo tiempo que un semblante horriblemente deformado por la edad y la locura me miraba con fijeza a los ojos. Mi espanto fue tan grande que vacilé, como si estuviera fascinado por la mirada penetrante y vivaz de una serpiente de cascabel; no podía apartar los ojos de aquella vieja horrible ni tampoco podía dar un paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acercóse a mí, y entonces tuve la sensación de que su espantoso rostro era sólo la máscara recubierta de un tenue velo, que mostró con apariencia más bella a través del espejo. Sentía ya el contacto de las manos de aquella mujer cuando, dando un agudo chillido, se tiró al suelo. Oyóse entonces una voz detrás de mí que decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya, vayal Otra vez el diablo está de broma con Vuestra Excelencia. ¡A la cama, a la cama! ¡Si no habrá palos muy fuertes!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvíme rápidamente y vi al administrador en camisa, agitando un látigo sobre su cabeza. Trataba de descargar sus golpes sobre la vieja, que se revolcaba en el suelo dando alaridos. Le agarré el brazo y, tratando de evitarme, exclamó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Truenos y centellas, señor mío! Satanás hubiera estado a punto de matarla de no haber aparecido yo a tiempo. ¡Largo, largo de aquí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí de la sala, y en vano traté de encontrar la puerta de la calle en la oscuridad. Desde allí escuché los latigazos y los gritos y gemidos de la vieja. Empecé a pedir auxilio a gritos, pero noté que el suelo se hundía bajo mis pies y caí escaleras abajo, yendo al fin a dar contra una puerta, de tal modo que ésta se abrió y fui rodando a parar a un cuartito. Cuando vi la cama, en la que había huellas de haber sido abandonada recientemente, y observé la levita color marrón que estaba colgada en una silla, reconocí al instante la casaca del viejo administrador. Pocos instantes después, se oyeron pasos por la escalera, y éste descendió y vino a ponerse a mis pies.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Por todos los santos -suplicóme con las manos unidas- por todos los santos, no sé quién sois y cómo la vieja bruja ha podido atraeros! Pero os ruego que calléis, que no digáis nada de lo que aquí ha sucedido; de lo contrario, me quedaré sin empleo y sin pan. Su excelencia, la loca, ya ha recibido su castigo y se encuentra atada a la cama. Dormid bien, honorable señor, con toda tranquilidad. ¡Sí, que podáis dormir bien! Es una noche de julio muy agradable y calurosa, y aunque no hay luna, él resplandor de las estrellas os alumbrará... Así es que, ¡muy buenas noches!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas terminó su discurso, el viejo se levantó y, cogiendo una luz. me empujó fuera del subterráneo, y, haciéndome cruzar la puerta, la cerró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me encaminé hacia mi casa completamente desconcertado y, ya podéis imaginar. que sin dejar de pensar en el horrible secreto, ni poder de momento establecer la menor relación entre aquellas cosas y lo sucedido el primer día. Sólo estaba seguro de algo: de que estaba ya libre del poder maligno que me había retenido durante tanto tiempo. Todo el doloroso anhelo que había sentido por causa de la encantadora imagen había desaparecido, pues súbitamente, con aquella visita había tenido la sensación de entrar en un manicomio. No me cabía la menor duda de que el administrador era el guardián tiránico de una mujer loca, de noble cuna, cuyo estado quizá quisiera ocultarse al mundo; pero lo que no se explicaba era el espejo.,.., aquel semblante encantador... En fin, ¡sigamos, sigamos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasado algún tiempo asistí a una reunión muy concurrida del conde P., y éste, llevándome a un rincón, me dijo sonriendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sabéis que ya se empieza a descifrar el secreto de nuestra casa vacía?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intenté escuchar lo que el conde trataba de referir, pero como en aquel momento se abrieron las puertas del comedor, nos encaminamos a la mesa. Totalmente ensimismado, pensando en los secretos que el conde iba a revelarme, ofrecí el brazo a una joven dama y mecánicamente seguí el rígido ceremonial de la fila. La conduje al puesto que nos ofrecían y, al contemplarla, vi los mismos rasgos que la imagen del espejo, y eran tan exactos que no cabía engaño. Ya podéis imaginaros que me estremecí, pero también puedo asegurar que no hubo entonces la menor resonancia de aquella loca y fatídica pasión que se apoderaba de mí cada vez que veía, en el espejo la imagen de aquella mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi sorpresa, aún más, mi espanto, debió reflejarse en mis ojos, pues la joven me miró asombrada, de tal modo que consideré necesario sobreponerme y. con toda la serenidad de que era capaz, la expliqué que tenía la sensación de haberla visto en alguna parte. La breve explicación que me dio era que esto no era posible, pues ayer por primera vez había venido a ***, lo que realmente me desconcertó. Enmudecí. Sólo la mirada angelical que me lanzaron los bellos ojos de la joven me reanimó. Bien sabéis cómo en estas ocasiones las antenas espirituales se tienden y palpan suave, suavemente, hasta que se vuelve a captar- el tono. Así lo hice y muy pronto hallé que aquella encantadora criatura tenía cierta sensibilidad enfermiza. Cuando yo salpicaba la conversación con alguna palabra atrevida y rara, para darle sabor, noté que sonreía, aunque su sonrisa era dolorosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No estáis alegre, amiga mía; quizá haya sido la visita de esta mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto dijo un oficial, no lejos de nosotros, a mi dama; pero en el mismo instante su vecino le cogió del brazo y le dijo algo al oído, en tanto que una señora, al otro lado de la mesa, con las mejillas encendidas y la mirada refulgente, se puso a hablar en voz alta de la magnífica ópera que había visto representar en París y a compararla con las actuales. A mi vecina se le saltaron las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Soy tonta -dijo volviéndose hacia mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como antes habíase quejado de jaqueca, le dije: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esto es resultado de su dolor de cabeza y lo mejor para estar alegre es la espuma que rebosa esta bebida poética.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AI decir estas palabras serví champán en su copa, que rehusó al principio, aunque luego probó, y con su mirada agradeció la alusión a sus lágrimas, que no podía ocultar. Pareció alegrarse un poco y todo hubiera ido bien si yo, inesperadamente, no hubiese tropezado en un vaso inglés, que resonó con un sonido estridente y agudísimo. Mi vecina palideció mortalmente e incluso a mí mismo me sobrecogió un espanto repentino, porque el sonido de la copa era igual a la voz de la vieja loca de la casa vacía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando nos dirigíamos a tomar café tuve ocasión de acercarme al conde P.; él se dio cuenta en seguida del motivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sabéis que vuestra vecina es la condesa Edmunda de S.? ¿Sabéis que la hermana de su madre está encerrada en la casa vacía desde hace varios años como loca incurable? Hoy por ¡a mañana, ambas, madre e hija, estuvieron a ver a la desdichada. El viejo administrador, el único que era capaz de dominar los tremendos ataques de la condesa, y que había tomado sobre sus hombros esta responsabilidad, ha fallecido, y se dice que la hermana, por fin, ha sido confiada en secreto al doctor K., que buscará remedios extremos, si no para curarla totalmente, al menos para librarla de los horribles ataques de locura furiosa que padece de vez en cuando. No sé más por ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como algunos se acercaran, interrumpió la conversación. El doctor K. era precisamente la única persona a la que yo había comunicado mi extraña situación; así es que podéis suponeros que, en cuanto pude, me apresuré a verle y a referirle punto por punto todo lo que me había sucedido desde la última vez que le vi. Le supliqué que. para tranquilidad mía, me contase todo lo que supiese acerca de la vieja loca y no tardó lo más mínimo, después que le prometí guardar el secreto, en confiarme lo siguiente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Angélica, condesa de Z.-así comenzó el doctor-. no obstante estar bordeando los treinta años, se encontraba en la plenitud de su singular belleza, cuando he aquí que el conde de S., más joven que ella, tuvo ocasión de verla en la corte de *** y quedó prendado de sus encantos. Pretendióla al punto e incluso, como la condesa aquel verano regresase a las posesiones de su padre, él la siguió con el fin de comunicarle al viejo marqués sus deseos, al parecer no sin esperanzas, según se deducía de la conducta de Angélica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero apenas el conde S. llegó y vio a Gabriela, la hermana pequeña de Angélica, fue como si le hubieran hechizado. Angélica parecía marchita al lado de Gabriela, cuya belleza y bondad atrajeron irresistiblemente al conde S., de tal modo que, sin consideración a Angélica, pidió la mano de Gabriela, a lo que muy gustosamente accedió el viejo conde Z., ya que Gabriela, también demostraba inclinación decidida por aquél. Angélica no exteriorizó el menor disgusto por la infidelidad del enamorado. «¡Creerá que me ha dejado! ¡Qué loco! ¡No se ha dado cuenta de que no era yo su juguete, sino él el mío, y que acabo ahora de tirarlo!». Así hablaba con orgullosa burla y en realidad todo su ser daba muestras de que era verdadero el desprecio que mostraba por el infiel. Bien es verdad que, mientras el lazo entre Gabriela y el conde de S. fue estrechándose, vióse muy pocas veces con Angélica. Esta no aparecía en la mesa y decíase que vagaba solitaria por los bosques próximos, que había escogido para sus paseos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un extraño suceso vino a interrumpir la monotonía que reinaba en el palacio. Sucedió que los cazadores del conde de Z., con ayuda de un grupo de campesinos, habían logrado, por fin, capturar a una banda de gitanos, a los que se culpaba de todos los incendios y robos que desde hacía poco asolaban la región. Trajeron a todos los hombres encadenados en una larga cadena y un carro lleno de mujeres y niños, y los dejaron en el patio del palacio. Algunos, de rostros obstinados y ojos de mirada salvaje y brillante, como la del tigre apresado, miraban con atrevimiento y denotaban quiénes eran los ladrones y los criminales. Sobre todo llamaba la atención una mujer muy delgada, con aspecto espantoso, cubierta con un chal encarnado de la cabeza a los pies, que, subida al carro, gritaba con voz de mando que la dejasen bajar, sucediese lo que sucediese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El conde de Z. bajó al patio del palacio y ordenó que fuesen encarcelados individualmente en los calabozos de palacio. Pero he aquí que, mientras decía esto hizo su aparición la condesa Angélica, desmelenada, con el terror y el espanto reflejados en su semblante, y poniéndose de rodillas, gritó con voz estridente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¡Deja libres a esta gente..., déjalos libres..., son inocentes, son inocentes!... Padre, ¡libértales! Si derramáis una sola gota de su sangre me clavaré este cuchillo en el pecho.» No bien acabó de decir esto, la condesa blandió un cuchillo en el aire y cayó desmayada. «Muñequita mía, tesoro mío, ya sabía, yo que no lo permitirías», dijo la vieja vestida de rojo. Luego se arrodilló junto a la condesa y cubrió su rostro de besos nauseabundos, en tanto que murmuraba: «¡Hijita linda, hijita linda, despierta, despierta, que viene el novio! iEh, eh, que viene el lindo novio!».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al mismo tiempo, la vieja sacó una redoma con un pececillo dorado, que se agitaba en una especie de alcohol plateado, Colocó la redoma sobre el corazón de la condesa y al instante ella se despertó; pero apenas vio a la gitana, se incorporó de un salto y, abrazándola con ardor, apresuróse a entrar en palacio en su compañía. El conde de Z., Gabriela y su novio, que habían contemplado la escena, permanecían inmóviles, como si se hubiera apoderado de ellos un terrible espanto. Los gitanos seguían indiferentes y tranquilos. Fueron soltados de la cadena y vueltos a encadenar individualmente para ser encerrados en los calabozos del palacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, el conde de Z. reunió al pueblo; trajese a su presencia a los gitanos y declaró que eran inocentes de todos los robos que habían acaecido en la comarca, de modo que, después de quitarles las cadenas, con asombro de todos, bien provistos de pases, fueron dejados en completa libertad. Se echó de menos a la mujer de rojo. Algunos decían que era la reina de los gitanos, que se distinguía de los demás por la cadena de oro que les colgaba del cuello y que el plumero rojo, que llevaba en su chambergo español, había estado por la noche en la habitación del conde. Poco tiempo después quedó aclarado que los gitanos no habían tenido la menor participación en los robos y en los crímenes de la comarca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba ya próxima la boda de Gabriela. Un día ésta vio con asombro que se preparaba una mudanza en varios carros que llevaban muebles, baúles con trajes, ropa; en una palabra, todo lo que denota un traslado. A la mañana siguiente, se enteró de que Angélica, en compañía del ayuda de cámara del conde S. y de una mujer vestida de modo semejante a la gitana de rojo, había emprendido viaje aquella misma noche. El conde Z. descifró el enigma, aclarando que, por determinados motivos, veíase obligado a ceder a los deseos absurdos de Angélica, y no solamente la regalaba la casa amueblada en la alameda de ***, sino que la permitía que llevase allí una vida independiente. Incluso veíase obligado a admitir que nadie de la familia, ni siquiera él mismo, podría entrar en la casa sin un permiso especial. El conde de S. añadió que, por deseo insistente de Angélica, debía cederle su ayuda de cámara, que había emprendido el viaje a ***. Tuvo lugar la boda. El conde de S. fue con su esposa a *** y así pasó un año gozando de una alegría no turbada. Pero poco después comenzó a sentir una extraña enfermedad. Sucedía que un oculto dolor le robaba las fuerzas vitales y el goce de la vida, y eran vanos los esfuerzos de su esposa para descubrir el secreto que parecía destrozarle. Como, finalmente. los frecuentes desvanecimientos hicieran que su estado cada vez fuese más peligroso, cedió a los consejos de los médicos y encaminóse a Pisa. Gabriela no pudo acompañarle, ya que esperaba dar a luz en las próximas semanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A partir de aquí -prosiguió el médico- lo que le sucedió a la condesa Gabriela es tan extraño que basta con que escuchéis lo que viene a continuación. En una palabra: su hija desapareció de la cuna de forma inexplicable y fueron inútiles todas sus pesquisas; su desconsuelo convirtióse en desesperación, ya que al mismo tiempo el conde de Z. le comunicó la horrible noticia de que su yerno, al que creía camino de Pisa, había sido encontrado muerto de un ataque fulminante precisamente en casa de Angélica, en ***; que Angélica se había vuelto loca, todo lo cual le resultaba insoportable al conde de Z.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cuanto Gabriela de S. se recuperó un poco, se apresuró a dirigirse a las posesiones de su padre; después de pasar una noche entera insomne, contemplando la imagen del esposo y de la niña perdidos, creyó oír un ligero rumor en la puerta de su alcoba; encendió el cirio del candelabro que le servía durante la noche, y salió. Y ¡santo Dios!, acurrucada en el suelo, envuelta en su chal rojo, permanecía la gitana, mirándola con ojos fijos e inmóviles y en sus brazos tenía una criatura que lloraba tan angustiosamente que a la condesa le dio. un vuelco el corazón. ¡Era su hija!... ¡La hija perdida! Arrancó la niña de los brazos de la gitana y apenas lo había hecho cuando ésta cayó retorciéndose y quedó como una muñeca inanimada. A los gritos de espanto de la condesa todos despertaron y acudieron presurosos, encontrando muerta a la gitana, qué por medio ninguno pudo ser reanimada, y el conde hizo que la enterrasen. No pudo hacer otra cosa sino apresurarse a ir hacia la enloquecida Angélica, donde quizá pudieran descubrir el secreto de la niña. Pero encontró que todo había cambiado. La furia salvaje de Angélica había alejado a todas las criadas; sólo el ayuda de cámara permanecía con ella. Luego. Angélica volvió a tranquilizarse y a recobrar la razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero cuando el conde le refirió la historia de la niña de Gabriela, juntando las manos, dijo riéndose a carcajadas: «¿Ya ha venido la muñequita? ¿Ya ha venido?... ¿Enterrada, enterrada? ¡Jesús! ¡Qué elegante está el faisán dorado! ¿No sabéis nada del león verde con los ojos azules?».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con gran espanto dióse cuenta el conde del retorno de la locura, mientras súbitamente el semblante de ella parecía adquirir los rasgos de la gitana. Decidió entonces llevársela a sus posesiones, aun cuando el ayuda de cámara aconsejara lo contrario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mismo instante de empezar los preparativos para partir, se apoderó de nuevo dé Angélica el ataque de rabia y de furor. En una pausa de lucidez, suplicó a su padre con ardientes lágrimas que la dejase morir en la casa, y éste, conmovido, accedió, aunque consideró que la confesión que se escapó de sus labios era sólo una prueba más de la locura que sufría. Angélica confesó que el conde S. había vuelto a sus brazos y que la niña que la gitana había llevado a casa del conde de Z. era el fruto de esta unión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la ciudad todos creyeron que el conde de Z. había llevado a la infeliz a sus posesiones, aunque en realidad permanecía oculta en la casa vacía, al cuidado del ayuda de cámara. El conde Z. murió poco tiempo después y la condesa Gabriela de S. vino con Edmunda para arreglar los papeles familiares. No renunció entonces a ver a su infeliz hermana. En esta visita debió de haber sucedido algo raro, aunque la condesa no me confío nada; sólo habló, en general, de que se habían visto obligadas a librar a la infeliz loca de la tiranía del viejo ayuda de cámara. Ya en una ocasión éste trató de, dominar los ataques de locura. castigándola cruelmente, pero se dejó embaucar al oír las alusiones de Angélica, que decía saber hacer oro, y junto con ella había emprendido toda clase de extrañas operaciones, al tiempo que la proporcionaba todo lo necesario para esta transformación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sería superfluo -me dijo el médico» poniendo así fin a su relato-, sería superfluo que os dijese precisamente a vos, que os fijaseis bien en la rara relación que tienen todas estas extrañas cosas. Estoy convencido de que sois quien desencadenó la catástrofe que debía ocasionar la inmediata curación o la muerte de la vieja. Por lo demás, no quiero ocultar que me he asustado no poco cuando entré en relación magnética con usted, lo cual ocurrió al mirar en el espejo. Sólo usted y yo sabemos que contemplamos la imagen de Edmunda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como el médico creyó oportuno no añadir ningún comentario más, yo también considero innecesario extenderme sobre el asunto y, sobre todo, acerca de las relaciones posibles entre Angélica, Edmunda, yo y el viejo ayuda de cámara, y no traté de averiguar nada tampoco sobre las místicas y recíprocas relaciones que desempeñaron su papel demoníaco. Únicamente añadiré que la impresión siniestra que estos sucesos me produjeron fueron causa de que tuviera que irme de la ciudad, y, aunque pasado algún tiempo olvidé todo, creo que en el mismo instante en que falleció la vieja loca experimenté un sentimiento de bienestar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así terminó Teodoro su relato. Mucho hablaron sus amigos de aquella aventura y todos estuvieron de acuerdo en que en ella se unía lo raro con lo maravilloso en extraña mezcla.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9019036574516868680-593613245610291768?l=solocienciaficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/593613245610291768'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/593613245610291768'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/2011/11/la-casa-vacia-eta-hoffmann.html' title='La casa vacia -E.T.A. Hoffmann'/><author><name>Noche Eterna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13605232014348570180</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='14' src='http://3.bp.blogspot.com/-4hwrsne9sog/TsWJV9uoeOI/AAAAAAAACm0/hbMqWAZVPgE/s220/ojos.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680.post-5645873039666475830</id><published>2011-11-07T11:49:00.000-08:00</published><updated>2011-11-07T11:50:06.699-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Herbert George Wells'/><title type='text'>EL PAÍS DE LOS CIEGOS- HERBERT GEORGE WELLS</title><content type='html'>Próximamente a trescientas millas del Chimborazo y a cien de las nieves del Cotopaxi, en la región más desierta de los Andes ecuatoriales, ábrese el valle misterioso donde existe el país de los ciegos. Hace cuatro siglos todavía era el valle asequible, aun cuando siempre insondables precipicios y peligrosos ventisqueros lo rodearon casi totalmente. Y tal vez entonces fue cuando algunas familias de indígenas peruanos se refugiaron en él para huir de la tiranía de los colonizadores españoles. Sobrevino después la terrible erupción del Mindovamba que hundió durante diecisiete días a Quito en las tinieblas; y desde los manantiales hervorosos de Yaguaxi hasta Guayaquil, flotar-on sobre todos los ríos peces muertos. No hubo parte en la vertiente del Pacifico donde no se registraran desprendimientos formidables, súbitos deshielos que originaran inundaciones; y la antigua cúspide montañosa del Arauca rodó por la vertiente de la cordillera con ruido infinitamente multiplicado de catarata, cegó los caminos, y formó para siempre una barrera infranqueable entre el país de los ciegos y el resto del inundo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el momento de producirse este horror geológico, uno de los primeros colonos del valle había partido hacia las lejanas comarcas habitadas, con una delicada misión; y como al regreso no pudiera encontrar el camino ni abrirse ruta alguna, vióse forzado a dar por muertos a su mujer, a su hijo y a cuantos había dejado en la montaña, y a crearse una existencia nueva; pero las dolencias y la ceguera lo envejecieron en pocos años, y al cabo fue a terminar sus días obscuramente en una mina. ¿Por qué causa abandonó el refugio adonde fuera transportado muy niño, envuelto en harapos, sobre el lomo de una llama? La versión que dio de su peregrinación y de la vida de sus compañeros en el retiro inaccesible, constituyó el origen de una leyenda perpetuada hasta nuestros días en toda la cordillera andina. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El valle, según él, gozaba de un clima benigno y contenía cuanto puede necesitar el hombre: agua dulce, jugosos pastos, abundantes repechos de tierra rica en materias azoadas y cubierta de coposos frutales. De un lado, contenían los aludes vastos pinares; y de los otros, altas murallas rocosas, siempre crestadas de nieve, defendían el valle. Los torrentes del deshielo no llegaban a él, precipitándose hacia las llanuras por otros declives; sin embargo, a largos intervalos, enormes masas arborescentes, desprendidas de las cimas, pasaban cerca del vallecito donde nunca nevaba ni llovía, a pesar de lo cual su vegetación estaba siempre regada por canales dispuestos por el sabio capricho de la naturaleza. Todo esto hacía que los rebaños se multiplicaran v que los hombres vivieran en aquel oasis una vida próspera; pero una honda preocupación nublaba su dicha: una plaga extraña no sólo hacía nacer sin vista a todos sus hijos, sino que se la hacía perder a cuantos niños de edad tierna habían traído con ellos en su éxodo. Y fue precisamente en busca de un ensalmo o una droga contra tan terrible enfermedad, por lo que el viajero a quien se debe la leyenda afrontó las fatigas, las zozobras y los riesgos de aventurarse por gargantas y desfiladeros hacia la llanura. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquellos tiempos los hombres ignoraban aún la existencia de los microbios y el poder contagioso de la infección, y creían que sus grandes males eran castigo a sus pecados. Según el cándido emisario, aquella aflictiva ceguera provenía de que los primeros fugitivos, privados de la compañía y el consejo de un sacerdote, omitieron al tornar posesión del valle, erigir un altar a la divinidad; y el objeto de su viaje era adquirir uno que, no siendo demasiado caro, satisficiese la exigencia divina; también quería comprar reliquias, medallas y cuantos talismanes pudieran contribuir a mitigar el celestial enojo. En su bolso de viaje llevaba, para pago del santo remedio contra la ceguera, una barra de plata virgen, cuyo origen se negó a explicar; y aunque con la tozudez de un mentiroso torpe aseguró al principio que ni vestigios del precioso metal existían en el remoto vallecito, acosado, declaró al fin, con falsía evidente, que sus compañeros de retiro y él, que para nada necesitaban allá de las cifras de riqueza tan ambicionadas por los demás hombres, habían fundido cuantas monedas les quedaban, para fabricar aquel lingote, a través del cual debían recibir el favor del cielo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Basta un leve esfuerzo de imaginación para figurarse al pobre enviado de la montaña con los ojos ya casi obscurecidos, calcinados del sol y de los reflejos de la nieve, inquieto y torpe entre los hombres comunes, extraños y ya casi nuevos para él, mientras torpemente, volteando entre las manos su sombrero, contaba la historia a un sacerdote que lo escuchaba con atención en que la sorpresa iba venciendo a la incredulidad. Nos lo figuramos anheloso de emprender otra vez la ascensión hacia su país, lleno el saco de las piadosas panaceas; y después, cuando estaba ya a medio camino, feliz con el resultado de su misión, imaginamos el desencadenamiento de la catástrofe y su horrendo drama al ver cerrados inexorablemente por el cataclismo cuantos caminos lo podían llevar al lugar donde sus compañeros lo aguardaban ansiosamente. Nada volvió a saberse de sus infortunios, a no ser su muerte después de haber rondado en tentativas varias y estériles el edén de donde no había sido expulsado por la espada flamígera del ángel, sino por las nieves infranqueables. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El torrente que antaño que bajaba a la llanura en anchurosa vena desciende hoy repartido por entre rocosas hendiduras, y el recuerdo, transmitido de generación a generación, de las palabras torpes v sugeridoras del desterrado, creó la leyenda de que una raza de hombres ciegos existía en un lugar arcano de la montaña; leyenda que se hubiera convertido en mito si una casualidad milagrosa no la hubiese, hace poco, revelado en todo su horror. Mientras tanto, la misteriosa enfermedad siguió el curso terrible de sus estragos afligiendo a los habitantes de la aislada colonia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vista de los ancianos se debilitó hasta obligarlos a ayudarse con el tacto para todos sus menesteres; la de los jóvenes fue decreciendo Y tornándose confusa, y los recién nacidos vinieron ya al mundo sin vista. Sin embargo, la vida era fácil en el solitario vallecito: orillado de nieves y desprovisto de espinosos arbustos e insectos venenosos, sólo pastaban en él las apacibles llamas que, traídas por los primeros moradores, se habían multiplicado y circunscripto a vivir en la planicie, cercadas por los enhiestos hielos y asustadas por las insondables torrenteras. La lenta gradación del mal impedía casi a los desventurados darse cuenta de su infortunio; y estos primeros atacados de la plaga sirvieron de guía a los niños ciegos, quienes merced a ellos conocieron hasta los más recónditos repliegues del valle. Y cuando, muertos los ancianos, no quedó ni uno solo que pudiese ver el esplendor del mundo, la vida de la remota colonia no siguió por eso un curso menos plácido y laborioso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El fuego fue conservado y transmitido de padres a hijos en hornillos de piedra. Aunque al principio los ciegos fueron gentes de tosco entendimiento, apenas pulidos con un tenue barniz de civilización ibérica, conservaron puro el idioma y vivas las tradiciones y el sentido de la inmemorial filosofía peruana. Si bien olvidaron muchas costumbres, crearon otras; y en su aislamiento llegaron por completo a perder la noción del mundo, que pasó a ser un ensueño cada vez más borroso, hasta abolirse en su conciencia. Para toda labor que no exigiese de insustituible modo el sentido de la vista, eran habilísimos; y al cabo surgió entre ellos un hombre emprendedor, inteligente y persuasivo, que impuso las primeras normas de una organización acomodada a la nueva naturaleza; más tarde nació y creció otro, que murió también cual su predecesor, y merced a los continuos esfuerzos de los superiores y a la disciplina de todos, la colmena ciega se multiplicó rigiéndose en las cosas fundamentales por principios justos, de modo que, al comenzar la quincuagésima generación a contar desde el antepasado que, habiendo partido hacia las llanuras con una barra de plata para comprar el socorro de Dios, fue bloqueado por el cataclismo y no pudo volver, el mundo ignoraba por completo la existencia de aquella agrupación humana sin vista perdida entre los hielos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y fue entonces cuando desde el mundo exterior, por azar, llegó al país de los ciegos el hombre cuyas aventuras vamos a referir. Núñez era nativo de los alrededores de Quito. Andariego y emprendedor, había leído libros y recorrido todo el país hasta el mar, sacando de viajes y lecturas un caudal de perspicaz osadía. Varios ingleses que iban a intentar la excursión a diversos picos de los Andes lo contrataron para sustituir a uno de sus tres guías suizos que cayó enfermo; y envalentonados por el éxito de algunas ascensiones bastante peligrosas, decidieron acometer la del altísimo Parascotopetl, durante la cual desapareció Núñez. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El relato del accidente se ha escrito lo menos una docena de veces, y en la versión de Pointer, superior sin duda a las otras, tiene un acento dramático y verídico. El narrador dice que, después de una subida casi vertical con riesgo constante de caer en e abismo, llegaron al borde de la última y más honda de las simas que los separaban de la cúspide y edificaron para pasar la noche una especie de cabaña en un saliente de la roca. De pronto, se dieron cuenta de que Núñez no estaba junto a ellos y, llenos de presentimientos pavorosos, lo llamaron a grandes voces, que se alejaban en el vasto silencio sin hallar respuesta... Durante toda la noche renovaron sus inútiles tentativas, unas veces gritando y otras silbando para ser oídos por el ausente; y sólo cuando la luz del alba les permitió descubrir las huellas de la caída, comprendieron que toda esperanza era vana. Núñez había resbalado en el declive de la vertiente patinando durante una extensión enorme y oblicua, en la cual el peso de su cuerpo imprimió un hondo surco y suscitó un alud. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La estela iba a perderse en una sima tras la cual la vista ya no podía distinguir nada; y en el fondo, después de largo y fatigoso escrutar a causa de las reverberaciones, creyeron entrever, indeterminadas por la bruma, las copas de unos árboles emergiendo de una caída angosta: el país de los ciegos. Mas como ignoraban la proximidad y aun casi la existencia de esta comarca legendaria, apenas se fijaron en aquel accidente del paisaje y, decepcionados por el revés, renunciaron el mismo día a la ascensión. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pointer hubo de regresar a su patria sin acometer nuevas empresas; todavía hoy el Parascotopetl yergue hasta el cielo su cabeza inconquistada, y la choza edificada por los exploradores debió desaparecer bajo las nieves sin que jamás ningún otro hombre volviese a refugiarse en ella. Y, sin embargo, el guía que todos dieran por muerto, sobrevivió al resbalar, se sintió caer envuelto en torbellinos de nieve por un plano inclinado de más de mil pies hasta el borde de un precipicio, desde el cual volvió a rodar por otra pendiente, aturdido y casi insensible; y de caída en caída llegó al cabo a un lugar donde su cuerpo se detuvo, adolorido pero milagrosamente ileso, envuelto en la bola de nieve que lo habla acompañado y salvado convirtiéndose en su vehículo. Cuando recobró el conocimiento, tuvo la ilusión de estar enfermo, acostado en su cama; pero pronto su larga experiencia de alpinista le impuso, aunque confusamente, la realidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco a poco, para reponerse se fue librando de su tutelar envoltura y vio en lo alto rutilar las estrellas. Durante mucho tiempo quedó inmóvil, preguntándose en qué región apartada de la tierra se hallaba; luego continuó sus investigaciones, y palpándose los miembros comprobó que su chaqueta, algunos de cuyos botones hablan saltado en la violencia de la calda, habíasele arrollado al cuello envolviéndole casi la cabeza. El bolsillo donde guardaba la navaja estaba vacío y también había perdido el pico y el sombrero, a pesar, de llevarlo atado con un barboquejo. Esta última circunstancia le recordó que en el momento de resbalar estaba sacando pedazos de roca para construir el techo de la cabaña. Sólo entonces dióse exacta cuenta de su caída; y alzando la cabeza miró, bajo el pálido calor de la luna naciente, que amplificaba las distancias, parte del largo camino recorrido. Sus ojos extáticos contemplaron la inmensa y blanca montaña que de instante en instante, según avanzaba la luna hacia el cenit, destacaba en las tinieblas su masa formidable; y la belleza fantástica y misteriosa del paisaje y el recuerdo y la soledad y la desesperanza, le oprimieron tanto el corazón que un acceso convulso de sollozos y de risa se apoderó de él. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Largo rato permaneció así. Después, se dio cuenta de que su cuerpo había llegado hasta el límite de las nieves; y más abajo, al término de un suave declive practicable, percibió espacios obscuros que debían ser herbosas superficies. A pesar de tener dolorido el cuerpo y anquilosadas las articulaciones, hizo el esfuerzo de incorporarse trabajosamente, y dejándose deslizar llegó hasta el lecho vegetal; luego de sacar de su chaleco interior la cantimplora de agua y vaciarla de un trago, se acostó de nuevo y cayó casi enseguida en un sueño profundo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El canto de los pájaros en la arboleda lo despertó muchas horas después, y trató de orientarse: encontrábase sobre una meseta triangular al pie de un vasto precipicio abierto en la última vertiente que había recorrido en su caída; ante él, una mole rocosa surcada por desfiladeros elevábase a gran altura de este a oeste; los rayos del sol doraban esa mole en toda su extensión. Del lado libre abríase un precipicio igualmente abrupto, pero, fijándose bien, Núñez descubrió entre las junturas de la roca una especie de túnel cubierto de nieve a medio deshelar, por el cual, arriesgándose a todo, emprendió el camino. El descenso fue menos difícil de lo que supuso v pronto se halló en otra segunda meseta, desde la cual, tras una corta ascensión, nada peligrosa, pudo llegar a una rápida pendiente cubierta de arbolado. Desde allí vio que todos los desfiladeros desembocaban en anchas y verdes praderas, en cuyo fondo distinguió claramente un caserío de extraña forma. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muy poco a poco, pues su avance, dada la fatiga y las anfractuosidades del terreno, era lento, siguió avanzando, mas antes de llegar a la planicie el sol se ocultó, cesaron los cantos de los pájaros y el aire sopló ruidoso y frío por la pétrea garganta. Desde la gélida obscuridad, el valle parecía, a lo lejos, más luminoso con su ondulada fragancia y su grupo de viviendas; unos pasos después, el terreno aceleraba su descenso en empinados declives, y entre las hendiduras de las rocas, Núñez, buen observador, vio una gramínea para él desconocida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Impulsado por el hambre, arrancó varias hojas y se puso a masticarlas con avidez. Seria ya mediodía cuando, reconfortado algo con el jugo de la planta y con la esperanza, encontróse al fin en el límite del desfiladero y pudo dilatar su vista por la llanura inundada de sol. Y como si de casi pronto todo, los dolores y las fatigas de su carne, suspensos en la zozobra, resurgiesen en el instante de salvación, sintió la necesidad de llenar en un manantial su cantimplora vacía y de acostarse un rato a reposar punto a un árbol, antes de dirigirse hacia las casas. Aquellas casas tenían un aspecto muy extraño, y a medida que Núñez observaba, dábase cuenta de que no eran las casas sólo, sino el valle entero lo que tenía un aire insólito. Todo él estaba dividido en parcelas lozanas, recamadas de flores y regadas con un cuidado que denotaba un método estricto. A media pendiente, rodeando el valle, erguíase un murallón, del que partía un canal, subdividido al llegar al llano en numerosas acequias. Más lejos, rebaños de llamas pastaban pacíficamente y, de tramo en tramo de la muralla, veíanse tejadizos que debían servir de refugio a los animales. Las acequias convergían en el centro del valle, para formar un canal más ancho orillado por barandales de piedra casi tan altos como un hombre; y tanto estos canales como los numerosos caminos de piedras blancas y negras y estrechas aceras muy cuidadas, daban en su entrecruzamiento geométrico un carácter extraordinariamente urbanizado al vallecito. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las viviendas en nada recordaban las desordenadas aglomeraciones andinas familiares a Núñez: en fila a ambos lados de la calle central, limpia como un espejo, sorprendían por la total ausencia de ventanas y por la falta de armonía entre sus colores. Ya desde más cerca, pudo ver Núñez que estaban enjalbegadas con una especie de cal a veces gris, castaño y hasta de color pizarra y negro. Y ante esta ornamentación fantástica, acudió por primera vez la palabra ciego al pensamiento del extraviado, que se dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El pobre albañil que revoca aquí las fachadas debe ser más ciego que un topo. Descendió por el último repecho abrupto y se detuvo a cierta distancia de la muralla que circula la ciudadela, cerca del sitio donde las acequias desaguaban el sobrante de su caudal en una cascada trémula y espumosa que iba a perderse en las profundidades. Desde allí distingue en un sitio apartado del valle un grupo de hombres y mujeres que parecían dormir la siesta al amparo de altos haces de heno; a la entrada del pueblecillo algunos niños yacían también acostados sobre el césped; y no lejos del sitio desde donde Núñez los observaba, tres hombres cargados con cubos pendientes de una especie de yugo sujeto a los hombros, seguían un sendero que iba hasta el caserío. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estos hombres iban vestidos de piel de llama, con botas y cinturones de cuero, y tocados con gorras de tela burda que les cubría la nuca y las orejas. Marchaban uno tras otro, despacio, bostezando, como si hubieran dormido poco; y producía su aspecto una sensación tan tranquilizadora de prosperidad y hombría de bien que, después de un instante de duda, Núñez, irguiéndose para ser mejor visto, reunió sus fuerzas y lanzó un grito que el eco multiplicó en las sinuosidades del valle. Los tres hombres se detuvieron, moviendo en gesto unánime las cabezas, como si quisieran ver en torno, mas sin detener la atención en el lugar en que Núñez gesticulaba anhelosamente. A pesar de la viveza de su mímica, no parecían verlo, pues mirando hacia las montañas le respondieron con tales gritos, que Núñez, sin dejar de llamarlos a su vez y de multiplicar sus ademanes, sintió que por segunda vez la palabra ciego acudía a su mente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esos idiotas no deben ver -pensó. Y cuando, después de nuevas voces y una crisis de irritación, traspuso el canal por un puentecillo que daba a una puerta abierta en la muralla y se acercó a los tres hombres, comprobó que, en efecto, no veían. Entonces tuvo la certidumbre súbita de haber llegado al país legendario de los ciegos. Y junto con esta convicción penetró en su alma una irreflexiva alegría: la alegría del aventurero que se siente al principio de una nueva aventura. Aun cuando no podían verlo aproximarse, los tres hombres tendieron hacia él las cabezas, como si percibieran desde lejos el ruido de los pasos desconocidos, y se juntaron medrosamente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Núñez contempló sus párpados espesos, cerrados casi, tras los cuales no debía existir ya el globo ocular, y pudo ver la inquietud pintarse en sus rostros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Un hombre! ... Es un hombre o un espíritu que desciende por el roquedo -dijo uno de ellos en castellano arcaico. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Núñez avanzaba a pasos confiados, como el hombre mozo seguro de sus fuerzas avanza por la vida. Todas las narraciones dispersas relativas al sepultado valle y al país de los ciegos, concentrábanse en su memoria, y como síntesis jovial acudió a sus labios el refrán: "En tierra de ciegos el tuerto es rey". Al llegar junto al grupo saludó con gran cortesía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿De dónde viene, hermano Pedro? -preguntó uno de los ciegos a otro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Del lado de allá de las montañas -respondió Núñez-; de las comarcas distantes donde todos los hombres ven... Vengo de Bogotá, ciudad que tiene miles y miles de habitantes; y he cruzado los altos montes que no os dejan ver el mundo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Que es eso de ver?. . . -murmuró Pedro-. ¿Qué quiere decir ver? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Viene de las rocas -dijo el ciego que había interpelado a Pedro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba Núñez fijándose en la diversidad curiosa de las costuras que unían las pieles, cuando los tres ciegos tendieron hacia él las manos con un simultáneo ademán que, lo hizo retroceder inquieto ante los dedos ávidos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Deténgase -ordenó el ciego que no había aun hablado, avanzando hacia él y sujetándolo para palparle lentamente por todas partes, en silencio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Cuidado! -dijo Núñez al sentir los dedos apoyarse duramente en uno de sus ojos. Sin duda este órgano, con sus párpados movibles, debió parecerles algo anormal, pues lo tocaron de nuevo atentamente, y el llamado Pedro comentó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Extraña criatura; fijaos en que tiene el cabello áspero como pelo de llama. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Conserva aún la rudeza de las rocas de donde sale; pero quién sabe si se afinará después -respondió el segundo ciego, palpando con mano suave y viscosa que se adaptaba a las menores arrugas, la barbilla sin rasurar de Núñez, quien trataba en vano de esquivar los dedos tenaces. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Cuidado! -volvió a decir. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y habla! Sin duda es un hombre. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -murmuró Pedro, luego de examinar la tela de la chaqueta; y volviéndose solemnemente a Núñez-: ¡Acabas de entrar en el mundo! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De salir de él -rectificó el guía-. De este lado de los nevados picos se está fuera de la verdadera tierra y casi a medio camino del sol... Del otro lado es donde está el vasto mundo que va hasta el océano después de doce días de marcha. Los ciegos apenas escuchaban. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nuestros padres nos enseñaron que el hombre puede también ser creado por las fuerzas de la naturaleza -continuó el ciego más viejo-, por el calor, la humedad y aun por la podredumbre. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Llevémoslo a donde están los ancianos -propuso Pedro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gritemos primero -dijo el segundo ciego-, no Vayan los niños a asustarse. ¡Es un acontecimiento tan extraño! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tres ciegos comenzaron a gritar y, enseguida Pedro le cogió de la mano y abrió la marcha hacia el pueblecillo; Núñez, rechazando el ademán tutelar, indicó. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No hace falta que me lleven: veo perfectamente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué ves? ... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si, veo todo cuanto me rodea -repuso, chocando sin querer al moverse con uno de los cubos que llevaban a hombros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sus sentidos son todavía rudimentarios -dijo entonces el ciego más joven en tono de disculpa-. Fijaos como tropieza y dice palabras faltas de sentido. Vuélvalo a coger de la mano, Pedro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como queráis -respondió Núñez sonriente, dejándose llevar convencido ya de que carecían hasta de la menor noción del supremo sentido de la vista. Y no deseando perder nada de la aventura, se dijo: "¡Bah!, cuando llegue la hora ya les explicaré". &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oyó voces y vio que la gente se agolpaba en la calle principal. A medida que se acercaba, el pueblecillo le parecía más importante y las fachadas de las casas se precisaban en toda su arbitrariedad decorativa. El primer contacto con los habitantes del país de los ciegos puso sus nervios y su paciencia a prueba. Una multitud de hombres y mujeres lo rodeó, palpándole con manos suaves y curiosas, oliéndolo, escuchando y repitiendo cada una de sus frases. Observó con placer que, a pesar de sus ojos muertos, la mayor parte de las mujeres tenían rostros agraciados. Los niños y las muchachas, amedrentados quizás, no osaban acercarse; y aun cuando él procuraba dulcificar su voz, no podía igualar las inflexiones cantarinas de los ciegos. Bien pronto el roce de tantas manos se le hizo intolerable. Sus tres guías permanecían junto a él como propietarios conscientes de la responsabilidad de exhibir un ser raro, y repetían cada vez que un nuevo ciego se aproximaba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es un hombre salvaje que viene de las rocas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De Bogotá -dijo Núñez-; del otro lado de las montañas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un hombre salvaje que dice palabras vacías - explicó Pedro-. ¿No lo oyen? "¡Bogotá!..." Su inteligencia no está aún formada y sólo posee rudimentos del lenguaje. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un niño travieso lo pellizcó en una mano y dijo burlón. -¡Bogotá! ¡Bogotá! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, Bogotá. Una ciudad inmensa en comparación a vuestra aldea... Vengo del vasto mundo de los hombres que tienen ojos y ven. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se llama Bogotá -repetían algunos en el grupo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ha tropezado dos veces mientras veníamos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Llevémosle a que lo escuchen los ancianos. Y súbitamente lo empujaron hacia una puerta que daba entrada a una estancia totalmente oscura, en cuyo fondo brillaba débilmente un hornillo. La multitud agolpóse detrás de él, obstruyendo por completo la puerta; y antes que pudiera detenerse, Núñez tropezó con las piernas de un hombre que debía estar sentado, y sus brazos, al adelantarse en el movimiento instintivo de proteger el cuerpo en la caída, fueron a golpear un rostro en la sombra. Una interjección de cólera siguió al choque, y durante un momento trató de desasirse de las numerosas manos que lo aprisionaban. El combate era desigual y, comprendiéndolo, el viajero permaneció quieto y explicó: -Es que me he caído; como no se ve nada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus palabras se desvanecieron en el silencio como si todos los seres invisibles en torno suyo se esforzaran en comprenderle. La voz de su conocido Pedro fue la primera en elevarse. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está aún tan tierno que tropieza al andar y mezcla a cuanto dice sílabas sin sentido. Y otras voces dijeron también cosas que no entendió completamente. Al fin, en un intervalo del diálogo, preguntó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Puedo levantarme? os prometo no haceros mal. Después de una corta deliberación le consintieron levantarse. La voz de uno de los viejos inició un interrogatorio, y en poco tiempo Núñez expuso a los ancianos del país de los ciegos, sentados en la sombra, las maravillas del inmenso mundo: el cielo, las montañas, las flores... Mas ellos no quisieron aceptar ninguna de sus verdades, rechazándolas con obstinada incredulidad, que empezó a exasperar al guía. Ni siquiera comprendieron el sentido de gran número de sus palabras: separados por catorce generaciones del universo visible, cuantos vocablos tenían relación con el sentido abolido en ellos, hablan desaparecido de su léxico; y los recuerdos de la vida externa habíanse atenuado hasta convertirse primero en consejas infantiles y desaparecer al fin. El interés de aquellas gentes concluía en el cinturón de montañas que aprisionaba el valle; y los dos ciegos geniales nacidos en los primeros siglos de su aislamiento, comprendiendo que los vestigios de creencias y tradiciones heredadas de los primitivos colonos sembraban la duda y la incertidumbre en los espíritus, las reemplazaron con explicaciones que aunque ilusorias eran, sin embargo, más exactas para sus posibilidades de relacionarse con el mundo. Toda la parte de su poder imaginativo habíase atrofiado con la pérdida de los ojos y, en cambio, nuevos dones adaptados a su oído y a su tacto habían surgido en ellos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lentamente, comprendió Núñez que era necio esperar que su origen y la superioridad indudable de ver, le granjearan respeto y estimación. Al ver rechazar sus tentativas de demostrar que veía, como si fueran balbuceos torpes de un ser recién nacido, se resignó; y mitad triste, mitad irónico, dispúsose a escuchar la lección de los ciegos sin rebatirla. El más anciano explanó una teoría de la vida, de la filosofía y de la religión, según la cual el mundo, es decir el valle, sepulto en el anillo de las montañas, no fue en su génesis sino un hueco vacío entre las rocas, que comenzó a poblarse tras lenta gestación, primero de seres desprovistos de vida sensorial y luego de llamas y otras diversas criaturas poco inteligentes; hasta que más tarde los hombres y después los ángeles -cuyos cantos y alado paso percibían sin poder alcanzarlos jamás- aparecieron. Este último detalle intrigó vivamente a Núñez, y tardó mucho en comprender que el anciano se refería a los pájaros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sabio ciego le enseñó también que el tiempo se dividía en dos grandes porciones: el calor y el frío - equivalentes, según él coligió, al día y a la noche-; y que se debía reposar durante el calor y trabajar durante el frío, de tal modo que, de no haber él surgido inopinadamente, toda la población dormiría en aquel momento, mientras el sol flameaba esplendoroso en la altura. Finalmente, demostró que Núñez había sido creado para adquirir la sabiduría y observar sus reglas, por lo cual, a pesar de su incoherencia ideológica y su andar inseguro, debía no desmayar y tratar de instruirse cuanto antes... Al oír estas palabras, subió de la multitud, que había permanecido silenciosa, un murmullo de simpatía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces el viejo declaró que ya estaba muy entrado el calor, y que convenía a todos retirarse a dormir; luego, preguntó a Núñez si sabía dormir. Éste le respondió que si estaba iniciado en tan reparador misterio, pero que antes necesitaba comer algo. Trajéronle leche de llama en un cuenco y pan muy salado, y lo condujeron a un lugar fuera del caserío en donde pudiera comer y dormir solo, hasta que el frío, cayendo con la noche de las montañas, despertara a todos los habitantes del país de los ciegos para empezar la invertida de trabajo. Pero Núñez no pudo dormir: sentado en el mismo sitio donde lo dejaron, se puso, mientras reposaban sus miembros tronchados de fatiga, a meditar en las imprevistas circunstancias de su llegada; y tan pronto una sonrisa burlona entreabría sus labios como una arruga de contrariedad fruncía su ceño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿De modo que inteligencia informe y sentidos sin afinar? -se decía-. ¡No saben que han insultado al rey y al dominador que el cielo les manda! ... Va a ser preciso recabar con un triunfo indiscutible la soberanía... Reflexionemos, reflexionemos... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y cuando se puso el sol y empezó a removerse la vida la aldea, reflexionaba aún. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Núñez era sensible a la belleza de las cosas, y el reflejo de la luz en las pendientes nevadas y en los audaces picos de hielo que rodeaban el valle atraía su mirar como un espectáculo jamás contemplado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus ojos iban, ya a las inaccesibles cumbres, ya al pueblecito y a las florestas circundantes, rápidamente desvanecidas en la penumbra crepuscular. Y de pronto, al totalizarse las sombras, una emoción férvida penetró en su ser y desde el fondo de su corazón dio gracias al creador, por haberle conservado el don de la vista. Una voz empezó a llamarle desde el limite del pueblecillo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Eh, eh, Bogotá!.. . ¡Acérquese! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oírla, Núñez se levantó con burlona sonrisa. De una vez iba a enseñar a los ciegos la utilidad que los ojos reportan al hombre. Le bastaba esconderse para que no dieran con él. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué no se mueve, Bogotá? -insistió la voz. Riendo en silencio, Núñez anduvo cuatro o cinco pasos de puntillas, y enseguida la voz le advirtió en tono acre: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bogotá, está prohibido andar sobre la hierba! Ni siquiera él mismo había oído sus propios pasos; así que se detuvo de repente, asustado; y como el ciego que, lo interpelaba llegaba ya por el camino adonde también él había vuelto, le dijo: -Aquí estoy. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué no vino cuando le llamé? -reconvino el ciego-. ¿Va a ser necesario llevarlo siempre como a un niño? ¿Es que no puede oír el camino cuando anda? Núñez repuso echándose a reír. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Puedo verlo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ver, ver... Esa no significa nada. Déjese de tonterías y siga el ruido de mis pasos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Núñez obedeció contrariado, diciéndose: "Ya llegará mi hora." &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Poco a poco se corregirá usted -dijo el ciego con benevolencia-. Tiene aún mucho que aprender en el mundo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Es que nunca ha oído decir -le preguntó Núñez- que en tierra de ciegos el tuerto es rey? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué es eso de ciego? -preguntó el otro encogiéndose de hombros, con tal tono de tremenda ignorancia, que a Núñez le dio frío. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuatro días transcurrieron así, y todavía al alborear el quinto el titulado rey de los ciegos permanecía torpe e inútil entre sus súbditos. Ya se había convencido de que no era tarea fácil imponer su dominio; y mientras urdía un golpe de Estado para adueñarse del poder, iba sensiblemente habituándose a recibir y cumplir las órdenes de todos y adaptándose a sus costumbres. Como para él trabajar durante la noche y dormir de día era un sistema harto incómodo, decidió que en cuanto estuviese en el trono ese cambio constituiría su primer acto de gobierno. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los "súbditos dominadores" vivían una existencia laboriosa y sencilla, desarrollando cuantos elementos de dicha y virtud están al alcance del hombre. Trabajaban, pero sin dar al trabajo carácter opresivo; poseían vestiduras y alimentos bastantes a satisfacer sus necesidades, dividían el tiempo en jornadas alternativas de labor y reposo, distraían los ocios con la conversación y el canto, no ignoraban los tiernos deleites del amor, y atendían al desenvolvimiento mental y físico de sus hijos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era maravilloso ver la confianza, la precisión con que todos seguían las normas establecidas; cada cosa se adaptaba en el valle a la idiosincrasia de aquella variedad humana que siendo secular era para Núñez tan nueva: los caminos que surcaban la planicie iban en continuo zig-zag y se diferenciaban por hendiduras de diversas formas abiertas en las aceras que los orillaban; los obstáculos e irregularidades de senderos y prados habían sido suprimidos desde hacía mucho tiempo, y los sentidos, agudizados con el uso impuesto por la carencia de la vista, permitíales a una docena de pasos no sólo oír, sino hasta colegir los gestos. Las inflexiones de la voz habían reemplazado a las expresiones de la fisonomía, y la sensibilidad infinita del tacto acrecentaba sus facultades. Manejaban la azada, la pala y demás instrumentos de labranza con soltura de expertos jardineros; y su olfato, prodigiosamente sutil, discernía las diferencias de olores relativos a personas y a cosas como puede distinguirlos un buen alano. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pastoreaban con mucha pericia los rebaños de llamas que bajaban de las rocas durante la noche en busca de pastos y abrigo. Cuando Núñez decidió reivindicar su puesto de ser superior fue cuando se dio cabal cuenta del eficaz orden que presidía hasta las menores acciones de los ciegos. Antes de realizar tentativa alguna de violencia trató de persuadirlos renovando muchas veces sus fallidos intentos de hacerles comprender el sentido maravilloso y profundo de la palabra vista; y, les decía: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hay una cosa en mí que ustedes no pueden comprender. Pero no le prestaban oído. En varias ocasiones algunos parecieron interesarse por sus protestas, mas solo con efímera atención, cual si se tratara de un sueño pintoresco. Sentados, con la cabeza inclinada y vueltos hacia él para oírle mejor, atendían; y él entonces se esforzaba en rasgar las inteligencias tenebrosas con un rayo de luz. Durante una de estas tentativas reparó en una muchacha cuyos párpados, menos rojos, espesos y cóncavos que los de los otros, daban la ilusión de que hubiese bajo ellos ojos capaces aún de despertar del eterno letargo; y a ella le dedicaba sus mejores descripciones y argumentos, con la esperanza de convencerla antes. Hablábale de las infinitas bellezas sólo perceptibles merced a la vista, del espectáculo de las montañas, de los esplendores del cielo, de las fiestas fastuosas de colores que el sol realiza al nacer y al ponerse. Y los ciegos lo escuchaban con incredulidad divertida, que iba poco a poco trocándose en desaprobación. Enseguida cualesquiera de ellos, apoyado por todos, le explicaba que en realidad no existían esas cosas llamadas por él montañas, y que los bordes del enorme embudo de rocas donde iban las llamas a correr, marcaban el límite del mundo, pues desde allí se elevaba una especie de tapadera inmensa, techo del orbe, de donde caían el rocío y la lluvia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Núñez sostenía exaltado que el universo era infinito, y que ellos no tenían sino una mezquina idea de él, los ciegos ponían caras tristes o irritadas, diciéndole que procurase apartar de sí esas ideas perversas. El cielo, las nubes y los astros descritos por Núñez, parecíanles incomprensible y espantoso vacío: toda su cosmología estribaba en la pequeñez de un mundo cerrado y pulido, según percibíalo su tacto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Núñez se dio cuenta de que continuar las discusiones lo exponía a chocar con ellos, y renunció a explicarles la utilidad abstracta y estética de la vista, limitándose de vez en cuando a insistir acerca de las ventajas prácticas. Una mañana vio a Pedro venir hacia el poblado por el sendero número XVII, y antes de que estuviera lo bastante cerca para que el oído y el olfato de los demás pudieran percibirlo, profetizó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dentro de algunos minutos Pedro estará aquí. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los viejos le reconvino asegurando que nada tenía que hacer Pedro a aquella hora en el término de la vereda número XVII, y en efecto, como si Pedro quisiera desconcertar su vista y dar la razón al anciano, torció por una de las sendas laterales y, alejándose por la vereda número X, dirigióse al muro de la ciudadela. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fatigados de esperar la realización del vaticinio, los ciegos se burlaron de Núñez, quien para justificarse trató de interrogar a Pedro después, públicamente. Pero éste lo desmintió enfurruñado, y desde ese día le fue hostil. Tras muchas súplicas obtuvo de los ciegos el ser sometido a otra prueba: partió en compañía de uno de ellos a situarse sobre una eminencia del prado no lejos de la muralla, desde donde prometió descubrir lo que ocurriera en el caserío. Sin trabajo alguno pudo detallar cuántas evoluciones realizaron a la intemperie; mas como los hechos de trascendencia para ellos ocurrían en el obscuro interior de sus casas, obstináronse en que Núñez describiera gestos y hechos para él invisibles, y hubo de callar decepcionado, despechado, colérico... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo después de esta abortada tentativa y de recibir los sarcasmos de todos, tomó Núñez el partido de la violencia y decidió armarse de una estaca y derribar en un dos por tres a los más discutidores, para convencerles de la ventaja de tener ojos. Pero en el momento de coger el palo descubrió en el fondo de su ser un sentimiento nuevo de hidalga ternura: le era imposible maltratar a un ciego a mansalva. Tuvo entonces un instante de duda, y con espanto advirtió que todos los ciegos estaban prevenidos, como si hubiesen visto su ademán: con las cabezas inclinadas y los puños crispados parecían esperarle, y uno de ellos le ordenó brevemente: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Deje ese leño! Núñez sintió un horror indecible debilitarle hasta la medula, y casi fascinado estuvo a punto de obedecer; mas, reaccionando de súbito, empujó violentamente al ciego más cercano y salió corriendo enloquecido hasta trasponer la muralla... Corrió, corrió a través de las afelpadas praderas, y al fin lo detuvo la fatiga y se desplomó al borde de un camino presa de esa excitación que se apodera de los hombres al principio de todo combate. Con lucidez instantánea comprendió que para no ser en lo futuro un esclavo, le era forzoso pelear, demostrar su fuerza; mas aumentando su perplejidad ocurríasele que ni siquiera era posible reír con gentes cuya base mental era tan diferente a la suya... En la lejanía aparecieron varios ciegos armados de garrotes, y bien pronto dejaron atrás las últimas casas, desplegándose en una fila envolvente por todos los senderos que llevaban a donde estaba el fugitivo. Avanzaban despacio, interpelándose con frecuencia y haciendo a cada rato simultáneas paradas para olfatear, como si rastreasen una pista. Al ver sus gestos, Núñez no pudo contener la risa; pero poco a poco la carcajada fue trocándose en preocupación. Uno de los ciegos descubrió su rastro en la hierba, agachándose para olerla mejor, marchó hacia él. Núñez observó durante cinco minutos el lento despliegue de aquel cordón humano que iba a poco a poco sitiándole, y su vago deseo de intentar la prueba decisiva convirtióse en frenesí perentorio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se puso pie y fue a pasos felinos hasta el muro; después anduvo cauteloso el camino y halló a todos los ciegos inmóviles, en acecho. Entonces, se detuvo, y durante un largo minuto de ansiedad, apretó con fuerza el leño homicida. ¿Iba a acometer? La sangre golpeaba rítmicamente sus sienes parecía acomodarse al tono de estas palabras que acudían de nuevo a su imaginación: "En tierra de ciegos, el tuerto es rey... Lanzó una mirada detrás de sí, convenciéndose de que era imposible rehuir el acoso y un surco vertical ahondó su frente. ¿Iba a acometer? Una nueva fila de ciegos más lejana y vasta cubría a la primera saliendo del caserío.¡No habla o remedio! ... Y recogiendo el cuerpo para tomar pulso, replegada la cabeza y crispadas las manos, apercibió al ataque. Una voz detuvo su ímpetu: .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bogotá -llamó uno de los ciegos-. ¿Qué hace usted? ... Entréguese. Núñez oprimió con más fuerza su arma y avanzó algunos pasos. Inmediatamente todos los ciegos convergieron hacia él. -¡Al que me toque -juró- lo desnuco! ... ¡Loco sin piedad! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, pasado un instante, juzgó útil parlamentar y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oíd... ¡Es necesario que me dejéis hacer lo que me venga en gana! ... ¿Sabéis? Quiero proceder a mi antojo y pasearme por donde quiera sin que nadie se meta conmigo. Al oír su voz, los ciegos, sin responderle, adelantaron con los brazos tendidos, a pasos rápidos, como si se tratara de un juego a la vez terrible y paradójico en el que los faltos de vista cazaran al dotado de ella. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Cogedle! -mandó uno. Núñez se encontró cercado del todo y gritó con voz que en vano quería mostrar imperio: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Pero no comprendéis que vosotros sois ciegos y, yo veo y puedo trituraros? ... ¡Dejadme en paz! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bogotá, suelta ese leño y no andes sobre el césped -le respondió uno de los viejos, imperturbable. Esta orden a la que el tono familiar añadía algo burlesco, desencadenó en Núñez la ira: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Voy a descrismaros! -dijo, sollozando de emoción-. ¡No me obliguéis a romperos el alma! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sabiendo en qué sentido huir, echó a correr al acaso, sin lograr sobreponerse a la repugnancia de golpear a los ciegos. Decidido no obstante, a escapar, bajó la cabeza y en carrera brusca dirigióse hacia el espacio más ancho entre dos de sus perseguidores; pero instantáneamente la fila de ciegos estrechóse para cerrarle el paso; y viendo que iba a ser cogido, alzó el arma y dejándola caer sobre uno, que recibiendo el golpe en los brazos dio de bruces en tierra, siguió su carrera... ¡Había escapado! Pero había escapado sólo a la primera fila de enemigos: otra hilera de ciegos armados de cayadas y aperos de labranza desplegábase ya con metódica rapidez para cortarle la retirada, y por si esto fuera poco sintió que uno de los más ágiles y fornidos le iba al alcance. Entonces, perdió todo escrúpulo, y de un colérico mandoble derribó al nuevo antagonista, y huyó otra vez, exasperado, loco, sin rumbo, esforzándose en ver a la vez todos los peligros, hasta que en una de esas vueltas tropezó y cayó sobre la hierba. Los ciegos oyeron su caída. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las puertas del muro ofreciósele a lo lejos como entrada de un cielo de salvación y, levantándose, enderezó hacia ella su carrera. Escaló un puente, gateó por las escarpadas rocas espantando a una llama que se alejó a saltos fantásticos, y al fin, sin aliento, pero libre, se dejó caer en tierra. Así terminó su tentativa de golpe de Estado. Durante dos días y dos noches estuvo sin aliento y sin abrigo fuera del murado recinto; y en la inquieta soledad meditó mucho sobre las sorpresas de su aventura. Durante el curso de estos soliloquios repetíase con frecuencia y cada vez en un tono de burla más amargo, el proverbio ilusorio cuyo recuerdo le hiciera sonreír el primer día orgullosamente: "En tierra de ciegos, el tuerto es rey". Reflexionaba sobre todo en la dificultad de hallar medios para combatir y someter a sus opresores, y poco a poco iba viendo que no disponía de ninguno practicable, pues carecía de armas y estaba en la imposibilidad de fabricárselas por sí mismo. Además, los escrúpulos morales volvían poco a poco, cual pájaros asustados, al nido de su mente: ¡No, no podía resolverse a asesinar a seres marcados por el infortunio! La plaga de la civilización le habla contaminado...A no ser por esto -pensaba- y por la falta de armas, acaso el problema no fuera irresoluble: bastaba asesinar a tres o cuatro para dictar condiciones a los otros, bajo la amenaza de una carnicería sistemática e impune; pero como también de matar se fatiga el hombre, y al cabo sería vencido por el sueño ... Exploró el bosque de abetos en busca de algún fruto y de abrigo contra las heladas nocturnas; trató, sin lograrlo, de atrapar una llama para matarla contra algún saliente de roca y comerla, pero dijérase que también las llamas desconfiaban de él, pues parecían espiarlo desde lejos con sus ojos femeniles, prontas a huir lanzando estornudos, en cuanto intentaba acercarse. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al fin, tomó el partido de regresar al valle para discutir los términos de su capitulación. Bordeó el canal con muchas precauciones, y a sus llamadas dos ciegos acudieron a una de las puertas del muro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Estaba loco! -les dijo Núñez humildemente-. Como hace tan poco que he llegado... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ciegos declararon que aquel tono de mansedumbre era el mejor para reanudar las amistades, y Núñez aseguró que la cordura había vuelto a su espíritu y que estaba arrepentido de las anteriores violencias. Una súbita crisis de lágrimas, que lo debilitó aun más, redujo los últimos recelos de los dos emisarios, quienes le preguntaron si volvía ya curado de aquella pretensión monomaniaca de ver. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -dijo él-. Era una insensatez... La palabra ver no significa nada... ¡Menos que nada! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué hay sobre nuestras cabezas? -preguntó uno de los ciegos para probarle. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Núñez dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Próximamente a la altura de cien hombres hay un techo: el techo del mundo... hecho de rocas muy pálidas y muy suaves... ¡tan suaves! ... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuevos sollozos convulsivos lo sacudieron, y en un susurro suplicó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Antes de seguir preguntándome, dadme algo de comer... ¡Estoy desfallecido! ... ¡No puedo más! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin duda su mísero estado movió a los ciegos a clemencia; en vez de los castigos crueles que temía, sólo le dieron algunos latigazos, considerando la rebelión como otra prueba de su idiotez y su inferioridad general. En cambio, le distribuyeron los trabajos más sencillos y rudos, de tal modo que al terminar cada jornada apenas tenía tiempo de acariciar la esperanza de salir algún día de su resignada servidumbre. Poco después cayó enfermo, y lo cuidaron con solicitud; a pesar de ello, la forzosa permanencia en el lecho, sin luz alguna, hízole más triste la enfermedad. Un filósofo ciego vino a sermonear junto a su cabecera, recriminándole la pasada locura y reprochándole, sobre todo, con acento tan conmovido las dudas acerca de la tapa que protegía la gigantesca marmita, imagen total para ellos de su mundo, que Núñez concluyó por preguntarse si su claro recuerdo del cielo era realidad o producto de una alucinación. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue así como Núñez convirtióse en un ciudadano más del país de los ciegos. Poco a poco los habitantes del valle dejaron de constituir un grupo impersonal y adquirieron caracteres individuales, con los cuales se fue familiarizando, mientras esfumábanse las remembranzas del mundo que se expandía del otro lado de los montes. Distinguió entre todos a Jacob, su dueño, viejo bondadoso cuando no se le contrariaba; a Pedro, sobrino de éste y su más antiguo conocido, y a la más joven de sus hijas, Medina, una muchacha poco apreciada por los demás ciegos a causa de que su rostro, vigorosamente delineado, no tenía aquel aire achatado y fofo considerado por los habitantes del valle como el ideal de la belleza femenina. Desde el comienzo, Núñez la juzgó simpática y no tardó en considerarla el ser más perfecto de la creación. Medina se diferenciaba de los otros en que sus párpados no eran cóncavos ni rojizos, consintiendo a Núñez la ilusión de verlos abrirse alguna vez; además, tenia largas pestañas, detalle reputado por todos como grave deformidad, y su voz -tan acariciadora para él- no satisfacía, sin duda, la exigencia auditiva de los ciegos, por lo cual ninguno la cortejaba... Llegó un momento en que el desterrado se dijo a sí mismo que si lograba hacerse amar de la muchacha se resignaría a concluir su vida en el valle. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante muchos días espió las ocasiones de serle útil en menudos menesteres, y pronto tuvo la convicción de que notaba su preferencia. Una tarde, sentado junto a ella en una de las asambleas con que celebraban las fiestas, bajo la penumbra estelar, impelido por la insinuante dulzura de la música, su mano se atrevió a estrechar una mano que respondió con suave ternura a su presión; y otra, estando comiendo en la obscuridad, Medina rozó también su mano, y como el fuego del hornillo alzase por casualidad en aquel instante una llama, Núñez pudo ver retratada la pasión en la fisonomía dulce de la ciega. Esto lo decidió a confesarle su amor una noche en que, sentada junto a la puerta, hilaba un copo con tal lentitud meditativa, que parecía a la luz de la luna misteriosa una estatua de plata. Él se sentó a sus pies y le declaró su amor en palabras sencillas, exaltadas y sinceras, con voz acariciadora, en un tono a la vez apasionado y respetuoso que ella nunca había oído y que, turbándola deliciosamente, le impidió dar una respuesta inmediata. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero Núñez comprendió que sus palabras habían llegado al fondo de su alma y despertado ecos. A partir de ese día hablaban siempre al encontrarse y eran felices; y el valle convirtióse para él por virtud del amor en su Universo; y el mundo del otro lado de los montes, en donde vivían los hombres una vida de luz, llegó a parecerle una fábula cada vez más borrosa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tímidamente, después de muchos titubeos, se atrevió a hablar de la vista a su novia. La muchacha creyó sus palabras una nueva quimera del amor: sin rebatar ni intentar resolver el enigma, las aceptó como otra fantasía poética; y con indulgencia de enamorada cómplice, escuchó, por ser el amado quien las decía, las descripciones de los astros, de las montañas y la de su misma serena y pálida belleza. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Núñez imaginábase, ante el arrobado silencio, que Medina animaba y alumbraba en las negruras de su mente, las esplendorosas maravillas descritas por él. Poco a poco el enamorado adquirió confianza y su amor tornóse menos tímido, hasta el punto del proponerle pedirla en matrimonio a Jacob y al tribunal de ancianos que regía el valle; pero ella mostró gran sobresalto y le rogó aplazara la demanda. La primera en notar sus amores fue una de las hermanas de Medina, quien los delató a su padre. El proyecto de matrimonio encontró en principio una oposición general, no porque los ciegos tuviesen en gran estima a la muchacha, sino porque juzgaban a Núñez inferior al nivel mínimo de lucidez necesario a todo hombre. Las demás hermanas protestaron, arguyendo que el descrédito de semejante unión las alcanzaría; y el viejo Jacob, a pesar del afecto que había llegado a cobrar a su siervo a causa de su humildad y aun de su misma torpeza, movió la cabeza denegando. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los mozos se irritaron ante la idea de aquel matrimonio como ante una presunta aberración; y uno de ellos excitóse tanto, que llegó a injuriar y a golpear a Núñez, quien le devolvió con creces los golpes, demostrando por primera vez que, aun en la penumbra, el don de la vista entrañaba una seria ventaja. Después de esta pelea, nadie volvió a levantarle la mano; pero todos se obstinaron en considerar imposible la boda. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejo Jacob, que la adoraba, enterneciese cuantas veces Medina venia a apoyar sobre su pecho la cabeza con callado pesar, y la consolaba diciéndole:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Compréndelo bien, hija mía... Es un idiota...Padece alucinaciones y no sabe hacer nada a derechas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo sé, lo sé -murmuraba ella... -Pero ya no es como al principio; se nota que mejora y llegará a ponerse bien del todo; es fuerte, padre mío, y es también muy bueno... Más fuerte y más bueno que ninguno de aquí... Y me adora, papá... ¡Y yo también! ... El pobre viejo, hondamente afligido por la desolación de su hija y por su creciente afecto hacia Núñez, fue al fin a interceder cerca del tribunal de ancianos; y sin atreverse abiertamente a defender la causa, halló medio de insinuar esta frase:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sin duda mejora, y es muy posible que un día llegue a estar tan sano como cualesquiera de nosotros. Poco tiempo después, uno de los ancianos más doctos halló la solución anhelada. Era el gran doctor, el que curaba los males del cuerpo y del alma a su pueblo; y en su espíritu inventiva y filosófico, la idea de anular en Núñez el influjo de aquellas protuberancias extrañas que lo impelían al extravió, debió germinar y medrar como un halago. En una de las siguientes reuniones acercóse a Jacob y le dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-He examinado a Núñez y me parece que su curación no es difícil. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es lo que yo digo -exclamó jubiloso el padre de Medina. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Su cerebro está dañado -aseguró el doctor. Los ancianos acogieron con un murmullo admirativo el diagnostico; y el sabio, preguntándose a sí mismo para dar más valor a su respuesta, añadió: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Pero de qué mal está dañado? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No lo sé -dijo Jacob, de nuevo melancólico. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el otro concluyó triunfalmente: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo sí. Esas protuberancias nocivas que él llama ojos y que en los seres perfectos sólo existen para ahondar una bella depresión en la cara, las tiene Núñez tan enfermas, que la dolencia le ha penetrado hasta los sesos. Reparad en que están enormemente distendidas, tienen una doble fila de pelos y además se abren y se mueven. No es preciso añadir más para demostraros cómo su cerebro ha de estar en un estado fluctuante entre la irritación y el idiotismo, sin parar nunca en el fiel de la sensatez. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro -respondió Jacob. -Para curarlo es preciso intentar una operación a la vez sencilla y radical; hay que extirparle esos dos cuerpos excitantes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y sanará? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Seguramente; y haremos de él un modelo de ciudadano. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Dios te bendiga por tu generosidad y tu sabiduría! sollozó el viejo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y partió sin demora a anunciar a Núñez la esperanzada nueva; pero el modo con que fue acogido por éste debió parecerle frío e injusto, pues murmuró decepcionado: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bien se conoce que no quieres a mi pobre hija como ella a ti! Fue Medina quien, armada del amor, decidió a su novio a aceptar la intervención de los cirujanos ciegos: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y eres tú -protestaba él- la que me propone renunciar al don de la vista? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella insistía con lánguida tenacidad; y cada vez que estaba a punto de rendirse, Núñez encontraba en el fondo de su ser esta frase de rebelión: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero si mi universo es la vista... si porque te he visto te he querido! Y como ella bajara la cabeza sin responder, confiando ya más en la elocuencia de su gesto que en la de sus frases, Núñez continuó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Existen tantas cosas bellas en el mundo! La más menuda de las flores es una inmensa maravilla; y los colores y las formas acarician la vista como las cosas sedosas acarician la piel... Los líquenes que brotan en las rocas, los reflejos aterciopelados, el cielo hondo con sus nubes, muelles como almohadas de pluma, las puestas del sol, las astros, todo, entra por la vista hasta el alma. ¿Por qué me pides ese sacrificio, cuando sólo por dejar de verte como ahora, con las dos manos juntas, debe ser una desgracia horrible ser ciego? ¡No, Medina, si es verdad que me quieres no me exijas eso! ... ¿Verdad que ya no me lo exiges? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se detuvo; el dejo interrogativo de sus últimas palabras acababa de suscitar en su propia alma una duda lancinante. Ella insinuó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No te exaltes así! A veces desearía... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejó en suspenso la frase; él la instó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dilo, dilo... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-... desearía dejar de oírte hablar de este modo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿De qué modo? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De ese que hablas cuando me cuentas tus sueños de la vista. Tienes una gran fantasía, que me hechiza, que me embriaga, pero... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Pero qué? -dijo Núñez con voz ronca, mientras un escalofrío le recorría la medula. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Medina permaneció inmóvil, sin responder; él, para convencerse, aclaró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quieres decir que debo decidirme a que me saquen los ojos, ¿no es así? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y al descubrir por completo el pensamiento de la muchacha sobrevino en su alma un huracán de cólera; de cólera contra el destino, no contra la enamorada infeliz que no le pedía comprender, y que en su desventurado mutismo le inspiraba una simpatía profunda, tierna, hecha casi toda de piedad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Alma mía, no sufras! -susurró apasionadamente. La lividez de Medina decíale claramente cuán oportuno era este consuelo; y atrayéndola contra su pecho, jadeante, la besó en las mejillas, prolongando durante un minuto de angustiada emoción aquel brazo casto y silencioso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y si yo hiciera por ti ese sacrificio? -le dijo después -con voz dulcísima, para saber toda la verdad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Medina entonces lo apretó contra su corazón y suspiró convulsivamente, entre sollozos: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ah, si tú fueras tan bueno, tan bueno que hicieras eso por mí! ... Durante la semana anterior a la operación que debía redimirlo de su inferioridad y elevarlo al rango de verdadero ciudadano del país de los ciegos, Núñez no pudo reposar ni dormir. En las horas vibrantes de sol, mientras todos dormían, permanecía sentado o errabundo, sin lograr distraer el pensamiento del sacrificio cada momento menos lejano. Lo había aceptado ya, había creído más de una vez estar resignado, resuelto, y sin embargo... Al fin la postrera noche de labor transcurrió, y el sol volvió a dorar las nevadas crestas más fastuosamente que nunca, como si quisiera decirle con su magnificencia: "Esta es la última vez que podrás contemplarme". Antes de ir a dormir, a fingir dormir, tuvo una breve conversación con su novia: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mañana -le dijo- no veré ya. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ella, oprimiéndole ambas manos con toda la fuerza de su gratitud y de su amor: -¡Elegido de mi corazón, no te harán sufrir..,! ¡Y si sufres un poco será por mí, por mí que te lo pagaré toda la vida con mi cariño! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lleno de compasión por si mismo y por ella, Núñez la abrazó, la besó en la boca; y luego, sin dejar de estrecharla, separó la cabeza para contemplar también por ultima vez su dulce rostro dolorido. Sin poder contenerse, murmuró, despidiéndose de la visión amada: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Adiós... adiós! Después, en silencio, se fue. Y Medina sintió repercutir en su corazón el ruido de los pasos que se alejaban con un ritmo tan penetrante de angustia, que sin poderse contener rompió en sollozos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Núñez marchó en línea recta para llegar lo antes posible a un sitio apartado desde donde se dominaban las praderas salpicadas de blancos narcisos, y esperar allí la hora suprema de su abnegación. Pero mientras andaba alzó la vista, y al contemplar la mañana que descendía del Oriente como un ángel en armadura de oro, le pareció que el mundo ciego del valle, y él mismo, y la inmolación proyectada, no eran sino una infernal pesadilla. Sin detenerse en la colina elegida continuó avanzando, traspuso el muro y se aventuró por las pendientes, fija la vista en los picachos rosados por la aurora. Y la belleza infinita del paisaje, como un imán, lo atrajo; y sintió como si cada una de las flores, cada uno de los reflejos, cada una de las cosas bellas y vivas, le reprochara el haberse resignado, aunque solo fuera durante unas horas, a vivir sin ellas. Pensó en el mundo vasto y libre, en su verdadero mundo, y sintió la visión y el aguijón de los países lejanos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la distancia creyó entrever a Bogotá con sus calles anchas serpeadas de luces, animadas bajo la claridad gloriosa del día y vivas aún, sin tinieblas absolutas, bajo el luminoso misterio de las noches. Y pensó en los palacios, en las fuentes, en las estatuas, en las casas blancas, y se dijo que nada significaban tres o cuatro días de ascensiones cruentas por montañas casi inaccesibles, con tal de aproximarse siquiera algo a la ciudad querida. Siguiendo el hilo de su ensueño se puso a imaginar un viaje fluvial de muchos días desde Bogotá al mundo múltiple lleno de ciudades inmensas, de desiertos, de bosques, de mares por donde los buques trazaban una espumosa estela, pasando entre la bruma dorada ante islas más pequeñas aún que el valle de donde se alejaba, pero desde las cuales veíase no la tapa rocosa imaginada por la fantasía execrable de los ciegos, sino la expansión azul en la cual los astros marchan hacia el infinito. Sus ojos escrutaron el circulo de montañas, y sin atreverse a formular del todo su secreto designio, se dijo: -Entrando por ese barranco hasta aquella brecha, iré a salir a los pinos achaparrados que contienen la nieve y podré trepar hasta el borde de las primeras cimas. ¿Y una vez allí? ... ¡Quién sabe! Los otros obstáculos podrán también ser vencidos y llegaré a donde empiezan los ventisqueros... ¿Y después? Después serán precisas nuevas y penosas ascensiones hacia las crestas magníficamente desoladas y casi invisibles... ¡Y si tengo suerte... ! Antes de seguir volvióse a mirar el vallecillo y lo contempló largamente, cruzado de brazos, tratando de aislar en su recuerdo la dulce imagen de Medina, que era ya algo menudo e irreal en la esperanza y la distancia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con decisión súbita encaminóse hacia la cordillera, envuelta en el esplendor diurno, y comenzó la ascensión sin detenerse... Al caer el sol ya habla traspuesto tres picachos y estaba muy lejos del valle terrible. Las pieles de su traje aparecían rotas en más de un sitio por las rocas ingentes, y al través de las desgarraduras velase la carne también desgarrada. Pero cuando cayó por completo el día y se vio seguro sobre una abrigada meseta, una sonrisa feliz alumbró su rostro. Desde el sitio donde reposaba apenas adivinábase el valle, perdido en el fondo de un lejano y gigantesco barranco. Las brumas primero y la sombra enseguida fueron haciéndolo desaparecer, y cuando aun los altos picachos tenían un postrer oro de sol, ya el país de los ciegos donde había querido ser rey, era en la lejanía una sombra sin límites. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sombra sin limites allá abajo, en las cimas oro de sol, y en torno de él una semiclaridad límpida, incomparable. Vetas verdes jaspeaban la masa gris de la roca, y refulgentes cristales de hielo contrastaban con los tonos anaranjados de unos líquenes a la vez minúsculos magníficos. Lentamente, profundas y misteriosas tinieblas penetraban en el desfiladero. Masas de obscuridad violácea iban ensombreciéndose hasta tornarse purpúreas y transformarse luego en lechosas opacidades. Sobre su cabeza extendíase la infinita bóveda azul... Cesó de admirar el espectáculo y se tendió tranquilo, sonriente, como si la sola dicha de haber escapado del país de los ciegos bastase para llenar su vida. Un rato después los últimos fulgores de luz fueron vencidos por la noche; y Núñez reposó dulcemente, bajo el rutilar innumerable de las estrellas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9019036574516868680-5645873039666475830?l=solocienciaficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/5645873039666475830'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/5645873039666475830'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/2011/11/el-pais-de-los-ciegos-herbert-george.html' title='EL PAÍS DE LOS CIEGOS- HERBERT GEORGE WELLS'/><author><name>Noche Eterna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13605232014348570180</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='14' src='http://3.bp.blogspot.com/-4hwrsne9sog/TsWJV9uoeOI/AAAAAAAACm0/hbMqWAZVPgE/s220/ojos.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680.post-3226981900308359928</id><published>2011-11-07T11:41:00.000-08:00</published><updated>2011-11-07T11:45:22.399-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Stepthen King'/><title type='text'>Superviviente - Stepthen King</title><content type='html'>Más tarde o más temprano, la pregunta surge siempre en la carrera de un médico: ¿Hasta qué punto puede un paciente soportar un shock traumático? Según las teorías, hay diferentes respuestas, pero, básicamente, la contestación esencial es otra pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;26 de enero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace dos días que la tormenta me arrojó a esta playa. Me he estado paseando por la isla toda la mañana. ¡Qué isla! Mide 190 pasos de ancho por 267 pasos de punta a punta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Además, por lo que veo, no hay nada que comer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me llamo Richard Pine y éste es mi diario. Si me encuentran (o mejor, cuando me encuentren), puedo destruirlo fácilmente. No me faltan cerillas. Cerillas y heroína. De las dos cosas tengo enormes cantidades, aunque ninguna de las dos valga nada aquí, ja, ja. De modo que escribiré. Al menos, para pasar el tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para decir toda la verdad —¿y por qué no?, ¡tengo todo el tiempo del mundo!— debería empezar por aclarar que, cuando nací, en Little Italy, el barrio italiano de Nueva York, me llamaron Richard Pinzetti. Mi padre, que era un desgraciado, procedía del Viejo Mundo. Yo quería ser cirujano. Mi padre se reía a mandíbula batiente, me llamaba chalado y me mandaba a buscar otro vaso de vino. Murió de cáncer a los cuarenta y seis años. Me alegró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empecé a jugar al fútbol en el instituto. Fui el mejor jugador de la historia local. Jugaba de defensa. Durante los dos últimos años recorrí todas las ciudades de los Estados Unidos. Odiaba el fútbol. Pero si eres un chaval pobre, que vive en una casa barata y quiere ir a la universidad, tu única oportunidad es el deporte. Así que jugué y conseguí una beca para atletas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la Universidad seguí jugando hasta conseguir una beca de estudios completa. Entonces, lo dejé. Iba a estudiar medicina. Mi padre murió seis semanas antes de mi graduación. No me importó. ¿Acaso creéis que me hubiera gustado subir a la tarima para recoger el diploma y ver aquella bola de sebo allí sentada? ¿Les gusta a las gallinas viajar en metro? Además, ingresé en un club estudiantil. No uno de los mejores, con un nombre como Pinzetti, pero, después de todo, era un club.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué escribo todo esto? Es bastante divertido. No, me rectifico. Es extraordinariamente divertido. El gran doctor Pine, sentado en una roca, en pantalones de pijama y camiseta, en medio de una isla que se puede cruzar con un salivazo, escribiendo la historia de su vida... ¡Tengo hambre! No importa. Escribiré la maldita historia de mi vida, si me da la gana. Al menos, así no pensaré en mi estómago. Espero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cambié mi apellido por el de Pine antes de empezar los estudios de medicina. Mi madre me dijo que le había partido el corazón. ¿De qué corazón estaría hablando? Al día siguiente al del entierro del viejo, le estaba guiñando el ojo al judío de la tienda de la esquina. Para tratarse de alguien que adoraba su nombre de aquella manera, corría como un diablo para cambiarlo por el de Steinbrunner.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo lo que yo anhelaba en la vida era ser cirujano. Desde los días del colegio. Ya entonces me vendaba las manos antes de empezar un partido y me las lavaba después con agua y jabón. Si quieres ser cirujano, tienes que tener cuidado con las manos. Algunos de mis compañeros me tomaban el pelo y me llamaban mariquita. Nunca llegué a enfrentarme con ninguno de ellos. Ya es bastante peligroso jugar al fútbol. El que realmente llegó a ponerme los nervios de punta fue Howie Plotsky, un estúpido gigantón con la cara llena de cicatrices. Por aquel entonces, yo repartía periódicos y aprovechaba para vender un poco de lotería, lo cual me permitía conocer gente, establecer contactos... No te queda más remedio, si quieres sobrevivir. Cualquier imbécil sabe cómo caerse muerto, pero lo realmente difícil es sobrevivir, ¿comprendéis? Pues eso fue lo que me decidió a pagar a Ricky Brazzi, que era el tío más grande del instituto, para que le partiera la boca a Howie Plotsky. Sí, eso es lo que he dicho: partirle la boca. Le prometí un dólar por cada diente que me trajera. Rico vino con tres dientes envueltos en papel de periódico. Se dislocó un par de nudillos en el trabajito. Podéis imaginar en qué lío me hubiese metido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la facultad de medicina, mientras los otros memos se mataban tratando de ganar un centavo para llenar el puchero con un poco de carne —no con sobras de quirófano, ¿eh?— trabajando como camareros, vendiendo corbatas o limpiando suelos, yo me saqué de la manga un sistema de apuestas y, con unos cuantos trucos que conocía, me ganaba algún dinerillo en las apuestas de caballos, de billar o de lo que fuera. Además, tenía excelentes relaciones con el vecindario y cursé mis estudios sin ningún problema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me metí en la cuestión de las drogas, hasta que empecé mi residencia en un hospital, uno de los más grandes de Nueva York. Al principio, sólo fueron recetas en blanco. Vendí un cuadernillo de cien a un chico del barrio, y él falsificó las firmas de cuarenta o cincuenta médicos, por cuyos nombres yo también le cobraba. El muchacho, a su vez, las ofrecía en la calle por diez o veinte dólares cada una, lo que hacía las delicias de los fanáticos drogotas que iban cada vez más acelerados, y los partidarios de los sedantes, que se pasaban el día dando tumbos por las esquinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al poco tiempo de trabajar en el hospital me di cuenta del desbarajuste que había en la farmacia del mismo. Nadie tenía la menor idea de lo que entraba ni de lo que salía. Había gente que sacaba de allí píldoras a puñados, cosa que yo me guardé muy bien de hacer. Siempre he tomado todo tipo de precauciones y nunca he tenido problemas hasta que me descuidé... y la suerte me volvió la espalda. Pero sé que caeré de pie; siempre ha sido así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me duele la muñeca y el lápiz se ha quedado sin punta. No puedo seguir escribiendo. No sé por qué me preocupo tanto. Es probable que me encuentren pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;27 de enero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El bote salvavidas se hundió anoche en unos tres metros de agua, al norte de la isla. ¿Qué importa? De todos modos, después de arrastrarse por todo el arrecife, el fondo parecía un colador. Además, ya había rescatado todo lo que valía la pena salvar, a saber, cuatro galones de agua, un cajita de costura para viajes, un botiquín y este libro en el que estoy escribiendo, que es, en realidad, un cuaderno de inspección del bote. ¡Qué risa! Por cierto, ¿cómo es que a nadie se le ocurrió poner comida de reserva en el bote? El último informe que aparece en el cuaderno lleva fecha 8 de agosto de 1970. Ah, además, he conseguido salvar dos cuchillos, uno mellado y el otro afilado, y un juego de cuchara y tenedor que voy a usar esta noche para la cena: asado de piedras. Ja, ja. Bueno, al menos, le he sacado punta al lápiz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando salga de esta isla, cubierta de excrementos de pájaros, les voy a sacar hasta el hígado a los de Paradise Lines Inc. Sólo por eso vale la pena seguir viviendo. Y pienso seguir viviendo y salir de ésta, no os quepa la menor duda. Voy a salir de ésta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(más tarde)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Olvidé una cosa al hacer el inventario: dos kilos de heroína pura, algo así como 350.000 dólares en las calles de Nueva York, aunque aquí no valga más que un puñado de cacahuetes. Ja, ja. ¿Verdad que es cómico?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;28 de enero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno, he comido..., si es que a eso se le puede llamar comer. Una gaviota vino a posarse en una de las rocas del centro de la isla, un montículo también cubierto de excrementos de pájaros. Agarré una piedra que tenía a mano y me acerqué a ella todo lo posible. No se movía, observándome con sus ojos negros y brillantes. Me sorprendió que no la asustara el ruido de mis tripas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arrojé la piedra con todas mis fuerzas y le di de lleno. La gaviota lanzó un graznido y trató de volar, pero le había roto el ala derecha. Trepé en su busca, pero se alejó a saltos. La sangre manchaba sus plumas. Me dio bastante trabajo. Metí el pie en un agujero entre dos rocas y estuve a punto de partirme el tobillo. Finalmente, cuando empezaba a cansarme, logré darle alcance al otro lado de la isla. La gaviota se había metido en el agua y se alejaba. La atrapé por la cola, pero se volvió y me dio un picotazo. Le agarré una de las patas y, con la otra mano, le retorcí el cuello. El sonido de las vértebras al romperse me llenó de satisfacción. La cena está servida, caballero. ¿Os acordáis? ¡Ja! ¡Ja!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me la traje al «campamento», pero antes de desplumarla y cortarla a trozos, me limpié la herida con yodo. Los pájaros llevan toda clase de gérmenes y sólo me faltaría una infección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La operación de la gaviota fue de perlas, pero, que pena, no había manera de cocinarla. No hay vegetación en la isla, ni maderas a la deriva y, por si fuera poco, el bote se ha hundido. Así que me la comí cruda. El estómago quiso devolverla inmediatamente. Aunque yo estaba de acuerdo con él, no se lo podía permitir. Así que empecé a contar hasta cien al revés hasta que pasaron las náuseas. Es un sistema que funciona casi siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Os dais cuenta del bicharraco, que casi me rompe el tobillo y después me da un picotazo en la mano? Si cazo otra gaviota mañana, la torturaré. A ésta la he dejado escapar sin castigo. Mientras escribo, veo su cabeza cortada en la arena. Sus ojillos negros, aun velados por la muerte, parecen mirarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿ Tienen cerebro las gaviotas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Son comestibles?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;29 de enero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy no hay comida. Una gaviota aterrizó en el macizo, pero voló antes de que me aproximara lo suficiente para hacerle un «pase». ¡Ja, ja! Me estoy dejando la barba. Pica como un demonio. Si la gaviota vuelve y consigo darle caza, le sacaré los ojos antes de matarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo haber dicho ya que era un cirujano de primera. Me expulsaron. Realmente ridículo. Todos los médicos hacen lo mismo y luego se ponen tan estirados cuando le atrapan a uno. ¡Peor para ti! ¡Yo ya tengo mi parte! El Segundo Juramento de Hipócrates y de Hipócritas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había acumulado ya bastante de mis correrías como interno y como residente (se supone que, de acuerdo con el Juramento de Hipócrates, eres un funcionario y un caballero, pero nadie cree tal cosa). Tenía lo necesario para abrir mi consulta privada en Park Avenue. Lo necesitaba. No tenía un papá rico ni un protector con influencias, como muchos de mis colegas. Cuando me instalé, mi padre llevaba nueve años criando malvas. Mi madre murió un año antes de que me revocaran la licencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasó lo siguiente: yo tenía un trato con media docena de farmacéuticos del East Side, además de un par de laboratorios y al menos, otros veinte médicos. Los pacientes iban y venían de uno a otro. Yo operaba y después prescribía los medicamentos postoperatorios adecuados. No todas las operaciones eran necesarias, pero nunca actué contra la voluntad del paciente. Y jamás sucedió que un paciente le echara un vistazo a la receta y me dijera que no quería aquello. Escuchadme: hay gente a la que se le hizo una histerectomía en 1965 o una tiroides parcial en 1970 y que seguirían engullendo pastillas si el médico se lo permitiera. Y era lo que hacía algunas veces. Además, yo no era el único. Si podían pagarse el vicio, ¿por qué no? Cuando no era un paciente que padecía de insomnio después de alguna operación, era alguien que quería adelgazar, o quería Librium. Todo tenía arreglo. ¡Ja! Sí. De no haber sido yo, hubiera sido cualquier otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta que los de Sanidad fueron a ver a Lowenthal, ese gallina. Le asustaron diciéndole que le iban a echar cinco años y el tipo cantó media docena de nombres, uno de los cuales era el mío. A mí me estuvieron observando durante bastante tiempo y, en realidad, cuando me echaron el guante, cinco años eran pocos para mí. Por ejemplo, no había dejado del todo lo de las recetas en blanco, algo muy divertido, pero que no necesitaba en absoluto. Lo seguía haciendo por costumbre; además, a nadie le amarga un dulce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El caso es que yo conocía a mucha gente. Probé con algunos. Y arrojé un par de individuos a los leones. Nadie que me gustara, sin embargo. Todos auténticos cerdos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dios, tengo hambre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;30 de enero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy no hay gaviotas, lo que me recuerda los letreros de las tiendas de comestibles del barrio: HOY NO HAY TOMATES. Me metí en el agua hasta la cintura, con un cuchillo afilado en la mano. Permanecí inmóvil durante casi cuatro horas, mientras el sol caía de pleno sobre mis espaldas. Creía desmayarme un par de veces, pero conté hasta cien al revés hasta que desapareció la sensación. No vi un solo pez. Ni uno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;31 de enero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy he matado otra gaviota tal como lo hice con la primera. Tenía demasiada hambre para torturarla como me había prometido a mí mismo. Así que la abrí y me la comí. Vacié las tripas y me las comí también. Es extraño ver cómo se recobra la vitalidad. Empezaba a preocuparme. Tendido a la sombra del montículo central, creí oír voces. Mi padre. Mi madre. Mi esposa, de la que me divorcié... Y, lo peor de todo, la voz del chino que me vendió la heroína en Saigón. Ceceaba, probablemente a causa de un paladar hendido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Vamos —me decía la voz desde lo alto—. Vamos, esnifa un poco. Te olvidarás del hambre. Es tan buena…» Pero nunca tomé drogas, ni siquiera para dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lowenthal se suicidó. El muy gallina. ¿No os lo había dicho? Se colgó en el que había sido su consultorio. Desde mi punto de vista, hizo un favor al mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo quería recuperar mi título. Algunos de los tipos con los que hablé me dijeron que no era imposible... pero costaba mucho dinero, más del que podía imaginar. Yo tenía 40.000 dólares en una caja de seguridad y decidí arriesgarme para doblar o triplicar la cantidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me fui a ver a Ronnie Hanelli, compañero mío de equipo en los años de la universidad, a cuyo hermano menor había conseguido una residencia en un hospital cuando resolvió estudiar medicina. Ronnie estudiaba Derecho. ¿Verdad que es gracioso? En el barrio se le conocía por el apodo de Ronnie el Árbitro, porque se metía en todos los juegos y, sin que nadie se lo pidiera, empezaba a pitar faltas a todo el mundo. Si no te gustaba, tenías dos opciones: callarte la boca o tragarte unos cuantos dientes. Los portorriqueños le llamaban Ronniewop, o algo así. A él le hacía gracia Ronnie. Ronnie estudió Derecho, pasó los exámenes sin problemas y abrió un bufete en su propio barrio, justo encima del bar La Pecera. Aún le veo pasar por allí, cuando cierro los ojos, con su gran Continental blanco. Era el usurero más grande de toda Nueva York: un tiburón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabía que Ronnie tendría algo para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es peligroso —dijo—. Pero tú sabes cuidarte. Y, si traes la mercancía, te presentaré un par de individuos. Uno de ellos es funcionario del Estado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dio dos nombres. El de Henry Li-Tsu, el chino, y el de Solom Ngo, un químico vietnamita. El vietnamita probaba la heroína del chino a cambio de dinero. El chino era conocido por sus «bromas». Por ejemplo, llenaba las bolsitas de plástico con talco, o detergente, o almidón. Ronnie decía que un día, una de aquellas «bromas» le iba a costar la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He visto un avión. Pasó de largo sobre la isla. Intenté subir al montículo central para llamar su atención y metí el pie en el mismo agujero del día en que cacé la primera gaviota. Me rompí el tobillo. Fractura compuesta. Fue como un disparo. El dolor era insoportable. Grité y perdí el equilibrio. En vano, agité los brazos como un molino de viento. Caí y me golpeé la cabeza. Todo se puso negro. Cuando volví en mí, se había puesto el sol. Había perdido un poco de sangre. El tobillo se me había hinchado como un neumático y tenía una buena insolación. Creo que, de haber habido una hora más de sol, tendría todo el cuerpo llagado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me arrastré como pude hasta aquí y pasé la noche temblando y llorando de rabia. Me he desinfectado la herida de la cabeza, situada encima del lóbulo temporal derecho, y me la he vendado como he podido. Es una herida superficial en el cuero cabelludo con una pequeña contusión, creo, pero el tobillo, es una mala fractura, en dos puntos, quizá tres. ¿Cómo voy a cazar las gaviotas ahora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El avión debía de estar en busca de supervivientes del Callas. En medio de la oscuridad y la tormenta, el bote salvavidas ha de haber recorrido kilómetros. No creo que vuelva por aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Dios mío, cómo me duele el tobillo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He puesto una señal en la playa de guijarros del lado sur de la isla, donde se hundió el bote. Me llevó todo el día, con algún descanso en la sombra. Aun así, me desmayé dos veces. Calculo haber perdido unos ocho kilos, en su mayor parte, por deshidratación. Desde aquí veo las cinco letras que tardé el día entero en componer; rocas oscuras sobre la arena blanca, dicen AYUDA en letras de metro y medio. El próximo avión no va a pasar de largo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pie palpita constantemente. Todavía está hinchado y se ha puesto sospechosamente blanco alrededor de la fractura. Cada vez más blanco. Si me lo vendo con la camisa, apretando mucho, el dolor cede, pero aun así duele tanto que, más que dormirme, me desmayo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empiezo a pensar que tal vez haya que amputar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La hinchazón y la pérdida de color son todavía mayores. Esperaré hasta mañana. Si la operación es imprescindible, creo que podré llevarla a cabo. Tengo cerillas para esterilizar el cuchillo y aguja e hilo de la cajita de costura. Como vendaje, la camisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo además dos kilos de «analgésico», aunque no precisamente del que prescribía a mis pacientes. Pero lo hubieran empleado, de haber dispuesto de él. Podéis apostar. Esas señoras de pelo azul serían capaces de esnifar un ambientador de pino si les hiciera efecto, creedme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He decidido amputar el pie. Hace cuatro días que no como. Si espero más, corro el riesgo de desvanecerme en medio de la operación por la acción combinada del shock traumático y el hambre. En ese caso, podría morir desangrado. Y, a pesar de lo desdichado que soy, aún tengo ganas de seguir viviendo. Recuerdo lo que Mockridge decía en Anatomía básica, el viejo Mocki, le llamábamos: más tarde o más temprano, la pregunta surge siempre en la carrera de un médico. ¿Hasta qué punto puede un paciente soportar un shock traumático? Y entonces, señalaba con el puntero el dibujo del cuerpo humano, el hígado, los riñones, el bazo, los intestinos. Básicamente, caballeros, decía, la contestación esencial es otra pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo poder hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que estoy escribiendo para aplazar lo inevitable, pero se me ocurre que no acabé de contar por qué me encuentro aquí. Tal vez deba hacerlo por si la operación no sale bien. Tardaré sólo unos minutos y estoy seguro de que todavía habrá claridad para la operación, ya que, según mi reloj, son las nueve de la mañana. ¡Ja!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui a Saigón como turista. ¿Os extraña? No sé por qué. Hay miles de personas que van allí cada año, a pesar de la guerra de Nixon. También hay gente a la que le gusta presenciar accidentes o peleas de gallos. Mi amigo chino tenía la mercancía. Se la llevé a Ngo, quien me ratificó que era de primera clase. Me contó también que Li-Tsu había gastado una de sus bromas hacía cuatro meses, y que su mujer había saltado hecha pedazos por los aires al poner la llave de encendido en su automóvil. Desde entonces no había vuelto a hacer bromas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedé en Saigón tres semanas. Había reservado pasaje de regreso a San Francisco en un crucero, el Callas. Primera clase. Subir a bordo con la mercancía no representó problema alguno. Ngo arregló el asunto, sobornando a dos oficiales de aduana que se limitaron a saludarme y hacer pasar las maletas. La heroína iba en una bolsa de viaje que ni siquiera vieron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pasar la aduana en los Estados Unidos será mucho más difícil —me dijo Ngo—, pero ése es problema únicamente suyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenía la menor intención de pasar aquello por la aduana. Ronnie había contratado un buzo que haría el trabajo por tres mil dólares. Tenía que encontrarme con él (ahora que lo pienso, hace dos días) en una especie de corral llamado Regis Hotel en San Francisco. El plan consistía en poner la mercancía en una lata a prueba de agua. Sujetos a la tapa, un reloj y un sobre de tinte rojo. Antes de atracar, había que tirar la lata al agua, cosa que no iba a hacer yo mismo, naturalmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba todavía buscando un cocinero o un camarero al que no le viniera mal un dinero extra y que fuera lo bastante listo — o lo bastante idiota—, como para mantener la boca cerrada, cuando el Callas se hundió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tengo ni la menor idea de cómo sucedió, ni de por qué. Se nos había echado encima un buen vendaval, pero el crucero parecía capaz de capearlo. Pero el día 23, alrededor de las ocho de la noche, hubo una fuerte explosión bajo cubierta. Yo estaba en el salón en aquel momento y el Callas se escoró casi inmediatamente. A la izquierda, ¿cómo se llama: babor o estribor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente empezó a gritar y a correr en todas direcciones. Las botellas cayeron de la estantería del bar y se estrellaron contra el suelo. Un hombre salió de una de las escaleras, con la camisa quemada y la piel asada. Los altavoces empezaron a decir a la gente que se dirigiera a los botes salvavidas que se les habían asignado al principio del viaje, durante un simulacro. Los pasajeros echaron a correr sin rumbo. Muy pocos se habían molestado en comparecer durante el simulacro. Yo, no sólo estuve allí, sino que fui más temprano, para estar en primera fila y ver bien todo, ¿comprendéis? Siempre pongo mucha atención en lo que se refiere a mi pellejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajé a mi camarote, saqué las bolsitas de heroína y me puse una en cada bolsillo. Después, me dirigí al Bote Salvavidas 8. Mientras yo subía las escaleras, hubo otras dos explosiones y el barco se inclinó aún más peligrosamente, si cabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cubierta, todo era confusión. Vi una mujer que corría por la cubierta resbaladiza, gritando y con un niño en brazos. Según se inclinaba el buque, ella ganaba velocidad. Finalmente, golpeó contra la borda a la altura de los muslos, saltó por encima de ella, dio dos vueltas de campana y desapareció de mi vista. Había un hombre de mediana edad, sentado en medio del puente, que se arrancaba los cabellos con las manos. Otro, con ropas blancas de cocinero, la cara y las manos horriblemente quemadas, se daba contra las paredes y gritaba: «¡Socorro! ¡No veo! ¡Socorro! ¡No veo!»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pánico era total y se había contagiado del pasaje a la tripulación como una epidemia. Tenéis que tener en cuenta que entre la primera explosión y el hundimiento del barco, pasaron solamente veinte minutos. Algunos de los botes iban repletos de gente que aullaba, y otros, totalmente vacíos. El mío, que estaba en la zona más próxima al agua, estaba casi desierto. Nadie más que yo y un marinero, con la cara muy pálida y llena de espinillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Echemos al agua enseguida este condenado barreño —dijo, con los ojos desorbitados—, porque la maldita bañera se va a pique sin remedio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Maniobrar un bote no es nada difícil, pero, con los nervios, el marinero se hizo un lío con las maromas de su lado. El bote bajó unos dos metros y quedó colgado, yo más cerca del agua que él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui hacia su lado para ayudarle cuando empezó a gritar. Había logrado deshacer el nudo; pero, al mismo tiempo, se había pillado la mano. La soga se deslizó sobre la palma, dejándosela en carne viva; finalmente, salió despedido de la embarcación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabé de deshacer el lío y libré el bote, que bajó al agua. Empecé a remar como un condenado. Remar era algo que siempre había hecho por placer en las casas de veraneo de mis amigos, pero ahora, por primera vez, lo hacía para salvar mi vida. Si no me alejaba del Callas antes de que se hundiera, me arrastraría con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco minutos más tarde, se hundió. No escapé del todo a la succión, tuve que remar desesperadamente sólo para permanecer en el mismo lugar. Se hundió muy de prisa. Todavía había gente aferrada a la borda, gritando. Parecía una banda de monos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La borrasca empeoró. Perdí un remo. Pasé la noche en una especie de pesadilla, achicando agua del bote, primero, y maniobrando con el único remo que me quedaba, después, para mantener la proa contra el oleaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes del amanecer del 24 las olas empezaron a empujarme por la popa. El bote adquirió una cierta velocidad, lo cual es aterrador, pero, al mismo tiempo, constituye un alivio. De pronto, los tablones fueron arrancados de debajo de mis pies, pero el bote no se hundió: había encallado a este montón de piedras olvidado del mundo. Ni siquiera sé dónde estoy; no tengo la menor idea. La navegación no es mi punto fuerte. Ja, ja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero sí sé qué tengo que hacer. Éstas pueden ser mis últimas notas, pero algo me dice que saldrá bien. ¿Acaso no he conseguido siempre lo que me he propuesto? Además, hoy se hacen maravillas con las prótesis y podré moverme con un solo pie con toda comodidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha llegado el momento de ver si soy tan extraordinario como creo. Buena suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo hice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dolor era lo que menos me preocupaba, porque puedo soportarlo, pero temía que la debilidad, el hambre y el dolor combinados me hicieran perder el conocimiento antes de acabar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la heroína resolvió el problema maravillosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrí una de las bolsitas y aspiré dos generosas dosis sobre una roca plana, primero la ventanilla derecha, luego, la izquierda. Era una especie de hielo deslumbradoramente anestésico que invadía mi cerebro íntegro. Aspiré la heroína al dejar de escribir, ayer, a las 9.45. Cuando volví a mirar la hora, las sombras se habían movido, dejándome parte del cuerpo al sol, y eran las 12.41. Me había adormilado. Nunca había imaginado que fuese tan fantástico y no comprendo por qué le tenía tanta manía. El dolor, el miedo, la infelicidad... todo desaparece, dejando sólo una calma eufórica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Operé en esas condiciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como era de esperar, sentí un dolor agudísimo, especialmente en la primera parte de la operación. Pero el dolor parecía desconectado de mí, como si fuera de otro. Me molestaba, pero me resultaba extraordinariamente interesante. ¿Podéis entender lo que digo? Si alguna vez habéis empleado un calmante con una fuerte base de morfina, sabréis de qué hablo. Hace algo más que mitigar el dolor. Induce un estado mental. Una cierta serenidad. Entiendo por qué la gente se queda colgada, aunque ésa sea una palabra horrorosamente fuerte y que usa, en general, la gente que nunca lo ha probado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A media operación, el dolor empezó a ser algo más personal. Oleadas de desfallecimiento me acometían. Miré con ansia la bolsita de heroína, pero me obligué a apartar la vista. Si volvía a adormilarme, moriría desangrado con la misma seguridad que si me desmayara. Conté hasta cien al revés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La pérdida de sangre era el factor más crítico. Como cirujano, era vitalmente consciente de ello. No debía perder una gota más que lo imprescindible. Si un paciente sufre una hemorragia durante una operación en un hospital, se le puede suministrar sangre. Yo carecía de esos medios. Todo lo que se había perdido —la arena debajo de mi pie estaba ya negra— estaba perdido hasta que mi propia fábrica lo repusiera. No tenía hemostáticos, ni hilo de sutura, ni grapas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empecé la operación exactamente a las 12.45. Acabé a la 1.50 e inmediatamente me atonté con heroína, una dosis mayor que la anterior. Me dormí en un mundo gris, indoloro, y permanecí así hasta alrededor de las cinco. Cuando me espabilé, el sol estaba cerca del horizonte occidental, trazando un camino de oro sobre el azul del Pacífico que llegaba hasta mí. Nunca he visto algo tan increíble. Tanto, que me compensó del dolor en un segundo. Una hora más tarde aspiré un poquito más, para seguir disfrutando de la puesta de sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después de hacerse de noche, yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esperad un segundo. ¿Os he dicho que no he comido absolutamente nada durante cuatro días? ¿Y que lo único que tenía a mi alcance para recuperar mis energías agotadas era mi propio cuerpo? Después de todo, ¿no se ha dicho, una y otra vez, que la supervivencia es una cuestión mental? ¿De una mente superior? No voy a justificarme diciendo que cualquiera hubiera hecho lo mismo. En primer lugar, hay que ser cirujano. Y aun conociendo la técnica de la amputación, es posible hacer una carnicería y desangrarse de todos modos. Y, aun en el caso de poder sobrevivir a la amputación y al shock traumático, jamás se le ocurriría algo semejante a alguien convencional. No importa. Nadie tiene por qué enterarse. Lo último que haré antes de abandonar la isla será destruir este libro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve mucho cuidado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo lavé muy bien antes de comérmelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dolor del muñón es intensísimo —en ocasiones, realmente intolerable—. Pero creo que el escozor profundo del proceso de cicatrización es todavía mucho peor. Esta tarde me he acordado de los pacientes que me tenían harto con lo mucho que les picaba la carne remendada, que era horrible y que no se podían rascar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo sonreía y les decía que se sentirían mejor al día siguiente, pensando que se quejaban sin razón, que eran débiles e ingratos. Ahora los comprendo perfectamente. Varias veces he estado a punto de arrancar la camisa que sirve de vendaje y rascarme la herida, hundir los dedos en la carne cruda y tierna, quitarme los puntos, dejar que la sangre corriera en la arena, cualquier cosa, cualquier cosa con tal de no sentir ese horrible y enloquecedor hormigueo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces contaba hasta cien al revés y aspiraba heroína.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tengo idea de cuánta he llegado a tomar, pero sí sé que he estado casi permanentemente dopado desde la operación. Como sabéis, quita el hambre. Ni siquiera sé si tengo hambre. Siento algo extraño, fantasmal, en la barriga, eso es todo. Por otra parte, puedo ignorarla con toda facilidad y, sin embargo, sé que no debo hacerlo, ya que la heroína no tiene un valor calórico fácilmente calculable. De manera que me he puesto a prueba para medir mi energía, arrastrándome de aquí para allá, y es agotador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dios mío, espero que no..., pero temo que sea necesaria una nueva operación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(más tarde)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasó otro avión. Demasiado alto. Tanto, que todo lo que podía ver era el alerón de popa dibujándose contra el cielo azul. Hice señales, por si acaso, y grité como un energúmeno. Cuando desapareció, me eché a llorar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Está muy oscuro y es difícil seguir escribiendo. Comida. He estado pensando en cantidad de platos. La lasaña de mi madre, pan de ajo, caracoles, langosta, chuletas, melocotones, asado, la gran porción de pastel de mantequilla y el helado de vainilla hecho en casa que te sirven en Mother Crunch en la Primera Avenida, pretzels calientes, salmón ahumado, cangrejos ahumados, jamón ahumado con rodajas de piña, aros de cebolla fritos, salsa de cebolla con patatas chip, té frío en largos sorbos, patatas fritas, y te relames los labios de gusto...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;100, 99, 98, 97, 96, 95, 94&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dios, Dios, Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta mañana ha aterrizado otra gaviota en el montículo, grande, gorda, mientras yo reposaba a la sombra de mi roca, la que considero mi campamento particular, con el muñón apuntando al cielo. En cuanto el pájaro se posó, empecé a salivar igual que los perros de Pavlov. Se me caía la baba como a un bebé. Como a un bebé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Busqué una piedra del tamaño de mi mano y empecé a arrastrarme hacia el pájaro. Queda tan sólo un cuarto, ya hemos escalado tres. Tres y pico. Pinzetti pasa hacia atrás (Pine, quiero decir Pine). No tenía demasiadas esperanzas. Estaba seguro de que saldría volando, pero había que intentarlo. Si atrapara un ave tan gorda y tan insolente como ésa, tal vez pudiese posponer la segunda operación indefinidamente. Continué, aunque, de vez en cuando, me golpeaba el muñón contra el canto afilado de una roca y veía las estrellas con todo el cuerpo, obligándome a reposar hasta que el dolor se calmara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gaviota no escapó. Daba saltitos de aquí para allá, con el pecho hinchado, como un general pasando revista a las tropas. De vez en cuando me miraba con sus ojos pequeños, negros y malignos, y no me quedaba más remedio que quedarme inmóvil como una piedra y contar hasta cien a la espera de que volviera a moverse. Cada vez que agitaba las alas, el hielo me invadía el estómago. más No dejaba de salivar. Se me caía la baba como a un niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé cuánto tiempo estuve al acecho. ¿Una hora? ¿Dos? Cuanto más me acercaba, más fuerte me latía el corazón y más apetecible parecía la gaviota. Daba la impresión de estar burlándose de mí y empecé a temer que, antes de que la tuviese a mi alcance, echara a volar. Me temblaban las piernas y los brazos. Tenía la boca seca. El muñón, por su parte, me daba unas punzadas asesinas. Ahora pienso que debo haber sentido también dolores de abstinencia. ¿Tan pronto? No he tomado heroína más que una semana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No importa. La necesito. Y hay mucha, muchísima. En cuanto llegue a los Estados Unidos, me someteré a una cura de desintoxicación en la mejor clínica de California. Pero ahora no se trata de eso, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la tuve al alcance, no quise arrojar la piedra. Estaba irracionalmente seguro de que erraría, probablemente por unos pocos centímetros. Tenía que acercarme. Así que seguí arrastrándome, con la cabeza alta, el sudor cayendo a chorros por mi cuerpo maltrecho de espantapájaros. Por cierto, creo que se me están pudriendo los dientes, ¿lo he dicho ya? Si fuera supersticioso, diría que es porque comí ...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Ja! Pero no debe de ser ésa la razón, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me detuve otra vez. Estaba mucho más cerca de esta gaviota que de cualquiera de las anteriores. No conseguía obligarme a tirar la piedra. La agarré con toda mi alma, hasta que me dolieron los dedos, pero ni siquiera así pude hacerlo. Porque sabía perfectamente lo que no dar en el blanco significaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me importa emplear toda la mercancía. Les voy a poner un pleito que se van a acordar toda la vida. ¡Viviré como un rey durante el resto de mi vida! ¡Mi larga, larga vida!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy convencido de que hubiera escalado hasta poder tomarla con la mano si finalmente no hubiera levantado el vuelo. La hubiera estrangulado. Pero extendió las alas y echó a volar. La insulté, me hinqué de rodillas y le lancé la piedra con las pocas fuerzas que me quedaban. ¡Y le di!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pájaro soltó un graznido y cayó al otro lado del montículo. Entre risas y temblores, sin preocuparme por los golpes en el muñón ni por si se me abría la herida, llegué a la cima y empecé a descender por la otra vertiente. Perdí el equilibrio y me di en el suelo con la cabeza. En aquel momento ni siquiera lo advertí, aunque tengo un magnífico chichón como recuerdo. Sólo podía pensar en la gaviota y en cómo le había dado, suerte fantástica, aun volando, ¡le había dado!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gaviota se arrastró hasta la playa, el ala rota, el cuerpo ensangrentado. Me arrastré tras ella todo lo rápido que me era posible, pero ella era más veloz. ¡ Una carrera de lisiados! ¡Ja! ¡ Ja! Podría haberla capturado, ya estaba muy cerca, de no haber sido por mis manos. Tengo que cuidar mis manos. Puedo volver a necesitarlas. A pesar del cuidado tenía las palmas llenas de tajos cuando por fin llegamos a la playa. Por si fuera poco, golpeé mi reloj contra una roca y saltó hecho añicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gaviota entró en el mar cojeando, graznando como una endemoniada. La atrapé, pero sólo me quedó un puñado de tristes plumas. Entonces me caí y tragué agua, tosiendo y atragantándome.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero seguí arrastrándome y hasta traté de nadar tras ella. La venda del muñón acabó por caérseme en el agua, empecé a hundirme y no tuve más remedio que regresar a la arena. No sé cómo, pero salí del agua, temblando, exhausto, encogido de dolor, llorando, gritando y maldiciendo a la gaviota. Todavía estaba a la vista, allá lejos, cada vez más lejos. Creo recordar que en un momento le rogué que volviera. Eso sí, cuando salió al arrecife, juraría que estaba muerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es justo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me llevó casi una hora arrastrarme hasta el campamento. He tomado mucha heroína, pero aun así, continúo enfadado con la gaviota. Si no iba a dejarse cazar, ¿a qué burlarse así de mí? ¿Por qué diablos esperó tanto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me he amputado el pie izquierdo y lo he vendado con mis pantalones. Extraño. Durante toda la operación se me cayó la baba. ¡Se me cayó la baaaaaba! Como cuando descubrí la gaviota, se me caía la baba sin parar... Pero me obligué a esperar hasta la noche. Conté hasta cien al revés veinte o treinta veces. ¡Ja! ¡Ja!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía que repetirme: rosbif frío, rosbif frío, rosbif frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11 de febrero (?)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha llovido durante dos días, con mucho viento. Cambié algunas rocas de lugar, hice una especie de escondrijo con ellas y me guarecí allí dentro todo el tiempo. Sorprendí una pequeña araña, la tomé con los dedos antes de que escapara y me la metí en la boca. Muy buena, muy gustosa. Empecé a temer que las rocas que tenía encima de la cabeza se vinieran abajo y me sepultaran. No importaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pasé toda la tormenta muy dopado. Tal vez haya llovido tres días, y no dos. O sólo uno. Aunque creo recordar que oscureció en dos ocasiones. Me encanta dormir, no siento ni el dolor ni el picor. Sé que voy a sobrevivir, no puede ser que tenga uno que pasar por todo esto para nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había un cura en la Sagrada Familia cuando yo era niño, un enano que adoraba hablar del infierno y del pecado mortal. Les tenía verdadero cariño. No hay retorno del pecado mortal, ése era su punto de vista. Me pasé la noche soñando con él, el Padre Hailley, con su sotana y su nariz de whisky, sacudiéndose el dedo y diciendo: «Qué vergüenza, Richard Pinzetti..., un pecado mortal..., condenado al infierno..., condenado al infierno…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me reí de él. Si esto no es el infierno, ¿qué es? El único pecado mortal es darse por vencido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mitad del tiempo la paso delirando; el resto me pican los muñones; la humedad hace que me duelan todavía más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no voy a ceder. No me voy a dar por vencido. No pasaré por todo esto para nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace un día magnífico y el Sol brilla otra vez en todo su esplendor. Espero que se estén helando en Nueva York.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es un buen día, en la medida de lo posible. La fiebre parece haber bajado. Estaba débil y temblaba cuando salí de mi madriguera, pero después de dos o tres horas al sol, vuelvo a sentirme casi humano otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me arrastré hasta el sur de la isla y encontré varios trozos de madera arrojados por la tormenta, además de varios tablones de mi propio bote. Había quelpo y algas en uno de los tablones y me lo comí todo. Me dieron ganas de vomitar. Es como comerse la cortina de plástico del baño, pero me siento mucho más fuerte esta tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llevé la madera a la arena para que se secara. Todavía me queda una caja completa de cerillas a prueba de humedad y podré hacer una fantástica señal de humo si pasa alguien pronto. Si no, me servirá para cocinar. Voy a aspirar heroína.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;13 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He encontrado un cangrejo, que maté y cocí en una pequeña hoguera. Esta noche casi vuelvo a creer en Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14 de feb&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabo de darme cuenta de que la tormenta se llevó casi todas las piedras de mi señal de AYUDA. Pero la tormenta terminó... ¿hace más de tres días? ¿He estado drogado todo ese tiempo? Tengo que tener más cuidado y bajar la dosis, porque ¿qué ocurriría si pasara un barco y yo estuviera durmiendo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reconstruí la señal, pero me llevó casi todo el día y estoy exhausto. Busqué un cangrejo donde encontré el otro, pero nada. Me corté las manos con varias de las piedras de la señal, pero me desinfecté con yodo, a pesar de mi debilidad. Debo cuidar mis manos. Por encima de todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;15 de feb&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy se posó otra gaviota en el montículo. Levantó el vuelo antes de que yo me acercara. La conminé a irse al infierno, a picotear los ojillos rojizos del Padre Hailley para toda la Eternidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;17 de feb (?)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me he cortado la pierna derecha a la altura de la rodilla, pero he perdido mucha sangre. El dolor era inenarrable, a pesar de la heroína. Sólo el shock hubiera matado a un hombre menos hombre que yo. Déjame contestar con una pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir? ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me tiemblan las manos. Si me traicionan, estoy perdido. No tienen ningún derecho a traicionarme. ¡Ningún derecho! Las he cuidado durante todas sus vidas. Las he mimado. Mejor que no me traicionen. O se van a arrepentir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo menos, no siento hambre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los tablones del bote se partió por la mitad. Una de las partes tenía una punta bastante afilada, que fue la que usé. Se me caía la baba, pero me hice esperar pensando en... ¡aquellas barbacoas! Aquella casa que Will Hammersmith tenía en Long Island, con una barbacoa donde se podía asar un cerdo entero. Acostumbrábamos a sentarnos al atardecer, con tragos largos en la mano, hablando de nuevas técnicas quirúrgicas o de golf o de cualquier otra cosa. Y la brisa nos traía el olor del cerdo asado. Madre mía, el olor del cerdo asado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Feb ?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me he cortado la otra pierna a la altura de la rodilla. He estado dando cabezadas todo el santo día:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Doctor, ¿la operación era necesaria?». Ja, ja. Me tiemblan las manos como las de un viejo. Las odio. Tengo sangre debajo de las uñas, costras. ¿ Recuerdas el modelo de la facultad, con la barriga de vidrio? Pues me siento igual, pero no quiero mirar. De ninguna de las maneras. Recuerdo que Dom decía eso, se paraba a charlar contigo en la calle con la chaqueta del Hiway Outlaws Club. Tú le decías: «Hombre, ¿cómo hiciste para conseguirla?». Y Dom respondía de ninguna de las maneras. Viejo Dom. Caramba, ojalá me hubiera quedado en el barrio. Esto tiene tan mala pinta, como decía Dom. Ja ja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero me han dicho, sabes, que con la terapia adecuada y unas prótesis, volvería a estar como nuevo, podría volver a la isla y decirle a la gente: «Aquí es donde ocurrió».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Ja-ja-ja!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;23 de febrero (?)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encontré un pez muerto, podrido y apestoso. Es igual, me lo comí. Me doblaban el cuerpo las arcadas, pero no me lo permití. Sobreviviré. Estoy tan bien con heroína, las puestas de sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me atrevo, pero tengo que hacerlo. ¿Pero, cómo haré para ligar la arteria femoral tan arriba? Es amplia como una maldita autopista a esa altura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de todo, tengo que hacerlo. He marcado la parte alta del muslo, la parte donde todavía hay carne, con lápiz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desearía poder dejar de babear.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fe&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te... mereces... un descanso hoy... también... así que... levántate y vete.., a McDonald’s... dos hamburguesas... salsa especial... lechuga... pepinillos.., cebollas... en... un panecillo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Da... dada... dadada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Febbe&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy me he visto la cara en el agua. Una calavera cubierta de piel. ¿Me he vuelto loco ya? Debo de estar loco. Ahora soy un monstruo. Un engendro. No me queda nada bajo las ingles. Un verdadero monstruo. Una cabeza atada a un torso que se arrastra por los codos en la arena. Un cangrejo. Un cangrejo dopado. Eh, tú, soy un pobre cangrejo dopado, dame una moneda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jajajaja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicen que de lo que se come se cría, así que ¡TODAVÍA SOY EL MISMO! Querido Dios shock traumático shock traumático shock traumático NO EXISTE NADA QUE SE PAREZCA A UN SHOCK TRAUMÁTICO.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;JA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;40/Fe ?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He soñado con mi padre. Cuando se emborrachaba, olvidaba el inglés. No es que tuviera nada interesante que decir de todos modos. Condenado cerdo, me alegré tanto de irme de tu casa, papito, condenado cerdo, chapucero, nada, no vales para nada, nada, cero. Sabía que lo lograría. Me alejé de ti, ¿verdad? Me fui andando sobre las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ya no puedo cortar nada más con ellas. Ayer me corté las orejas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;la mano izquierda lava la derecha no dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha pito pito colorito donde vas tú tan bonito... jajaja...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Qué importa, una mano u otra, buena comida, buena carne, buen Dios comamos... pies de cerdo saben igual que manos de cerdo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9019036574516868680-3226981900308359928?l=solocienciaficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/3226981900308359928'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/3226981900308359928'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/2011/11/superviviente-stepthen-king.html' title='Superviviente - Stepthen King'/><author><name>Noche Eterna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13605232014348570180</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='14' src='http://3.bp.blogspot.com/-4hwrsne9sog/TsWJV9uoeOI/AAAAAAAACm0/hbMqWAZVPgE/s220/ojos.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680.post-6271041075001209813</id><published>2011-11-07T10:58:00.000-08:00</published><updated>2011-11-07T11:12:09.131-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ROBERT A. HEINLEIN'/><title type='text'>Todos vosotros, zombies... - Robert A. Heinlein</title><content type='html'>22.17 HS. ZONA TEMPORAL 5.7 de novíembre de 1970. Nueva York. Bar de Pop.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la madre soltera. Anoté la hora: las 22.17, zona cinco, tiempo del Este, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre apuntamos la fecha y la hora. Es una norma. La madre soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, de cara infantil y temperamento quisquilloso. No me gustaba su aspecto (nunca me gustó) pero yo había venido aquí para reclutarlo. Le obsequié mi mejor sonrisa de mostrador. Tal vez soy demasiado severo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No era afeminado. Lo llamaban así porque cuando algún entrometido le preguntaba su profesión, el hombre decía a veces:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Soy una madre soltera. - Y si estaba de buen humor continuaba: -A cuatro centavos por palabra. Escribo historias confidenciales para revistas de mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero si estaba de mal humor, se quedaba esperando que alguien hiciese alguna broma. En la pelea cuerpo a cuerpo era más peligroso que un policía femenino. Este era uno de los motivos por los que yo lo necesitaba. No el único.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta noche venía bastante bebido, y parecía detestar a la gente más que de costumbre. Silenciosamente le serví una ración doble de aguardiente, y dejé la botella. Bebió y se sirvió otro vaso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasé el trapo por el mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo anda el negocio de la madre soltera?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre apretó el vaso. Pensé que me lo iba a tirar a la cara, y tanteé debajo del mostrador en busca de la cachiporra. Hay tantos factores, en el campo de la manipulación temporal, que no es posible correr riesgos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Advertí en la cara del hombre una fracción infinitesimal de distensión. Ese índice que uno aprende a detectar en la escula.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo siento - dije -. Sólo quise preguntar cómo andan los negocios. Imagine que le pregunté qué tal está el tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me miró, amargado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Oh, los negocios andan bien. Yo las escribo, ellos las publican, yo como.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me serví un trago y me incliné hacia él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Para decirle la verdad - comenté -, usted escribe bien. He leído algunas de esas historias. Es asombroso cómo ha captado usted el punto de vista femenino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este era un desliz que yo debía arriesgar: él nunca me había dicho qué seudónimos usaba. Pero estaba tan irritado, que sólo retuvo mis palabras finales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡El punto de vista femenino! - repitió, bufando -. Si, ya lo creo que conozco ese punto de vista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Si? - murmuré, vagamente - ¿hermanas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No. Usted no me creerla, si le contara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Vamos, vamos - repuse suavemente -, los barmen y los psiquiatras saben que nada es más extraño que la verdad. Mire, hijo mio, si usted oyera las historias oigo yo... bueno, se haría rico. Es increíble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Usted no sabe lo que significa "increíble".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿De veras? Pues a mi nada asombra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre soltera resopló o vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quiere apostar lo que queda de la botella?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Le apostaré una botella entera - dije, y la puse en el mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hice señas al otro barman - que se ocupara del negocio. Estabamos en la punta del mostrador, un lugar para un solo banquillo que yo convertía en refugio privado colocando sobre el mostrador frascos con huevos conserva y cosas por el estilo. En la otra punta habia unos parroquianos mirando el boxeo, en la pantalla del televisor, y alguien hacía sonar la juke-box.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Muy bien - dijo la madre soltera -, soy un bastardo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eso no es una ninguna distinción aquí - señalé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo digo en serio - replicó. Mis padres no estaban casados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ninguna novedad. Los mios tampoco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Cuando... - La madre soltera se interrumpió y por primera vez desde que lo conocía, me miró con cierta amabilidad-. ¿En serio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto. Soy bastardo Ciento por ciento. En realidad - agregué , nadie se casa en mi familia Todos bastardos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y eso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oh esto. - Se lo mostré. - Parece un anillo de compromiso. Es para ahuyentar a las mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un a vieja sortija que compré en 1985 a un colega, que la había traído de la Creta pre-cristiana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La serpiente Uroboros - expliqué -, la Serpiente del Mundo que se muerde eternamente la cola. Un símbolo de la Gran Paradoja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero él apenas lo miró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si usted es realmente un bastardo, sabe cómo se siente uno. Cuando yo era todavía una chiquilla.,.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Epa! - lo interrumpí -. ¿Le oí bien?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién cuenta esta historia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando yo era una chiquilla... Oiga, ¿nunca oyó hablar de Christine Jorgenson? ¿O de Roberta Cowell?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ajá, esos casos de cambio de sexo. ¿Pero usted pretende hacerme creer....?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Vea, si me interrumpe, no hablo. A mí me dejaron en un orfanato de Cleveland, en 1945, cuando tenía un mes de edad. Después, de chica, empecé a envidiar a los niños que tenían padres. Más tarde, cuando me enteré de las cosas del sexo... y creame Pop, que se aprende rápido en un orfanato...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ya sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-…juré solemnemente que un hijo mío tendría padre y madre. Esa idea me mantuvo "pura", cosa que era una hazaña en ese medio... Para conseguirlo, debí aprender a pelear. Después fui creciendo, y comprendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme... por los mismos motivos por los que nadie me habla adoptado. - Hizo una mueca. - Tenía cara de caballo, dientes largos de chivo, pecho chato y pelo de cepillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No parece mucho más feo que yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A quién le importa si un barman es feo? ¿O un escritor? Pero la gente que quiere adoptar un niño, elige esos gansos de ojos azules y cabellos de oro. Más tarde, los muchachos deben tener un tórax fornido, una cara simpática y esa actitud-tan-maravillosamente-masculina... - La madre soltera se encogió de hombros.- Yo no podía competir. Decidí incorporarme a la W.E.N.C.H.E.S.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Eh?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es la sigla de la Sección Hospitalidad y Entretenimiento del Cuerpo Nacional de Emergencia Femenino. La llaman ahora Angeles del Espacio. A.N.G.E.L. Grupo Auxiliar de Protección de las Legiones Extraterrestres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reconocí ambas denominaciones, cuando las ubiqué en el tiempo. Nosotros usamos todavía una tercera sigla: W.H.O.R.E., que significa Hospitalaria Orden Femenina para Alentar y Fortificar Cosmonautas , y designa a ese servicio militar de elite. El cambio de vocabulario es el peor obstáculo en los saltos por el tiempo... ¿Sabían ustedes que "estación de servicio" significó en una época un dispensario de fracciones de petróleo? Una vez, cuando yo cumplía una misión en la Era Churchill, una mujer me dijo: "Lo espero en la estación de servicio vecina"; pero una estación de servicio (en ese entonces ) no tenía una cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre soltera continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Fue entonces cuando se admitió, por primera vez, que era imposible enviar hombres solos al espacio durante meses y años. Había que aliviarles la tensión. ¿Recuerda cómo protestaron los puritanos? Bueno, eso me favoreció, ya que al principio no abundaban las voluntarias. Una muchacha debía ser respetable, preferiblemente virgen (querían adiestrarías a partir de cero), de un nivel mental superior al medio, y emocionalmente estable. Pero la mayoría de las voluntarias eran viejas busconas, o neuróticas que perderían la chaveta diez días después de salir de la Tierra. En consecuencia, yo no necesitaba ser bonita; si me aceptaban, me arreglarían los dientes de chivo, me ondularían el pelo, me enseñarían a caminar y a bailar, a escuchar a un hombre con expresión agradable, y todo lo demás... sin contar el adiestramiento para los deberes fundamentales. Si era necesario hasta me harían la cirujía estética... Ningún esfuerzo era excesivo, tratándose de Nuestros Muchachos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Más aún, nos evitaban los embarazos... y al término del contrato, era casi seguro que una se casaba. Lo mismo ocurre hoy: los Angeles del Espacio se casan con los cosmonautas. Hablan el mismo idioma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"A los dieciocho años, me colocaron como auxiliar de casa de familia. La familia en cuestión quería una sirvienta barata, simplemente; pero a mí no me importaba. No podía alistarme hasta cumplir veintiuno. Hacía las tareas de la casa y asistía a la escuela nocturna. Fingía estudiar taquigrafía y dactilografía, pero en realidad iba a los cursos de atractivo personal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Fue entonces cuando conocí a ese farsante, con sus billetes de cien dólares. - La madre soltera torció la cara. - Un inservible, aunque realmente tenía un fajo de billetes de cien. Me mostró uno una noche, y me lo ofreció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Pero yo no lo acepté. El hombre me gustaba. Era el primero que se mostraba amable conmigo sin intentar otros juegos. Abandoné la escuela nocturna para verlo más seguido. Fue la época más feliz de mi vida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Entonces, una noche en el parque, empezaron los juegos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre soltera calló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y después? - pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y después, ¡nada !. Nunca volví a verlo. Me acompañó a casa, me dijo que me quería, se despidió con un beso y un buenas noches, y no lo vi más. Si pudiera encontrarlo concluyó la madre soltera con acento lúgubre, lo mataría!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bueno - me condolí -, comprendo cómo se siente. Pero matarlo... nada más que por...Hum . ¿Usted le ofreció resistencia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué? ¿Y eso qué tiene que ver?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mucho. Tal vez se merezca Y un pár de costillas rotas, pero... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Merece algo mucho peor! Espere a que termine de contarle. Me las arreglé para que nadie sospechara, y me consolé diciéndome que todo era para bien; que realmente no lo había querido y que probablemente nunca querria a nadie. Estaba más ansiosa que nunca por ingresar en la W E N.H.E.S. No hábía quedado descalificada, pues ellos no insistian demasiado en la cuestión de la virginidad. Me reanimé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Sólo cuando las faldas empe. JUrOfl a apretarme, comprendí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Embarazada?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como una vaca. Y esos avaros que me habían empleado se hicieron los tontos mientras pude trabajar. Después me sacaron a patadas, y el orfanato no quiso recibirme otra vez. Terminé en un hospital de caridad, rodeada por otros grandes bombos y trotacalles hasta que me llegó el momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Una noche me encontré en una mesa de operaciones, con una enfermera que decía: 'Relájese. Ahora respire hondo.'&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Me desperté en la cama, paralizada del pecho para abajo. Cuando entró el cirujano, me preguntó, muy contento:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¿Qué tal, cómo se siente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Como una momia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Natural. Está fajada como una momia, y llena de anestésico. Va a salir bien, pero una cesárea no es un chiste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Una cesárea - repetí -. Doctor... ¿perdi el bebé?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Oh, no. Su bebé está perfectamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Ah. ¿Varón o nena?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Una sanísima mujercita, de veras. Cinco libras, tres onzas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Me tranquilicé. Ya era algo; haber hecho un bebé. Me iría a cualquier parte - pensé -, agregaría 'señora' a mi apellido y dejaría que la niña pensara que su padre había muerto... Mí hija no terminaría en un orfanato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Pero el cirujano seguía hablando:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Dígame, este... - evitó pronunciar mi nombre -. ¿Alguna vez observó que su sistema glandular es... extraño?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¿Qué? - respondí -. Por supuesto que no. ¿Qué quiere decir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"El hombre vacilaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Se lo diré en una sola dosis. Luego una inyección, para que se duerma y se le pasen los nervios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¿Nervios? ¿Por qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¿Alguna vez oyó hablar de ese médico escocés que fue mujer hasta los treinta y cinco años? Después se operó, y fue un hombre, desde el punto de vista medico y legal. Se casó. Todo perfecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Y eso, ¿qué tiene que ver conmigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Es lo que estoy tratando de explicarle. Usted es un hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Quise enderezarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¿Qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Calma. Cuando la abrí, me encontré con todo un espectáculo. Llamé al cirujano jefe, mientras yo sacaba al niño; después, con usted todavía en la mesa, celebramos una consulta... y trabajamos durante horas para salvar lo que se podía salvar. Usted tenía dos series completas de órganos, ambas inmaduras; pero la serie femenina estaba bastante desarrollada como para permitirle tener un bebé. Esos órganos, sin embargo9 ya no podían servirle de nada, así que los extirpamos y reordenamos las cosas, para que pueda desarrollarse adecuadamente como hombre. -Me puso una mano en el hombro.- No se preocupe. Es usted joven, los huesos se le readaptarán, le vigilaremos el equilibrio glandular... y haremos de usted un hermoso ejemplar masculino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Me eché a llorar. "-¿Y mi hija?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Bueno" no podrá amamantarla, no tiene bastante leche. En su lugar, yo ni siquiera la veria, Le buscaría unos padres adoptivos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"-¡No!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"El médico se encogió de hombros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"- Usted decide. Es usted la madre, bueno... el padre. Pero ahora no se preocupe. Lo primero es recuperarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Al día siguiente me dejaron ver a la niña, y seguí viéndola diariamente, tratando de acostumbrarme a ella. Nunca habla visto un recién nacido, y no imaginaba qué feos son... Mi hija, parecía un monito anaranjado. Mis sentimiéntos se convirtieron en la firme decisión de protegerla. Pero cuatro semanas más tarde, eso no significaba nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La secuestraron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿La secuestraron?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre soltera estuvo a punto de voltear la botella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La raptaron. ¡La robaron dé la nursery del hospital! - La madre soltera respiraba con dificultad.- Y así me quitaron la última razón de mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Feo asunto - admití -. Tome otro. No, mejor no. ¿Ninguna pista?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La policía no descubrió nada. Alguien había ido a verla, diciendo que era el tío. En un descuido de la enfermera, se la llevó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y el secuestrador cómo era?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un hombre corriente, con una cara en forma de cara, como la suya o la mía, - La madre soltera frunció el ceño. - Creo que era el padre. La enfermera juró que era un hombre de más edad, probablemente se había maquillado. ¿Quién, sino él, podía robarme la criatura? Las mujeres sin hijos suelen hacer esas cosas, quién iba a decir que un hombre….&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué pasó después?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estuve once meses más en ese horrible lugar. Me operaron tres veces A los cuatro meses empezó crecerme la barba. Antes de salir ya me afeitaba todos los días...y evidentemente era un hombre. - La madre soltera sonrió ácidamente. - Empezaba a mirarles las piernas a las enfermeras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno - admití -, me parece la cosa salió bastante bien. Se ha convertido en un hombre normal, gana bastante dinero, no. problemas. Además, la vida de la mujer no es fácil. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre soltera me miró con furia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué sabrá usted! 7~Por qué lo dice?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Alguna vez oyó esa expresion, "una mujer arruinada"?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Hum, hace años. Ya no significa mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pues yo estaba tan arruinado puede estarlo una mujer. Ese canalla me arruinó realmente la vida. Yo ya no era una mujer, y no sabía cómo ser un hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Supongo que es cuestión de costumbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Usted no tiene la menor idea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hablo de aprender a vestirme, o de no equivocarse de baño en un restaurante. Todo eso lo aprendí en el hospital. ¿Pero c6mo podía vivir? ¿En qué me emplearía? Diablos, ni4siquiera sabía conducir un automóvil. No conocía un oficio, no podía hacer ningún trabajo manual: demasiado tejido cicatrizante, demasiado tierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Detestaba a aquel individuo, además, por haberme quitado esa posibilidad de ingresar en la W.E.N.C.H.E.5 Pero sólo; comprendí cuánto lo odiaba cuando quise entrar en el Cuerpo Espacial. Un simple vistazo a. mi abdomen y me declararon inepto para el servicio militar. El oficial médico dedicó un buen rato, sin embargo, a examinarme. Por simple curiosidad. Ya había leído mi historial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Entonces cambié de nombre y vine a Nueva York. Me coloqué de ayudante de cocina en un restaurante. Después alquilé una máquina de escribir y me instalé como taquígrafo público.... ¡Qué risa! En cuatro meses dactilografié cuatro cartas y un manuscrito. El manuscrito era un cuento para Historias de la Vida ReaL Un desperdicio de papel. Pero el pelma que lo escribió, consiguió venderlo. Eso me dio una idea. Compré una pila de revjstas para mujeres y las estudié.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Y ya sabe usted cómo he conseguido ese acertado punto de vista femenino en mi serie sobre las madres solteras. Mediante la única versión que no he vendido: la auténtica. ¿Me gané la botella?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La empujé hacia él. Me sentía bastante trastornado, pero habla que trabajar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Hijo mío, ¿todavía tiene ganas de echarle el guante a ese tal por cual?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ojos se le iluminaron con un brillo de fiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Un momento! - exclamé -. ¿No lo mataría?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soltó una risa maligna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Póngame a prueba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Calma. Sé más sobre ese asunto de lo que usted imagina. Puedo ayudarlo. Sé dónde está.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tendió la mano por encima del mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Dónde está?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Súélteme la camisa, hijo, o aterrizará en el callejón y tendremos que decirle a la policía que se ha desmayado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre soltera me soltó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo siento. Pero ¿dónde, está?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Me miró.- ¿Y cómo sabe tanto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Todo a su tiempo. Hay ficheros, constancias: constancias del hospital, del orfanato, constancias médicas. La directora del orfanato era la señora Fetherage, ¿correcto? Y después vino la señora Greunstein, ¿correcto? Y cuando usted era niña la llamaban Jane, ¿correcto? Y usted no me dijo nada de esto, ¿correcto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre estaba desconcertado, asustado quizá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué pasa? ¿Está tratando de meterme en dificultades?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En absoluto. Sólo quiero su felicidad. Puedo poner a ese sujeto entre sus manos. Usted hace con él lo que le parezca... sin consecuencias. Pero creo que no lo matará. Tendría que estar loco para matarlo... y usted no está loco. No del todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Menos charla. ¿Dónde está? Le serví un trago, chico. Estaba borracho, pero la ira equilibraba las cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No tan rápido. Yo le hago un favor. Usted me hace un favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ajá... ¿Qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué diría si yo le ofreciera un empleo con un gran sueldo, estabilidad asegurada, carta blanca en los gastos, usted su propio jefe, y pilas de aventuras y diversión?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre me miró, boquiabierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Diría: "¡Saquen esol malditos elefantes de la terraza!" Acabemos, Pop. Ese empleo no existe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Muy bien, digamos así, entonces: yo le entrego el hombre, usted le arregla las cuentas, después prueba el trabajo que le ofrezco. Si no es como se lo pinto, no pasó nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro vacilaba. El último trago lo decidió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cuándo me lo entrega? --- dijo con voz pastosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí está de acuerdo... ¡ahora mismo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre extendió la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Trato hecho!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le hice una seña a mi ayudante para que vigilara las dos puntas del mostrador, tomé nota de la hora -23.00, y cuando atravesaba la puertita debajo del mostrador, la juke-box empezó a chillar los compases de Soy mi abuelo. El hombre de servicio tenía orden de poner sólo clásicos del folklore americano, porque yo no aguantaba "musica" de 1970. Pero yo ignoraba que esa grabación se hubiera infiltrado. Así que grité:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;tApaga eso! ¡Devuélvele el dinero al cliente! - y agregué:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Voy al depósito. Vuelvo en seguida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y allá fui, seguido por la madre soltera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El depósito estaba al fondo del pasillo, más allá de los baños. Solo el encargado de día y yo teniamos la llave de la puerta metálica. Adentro, había otra habitación, y sólo yo tenía la llave. Entramos ahí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre soltera miró borrosamente a su alrededor y no vio mas que paredes sin ventanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dónde está?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Enseguida viene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrí un estuche. No había otra cosa en el cuarto: un modulador coordenadas portátil U.S.F.F., serie 1992, modelo II. Una hermosura, sin piezas móviles, veintitres kilogramos totalmente cargado. Parecía una inocente valija. Unas horas antes yo lo había puesto a punto; ahora lo único debía hacer era quitar la red metalica que limita el campo de transformación. Y lo hice. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué es eso? - preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Una máquina del tiempo - respondí y con un movimiento rápido lancé la red sobre nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Eh! - gritó la madre soltera, retrocediendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es una técnica: hay que lanzar la red de modo que el sujeto retroceda instintivamente hasta chocar con la malla de metal. Luego uno cierra la red y ambos quedamos completamente adentro. De lo contrario, uno puede dejar detrás la suela de un zapato, o la punta de un pie. Pero ése es el único arte que el procedimiento exige. Algunos agentes introducen al sujeto en la red con engaños; yo digo la verdad y uso ese instante de total asombro para mover la palanca. Moví la palanca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1030 hs. Zona temporal 6.3 de ábril de 1963. Cleveland Ohio. Edificio Apex.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Eh! - repitió el hombre -. ¡Sáqueme esto de encima!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo siento - me disculpé, sacando la red y guardándola en la valija -. Usted dijo que quería encontrarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero... ¡Usted me dijo que era una máquina del tiempo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señalé el paisaje que se veía por la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Le parece que estamos en noviembre? ¿Y en Nueva York?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras él observaba, estupefacto, los pimpollos nuevos y el cielo primaveral, reabrí el estuche, saqué un fajo de billetes de cien dólares y miré si la numeración y la firma eran compatibles con 1963. Al Servicio Temporal no le importa lo que uno gaste (no cuesta nada), pero le desagradan los anacronismos innecesarios. Si uno comete demasiados errores, un tribunal militar puede exiliarlo por un año en una época particularmente desagradable, 1974 por ejemplo, con su estricto racionamiento y sus trabajos forzados. Yo jamás cometo tales errores. El dinero era perfecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre soltera dio media vuelta y preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué ha pasado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El hombre está ahí, afuera. Aquí tiene dinero para los gastos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Le di el fajo y añadí:- Ajuste sus cuentas, después yo lo recogeré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los billetes de cien dólares tienen un efecto hipnótico en la gente que los ve poco. Seguía pasándolos de a uno, con el pulgar incrédulo, cuando lo empujé al vestíbulo, y cerré la puerta por dentro. El próximo salto en el tiempo era fácil, un pequeño desplazamiento dentro de la misma era.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;17.00 hs. Zona temporal 6.10 de marzo de 1964. Cleveland. Edificio Apex.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habían echado por debajo de la puerta un aviso que decía que el contrato de mi alquiler expiraba la semana próxima; salvo ese .detalle, el. cuarto tenía el mismo aspecto que un momento antes. Afuera, los árboles estaban pelados. Amenazaba nevar. Me di prisa, demorándome apenas lo suficiente para recoger dinero contemporáneo, además de una chaqueta, un sombrero y un abrigo que habla dejada cuando alquilé la habitación. Contraté un automóvil y fui al hospital. Tardé veinte minutos en aburrir lo suficiente a la enfermera de la nursery como para poder llevarme la criatura sin que nadie me viera. Regresamos al edificio Apex. Este salto fue más complicado, pues el edificio no existía aun en 1945. Pero lo habla calculado de antemano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;01.00 hs. Zona temporal 6.20 de setiembre de 1945. Cleveland. Hotel Skyview.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El equipo portátil, el bebé y yo llegamos a un hotel de las afueras de la ciudad. Previamente yo me había registrado como Gregory Johnson. Procedencia: Warren, Ohio. La habitación tenía las cortinas corridas, las ventanas cerradas y las puertas atrancadas. El piso estaba libre de obstáculos, como precaución contra las oscilaciones mientras la máquina busca una época determinada. Una silla que está donde no debe estar puede golpearlo a uno seriamente -.. no la silla, desde luego, sino la descarga retroactiva del campo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hubo problemas. Jane dormía pacíficamente. La saqué, la puse en una caja de cartón sobre el asiento de un automóvil que había alquilado previamente, la llevé al orfanato, la dejé en la escalinata, recorrí dos cuadras hasta llegar a una "estación de servicio" (de las que vendían subproductos del petróleo) y telefoneé al orfanato. Después volví, a tiempo para ver cómo llevaban adentro la caja de cartón. Abandoné el automóvil cerca del motel, fui hasta él caminando, y entré al edificio Apex en el año 1963.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;22.00 hs. Zona temporal 6.24 abril de 1963. Cleveland. Edificio Apex.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo había calculado el tiempo con gran precisión. Si no me equivocaba Jane estaba descubriendo en el parque, en esa perfumada noche primaveral, que no era una chica tan "decente" como había creído. Tomé un taxi, me hice llevar a la casa de sus patrones, y ordené al conductor esperase a la vuelta de la esquina, mientras yo me agazapaba en las sombras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto los vi venir por la calle, tomados del brazo. El hombre la llevó hasta el porche, la besó largamente, más largamente lo que yo había imaginado. Después ella entró. El hombre vino caminando por la acera, dobló la esquina. Me acerqué y lo tomé del brazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muy bien, hijo - le anuncié voz baja - He vuelto para recogerlo. -¡Usted! - exclamó, conteniendo la respiración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Yo. Ahora ya sabe quién es el otro, y si piensa un poco, sabrá quién es usted.. - y si piensa bastante, adivinará quien es el bebé... y quién soy yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro no contestó. Estaba demasiado aturdido. Es impresionante cuando a uno le demuestran que no puede resistir la tentación de seducirse a sí mismo. Lo llevé al edificio Aper y dimos un nuevo salto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;23.00 hs. Zona 7.12 de agosto de 1985. Base de los Rocallosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desperté al sargento de guardia, le mostré mi tarjeta de identificación, le ordené que pusiera a mi acompañante en la cama, le diera una píldora tranquilizante y lo reclutara a la mañana siguiente. El sargento estaba de mal talante, pero la jerarquía es la jerarquía, en cualquier época. De modo que obedeció, pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él podría ser el coronel y yo el sargento. Cosa que, efectivamente, puede suceder en nuestro servicio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué nombre? - preguntó&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se lo escribí. El sargento enarcó las cejas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí ¿eh? Humm...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Limítese a hacer su trabajo, sargento. - Me volví a mi acompañante. - Hijo, sus pesares 'han terminado. Está por iniciarse en el mejor empleo que un hombre puede tener Y andará bien. Yo se.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡De esó puede estar seguro! - corroboró el sargento -. Mireme a mi nacido en 1917, y todavía ando por aquí, todavía soy joven, todavía disfruto de la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Regresé a la oficina de desplazamientos, y ajusté todos los mecanismos a cero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;23.01 hs. Zona 5.7 de noviembre de 1970. Nueva York. Bar de Pop.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí del depósito con una botella para justificar el minuto de ausencia. Mi ayudante discutía con el parroquiano que quería oír Soy mi propio abuelo. Le dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Oh, déjalo que lo escuche. Después desenchufa el aparato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sentía muy cansado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El trabajo es duro, pero alguien debe hacerlo. Luego del Error de 1972, es difícil reclutar a alguien. No hay nada mejor que seleccionar a aquellos que se sienten desdichados donde están, y ofrecerles un trabajo interesante y bien pagado (aunque peligroso&gt;, para servir a una causa necesaria. Todo el mundo sabe ahora por qué fracasó la guerra de 1963. La bomba de Nueva York no estalló nunca, un centenar de otras cosas no ocurrieron como habían sido planeadas... todo gracias a gente como yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el Error de 1972, no. No intervenimos. Y no puede ser reparado; no hay aquí ninguna paradoja. Una cosa es, o no es, ahora y para siempre, amén. Pero no habrá otro error semejante; una orden fechada en 1992 tiene prioridad en cualquier año.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerré el bar cinco minutos antes de lo habitual, dejando en la caja registradora una carta donde le explicaba al encargado de día que aceptaba su ofrecimiento de comprar mi parte, y que se entrevistara con mi abogado, puesto que yo me tomaba unas largas vacaciones. El Servicio cobraría o no mi participación, pero no quiere que se dejen cabos sueltos. Bajé al cuartito del depósito y salté a 1993.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;22.00 hs. Zona 7.12 de enero de 1993. Cuartel General Anexo, Servicio Temporal Rocallosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me presenté al oficial de guardia y fui a mi cuarto con la intención de dormir una semana. Me había traído la botella que habíamos apostado (al fin y al cabo, la gané) y tomé un trago antes de escribir mi informe. El aguardiente tenía un gusto desagradable; me pregunté por qué me habría gustado alguna vez. Pero era mejor que nada: no me gusta estar completamente sobrio, pienso demasiado. Pero tampoco vivo pegado a la botella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos aprobados por el Departamento Psicológico, incluyendo el mío, que sería aprobádo, sin duda. Pues yo estaba aquí, ¿no? Luego grabé una cinta pidiendo que me pasaran al cuerpo operativo; estaba harto de reclutamientos. Metí las dos grabaciones en la ranura y luego me acosté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi mirada se posó en el cartelito con las Máximas del Tiempo, a los pies de mi cama:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;nunca dejes para ayer lo que puedes hacer mañana &lt;br /&gt;Si al fin triunfas, no lo intentes otra vez &lt;br /&gt;Una puntada a Tiempo salva nueve billones &lt;br /&gt;Las paradojas pueden ser paradoctoradas &lt;br /&gt;Es más temprano de lo que piensas &lt;br /&gt;Los antepasados son solo gente &lt;br /&gt;Hasta el mismo Júpiter cabecea &lt;br /&gt;Ya no me entusiasmaban tanto o cuando era recluta; treinta años-subjetivos de saltos en el tiempo lo gastan a uno. Me desvestí y me miré el abdomen. Una cesárea deja una gran cicatriz, pero soy tan peludo ahora que no la veo, salvo que la busque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces eché un vistazo al anillo que llevo en el dedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La serpiente que se muerde eternamente la cola. - - Yo sé de dónde he venido - pero ¿de dónde han venido todos ustedes, zona. zombis?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentía la inminencia de un dolor de cabeza, pero nunca tomo analgésicos. Una vez tomé.. - y todos ustedes se fueron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que me metí en la cama y apagué la luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ustedes no. están ahí, realmente. Sólo yo estoy, no hay nadie sino yo - Jane - sola aquí en la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los extraño tanto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9019036574516868680-6271041075001209813?l=solocienciaficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/6271041075001209813'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/6271041075001209813'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/2011/11/todos-vosotros-zombies-robert-heinlein.html' title='Todos vosotros, zombies... - Robert A. Heinlein'/><author><name>Noche Eterna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13605232014348570180</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='14' src='http://3.bp.blogspot.com/-4hwrsne9sog/TsWJV9uoeOI/AAAAAAAACm0/hbMqWAZVPgE/s220/ojos.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680.post-789347812825316919</id><published>2011-11-07T10:49:00.000-08:00</published><updated>2011-11-07T10:52:35.728-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ROBERT A. HEINLEIN'/><title type='text'>Las verdes colinas de la tierra -ROBERT A. HEINLEIN</title><content type='html'>I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta es la historia de Rhysling, el Cantor Ciego de los Espacios, pero no en su versión oficial. En el colegio se cantan sus palabras:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oremos por un último aterrizaje &lt;br /&gt;en el globo que me vio nacer; &lt;br /&gt;déjame posar mis ojos en los cielos aborregados &lt;br /&gt;y las frescas y verdes colinas de la Tierra. &lt;br /&gt;O quizá cantéis en francés, o en alemán. O acaso en esperanto, mientras el arco iris de la Tierra se extiende sobre nuestras cabezas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lenguaje no tiene importancia, era con toda certeza una lengua terrestre. Nadie ha traducido jamás «Verdes colinas» al suave idioma venusiano, jamás un marciano lo ha croado ni susurrado en los áridos corredores. Es nuestro. Nosotros, los habitantes de la Tierra, lo hemos exportado todo, desde las películas de Hollywood a las substancias radiactivas sintéticas, pero esto pertenece exclusivamente a la Tierra, y a sus hijos e hijas doquiera que se encuentren.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos hemos oído referir muchas historias de Rhysling. Cualquiera de vosotros puede incluso ser uno de los muchos que han tratado de graduarse o sed aclamados a través de versiones escolares de sus obras publicadas... Canciones del Espacio, El Gran Canal y otros Poemas, Alto y Lejos y ¡Arriba, Nave!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, pese a que habéis cantado sus canciones y leído sus versos en el colegio y otros sitios toda vuestra vida, podría hacerse una ventajosa apuesta, a menos que seáis también un hombre del espacio, de que no habéis oído siquiera hablar de la mayoría de las canciones inéditas de Rhysling, como, por ejemplo, Desde que el avión se encontró con mi primo, la muchacha pelirroja del Venusberg, ¡Conserva los pantalones Capitán! o Un traje del espacio para dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni es posible tampoco insertarías en una revista familiar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reputación de Rhysling quedó protegida por un cuidadoso ejecutor testamentario y por la feliz casualidad de que no fue nunca intentado. Canciones de los Espacios apareció la semana de su muerte cuando llegó a ser un «best seller», las historias publicitarias que le hacían referencia fueron reunidas en lo que el público recordaba acerca de él, más las anécdotas subidas de color que fueron añadidas por sus editores. La imagen pictórica resultante de Rhysling es tan auténtica como el hacha de Jorge Washington o las galletas de King Georges.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la realidad, no os hubiera gustado verlo en vuestros salones; no era socialmente aceptable, tenía quemaduras de sol, unas quemaduras permanentes que se rascaba continuamente, y no añadían nada a su despreciable belleza. Su retrato, pintado por Van der Voort para la centésima edición Harriman de sus obras maestras, muestra una figura de tragedia griega, una boca solemne, unos ojos sin vista, ocultos por una venda de seda negra. ¡No era nunca solemne! Tenía la boca siempre abierta, cantando, riendo, bebiendo o comiendo. La venda solía ser un harapo, generalmente sucio. Cuando perdió la vista, se fue volviendo más y más descuidado de su persona., &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Noysi" Rhysling era un aviador a chorro, de segunda clase, con unos ojos tan buenos como los vuestros, que había firmado para un vuelo circu1ar a los asteroides de Júpiter en el R.S. Goshawk. Las tripulaciones firmaban relevos para cualquier cosa en aquellos días; un asociado de 1os Uoyds se hubiera reído en vuestras barbas si le hubieseis hablado de asegurar un hombre del espacio. Del Acta de Precaución del Espacio no había oído hablar nadie, y la Compañía respondía únicamente de los sueldos cuando había lugar a ello. La mitad de las naves que fueron más allá de Luna City no regresaron nunca. A los hombres del espacio no les importaba; de preferencia firmaban a cambio de acciones y, cualquiera de ellos hubiera estado dispuesto a apostar que era capaz de saltar del piso 200 de Harrirnan Tower, a poco que les hubieseis ofrecido tres a dos y pudiese gastar suelas de goma para el aterrizaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los aviadores a chorro eran los más despreocupados de todos y los más ínfimos. Comparados con ellos, los capitanes, operadores de radar y astrogadores (no había cenas ni camareros en aquellos días), eran pacíficos vegetarianos. Los aviadores a chorro sabían demasíado. Los otros confiaban en la pericia del capitán para llevarlos, salvos y sanos a tierra; los aviadores a chorro sabían que la pericia era inútil contra los ciegos y caprichosos demonios encadenados en el interior de los cohetes del motor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Goshawk fue la primera de las naves de Harriman que fue convertida de combustible químico a pilas de energía atómica, o, mejor dicho, la primera que no saltó en pedazos. Rhysling la conocía muy bien; era una vieja unidad que había realizado el circuito de Luna City, estación del espacio de SupraNueva York a Leyyport y regresó antes de ser convertida en nave del espacio. Cuando abandonó el recorrido de la Luna, realizó su primer viaje al espacio profundo. Itywatets, en Marte, y regresó con asombro de todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los tiempos en que se enganchaban para la vuelta a Júpiter, hubiera sido nombrado seguramente ingeniero jefe, pero después del viaje de exploración de Drywaters, había sido despedido, puesto en la lista negra y desembarrado en Luna City por haber pasado el tiempo escribiendo canciones y versos cuando hubiera debido estar vigilando sus instrumentos. La Canción se llamaba El capitán es un padre para sus hombres; con el escandaloso e impublicable estribillo final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lista negra no lo inquietó. Ganó un acordeón en la barraca de un chino en Luna City, haciendo trampas, y desde entonces anduvo cantando a cambio de bebidas y propinas hasta que un súbito roce entre aviadores fue causa de que el agente de la Compañía le diese otra oportunidad de probar suerte. Estuvo un par de años alejado de la Luna, volvió al espació abierto, contribuyó a dar a Venusberg su original y madura reputación, recorrió las orillas del Gran Canal cuando se estableció una segunda colonia en la antigua capital de Marte y se heló los pies y las orejas durante el segundo viaje a Titán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las cosas iban aprisa en aquellos tiempos. Una vez la locomoción por pilas de energia fue aceptada, el número de naves que emprendieron el recorrido del sistema Luna-Tierra quedó limitado únicamente por el número de tripulaciones disponibles. Los aviadores a chorro eran escasos; las precauciones eran reducidas a un mínimo para evitar peso y todos hombres casados no querían correr el posible riesgo de una exposición a la radiactividad. Rhysling no tenía ninguna intención de ser padre de familia, de manera que los empleos estuvieron siempre a su disposición durante los días de bullicioso apogeo. Cruzó y volvió a cruzar el sistema solar, cantando las monstruosidades que le pasaban por el cerebro y acompañándose al acordeón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El capitán del Goshawk le conocía; el capitán Hicks había sido astrogador durante el viaje de Rhysling en la nave.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bienvenido a bordo, "Noisy" - lo había saludado Hicks -. ¿Está usted sereno o firmo el rol por usted?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es imposible émborracharse con el jugo de chinches ese que venden aquí, capitán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Firmó y se fue abajo, acompañado de su acordeón. Diez minutos después regresaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Capitán - dijo sombríamente -, el chorro número dos no está en condiciones, los reguladores de cadmio están torcidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Por qué me lo dice usted a mí? ¡Dígaselo al jefe!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Se lo he dicho, pero dice que funcionaran. se equivoca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El capitán se inclinó sobre el rol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Borre su nombre y lárguese. Zarpamos dentro de treinta minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rhysling lo miró, se encogió de hombros y se volvió abajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay un buen salto hasta los planetoides de Júpiter. Una nave del tipo Hawk tiene que lanzar explosiones durante tres guardias antes de entrar en vuelo libre. Rhysling tenía la segunda guardia. La regulación se hacía entonces a mano, con un mecanismo de multiplicación y una válvula de seguridad. Cuando la válvula se puso roja, trató de corregirla... y no tuvo suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los aviadores a chorro no esperan; por esto son aviadores a chorro. Se precipitó hacia el armario de herramientas y se lanzó contra la válvula con las tenazas. las luces se apagaron, pero él siguió trabajando. Un aviador a chorro tiene que conocer el cuarto de máquinas como la lengua conoce el interior de la copa. En el momento de apagarse las luces dirigió una rápida mirada por encima del colector de plomo. El resplandor radiactivo azul no le ayudó en absoluto; echó la cabeza atrás y siguió orientándose por el tacto. Una vez hubo llegado donde quería, dijo por el tubo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Chorro número dos fuera de servicio! Y por lo que más quieran, tráiganme un poco de luz aquí...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había luz en el circuito de urgencia, pero no para él. El resplandor azul radiactivo fue la última cosa a los que respondió su nervio óptico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Mientras el Tiempo y el Espacio se arquean de nuevo para formar esta estrellada escena; &lt;br /&gt;las tranquilas lágrimas del trágico júbilo siguen vertiendo su plateado resplandor; &lt;br /&gt;a lo largo del Gran Canal se yerguen todavía las frágiles Torres de la Verdad; &lt;br /&gt;su alada gracia defiende este lugar de belleza, suave y serena. &lt;br /&gt;- Quebrantados los huesos de la raza que elevó estas Torres; olvidas son sus ciencias; &lt;br /&gt;ha tiempo desaparecieron los dioses que vertieron lágrimas que lamieran estas cristalinas riberas. &lt;br /&gt;- Lentas pulsaciones del corazón de Marte, agotado por el tiempo bajo estos cielos helados; &lt;br /&gt;el aire tenue susurra sin ver que todo lo que vive tiene que morir... &lt;br /&gt;Pero todavia las agujas de encaje de la Verdad cantan madrigales de belleza. &lt;br /&gt;Y morará para siempre jamás en las orillas del Gran canal &lt;br /&gt;(De "El Gran Canal", con autorización de "Lux Tranacriptions Ltd.", Londres y Luna City.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante el vuelo de regreso desembarcaron a Rhysling en Marte, en Drywaters; los muchachos pasaron el sombrero y el capitán dejó caer en él la paga de medio mes. Eso fué todo... finis, otra victima del espacio que no tuvo la buena suerte de acabar su carrera cuando la suerte lo abandonó. Estuvo con los investigadores y arqueólogos durante un mes o dos y hubiera podido permanecer probablemente más a cambio de sus canciones y su acordeón, pero los hombres del espacio mueren si permanecen en un sitio; embarcó en otra nave en Drywaters y de allí fue a Marsópolis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La capital estaba en plena prosperidad. Las progresivas instalaciones flanqueaban el Gran Canal por ambas orillas y mancillaban las antiguas aguas con la suciedad de sus detritus. Esto ocurría antes de que el Tratado de los Tres Planetas prohibiese deteriorar reliquias culturales con fines comerciales; la mitad de las esbeltas y maravillosas torres habían sido derribadas, otras estaban desfiguradas para adaptarlas a las viviendas presurizadas de los terrestres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero Rhysling no vio jamás ninguno de aquellos cambios, nadie le hizo una descripción de ellos; cuando de nuevo vio Marsópolis lo imaginó como había sido, antes de que fuese racionalizado para el comercio. Tenía buena memoria. Se detuvo en la explanada ribereña donde los antiguos grandes de Marte habían distraído sus ocios y vio su belleza desplegarse ante sus ojos ciegos; helada llanura azul no turbada por las mareas, inmaculada por la brisa, reflejando serenamente las agudas y brillantes estrellas del cielo marciano, y más allá de las aguas, los arbotantes de encaje y las aladas torres de una arquitectura demasiado delicada para nuestro vulgar y pesado planeta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El resultado fue El Gran Canal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sutil cambio de orientación que le permitía ver belleza donde no la había ya, comenzaba ahora a afectar toda su vida. Todas las mujeres eran bellas para él . Las reconocía por la voz, amoldando sus facciones a sus sonidos. Un espíritu muy mezquino tiene que ser quien sea capaz de hablar a un ciego de otra forma que con suave gentileza; arpías que no daban punto de reposo a sus maridos, suavizaban su voz al hablar con Rhysling.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poblaba este mundo de bellas mujeres y hombres amables La Oscura Estrella Fugaz, EL Cabello de Berenice, Canción de Muerte de un Potro Salvaje,y sus demás canciones de amor de los vagabundos; los aviadores del espacio sin mujeres, eran la consecuencia directa del hecho de que su concepto de las cosas no estaba mancillado por las abyectas verdades. Todo suavizaba su aproximación a aquélla; cambiaba su obstinación en verso, y algunas veces incluso en poseía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Disponía de mucho tiempo para pensar, tiempo, para evocar todas las palabras bellas y obstinarse en un verso hasta que sonaba bien a sus oídos. El monótono compás de Canción de Chorro... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Cuando el campo está libre, los informes ya listos cuando la compuerta se cierra y las luces brillan verdes, &lt;br /&gt;Cuando la comprobación está hecha, cuando es hora de orar, &lt;br /&gt;Cuando el capitán asiente, cuando la nave zarpa… &lt;br /&gt;¡Oye los chorros! ¡ &lt;br /&gt;¡Óyelos roncar a tu espalda &lt;br /&gt;Cuando estás atado a tu sillón! &lt;br /&gt;¡Siente tus costillas aplastar tu pecho, &lt;br /&gt;siente tu cuello crujir y descansar! &lt;br /&gt;¡Siente el dolor en tu nave, &lt;br /&gt;Siente la tensión de su fuerza! &lt;br /&gt;¡Sientela elevarse! ¡Siéntela avanzar! &lt;br /&gt;¡Acero potente, cobra vida, Bajo los chorros!" &lt;br /&gt;…se le ocurrió, no mientras era a su vez un aviador a chorro, sino más tarde, cuando andaba errante de a Venus haciendo compañía a un viejo compañero de guardia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los bares de Venusberg cantó su nueva canción y algunas de las antiguas. Alguien pasaba el sombrero por el; solía regresar con la remuneración normal de un trovador, doblada o triplicada como reconocimiento al galante espíritu que se ocultaba tras aquellos ojos vendados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una vida fácil. Cualquier puerto del espacio era su hogar y cualquier nave su vehículo privado. No habia capitán capaz de negarse a llevar el excedente de peso del ciego Rhysling y su caja de música; saltaba de Venusberg a Leyport, de Leyport Driwaters a New Shanghai o regreso según era su antojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jamás se acercó a la Tierra a menos de la estación del espacio de Supra-Nueva York. Incluso cuando fírmó el contrato de las Canciones del Espacio puso su impresión digital en un camarote de primera de una nave, entre Lima City y Ganimedes. Horowitz, el editor original, estaba a bordo durante su segunda luna de miel y oyó a Rhysling cantar durante una fiesta. Horowitz era hombre muy ducho en materia publicitaria; en cuanto lo oyó, el contenido íntegro de las canciones pasó ciertamente a la cinta magnetofónica de la sala de comunicaciones de la nave antes de perder a Rhysling de vista. Los siguientes tres volúmenes fueron sacados a Rhysling en Venusberg, donde Horowitz había mandado a un agente para que lo hiciese beber hasta que hubiese cantado todo lo que pudiese recordar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;UP SHIP! (¡Arriba, nave!) no es una composición característica de Rhysling. La mayor parte es suya, -no cabe duda, y Canciones de Chorro es indiscutiblemente suya, pero la mayoría de los versos fueron recopilados después de su muerte por gente que lo había conocido durante sus andanzas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las Verdes Colinas de la Tierra fueron creciendo durante veinte años. La forma primitiva qué conocemos fue compuesta antes de quedarse ciego, durante una francachela en compañía de algunos de los desdentados habitantes de Venus. Los versos hacían principalmente referencia a las cosas que los trabajadores pensaban hacer en la Tierra cuando una vez pagadas sus deudas, podían regresar a ella con permiso. Algunas de las estrofas eran vulgares, otras no, pero el coro era identificable con el de las Verdes Colinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabemos exactamente de dónde y cuándo vino la forma final de Verdes Colinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Venus, Ellis - Island, se encontraba una nave despachada para el salto directo a los Grandes Lagos, IIIinois. Era el viejo Falcon el más reciente de los tipo Hawk y la primera nave a la que se aplico la nueva política del Trust Harriman de tarifa extraordinaria del servicio exprés entre las ciudades de la Tierra y cualquier colonia con paradas previstas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rhysling decidió regresar a la Tierra quizá su propia canción se le había metido en el alma, o acaso fuese tan sólo el deseo de volver a ver sus Ozarks natales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Compañía no autorizaba ya viajeros gratis; Rhysling lo sabía, pero jamás se le ocurrió que la medida pudiese aplicarse a él. Se iba haciendo viejo, Era un hombre del espacio, ¿y estaba un poco engreído de sus privilegios. No era una cosa senil, sabia simplemente que era uno de los jalones del espacio como el cometa Halley, los Anillos y la Sierra de Brewstet Entraba en el alojamiento de la tripulación en cualquier puerto, bajaba y se encontraba como en su casa en la primera litera de aceleración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El capitán lo encontró en el momento que hacia su última vuelta de inspección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Que hace usted aquí? - le preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vuelvo otra vez a la Tierra capitán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rhysling no necesitaba ojos para ver los cuatro galones de un capitán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No puede usted volver en esta nave, ya conoce el reglamento. Levante una pierna y lárguese de aquí. Vamos a arrancar en enseguida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;E1 capitán era joven; había entrado en servicio cuando Rhysling había abandonado ya el activo, pero Rhysling conocía el tipo... cinco años de Harriman Hall con solo algunos viajes de prácticas como cadete en lugar de una sólida y profunda experiencia del espacio. Los dos hombres no tenían ninguna semejanza, ni de fondo ni de espíritu; el espacio cambiaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Veamos, capitán, no le va usted a negar a un viejo el regresar a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El capitán vacilaba; algunos tripulantes se habían detenido a escuchar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No puedo; "Acta de Precaución del Espacio cláusula Seis». Nadie puede penetrar en el espacio fuera de un miembro enrolado de la tripulación de una nave registrada, o como pasajero de pago de tal nave, de acuerdo con los reglamentos establecidos, de acuerdo con esta Acta. Levántese y márchese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rhysling retrocedió, poniéndose las manos detrás dé la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si tengo que marcharme, maldito sea si camino. Que me lleven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Oficial de guardia! - gritó el capitán -. ¡llévese a este hombre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El policía de a bordo levantó la vista hacia el techo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No puedo, capitán. Me he dislocado un hombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los demás miembros de la tripulación, presentes un momento antes, se habían desvanecido detrás del muro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bien, pues que venga el capataz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Se ha marchado ya, capitán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Oiga, capitán - dijo nuevamente Rhysling -, no nos enojemos por esto. Tiene usted también un articulo que le permite llevarme, si quiere; la cláusula «Hombre del Espacio en Peligro».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡«Hombre del Espacio en peligro», un cuerno! No es usted un hombre del espacio en peligro; es usted un abogado del espacio. Ya sé quién es usted, lleva años rondando por todo este sistema. Bien, pues no lo hará usted en mi nave. La cláusula se refiere a hombres que han perdido su nave, no a hombres que quieren pasearse gratis por el espacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bien entonces, capitán, ¿no podría usted decir que he perdido mi nave? No he estado en la Tierra desde mi último viaje como tripulante en activo. La ley dice que tengo derecho a un viaje de regreso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero de esto hace años. Ha tenido usted ya muchas oportunidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y no la tengo ahora? La cláusula no dice una palabra acerca del plazo en que hay que utilizar el regreso; dice únicamente que es un derecho. Vaya a comprobarlo, mi capitán. Si me equivoco, no solamente me iré por mis propios pies, sino que le pediré humildemente perdón delante de todos sus hombres. Vaya... véalo. Sea noble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rhysling podía casi sentir la mirada del capitán, pero éste se limitó a dar media vuelta y marcharse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rhysling sabía que había utilizado su ceguera para poner al capitán en una situación embarazosa, pero esto, lejos de turbarlo, le divertía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Diez minutos más tarde sonaron las sirenas, oyó dar órdenes y la gran bocina que indicaba la ascensión. Cuando el suave suspiro de las compuertas y el ligero cambio de presión en sus oídos le dijeron que el despegue era inminente, se dirigió a la sala de energía, porque quería estar cerca de los chorros en el momento en que comenzasen las explosiones. No necesitaba a nadie que lo guiase para llegar donde fuese en una nave del tipo Hawk.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cosa ocurrió durante la primera guardia. Rhysling había estado sentado en el sillón del inspector, jugueteando con las teclas de su acordeón y buscando una nueva versión de Verdes Colinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejadme respirar de nuevo el aire no racionado &lt;br /&gt;donde no hay carencia ni escasez... &lt;br /&gt;Pero no acababa de gustarle. Había un algo. Probó de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejad que me cure la fresca brisa &lt;br /&gt;mientras giran en torno al perímetro &lt;br /&gt;de nuestro adorado planeta maternal &lt;br /&gt;de las frescas y verdes colinas de la Tierra… &lt;br /&gt;-Eso estaba mejor- pensó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué te parece eso, Archie? - preguntó dominando el rugido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Muy bonito. Suéltalo todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Archie Macdougal, primer oficial de chorro, era un viejo amigo, tanto en medio del espacio como en los bares; había servido como aprendiz bajo las órdenes de Rhysling hacia muchos años y muchos millones de millas atrás, Rhysling lo complació y dijo,:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Vosotros, los jóvenes, lo tenéis todo fácil. Todo es automático. Cuando yo le retorcía la cola tenía que estar despierto…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Hay que estar despierto, todavía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les gustaba hablar del oficio y Macdougal le mostró el nuevo dispositivo de distribución que había reemplazado el nonio manual usado en tiempos de Rhysling. Este probó los controles e hizo preguntas hasta que se hubo familiarizado con la nueva instalación Su vanidad era considerarse todavía piloto de chorro e imaginar que su actual ocupación, en tanto que trovador, era tan sólo un expediente durante una de sus querellas con la Compañía como cualquiera podía tener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Veo que todavía tenéis instaladas las viejas placas de distribución a mano - observó, tocando las instalaciones con sus ágiles dedos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Todo menos las varillas de conexiones. Las he desmontado porque tapaban las esferas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Hubieran debido traerlas a bordo. Puedes necesitarlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No sé. Me parece...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rhysling no supo nunca lo que le parecía a Macdougal, porque fue en aquel momento cuando la cosa comenzó. Macdougal fue alcanzado de pleno por una explosión de radiactividad que lo abrasó donde estaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rhysling tuvo la sensación de lo ocurrido. Reflejos automáticos de los viejos hábitos se apoderaron de él. Cerró el inyector y dio la alarma a la cámara de mando simultáneamente. Entonces recordó que las conexiones no estaban montadas. Debía sacarlas a tientas hasta que las encontrase, mientras reducía la marcha tanto como fuese posible para sacar el máximo beneficio de los colectores. Solo le preocupaba localizar las conexiones. El lugar para él tan iluminado como pudiese estarlo, conocía todos los rincones, todos los controles, lo mismo que conocía el teclado de su acordeón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Aquí! ¡Sala de energía! ¡Sala de energía! ¿Qué alarma es ésa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡No entren! La sala está caliente - gritó. Sentía el calor en su rostro y sus huesos, sol en un desierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Consiguió poner las conexiones en su sitio, maldiciendo a todo el mundo, a todos por no haber tomado la llave inglesa que necesitaba. Después comenzó por tratar de reducir la situación a mano. Era un trabajo largo y delicado. Finalmente decidió que había que cerrar el chorro, pila y todo. Primero el parte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Control!...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Control al habla! ,¡Cierre el chorro tres, peligro!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Habla Macdougal?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Macdougal está muerto. Habla Rhysling, de guardia. Prepárese a anotar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hubo respuesta; el capitán debió de quedar atónito pero no podía entrar en una sala de energía en momentos de peligro. Tenía que tener en cuenta los pasajeros, la nave y la tripulación. Las puertas tenían que permanecer cerradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El capitán debió de quedar más sorprendido todavía por el parte que Rhysling transmitió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Nos podrimos en los aledaños de Venus &lt;br /&gt;nos combamos bajo su pútrido aliento. &lt;br /&gt;Falsas son sus inundadas selvas, &lt;br /&gt;serpenteando con la sucia muerte" &lt;br /&gt;Mientras seguía trabajando Rhysling iba catalogando el Sistema Solar... &lt;br /&gt;"duro suelo brillante de la Luna...","...anillos irisados de Saturno…", &lt;br /&gt;"…heladas noches de Titán...", abriendo al mismo tiempo el chorro y limpiándólo. Terminó con un coro alternado: -"Hemos explorado cada átomo giratorio del espacio y reconocido su verdadero valor; llévanos de nuevo a los hogares de los hombres, ¡Las frescas y verdes colinas de la Tierra!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después, casi inconscientemente, se puso a hilvanar y enlazó con su primer verso revisado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"El arqueado cielo está llamando &lt;br /&gt;a los hombres del espacio fuera de su ruta. &lt;br /&gt;¡Todos a punto! ¡Pronto! ¡Caída libre! &lt;br /&gt;Y las luces debajo nuestro se apagan. &lt;br /&gt;Los hijos de la Tierra se alejan &lt;br /&gt;con distantes viajes de estruendosos chorros, &lt;br /&gt;ahí salta la raza de los hombres, &lt;br /&gt;fuera, lejos, alejándose aún..." &lt;br /&gt;La nave estaba salvada y a punto de llegar a la Tierra con un solo chorro. En cuanto a sí mismo, Rhysling no estaba seguro. El «calor del sol» iba apretando, le parecía. Era incapaz de ver la neblina roja y ardiente en que trabajaba, pero sabía que estaba allí. Siguió en su tarea de renovar el aire por la válvula exterior, repitiendo la operación varias veces para permitir al nivel de radiactividad disminuir hasta un grado, que el hombre pudiese soportar bajo una armadura adecuada. Mientras tal hacía, mandó nuevos versos, el último fragmento del más auténtico Rhysling que jamás pudiese existir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Oremos por un último aterrizaje &lt;br /&gt;sobre el globo que nos vio nacer. &lt;br /&gt;Fijemos nuestros ojos en el cielo aborregado &lt;br /&gt;y las frescas, verdes colinas de la Tierra.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9019036574516868680-789347812825316919?l=solocienciaficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/789347812825316919'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9019036574516868680/posts/default/789347812825316919'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://solocienciaficcion.blogspot.com/2011/11/las-verdes-colinas-de-la-tierra-robert.html' title='Las verdes colinas de la tierra -ROBERT A. HEINLEIN'/><author><name>Noche Eterna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13605232014348570180</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='14' src='http://3.bp.blogspot.com/-4hwrsne9sog/TsWJV9uoeOI/AAAAAAAACm0/hbMqWAZVPgE/s220/ojos.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9019036574516868680.post-6734697801007115260</id><published>2010-06-05T07:34:00.000-07:00</published><updated>2010-06-05T07:35:15.481-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Philip K. Dick'/><title type='text'>El tiempo doblado - Philip K. Dick</title><content type='html'>EL TIEMPO DOBLADO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Philip K. Dick&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La temperatura del Refugio variaba de 46 grados centígrados a 48 grados centígrados. El vapor pendía continuamente en el aire, estirándose y ondulando perezosamente. Brotaban géiseres de agua caliente, y el «suelo» era una superficie cambiante de fango caliente, compuesto de agua, mineral disuelto y pulpa fungoidea. Los restos de líquenes y protozoos coloreaban y espesaban la rezumación de humedad que goteaba por todas partes, sobre las rocas mojadas y el ramaje parecido a esponjas: las diversas instalaciones utilitarias. Había sido pintado un cuidadoso telón de foro, un largo altozano surgiendo de un pesado océano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin duda alguna, el Refugio había sido concebido siguiendo el modelo de un útero. El parecido no podía negarse, y nadie lo había negado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inclinándose, Louis recogió con malhumor un pálido hongo verde que crecía cerca de su pie y lo echó a un lado. Bajo su piel mojada y orgánica había una red de plástico hecha por el hombre; el hongo era artificial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Podríamos estar peor —dijo Frank, viéndole arrojar el hongo a un lado—. Podrían hacernos pagar todo esto. A Fedgov (Sigla de Federal Government, Gobierno Federal Mundial) debe haberle costado millones de dólares montar esta instalación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Escenografía de teatro —dijo Louis amargamente—. ¿Para qué? ¿Para qué nacimos de esta forma?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonriendo con una mueca, Frank dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Somos mutantes superiores, ¿no lo recuerdas? ¿No es eso lo que decidimos hace años? —señaló al mundo visible tras la muralla del Refugio—. Somos demasiado puros para «eso».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Afuera se extendía San Francisco, la ciudad nocturna medio dormida bajo su sábana de fría niebla. Algún que otro coche se deslizaba aquí y allá; bolsas de abonados al ferrocarril emergían como complicados gusanos segmentados de subterráneos terminales de monocarriles. Raras luces de oficina ardían débilmente... Louis se volvió de espalda a aquella vista. Le dolía mucho contemplarla, saber que él estaba allí dentro, atrapado, preso en el estrecho círculo del grupo. Tener que darse cuenta de que nada existía para ellos sino aquel estar sentados y mirando, que no existían sino los años vacíos del Refugio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Debe de haber un propósito —dijo—. Una razón para nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frank se encogió de hombros con gesto fatalista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bromas de la postguerra, generadas por bolsas de radiación. Daño a los genes. Un accidente... como el de Jones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero nos conservan vivos —dijo Irma detrás de ellos—. Todos estos años manteniéndonos, cuidando de nosotros. Deben de querer sacar algo de aquí. Deben de tener un proyecto entre manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿El de nuestro destino? —preguntó Frank burlonamente—. ¿El de nuestra meta cósmica?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Refugio era un cuenco lóbrego y lleno de vapor que aprisionaba a los siete seres. Su atmósfera era una mezcla de amoníaco, oxígeno, freón y huellas de metano, cargada pesadamente con vapor de agua, sin rastro alguno de anhídrido carbónico. El Refugio había sido construido veinticinco años antes, en 1977, y los miembros más viejos del grupo guardaban recuerdos de una vida anterior en separadas incubadoras mecánicas. El trazado original había sido una obra perfecta, y de cuando en cuando se hacían mejoras en él. Trabajadores humanos normales, protegidos por trajes herméticos, entraban periódicamente en el Refugio, arrastrando tras ellos el equipo que los encerrados necesitaban para su subsistencia. Usualmente era la fauna movible la que se estropeaba y necesitaba reparación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si tienen un propósito respecto a nosotros —dijo Frank—, deberán decírnoslo —él, personalmente, confiaba en las autoridades Fedgov que manipulaban en el Refugio—. El Dr. Rafferty nos lo diría; ustedes lo saben.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No estoy tan segura de eso —objetó Irma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Dios mío! —exclamó Frank irritadamente—, ellos no son nuestros enemigos. Si quisieran podrían barrernos en un segundo, y no lo han hecho, ¿no es así? Podían dejar que la Liga de la Juventud entrase aquí donde estamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No tienen ningún derecho para mantenernos aquí —protestó Louis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frank suspiró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si saliésemos de aquí —dijo cuidadosamente, como si estuviera hablando a niños—, moriríamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el borde superior de la pared transparente había una válvula de presión, una serie de válvulas de seguridad. Sombrías miasmas de gases corrosivos entraban por allí, mezclándose con la humedad familiar de su propio aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Oléis eso? —preguntó Frank—. Así es como está todo afuera. Duro, frío y mortífero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No se os ha ocurrido nunca pensar —preguntó Louis— que quizá eso que rezuma no sea sino un engaño deliberado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A todos nosotros se nos ha ocurrido —contestó Frank—. Cada dos años. Entramos en nuestra etapa paranoica y comenzamos a planear escaparnos. Con la única diferencia de que no tenemos que escaparnos; todo lo que tenemos que hacer es salir. Nadie nos ha parado nunca. Somos libres de dejar este cuenco recalentado con vapor, excepto por un detalle: no podremos sobrevivir ahí fuera. No somos bastante fuertes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junto al muro transparente, a unos treinta metros de distancia, estaban los otros cuatro miembros del grupo. La voz de Frank llegaba hasta ellos, un sonido hueco y distorsionado. Garry, el más joven, alzó la mirada. Se quedó escuchando un momento, pero no se oyeron otras palabras más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Está bien —dijo Vivian con impaciencia—. Vámonos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Garry asintió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Adiós, útero —rezongó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empinándose, apretó el botón rojo que haría venir al Dr. Rafferty.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Dr. Rafferty estaba diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nuestros amiguitos se excitan de vez en cuando. Han decidido que son tan hombres como cualquiera de los que haya en la casa —condujo a Cussick a la rampa superior—. Esto será interesante... la primera vez que va usted a verlo. No se extrañe: puede causarle un sobresalto. Son completamente diferentes de nosotros; en el aspecto fisiológico me refiero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el undécimo piso ya los primeros elementos del Refugio se hacían visibles: las complicadas bombas que mantenían su atmósfera y su temperatura. Circulaban por allí doctores en lugar de policías, uniformes blancos en vez de pardos. En el decimocuarto piso Rafferty bajó de la rampa ascendente y Cussick le siguió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Están llamándole a usted —le dijo un doctor a Rafferty—. Se muestran muy perturbados estos últimos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Gracias —dirigiéndose a Cussick, Rafferty explicó:— Puede usted mirar por esa pantalla. No quiero que ellos le vean. No deben darse cuenta de la vigilancia de la Policía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se retiró un trozo de la pared. Más allá estaba el goteante paisaje verdeazulado del Refugio. Cussick vio cómo el doctor Rafferty penetraba por el boquete y entraba en el mundo artificial que se extendía a continuación. Inmediatamente la alta figura fue rodeada por siete curiosas parodias, miniaturas enanas, tanto machos como hembras. Los siete estaban agitados, y sus frágiles pechos, parecidos a jaulas de pájaros, caían y se alzaban por la emoción. Gritando estridentemente, muy excitados, empezaron a explicarse y a gesticular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué pasa? —interrumpió Rafferty.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el espeso vapor del Refugio jadeaba buscando aliento; el sudor corría a gotas por su rostro enrojecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Queremos marcharnos de aquí —pidió una mujercita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y nos vamos —anunció otro, un varoncito—. Hemos decidido que no pueden ustedes tenernos encerrados aquí. Tenemos derechos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante algún rato Rafferty discutió con ellos la situación; luego, abruptamente, dio media vuelta y regresó por el boquete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es el límite máximo —le susurró a Cussick, enjugándose la frente—. Puedo resistir ahí dentro tres minutos, pero luego el amoníaco empieza a actuar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Va usted a dejarles probar? —preguntó Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Preparen el Van —ordenó Rafferty a sus técnicos—. Ténganlo listo para recogerlos cuando se desmayen. El Van es un pulmón de acero hecho ex-profeso para ellos —le explicó a Cussick—. No habrá mucho riesgo; son frágiles, pero estaremos preparados para recogerlos antes de que sufran ningún daño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No todos los mutantes abandonaban el Refugio. Cuatro figuras vacilantes iban abriéndose camino por el pasillo que conducía al ascensor. Tras ellos, sus tres compañeros permanecían en la seguridad de la entrada, apretujados en un grupo compacto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esos tres son más realistas —dijo el doctor Rafferty—. Y más viejos. El que es un poquitín corpulento, el de los cabellos negros y aspecto más humano, es Frank. Son los jóvenes los que nos preocupan. Tengo que hacerlos pasar por una serie gradual de estadios hasta aclimatar sus sistemas altamente vulnerables; de lo contrario se asfixiarían, o morirían al parárselas el corazón. Lo que necesito es que se ocupe usted de despejar las calles —añadió, malhumorado—. No quiero que nadie los vea; es tarde y no habrá mucha gente fuera, pero de todos modos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Telefonearé a la Secpol —contestó Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cuánto tardarán en eso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Unos cuantos minutos. Los policías armados están de servicio permanente, a causa de Jones y de las turbas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tranquilizado, Rafferty salió corriendo, y Cussick buscó un teléfono para llamar a la Policía de Seguridad. Lo encontró, se puso en contacto con la oficina de San Francisco, y dio sus instrucciones. Mientras mantenía abierto el circuito telefónico, los equipos de policía aérea empezaron a congregarse alrededor del edificio del Refugio. Cussick permaneció en contacto directo hasta que se montaron las barreras en las calles, y luego soltó el teléfono y buscó a Rafferty.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el ascensor los cuatro mutantes habían bajado hasta el nivel de la calle. Tropezando, arrastrándose torpemente, siguieron al doctor Rafferty por el vestíbulo, cuyas puertas conducían a la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se observaba a ningún coche. La policía había alejado con éxito a cualquier curioso. En la esquina una forma lúgubre rompía la extensión grisácea; el Van estaba aparcado, con el motor en marcha, dispuesto a salir en seguimiento de los gnomos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Allá van —dijo un doctor, colocándose junto a Cussick—. Tengo la esperanza de que Rafferty sabrá lo que hace —señaló—. Aquella figurilla casi bonita es Vivían. Es la hembra más joven. El muchacho es Garry, muy brillante, muy inestable. Aquella otra es Dieter; y su compañero, Louis. Hay un octavo, una criatura, todavía en la incubadora. No se les ha dicho aún.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las cuatro figuras diminutas estaban sufriendo a ojos vistas. Semiinconscientes, dos de ellas presas de las convulsiones, se arrastraban en forma lastimosa escalones abajo, tratando de mantenerse en pie. No llegaron lejos. Garry fue el primero en bajar; se tambaleó un momento en el último escalón y luego cayó de bruces sobre el cemento. Temblándole el cuerpecillo, trató de arrastrarse adelante; sin ver, los demás se tambaleaban a lo largo de la acera, no dándose cuenta de la empinada forma que había entre ellos, demasiado abatidos ya para registrar su existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno —jadeó Dieter—, ya estamos afuera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo... hicimos —admitió Vivian.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dejó caer pesadamente descansando contra el costado del edificio. Un momento más tarde Dieter se hundió a su lado, cerrando los ojos, abierta la boca de par en par, luchando débilmente por ponerse en pie. Y luego, Louis se abatió junto a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descorazonados, sorprendidos por la rapidez de su colapso, los cuatro se apelotonaron débilmente contra el pavimento gris, tratando de respirar, tratando de continuar vivos. Ninguno de ellos realizaba ya intento alguno de moverse; el propósito de la prueba se había olvidado. Sufriendo, luchando por mantenerse conscientes, miraron sin ver a la erguida figura del doctor Rafferty.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rafferty se había detenido, con las manos en los bolsillos de su abrigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esto es lo que hay —dijo estólidamente—. ¿Queréis continuar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No contestó ninguno de ellos; ninguno de ellos le había oído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vuestro sistema orgánico no admite el aire natural —continuó Rafferty—. Ni la temperatura. Ni la comida. Ni nada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miró a Cussick, con una expresión de dolor en su rostro, un agudo reflejo de sufrimiento que sorprendió al oficial de la Seguridad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Así pues, renunciemos —dijo ásperamente—. Llamemos al Van y regresemos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vivían asintió desmayadamente; sus labios se movieron, pero no se oyó sonido alguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volviéndose, Rafferty hizo una breve señal. El Van se puso a rodar instantáneamente; un equipo robot se deslizó por el pavimento y recogió a las cuatro figuras desmayadas. En pocos instantes fueron subidas a las cámaras del Van. La expedición había fracasado; se acabó. Cussick había podido echarles un vistazo. Había visto la lucha y la derrota de los hombrecitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante algún rato él y el doctor Rafferty se quedaron en la acera, en mitad de la noche fría, sin hablar, absorto cada uno en sus propios pensamientos. Por último Rafferty se movió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Gracias por despejar las calles —murmuró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me alegro de haber tenido tiempo —contestó Cussick—. Podría haber surgido algún incidente... Algunas de las patrullas de la Liga de la Juventud de Jones están rondando en torno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡El eterno Jones! ¿Es que no vamos a tener ninguna esperanza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hagamos como esos cuatro que acabamos de ver; sigamos probando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero, ¿es verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Completamente verdad —admitió Cussick—. Tan verdad como que esos cuatro mutantes suyos no pueden respirar aquí fuera. Pusimos barreras móviles por todas partes y despejamos las calles, y esperábamos haberles podido rechazar esta vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Ha visto usted alguna vez a Jones?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Varias veces —contestó Cussick—. Lo vi cara a cara mucho antes de que tuviera una organización; aún antes de que alguien hubiese oído hablar de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Cuando era un ministro —insinuó Rafferty—. Con una iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Antes de eso —dijo Cussick, rememorando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le parecía imposible que hubiese existido una época antes de Jones, una época en que no había necesidad alguna de despejar las calles. Cuando no había figuras uniformadas de gris mugiendo por las calles, reuniéndose en turbas. El crujido de cristales rotos, el furioso crepitar de incendios...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué hacía él entonces? —preguntó Rafferty. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estaba en una feria —dijo Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía él veintiséis años cuando vio a Jones por primera vez. Era el 4 de abril de 1995. Siempre se acordaría de aquel día; el aire de primavera estaba fresco y lleno del aroma de la granazón nueva. La guerra había acabado apenas el año anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Delante de él se desplegaba una larga cuesta en descenso. Las casas estaban colgadas aquí y allá, la mayoría construidas privadamente, refugios temporales y caducos. Calles rudimentarias, trabajadores en el camino... Una típica comarca rural que había sobrevivido, muy alejada de los centros industriales. Normalmente se habría oído allí el zumbido de múltiples actividades: carpinterías, forjas y vastos procesos de fabricación. Pero aquel día una gran quietud pesaba sobre la comarca. Muchos de los adultos capaces de desempeñar un trabajo y todos los niños se hablan acercado a la feria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El terreno se mostraba blando y húmedo bajo sus zapatos. Cussick caminaba ansiosamente porque él también iba a la feria. Tenía un empleo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los empleos eran escasos; le alegró poder conseguir uno. Como otros jóvenes intelectualmente simpatizantes del Relativismo de Hoff, había solicitado entrar al servicio del Gobierno. El aparato de Fedgov ofrecía una oportunidad de verse contratado en la tarea de la Reconstrucción: al mismo tiempo que ganaba un salario pagado en plata contante y sonante, ayudaba al género humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por aquellos días era un idealista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Específicamente, había sido asignado al Departamento del Interior. En el centro Antipol de Baltimore había recibido un adiestramiento político y luego había tomado contacto con la Secpol: el brazo de la Seguridad. Pero la tarea de suprimir sentimientos extremistas políticos y religiosos parecía un trabajo meramente burocrático en 1995. Nadie lo tomaba en serio; con un racionamiento de subsistencia capaz para el mundo entero, el pánico había desaparecido. Todo el mundo estaba seguro ahora de su manutención básica. El fanatismo de los años de guerra había desaparecido de la existencia tan pronto como un control racional recuperó su posición anterior a la inflación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Delante de él, extendida como una hoja de papel de estaño, la feria aparecía apelotonada. Las estructuras principales eran diez edificios metálicos, desplegando brillantes letreros de neón. Un camino central conducía hasta el centro: un cono dentro del cual se habían montado asientos. Allí tendrían lugar las actuaciones básicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya podía ver el primer espectáculo familiar. A fuerza de empujones, Cussick se abrió camino entre la compacta masa de gente. El olor a sudor y tabaco se alzaba a su alrededor, un olor excitante. Deslizándose junto a una familia de enfurecidos campesinos, llegó hasta el borde de la primera exhibición y alzó la mirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La guerra, con sus fuertes radiaciones y complicadas enfermedades, había producido innumerables fenómenos, monstruos, rarezas. Aquí en esta feria de segunda categoría se había congregado una gran variedad de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Directamente por encima de su cabeza vio a un multi-hombre, una revuelta masa de carne y de órganos. Cabezas, brazos, piernas se enredaban lúgubremente; la criatura resultaba absolutamente indefensa y era un retrasado mental. Afortunadamente, sus vástagos serían normales; los multiorganismos no eran mutantes verdaderos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Espantoso —dijo horrorizado detrás de él un ciudadano corpulento, de rizada cabellera—. ¿No es eso horrible?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro hombre, delgado y alto, observó con tono indiferente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vi un montón de esos en la guerra. Quemamos todos los que pudimos; era una especie de colonia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre corpulento parpadeó, mordió fuertemente su manzana azucarada, y se apartó del veterano de guerra. Guiando a su mujer y a tres niños, vino a colocarse al lado de Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Es horrible!, ¿verdad? —murmuró—. Todos esos monstruos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Desde luego —admitió Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé por qué vengo a ver estas cosas —el hombre corpulento señaló a su mujer y a sus chiquillos, todos los cuales seguían comiendo estólidamente sus palomitas y sus arropías—. A ellos les gusta venir. Las mujeres y los críos son así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bajo el Relativismo, tenemos que dejarles vivir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Desde luego —concedió el hombre gordo, asintiendo enfáticamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se le quedó pegado al labio superior un trozo de manzana azucarada; se lo quitó con una manaza llena de pecas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tienen sus derechos, lo mismo que todo el mundo. Como usted y como yo, caballero. También ellos tienen sus vidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habiéndose acercado por la valla colocada ante el espectáculo, el escuálido veterano de guerra volvió a tomar la palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso no se aplica a los monstruos. Y eso es lo que es esa gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre corpulento se arreboló. Moviendo seriamente su mano manchada de manzana contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Caballero, es muy posible que ellos piensen que somos nosotros los monstruos. ¿Alguien puede decir quién es y quién no es un monstruo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Disgustado, el veterano replicó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo puedo decir muy bien quién es un monstruo —se quedó mirando a Cussick y al hombre corpulento con desagrado—. ¿Qué son ustedes, aficionados a los monstruos? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre gordo escupió y se engalló; pero su mujer le agarró del brazo y le arrastró lejos, dentro de la muchedumbre, hacia otra exposición. Todavía protestando, desapareció de allí. Cussick se quedó haciéndole cara al veterano de guerra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Maldito estúpido —dijo el veterano—. Eso es contrario al sentido común. Cualquiera ve en seguida que son monstruos. ¡Dios mío, para eso estamos aquí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero él también tiene razón —objetó Cussick—. La ley concede a todo el mundo el derecho. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que se vaya al cuerno el Relativismo. ¿Es que reñimos una guerra, derrotamos a aquellos judíos y ateos y rojos, para que la gente pueda tener la monstruosidad que le dé la gana? ¿Es que puede uno creer a la primera basura de cabeza de huevo? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nadie derrotó a nadie —contestó Cussick—. Nadie ganó la guerra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un pequeño corro de gente se había detenido a escuchar. El veterano se dio cuenta de su presencia e inmediatamente sus ojos fríos se apagaron y desvió la mirada. Gruñó, lanzó una última mirada hostil a Cussick, y desapareció en medio de los grupos. Desencantada, la gente siguió andando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El monstruo siguiente era en parte humano, en parte animal. En algún momento a lo largo de aquella época habían ocurrido acoplamientos entre especies; el suceso estaba, desde luego, perdido en las sombras de pesadilla de la guerra. Cuando levantó la mirada, Cussick trató de averiguar cuáles habrían sido los progenitores originales; seguramente uno había sido un caballo. Con toda probabilidad este monstruo era un engaño injertado artificialmente, pero convencía visualmente. De la guerra habían llegado intrincadas leyendas de progenie humano-animal, exagerados relatos de grupos puramente humanos que habían degenerado, historias eróticas de cópulas entre mujeres y bestias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había niños con muchas cabezas; una broma corriente. Pasó junto al despliegue usual de parásitos que vivían sobre anfitriones emparentados. Monstruos humanoides con plumas, con rabo, con alas o escamas charloteaban y gruñían por todas partes: infinitas rarezas de genes deteriorados. Gente con los órganos internos colocados fuera de la pared dermal; otros sin ojos, sin caras, incluso sin cabeza; monstruos con miembros ensanchados y alargados y de múltiples articulaciones; lastimosas criaturas mirando desde dentro de otras criaturas. Un grotesco panorama de organismos mal conformados: miserias permanentes que no dejarían rastro, monstruos que sobrevivían por la exhibición de sus propias cualidades monstruosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el área principal los animadores estaban empezando su actuación. No meros monstruos, sino artistas legítimos con habilidades y talento. Exhibiéndose no ellos mismos, sino más bien sus capacidades insólitas. Danzarines, acróbatas, volatineros, comedores de fuego, luchadores, domadores de animales, payasos, jinetes, buzos, hombres fuertes, magos, adivinos, bonitas muchachas; actuaciones que se venían repitiendo desde hacía miles de años. Nada nuevo: sólo los monstruos eran nuevos. La guerra produjo monstruos nuevos, pero no nuevas habilidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O por lo menos, eso era lo que él pensaba. Pero todavía no había visto a Jones. Nadie le había visto aún en aquel entonces; era demasiado pronto. El mundo seguía recobrándose, reconstruyéndose: su tiempo no había llegado todavía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A su izquierda guiñaba y centelleaba el furioso despliegue de una exhibición de muchachas. Con algún interés espontáneo, Cussick se permitió ser arrastrado por la multitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuatro muchachas estaban tendidas en la alta plataforma, con los cuerpos en una relajación de aburrimiento. Una estaba recortándose las uñas con unas tijeras; las otras miraban con expresión vacía a la multitud de hombres que estaban abajo. Naturalmente, las cuatro estaban desnudas. A la débil luz del sol su carne relucía tenuemente luminosa, aceitada, sonrosada, con vellos suaves. El anunciador chillaba metálicamente por el megáfono. Su voz se perdía en un estrépito de ruidos confusos. Nadie prestaba la menor atención a lo que decía. Los que sentían algún interés alzaban las miradas hacia las muchachas. Detrás de éstas había un ligero edificio tapado con sábanas, en el que tenía lugar la representación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oye —le dijo una de las muchachas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sorprendido, Cussick se dio cuenta de que le estaba hablando a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué? —preguntó nerviosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué hora es? —le dijo la chica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Precipitadamente, Cussick examinó su reloj de pulsera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Las once y treinta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha se apartó del tabladillo y vino a situarse en el filo de la plataforma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tienes un cigarrillo? —preguntó ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rebuscándose en los bolsillos, Cussick dio por fin con el paquete. Lo sacó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bamboleando los pechos, la muchacha se agachó y aceptó un cigarrillo. Después de una pausa incierta, Cussick buscó su encendedor y le dio lumbre. Ella le sonrió. Era una mujer pequeña y muy joven, con cabellos y ojos castaños, piernas esbeltas y pálidas y ligeramente mojadas de sudor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Has venido a ver la función? —preguntó ella. El no tenía esa intención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No —dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los labios de la muchacha se fruncieron en una mueca burlona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No? ¿Por qué no? —la gente que estaba a su alrededor observaba divertida—. ¿No te interesa? ¿Eres uno de ésos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente en torno a Cussick reía y hacía muecas. Empezó a sentirse embarazado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eres muy listo —dijo la muchacha perezosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se puso en cuclillas, con el cigarrillo entre sus labios rojos, descansando los brazos sobre sus rodillas desnudas y protuberantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No tienes cincuenta dólares? ¿Puedes procurártelos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No —contestó Cussick, atrapado en la red—. No puedo procurármelos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Huy! —traviesamente, pretendiendo estar decepcionada, la muchacha alargó la mano y revolvió la bien peinada cabellera de Cussick—. Eso está muy mal. Quizá te admita gratis. ¿Te gustaría estar conmigo por nada? —haciéndole un guiño, le sacó la punta de la lengüecilla sonrosada—. Puedo enseñarte un montón de cosas. Te quedarías sorprendido de las técnicas que conozco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pasa el sombrero —rezongó un hombre calvo y sudoroso a la derecha de Cussick—. Vamos a hacer una colecta para este joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una carcajada general se levantó en torno y unas cuantas monedas de cinco dólares fueron arrojadas adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Es que no te gusto? —le preguntaba la muchacha, inclinándose hacia él y poniéndole una mano en el cuello—. ¿Crees que no podrías? —insinuante, con voz ronca, seguía murmurando:— Estoy segura de que podrías. Y toda esta gente piensa también que podrías. Van a ver. No te preocupes. Yo te enseñaré cómo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, le cogió fuertemente por la oreja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tú; sube aquí. Tu mamaíta va a enseñarle a todo el mundo lo que sabe hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un rugido de risotadas estalló en la multitud, y Cussick fue empujado adelante e izado. La muchacha le soltó la oreja y alargó los dos brazos para cogerle; en aquel momento él torció el cuerpo y volvió a caer en la masa de gente. Después de un corto intervalo de empujones y carreras, se vio lejos de la multitud, respirando penosamente, jadeando, tratando de arreglarse la chaqueta y de recuperar su savoir faire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie le prestaba la menor atención, por lo que siguió andando sin meta alguna, con las manos en los bolsillos y con el aire más despreocupado que pudo. La gente afluía por todas partes, la mayoría dirigiéndose hacia las funciones principales y al área central. Se apartó cuidadosamente de aquella marea creciente; el sitio más seguro estaba en las exhibiciones de la periferia, lugares abiertos donde se distribuían folletos y se pronunciaban discursos, congregándose pequeños corros en torno a algún orador aislado. Se preguntó si el delgado veterano de guerra habría sido un fanático; quizás había identificado a Cussick como miembro de la Policía de Seguridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La exhibición de muchachas constituía una especie de tierra de nadie entre la monstruosidad y el talento. Más allá del escenario de las chicas se alzaba la tarima del primer adivino, uno de tantos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Son charlatanes —le dijo el hombre corpulento de cabello rizado; estaba con su familia junto a un mostrador de lanzamiento de dardos, tratando de ganar un jamón holandés de veinte libras—. Nadie puede leer el futuro; esos son cuentos para chicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick se echó a reír.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y eso no es un jamón holandés de veinte libras. Probablemente está hecho de cera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Voy a ganar ese jamón —afirmó el hombre con naturalidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su esposa no dijo nada, pero sus hijos tenían toda clase de confianza en la habilidad de su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esta noche me llevo el jamón a casa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pues yo quizá vaya a que me echen la buenaventura —dijo Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Buena suerte, caballero —le deseó caritativamente el hombre de los rizos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se volvió hacia la diana de los dardos: un gran telón de fondo de los nueve planetas, acribillados por infinitas aproximaciones. Su centro virgen, una Tierra increíblemente diminuta, permanecía intocado. El corpulento y rizado ciudadano echó el brazo hacia atrás y ordenó el vuelo; el dardo, atraído por un disimulado electroimán desviador, falló la Tierra y hundió su punta de acero en un espacio vacío poco más allá de Ganímedes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la primera tiendecilla de adivinos, una mujer vieja, de oscuros cabellos y muy gorda, estaba sentada junto a una mesa cuadrada sobre la que se hallaba dispuesto un aparato inmemorial: un globo transparente. Varias personas guardaban cola para pagar sus veinte dólares. Un anuncio de neón comunicaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conozca usted su fortuna. Madame Lulú Carima-Zelda. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabe el Futuro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esté preparado para todas las eventualidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí no había nada de particular. La mujer vieja farfullaba la rutina tradicional, contentando a las mujeres otoñales que aguardaban en cola. Pero inmediatamente a continuación del tenderete de Madame Lulú Carima-Zelda, había un segundo, ruinoso e ignorado. Otro adivino estaba sentado allí. Pero la brillantez barata de Madame Carima-Zelda desaparecía en la nueva tienda; el deslumbrante nimbo se agotaba en lúgubre oscuridad. Ya Cussick no andaba entre las cambiantes luces fluorescentes; estaba en una gris zona crepuscular entre mundos chillones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la desnuda tarima estaba sentado un joven que no tendría mucha más edad que él mismo, quizás incluso menos. Su cartel intrigó a Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL FUTURO DE LA HUMANIDAD&lt;br /&gt;(NO SE ADIVINAN DESTINOS PARTICULARES)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante algún rato Cussick se quedó estudiando al joven. Estaba sentado en una silla astrosa, fumando malhumoradamente y mirando al espacio con ojos vacíos. Nadie aguardaba en la taquilla: el tenderete era ignorado. Él tenía el rostro bordeado por una barbilla rala; un rostro extraño, de un rojo hinchado y profundo, con frente saltona, gafas de acero, labios enfurruñados como los de un niño. Parpadeaba con rapidez; daba chupadas al cigarrillo, se remangaba nerviosamente las mangas de la camisa. Sus brazos desnudos eran pálidos y delgados. Era una figura intensa y sombría, sentada solitariamente en un trozo vacío de la plataforma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se adivinan destinos particulares. Un curioso señuelo para un espectáculo; nadie podía estar interesado en destinos abstractos, en futuros de agrupaciones. Aquello daba a entender que el adivino no era muy bueno; el cartel implicaba vagas generalidades. Pero Cussick se sentía interesado. Aquel hombre estaba condenado antes de empezar, y, sin embargo, seguía sentado allí. Después de todo, el decir la buenaventura era un noventa y nueve por ciento de teatro y el resto un cálculo astuto. De la manera más sencilla podría haber aprendido los anzuelos tradicionales; ¿por qué elegía entonces aquella solicitación tan brusca? Era algo deliberado, evidentemente. Cada línea del cuerpo encorvado y feo mostraba que el hombre se había apegado a aquello; que estaba apegado a aquello desde sabe Dios cuánto tiempo hacía. El cartel se veía carcomido y desgarrado; tal vez hacía años desde su estreno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel era Jones. Pero por aquella época, naturalmente, Cussick no lo sabía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inclinándose hacia la tarima, Cussick se puso las manos en forma de bocina y gritó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oiga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un minuto la cabeza del joven se volvió. Sus ojos se encontraron con los de Cussick. Ojos grises, pequeños y fríos bajo los gruesos cristales de sus gafas. Parpadeó y le devolvió la mirada sin hablar, sin moverse. Sus dedos tamborileaban incansablemente sobre la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué? —preguntó Cussick—. ¿Por qué nada de destinos particulares?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El joven no contestó. Gradualmente su mirada fue apagándose, volvió la cabeza y una vez más se quedó mirando sin ver la mesa desnuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No cabía duda acerca de aquello: aquel muchacho no tenía un negocio en serio, no seguía ninguna línea. Algo estaba equivocado; estaba fuera de juego. Los otros animadores se contorsionaban, aullaban, echaban (a veces literalmente) los pulmones por la boca para llamar la atención, pero aquel muchacho se limitaba a estar sentado y a mirar como un loco. No realizaba movimiento alguno para hacer negocio, y no lo hacía. ¿Por qué, entonces, estaba allí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick titubeó. Aquel no parecía un sitio muy apropiado para husmear; realmente estaba despilfarrando el tiempo del Gobierno. Pero se le había despertado el interés. Venteaba un misterio, y no le gustaban los misterios. Con mucho optimismo, creía que las cosas podían ser resueltas; le gustaba que el universo tuviera sentido. Y aquello desafiaba todo sentido de una manera escandalosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick subió los escalones y se aproximó al joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Está bien —dijo—. Morderé el anzuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los escalones crujieron bajo sus pisadas. Se vio en una pobre plataforma, inestable e insegura. Cuando se sentó frente al joven, la silla gimió bajo su peso. Ahora que estaba más cerca podía ver que la piel del muchacho estaba moteada de profundas manchas descoloridas que podían haber sido injertos en la epidermis. ¿Era que lo habían herido en la guerra? Flotaba a su alrededor un olor tenue a medicinas, dando a entender que tenía cuidado de su cuerpo frágil. Sobre el abombamiento de su frente, el cabello se le arremolinaba, su traje le colgaba en arrugas del cuerpo huesudo. Ahora estaba mirando fijamente a Cussick, examinándolo, estudiándole despaciosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no con miedo. Había en él una torpe crudeza, una crispación incierta de su cuerpo anguloso. Pero sus ojos eran duros e inflexibles. Se mostraba torpe, pero no asustado. No era ninguna personalidad débil la que estaba afrontando a Cussick; era un muchacho bastote y resuelto. Las ganas de bromear de Cussick desaparecieron rápidamente; de pronto sintió un temor vago. Había perdido la iniciativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Veinte dólares —dijo Jones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con torpeza, Cussick rebuscó en sus bolsillos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿A cambio de qué? ¿Qué voy a obtener? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un momento, Jones explicó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Ve eso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señaló una rueda sobre la mesa. Dando hacia atrás a una palanca, la soltó. La manecilla que giraba sobre la rueda se movía lentamente, acompañada por un penoso chirriar metálico. El disco de la rueda estaba dividida en cuatro cuadrantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dispone usted de ciento veinte segundos. Pregunte lo que quiera. Luego, el tiempo se le acabará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cogió el dinero y se lo metió en un bolsillo de la chaqueta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Preguntar? —dijo Cussick torpemente— ¿Preguntar sobre qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sobre el futuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había desprecio en la voz del muchacho, un desprecio no disimulado, un desprecio evidente. Estaba claro; desde luego que el futuro. ¿Qué otra cosa iba a ser? Con irritación, sus dedos largos y delgados golpeaban sobre la madera. Y la rueda giraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero ¿nada personal? —preguntó Cussick— ¿Nada sobre mí mismo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Torciendo los labios espasmódicamente, Jones disparó la respuesta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Naturalmente que no. Usted es un don nadie. Usted no cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick parpadeó. Turbado, sintiendo que las orejas se le arrebolaban, contestó con la mayor naturalidad posible:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quizás está usted equivocado. Quizá soy alguien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un tanto caldeado, estaba pensando en su posición: ¿qué diría este rústico patán si supiese que estaba frente a un hombre del Servicio Secreto de Fedgov? Tenía en la punta de la lengua aquella respuesta airada, confesar su papel para defenderse de esa forma. Naturalmente, aquello sería salirse de la Seguridad. Pero se sentía molesto e inseguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ha gastado usted ya noventa segundos —le notificó Jones desapasionadamente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego su voz pétrea e incolora siguió diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Por el amor de Dios, pregunte usted algo! ¿Es que no quiere saber nada? ¿No siente curiosidad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Humedeciéndose los labios, Cussick dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, ¿qué hay en el futuro? ¿Qué va a suceder?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Disgustado, Jones meneó la cabeza. Suspiró y aplastó su cigarrillo. Por un momento pareció como si no fuese a contestar; estaba concentrado sobre el aplastado cigarrillo deshecho bajo la suela de su zapato. Luego se incorporó y dijo cuidadosamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Preguntas concretas. ¿Quiere que formule una por usted? Muy bien; lo haré. Pregunta: ¿quién será el próximo presidente del Consejo? Respuesta: el candidato Nacionalista, un individuo insignificante llamado Ernest T. Saunders.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Pero si los Nacionalistas no son un partido! No son más que un grupo religioso dividido en mil tendencias...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin hacerle caso, Jones prosiguió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pregunta: ¿qué son los derivantes? Respuesta: seres de más allá del sistema solar; origen desconocido, naturaleza desconocida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desconcertado, Cussick vaciló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Desconocidos hasta qué momento? —se aventuró a decir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Haciendo acopio de todo su valor, añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Con qué anticipación puede usted ver?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin especial inflexión en la voz, Jones contestó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Puedo ver sin error en el espacio de un año. Después de ese tiempo todo se enturbia. Puedo ver acontecimientos trascendentales, pero los detalles específicos se emborronan y no consigo nada concreto. Por lo que puedo ver, el origen de los derivantes es todavía desconocido. —Mirando a Cussick, añadió:— Los menciono porque van a ser la cuestión más importante a partir de ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se quedó con la vista quieta y clavada en paisajes irreales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya lo son —dijo Cussick, recordando los últimos titulares sensacionales en la prensa barata: VUELOS DE NAVES DESCONOCIDAS DETECTADOS POR PATRULLAS EXPLANETARIAS—. ¿Dice usted que son seres? ¿Que no son naves? No le comprendo bien; ¿quiere usted decir que lo que hemos visto son verdaderas criaturas vivientes y no sus construcciones artificiales...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vivas, sí —le interrumpió Jones con impaciencia, casi febrilmente—. Pero Fedgov lo sabe ya. Es cierto, en los altos niveles tienen informes detallados. Los informes saldrán a la luz dentro de pocas semanas; los muy cabritos están apartándolos del público. Un derivante muerto fue traído por un explorador que volvía de Urano... —de pronto, la rueda cesó de chirriar y Jones se echó hacia atrás en su silla, cortándose su flujo de agitadas palabras— Su tiempo ha acabado —anunció—. Si quiere usted saber más cosas, tendrá que pagar otros veinte dólares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aturdido, Cussick se alejó de él, bajó los escalones y se retiró de la plataforma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, gracias —murmuró—. Con esto es suficiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las cuatro le recogió el coche de la policía y le llevó de vuelta a Baltimore. Cussick estaba en efervescencia. Excitadamente, encendió un cigarrillo, lo aplastó a las pocas chupadas y luego encendió otro. Tal vez había conseguido algo; tal vez nada. Los edificios del Servicio Secreto en Baltimore se alzaban como un enorme cubo de cemento sobre la superficie de la tierra, a unos dos kilómetros de la ciudad. Alrededor del cubo inmenso se erguían puntos metálicos: coordinados bloques de casas que eran las bocas de complicados túneles subterráneos. En el cielo azul de primavera colgaban perezosamente unas cuantas minas aéreas interceptoras manejadas por robots. El coche de la policía aflojó la marcha al llegar a la primera estación de control; guardias empuñando pistolas automáticas, con granadas de mano colgando de sus cintos y cascos de acero relucientes al sol, vigilaban plácidamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una inspección rutinaria. El coche continuó, siguió su camino a lo largo de una rampa y penetró en el área de recepción. En aquel momento Cussick fue desalojado; el coche entró en el garaje y él se vio de pie y solo ante la escalera mecánica, con la mente todavía en un torbellino. ¿Cómo se suponía que él debería evaluar lo que había descubierto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de hacer su informe a Pearson, el director de Seguridad, se desahogaría en uno de los niveles pedagógicos. Un momento más tarde se vio en la atareada oficina de su jefe instructor político.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Max Kaminski estaba examinando afanosamente papeles amontonados sobre su mesa. Transcurrió algún rato antes de que observara la presencia de Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El hogar es el marino —observó, continuando su trabajo—. Hogar desde el mar. Y el cazador también, si venimos al caso. ¿Qué otea usted en las colinas, esta hermosa tarde de abril?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quería preguntarle algo —dijo Cussick torpemente— antes de hacer mi informe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel hombrecillo rechoncho y carirredondo, de espesos bigotes y enmarañadas cejas, era quien lo había adiestrado; técnicamente, Cussick no seguía ya bajo la jurisdicción de Kaminski, pero aún acudía en busca de su consejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sé lo que dice la ley... pero aquí depende mucho de la evaluación personal— continuó—. Parece existir una violación de estatuto, pero no estoy seguro de cuál es.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno —dijo Kaminski soltando su pluma estilográfica, quitándose las gafas y cruzando después sus manos carnosas—; como usted sabe, las violaciones entran en tres clasificaciones principales. Todo está basado en el Manual de Relativismo de Hoff; no tengo necesidad de decírselo —palmeó el libro familiar de encuadernación azul colocado en un ángulo de su mesa—. Vaya y dele otra hojeada a su ejemplar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me lo sé de memoria —dijo Cussick con impaciencia—, pero todavía estoy confuso. El individuo en cuestión no está afirmando su gusto personal con aseveraciones de hecho; está haciendo aseveraciones acerca de cosas incognoscibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Sobre qué? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sobre el porvenir. Pretende saber lo que va a suceder durante el año venidero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Predicción?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Profecía —corrigió Cussick—. Si es que entiendo bien la distinción. Y yo opino que la profecía es algo que se contradice a sí mismo. Nadie puede tener un conocimiento absoluto acerca del futuro. Por definición, el futuro no ha sucedido. Y si existiera el conocimiento, éste cambiaría el futuro, lo que invalidaría el conocimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quién era ese tipo? ¿Un adivino en una feria?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick se ruborizó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El bigote del viejo temblequeó irritadamente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y va usted a dar un informe sobre eso? ¿Va usted a recomendar que se actúe contra algún truquista que trata de conseguir unos cuantos dólares leyendo en la palma de la mano en un circo ambulante? Los muchachos demasiado celosos como usted... ¿Es que no se da cuenta de lo serio que es esto? ¿No sabe usted lo que significa una condena? La pérdida de derechos civiles, la confinación en un campamento de trabajos forzados... —sacudió la cabeza—. Quiere destrozar a algún inofensivo adivino para causar buena impresión a sus jefes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con reprimida dignidad, Cussick replicó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero es que yo creo que verdaderamente se trata de una violación de la ley.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Todo el mundo viola la ley. Cuando le digo a usted que las aceitunas tienen un gusto terrible, técnicamente estoy violando la ley. Cuando alguien dice que el perro es el mejor amigo del hombre, está haciendo algo ilegal. Esto pasa a cada momento, pero no es eso lo que nos interesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquel momento Pearson entró en la oficina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué sucede? —preguntó malhumoradamente, alto y severo en su pardo uniforme de policía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aquí nuestro joven amigo que ha traído una perla —dijo Kaminski ávidamente—. En la feria que estuvo recorriendo... ha desenterrado a un adivino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volviéndose hacia Pearson, Cussick trató de explicar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No se trata de un adivino corriente; de esos también había —notando que su voz titubeaba torpemente, siguió hablando con ímpetu—. Creo que este hombre es un mutante, un fenómeno de una clase u otra. Pretende saber la historia futura. Me dijo que alguien llamado Saunders va a ser el próximo presidente del Consejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nunca he oído hablar de él —dijo Pearson con indiferencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—También me ha dicho ese hombre —prosiguió Cussick— que los derivantes van a resultar ser auténticas criaturas vivientes, no naves. Y que esto se sabe ya en los altos mandos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una expresión extraña cruzó por los rasgos impasibles de Pearson. En su mesa, Kaminski cesó abruptamente de escribir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Ah...! —exclamó Pearson débilmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me dijo —continuó Cussick— que los derivantes van a constituir el asunto más importante durante el año venidero. La cuestión más grave que haya que resolver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni Pearson ni Kaminski dijeron nada. No tenían necesidad; Cussick podía apreciarlo en sus rostros. Había puesto el dedo en la llaga. Había suministrado la prueba que era necesaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones estaba empezando a ser conocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como medida inmediata, Floyd Jones fue sometido a una discreta vigilancia. Aquel sistema provisional continuó así durante un período de siete meses. En noviembre de 1995, el blanduzco y desvalido candidato del partido extremista de los Nacionalistas avanzó hasta las candilejas y ganó las elecciones para el Consejo General. A las veinticuatro horas de haber jurado su cargo Ernest T. Saunders, Jones fue detenido sin escándalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante aquel medio año Cussick había perdido mucha de su impulsividad juvenil. Su rostro era ahora más firme y más viejo. Pensaba más y hablaba menos. Y había adquirido bastante experiencia como hombre del Servicio Secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En junio de 1995, Cussick había sido trasladado a la región danesa. Conoció allí a una muchacha del lugar, bonita, rolliza y muy independiente, que trabajaba en el departamento de Arte de un centro de información Fedgov. Nina Longstren era hija de un arquitecto influyente. Su familia era adinerada, talentuda y de gran brillo social. Incluso después de estar oficialmente casados, Cussick todavía la consideraba con temor respetuoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las órdenes de las oficinas de la Policía de Baltimore llegaron mientras él y Nina estaban retocando su vivienda. Le costó algún tiempo caer en la cuenta de lo que se trataría; estaban en plena faena de pintura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Querida —le dijo él por fin—, creo que nos vamos a meter en un buen lío...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un momento Nina no contestó. Estaba estudiando intensamente patrones de colores, con los codos clavados en la mesa del recibidor, las manos cruzadas bajo la barbilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿El qué? —preguntó ella vagamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El recibidor era un muestrario de actividad; cubos de pintura, rodillos y pinceles yacían por todas partes. El mobiliario estaba cubierto con sábanas de plástico llenas de goterones. En la cocina y en los dormitorios había montones de objetos todavía no desembalados, de trajes, de muebles, de regalos de boda sin abrir aún.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Perdona... no estaba escuchando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick se inclinó sobre ella y suavemente retiró de sus codos los patrones coloreados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Órdenes de la gran rueda. Tengo que regresar a Baltimore; van a formalizar un caso contra ese individuo Jones. Se supone que debo comparecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Oh! —exclamó Nina débilmente—. Ya veo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me llevará más de un par de días. Puedes quedarte aquí, si quieres —él no deseaba que ella se quedara; sólo llevaban casados una semana: técnicamente, él estaba pasando su luna de miel—. Nos pagarán a ambos los gastos de viaje; es lo que dice Pearson.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Realmente no nos queda mucho que elegir, ¿verdad? —dijo Nina resignadamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó de la mesa y empezó a recoger los diversos cartones coloreados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Creo que lo mejor será que tapemos todos los botes de pintura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desalentada, empezó a echar aguarrás en un botecito donde introdujo los pinceles. Debajo de la mejilla izquierda tenía una mancha de pintura verde, que se había hecho probablemente al echarse hacia atrás su largo cabello rubio. Cussick cogió un trapito, lo mojó en el aguarrás y le limpió escrupulosamente la mancha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Gracias —dijo Nina tristemente, cuando él hubo acabado—. ¿Cuándo hemos de marcharnos? ¿Ahora mismo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El miró su reloj.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Será mejor que lleguemos a Baltimore de noche; ahora están echándole mano al individuo. Eso significa que debemos tomar la nave de las ocho treinta en Copenhague.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Voy a bañarme —dijo Nina obedientemente— y a cambiarme de ropa. Tú también tienes que hacerlo —con aire crítico, le pasó la mano por la barbilla—. Y te afeitarás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dio su conformidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Necesitas algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Te pondrás el terno gris claro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tendré que llevar el marrón. Recuerda que es un asunto de servicio. Durante las próximas doce horas vuelvo a estar en funciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Significa eso que tenemos que ponernos solemnes y serios?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El se echó a reír.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, desde luego que no. Pero este asunto me preocupa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nina frunció su hociquito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Preocúpate entonces. Pero no esperes que yo lo haga. Tengo otras cosas en las que pensar... ¿Te das cuenta de que no tendremos acabado el piso hasta la semana que viene?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Podríamos meter aquí a una pareja de trabajadores para completar la obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Oh, no! —dijo Nina calurosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desapareció en el cuarto de baño, abrió el grifo del agua caliente y volvió. Desprendiéndose de los zapatos empezó a desnudarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esto lo haremos nosotros mismos. Ningún calzonazos va a entrar en esta casita. Esto no es una tarea; es... —buscó la palabra apropiada mientras se sacaba el suéter por encima de la cabeza—. Esta es nuestra vida juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno —dijo Cussick secamente—, la verdad es que yo era uno de esos calzonazos hasta que me incorporé a la Seguridad. Pero haremos lo que quieras. Me gusta pintar; no me importa el qué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pues debe importarte —dijo Nina críticamente—. Caramba, es de suponer que podré inculcar un poco de sensibilidad artística en tu alma burguesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No digas que me debe importar. Ese es un crimen contra el Relativismo. A ti puede importarte todo lo que quieras, pero no me digas que tiene que importarme a mí también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Riéndose, Nina se abalanzó contra él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Grandísimo idiota pomposo. Si lo tomas todo tan en serio, ¿qué voy a hacer contigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No lo sé —confesó Cussick frunciendo el ceño—. ¿Qué vamos a hacer todos nosotros?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por lo visto eso te preocupa de verdad —observó Nina mirándole al rostro con turbación y seriedad en sus ojos azules.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick se retiró de ella y empezó a recoger los montones de periódicos esparcidos por las habitaciones. Nina le miraba un tanto asustada, descalza, con el cabello rubio desparramado sobre sus lisos hombros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Puedes explicarme con más detalles de lo que se trata? —terminó por preguntar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Desde luego —dijo Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se puso a rebuscar entre los periódicos, eligió uno, lo desplegó y se lo alargó a su mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Puedes leer lo que hay aquí mientras estás en el baño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El artículo era largo y prominente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MINISTRO QUE ARRASTRA A MULTITUDES&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MAS PRUEBAS DE UN RENACIMIENTO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;RELIGIOSO DE ALCANCE MUNDIAL&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ciudadanos acuden en manadas para oír cómo el ministro les había de calamidades futuras. La infiltración por extrañas formas vivientes predicha con todo detalle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debajo de aquello había una foto de Jones, pero ya no más sentado en la plataforma de un tenderete de feria. Era un ministro consagrado ahora, llevando una arrugada levita negra, zapatos negros más o menos deteriorados, barba más o menos crecida. Un predicador peripatético rugiendo por los campos, arengando a turbas de campesinos. Nina echó una ojeada al artículo, leyó unas cuantas líneas, miró de nuevo la foto y luego, sin decir una palabra, dio media vuelta y se precipitó al cuarto de baño donde cerró el grifo. No devolvió el periódico; cuando reapareció, diez minutos más tarde, el periódico había desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué has hecho con él? —preguntó Cussick con curiosidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El había puesto la habitación en orden todo lo que pudo y empezaba a hacer la maleta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Con el periódico? —luminosa y humeante al salir del baño, Nina empezó a rebuscar en su tocador una muda limpia—. Lo leeré más tarde; ahora tenemos que ocuparnos de las maletas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Veo que no te importa un comino —dijo Cussick malhumorado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿El qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El trabajo que yo realizo. Todo este sistema. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Querido, eso no es asunto mío —malignamente observó:— Después de todo, se supone que es una cosa secreta... No me gusta andar fisgando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Escucha —dijo él tranquilamente. Se le acercó, le puso una mano bajo la barbilla y le alzó el rostro hasta que ella no tuvo más remedio que mirarle cara a cara—. Cariño, tú sabías antes de casarte conmigo qué era lo que yo estaba haciendo. Ahora ya no es tiempo de protestar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un momento se enfrentaron con expresiones desafiantes. Luego, con un rápido giro de la mano, Nina agarró un pulverizador del tocador y le roció la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ve a afeitarte y a lavarte —le ordenó—. Y por el amor del cielo, ponte una camisa limpia. Tienes un cajón lleno. Quiero verte guapo en el viaje; no me hace ninguna gracia tener que avergonzarme de ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo la nave, la extensión azul e insípida del Atlántico se alargaba hasta el infinito. Cussick la miraba con mal humor, y luego procuraba interesarse por la pantalla de televisión que brillaba en el respaldo del asiento colocado delante de él. A su derecha, en el asiento de la ventanilla y vestida con un costoso traje sastre, Nina estaba sentada leyendo un ejemplar del London Times mientras de vez en cuando cogía una pastilla de menta de una cajita colocada a su alcance.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desplegando de mala gana las órdenes recibidas, Cussick empezó a estudiar de nuevo el material a su disposición. Jones había sido detenido a las cuatro treinta de la madrugada en el distrito meridional de Illinois, cerca de una ciudad llamada Pinckneyville. No había opuesto resistencia alguna cuando la policía le sacó de su cabaña de madera, descrita técnicamente como su «iglesia». Ahora le tenían arrestado en el principal centro judicial de Baltimore. Era de presumir que hubiese sido extendido un auto de procesamiento por la oficina del Procurador General de Fedgov; la sentencia era ya una mera rutina. Había la necesidad de una aparición ante la Audiencia Pública, y que fuese dictada efectivamente la sentencia...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me pregunto si se acordará de mí —dijo Cussick en voz alta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nina bajó su Times.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo decías? Perdona, pero no te he oído, cariño. Estaba leyendo la crónica sobre el navío explorador que encalló en Neptuno durante un mes y tres días. Dios mío, debió de ser espantoso. Esos planetas helados, sin aire y sin luz; nada más que rocas muertas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Todo eso es inútil —admitió Cussick con calor—. Es un despilfarro que se hace del dinero de los contribuyentes, dedicándolo a esas exploraciones estúpidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Plegó las órdenes y volvió a metérselas en el bolsillo de la chaqueta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Nina—. ¿Es el mismo de quien me hablaste, aquel que era adivino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y por fin lo han detenido? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No ha resultado nada fácil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo creía que eso era lo más sencillo del mundo; que ustedes podían detener a cualquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Podemos, pero no queremos. Sólo se detiene a gente que realmente parece peligrosa; pero tú crees que yo debería detener a la prima de tu hermano porque va por todas partes diciendo que los cuartetos de Beethoven son la única música digna de oírse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mira —dijo Nina indolentemente—, la verdad es que no recuerdo una palabra de lo que leí en el libro de Hoff. Lo teníamos en el colegio, naturalmente; es una asignatura obligada en Sociología. —Alegremente, concluyó:— La cuestión es que, por lo visto, el Relativismo nunca me ha interesado... y ahora que estoy casada con un... —echó una mirada alrededor—. Me imagino que no debería decirlo. Todavía no consigo acostumbrarme a este clandestino husmear en torno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Se hace por una buena causa —dijo Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nina suspiró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me gustaría que trabajaras en otra cosa. En el negocio de cordones para los zapatos o incluso en el de postales indecentes. Cualquier cosa de la que pudieras enorgullecerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me siento orgulloso de esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Ah! ¿De verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Soy el lacero de la ciudad —dijo Cussick lacónicamente—. A nadie le gusta ver al hombre que coge los perros. Los niños rezan para que un rayo caiga sobre el lacero. Soy el dentista. Soy el recaudador de contribuciones. Soy todos los hombres serios que andan enarbolando pliegos de papel blanco, advirtiendo a las gentes que han de prepararse para el juicio. Yo no sabía eso hace siete meses. Ahora sí lo sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sin embargo, todavía continúas en el Servicio Secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si —dijo Cussick—. Todavía continúo. Y probablemente continuaré por el resto de mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nina vaciló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Porque la Seguridad es el menor de dos males. Digo males. Naturalmente, tú y yo sabemos que no existe eso que se llama mal. Un vaso de cerveza resulta malo a las seis de la mañana. Un plato de setas parece un infierno antes de acostarse. Para mí, el espectáculo de demagogos enviando a millones de seres a la muerte, arruinando al mundo con guerras fanáticas y derramamientos de sangre, desgarrando naciones enteras para imponer una supuesta «verdad» filosófica o política, es... —se encogió de hombros—... algo obsceno. Asqueroso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;»El comunismo, el fascismo, el sionismo... son opiniones de individuos absolutistas impuestas sobre continentes enteros. Y eso no tiene nada que ver con la sinceridad del caudillo. O con la de sus seguidores. El hecho de que crean en eso hace la cosa todavía más obscena. El hecho de que puedan matarse unos a otros y morir voluntariamente por palabrerías sin sentido... —se interrumpió—. Tú ves a los equipos de reconstrucción; tú sabes lo felices que seremos si alguna vez llegamos a reedificarlo todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero eso de la Policía Secreta... me parece algo despiadado y... bueno, cínico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El insistió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Supongo que el Relativismo es cínico. Seguramente no tiene nada de idealista. Es el resultado de un mundo sacrificado y ofendido, empobrecido y esclavizado por causa de palabras vacías. Es la cosecha de generaciones enteras de muletillas estrepitosas, marchas con fusiles y sables, cantos de himnos patrióticos, charangas y banderas al viento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero es que vosotros los metéis en la cárcel. A la gente que no está de acuerdo con vosotros no la dejáis que no esté de acuerdo... Por ejemplo, ese ministro Jones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Jones puede no estar de acuerdo con nosotros. Jones puede creer lo que quiera; puede creer que la Tierra es plana, que Dios es una cebolla, que los niños nacen en bolsas de papel celofán. Puede tener la opinión que quiera; pero en cuanto empieza a defenderla como verdad absoluta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Entonces lo metéis en la cárcel —dijo Nina apretadamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No —corrigió Cussick—. Entonces intervenimos nosotros; simplemente le decimos: o dentro, o fuera. Pruebe usted lo que está diciendo. Si le gusta decir que los judíos son la raíz de todo mal, pruébelo. Puede usted decirlo si tiene forma de probarlo. De lo contrario, al campo de concentración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es... —sonrió tenuemente—. Es una solución dura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Desde luego que sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si me ves sorbiendo cianuro con una pajita —dijo Nina—, no puedes decirme que no lo haga. Soy libre para envenenarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Puedo decirte que lo que hay en la botella es cianuro, no naranjada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero, ¿y si yo lo sé?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Buen Dios —repuso Cussick—, entonces es asunto tuyo; puedes bañarte en cianuro; Puedes hilarlo y utilizarlo como vestido. Eres una persona adulta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tú... —los labios de ella temblaron—. A ti no te importaría lo que me pudiese pasar. No te importaría que tomase veneno, o lo que fuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick miró su reloj de pulsera; el transporte estaba ya por encima de la masa de tierra norteamericana. Virtualmente, el viaje había terminado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí que me importa. Por eso es por lo que estoy metido en esto; porque me importas tú y porque me importa el resto de la humanidad doliente. —Con aire preocupado añadió:— Pero ahora eso no interesa. Vamos detrás de Jones. Y esta puede ser la única vez en que nuestros métodos se vuelvan contra nosotros mismos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Porque ahora mismo le estamos diciendo a Jones: las cartas boca arriba; veamos la prueba. Y me temo que el muy cabrito nos la va a dar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones había cambiado en muchos aspectos. De pie y silencioso en la puerta, Cussick ignoró al grupo de policías uniformados y estudió al hombre que estaba sentado en la silla colocada en el centro de la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuera del edificio patrullaba una unidad de tanques de la policía, seguida por un regimiento de tropas armadas. Era como si la presencia de Jones hubiese puesto en movimiento una incómoda cadena de flexiones de músculos. Pero el individuo mismo no prestaba atención alguna; estaba allí sentado, fumando, con la mirada baja, el cuerpo tirante. Se parecía al hombre que Cussick había visto en el tenderete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero era más viejo. Aquellos siete meses también le habían cambiado a él. La barba rala le había crecido; el rostro del hombre resultaba ahora impresionante con su áspero cabello negro, que le daba un aire ascético, casi espiritual. Sus ojos brillaban febrilmente. Una y otra vez cruzaba las manos, se humedecía los labios secos, lanzaba miradas nerviosas y cautas alrededor de la habitación. Cussick pensé que si el individuo era en realidad vidente, si de verdad podía ver las cosas con un año de anticipación, habría tenido que prever todo esto en el momento en que Cussick estuvo hablando con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, Jones se dio cuenta de su presencia y alzó la mirada. Se encontraron los ojos de ambos. Cussick empezó a sudar; se dio cuenta, con un escalofrío, de que cuando Jones había hablado con él aquel día, cuando había aceptado sus veinte dólares, había visto esto. Había sabido que Cussick entregaría un informe sobre él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquello significaba, por lo tanto, que Jones estaba aquí voluntariamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por una puerta lateral apareció el director Pearson, con un legajo de papeles en una mano. Se dirigió hacia Cussick, con las botas y el casco brillantes, muy solemne en su uniforme de gala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estamos metidos en un aprieto —dijo sin preámbulos—. Nos hemos quemado las pestañas para comprobar si el resto de su palabrería encaja. Y ha encajado. Ha encajado. Así es que ahora no sabemos qué hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—También yo podría haberles dicho a ustedes lo mismo; que probablemente pasaría eso —reflexionó Cussick—. En siete meses de vigilancia, ¿no han obtenido ustedes un montón de profecías?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí. Pero el expediente dependía de esto; el anuncio de Saunders era la base de nuestro caso. Naturalmente, habrá leído usted ya la publicación oficial de los datos que hay sobre los derivantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Llegó a mis oídos en plena luna de miel. No me interesé mucho, de momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de encender su pipa, Pearson dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Deberíamos comprar a este individuo. Pero dice que no está en venta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La cosa es seria, ¿verdad? No se trata de un impostor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, no tiene nada de impostor. Y lo peor es que todo el maldito sistema está basado sobre la teoría de que tiene que ser un impostor. Hoff nunca tomó esto en cuenta; este brujo está diciendo la verdad. —Agarrando a Cussick por el brazo, le hizo pasar a través del círculo de la policía— Acérquese usted y salúdele. Tal vez él le recuerde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones miró rígidamente a los dos hombres mientras se iban acercando hacia él. Reconoció a Cussick; no había ambigüedad alguna en su expresión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hola —dijo Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones se puso lentamente en pie y se quedaron mirando el uno al otro. Por fin Jones alargó el brazo y se dieron la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo está usted? —preguntó Cussick. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bien —contestó Jones fríamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Usted me conoció aquel día. Usted sabía que yo estaba en la Policía Secreta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No —corrigió Jones—. A decir verdad, no lo supe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero usted sabía que terminaría por estar aquí —dijo Cussick, sorprendido—. Debe usted haber visto esta habitación, esta reunión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No le reconocí a usted. Entonces tenía un aspecto muy diferente. Usted no se da cuenta de lo mucho que ha cambiado en los últimos siete meses. Todo lo que yo supe era que en algún sitio de la feria se estableció un contacto conmigo —hablaba desapasionada, pero tensamente, temblándole un músculo en la mejilla—. Ha perdido usted peso... pero el estar sentado detrás de una mesa no le ha beneficiado en su apostura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué ha estado haciendo en estos últimos meses? —preguntó Cussick—. ¿Ya no está en la feria?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No soy más que un modesto ministro de la Honorable Iglesia de Dios —contestó Jones con un espasmo terco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Parece estar demasiado flaco para ser ministro de cualquier Iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones se encogió de hombros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No se gana mucho. La verdad es que de momento no hay mucha gente interesada. —Luego añadió:— Pero las habrá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Naturalmente usted sabe —intervino Pearson— que toda esta entrevista está siendo registrada. Todo lo que usted diga aquí va a repetirse en el juicio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué juicio? —comentó Jones brutalmente—. Dentro de tres días me soltarán ustedes —torciendo su delgado rostro, con voz fría y metálica, continuó pensativamente—. Desde ahora en adelante ustedes van a estar repitiendo una determinada parábola. Voy a decírsela; presten atención. Un irlandés se entera de que el Banco va a quebrar. Corre a la sucursal donde tiene su dinero y pide que le entreguen hasta el último céntimo de lo suyo. «Sí, señor» dice el cajero cortésmente. «¿Lo quiere usted en metálico o en cheque?» El irlandés contesta: «Bueno, si ustedes lo tienen, no lo necesito. Pero si no lo tienen, quiero que me lo den inmediatamente».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se produjo un silencio embarazoso. Pearson parecía desconcertado; se quedó mirando a Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Voy a repetir eso? —preguntó con aire dubitativo—. ¿Qué quiere decir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quiere decir —explicó Cussick— que nadie está engañando a nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones sonrió apreciativamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿He de deducir —preguntó Pearson, el rostro sombrío y maligno— que usted cree que no podemos hacerle nada?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No creo nada —contestó Jones relamidamente, con una insoportable seguridad—. No lo necesito. Esa es la cuestión. ¿Quieren ustedes mis profecías en metálico o en forma de cheque? Elijan lo que quieran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Profundamente desconcertado, Pearson se retiró a un lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No puedo comprenderle —masculló—. Está loco; no está en su juicio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No —dijo el instructor político jefe, Kaminski. Había permanecido cerca, escuchando con toda atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es usted un tipo raro, Jones —le dijo el hombre huesudo que permanecía nerviosamente en pie junto a la silla—. Hay una cosa que no puedo comprender. ¿Cómo, con su habilidad, estaba usted haciendo el tonto en aquella feria? ¿Por qué despilfarrar así su tiempo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La respuesta de Jones les dejó a todos sorprendidos. Fueron unas palabras que por su candor y su desnuda sinceridad les produjo un choque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Porque estoy asustado —dijo—. No sé qué hacer. Y lo más espantoso de todo es... —tragó ruidosamente— que no me queda ninguna elección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la oficina de Kaminski estaban los cuatro sentados alrededor de la mesa, fumando, y oyendo sombríamente el tableteo distante de las pistolas de la policía abriéndose camino hasta el área del alboroto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Para mí —dijo Jones con voz ronca—, esto es el pasado. Este momento justo, con ustedes tres, aquí en este edificio, transcurrió hace un año. No se trata tanto de que yo pueda ver el futuro; lo peor es que tengo un pie hundido en el pasado. No puedo soltarlo. Estoy retardado; no hago más que volver a vivir un año de mi vida perpetuamente —se estremeció—. Una y otra vez. Todo lo que hago, todo lo que digo, oigo, siento, tengo que experimentarlo dos veces —alzó la voz, estridente y angustiada, sin esperanza— ¡Estoy viviendo la misma vida por partida doble!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En otras palabras —dijo Cussick lentamente—, para usted el futuro es una cosa estática. El conocerlo no le faculta para cambiarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones se echó a reír heladamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cambiarlo? Es algo totalmente rígido. Más rígido, más sólido y permanente que esta pared —furiosamente golpeó con la palma de la mano contra la pared que tenía a su espalda—. ¿Creen ustedes que disfruto de alguna especie de libertad? No se ilusionen... Cuanto menos sepan ustedes acerca del futuro, tanto mejor vivirán. Así por lo menos acarician una bonita ilusión; pueden creer que tienen libre albedrío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero usted no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No —admitió Jones amargamente—. Estoy dando las pisadas que di hace un año. No puedo cambiar ni siquiera una sola. Esta conversación me la sé de memoria. Nada nuevo puede irrumpir en ella; nada puede ser omitido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un momento, Pearson tomó la palabra:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Cuando yo era un chiquillo —dijo con aire reminiscente—, acostumbraba a ir dos veces al cine a ver la misma película. La segunda vez me proporcionaba una cierta superioridad sobre el resto del público. Aquello me gustaba. Yo podía adelantar la frase un segundo antes que los actores. Aquello me daba una sensación de poder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Desde luego —concedió Jones—. También me gustaba esto cuando yo era niño. Pero ya no soy un niño. Quiero vivir como todo el mundo... Tener una vida corriente. Yo no he pedido esto; no ha sido idea mía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es un talento muy valioso —dijo Kaminski astutamente—. Como Pearson dice, un hombre que puede anticipar el diálogo una fracción de segundo antes de que acontezca en el tiempo tiene un poder auténtico. Es un genio por encima del resto de la multitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—De lo que me acuerdo —insistió Pearson— es del desprecio que me inspiraban todas aquellas caras enajenadas. Los muy idiotas, mirando fijamente, temblando, lloriqueando, sintiendo miedo, creyendo en aquello, preguntándose cómo iría a terminar todo. Y yo lo sabía. Aquello me asqueaba. Por eso, a veces, decía en voz alta cual era el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones no hizo ningún comentario. Pensativamente, seguía derrengado en su silla con los ojos clavados en el suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué tal si le ofreciéramos un empleo? —preguntó Kaminski secamente—. Instructor político principal del jefe de instructores políticos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Usted podría ser una ayuda —explicó Pearson—. Podría colaborar en la Reconstrucción. Podría ayudarnos en la unificación de nuestros trabajos y de nuestros recursos. Sería un progreso importantísimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones le lanzó una mirada exasperada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sólo hay un asunto importante. Con eso de la Reconstrucción... —movió impacientemente su mano delgada y huesuda— están ustedes perdiendo el tiempo. Son los derivantes los que importan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué? —preguntó Cussick. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Porque son todo un universo! Están ustedes perdiendo el tiempo en reconstruir este planeta, y ¡por Dios Santo!, podríamos tener un millón de planetas. Planetas nuevos, planetas intocados. Sistemas enteros. Recursos infinitos... y están ustedes cavilando y tratando de rehacer unos pobres pingajos. Remendando ratas, recogiendo migajas, alojando y estrujando a vuestra gente miserable —se volvió, asqueado—. Estamos superpoblados, estamos desnutridos. Otro mundo habitable resolvería todo esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo Marte? —preguntó Cussick suavemente—. ¿Cómo Venus? Mundos muertos, vacíos, hostiles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me refiero a eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿A qué se refiere usted entonces? Tenemos exploradores dando vueltas por todo el sistema. Muéstrenos un sitio donde podamos vivir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No aquí —irritadamente, Jones barrió el sistema solar—. Quiero decir fuera de aquí. En cualquiera de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Forzosamente han de ser mejores?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La colonización entre sistemas es posible —contestó Jones—. ¿Por qué creen ustedes que están aquí los derivantes? Es evidente: están colonizando. Están haciendo lo que nosotros deberíamos estar haciendo: están buscando planetas habitables. Deben llevar millones de años luz viajando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esa respuesta no tiene nada de claro —decidió Kaminski.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es bastante clara para mí —replicó Jones. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya lo sé —asintió Kaminski, turbado—. Eso es lo que me preocupa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pearson preguntó con curiosidad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Sabe usted algo más acerca de los derivantes? ¿Qué ve usted para el año próximo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el rostro de Jones se impuso una expresión dura e impasible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Para eso es para lo que soy un ministro —dijo ásperamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tres hombres del Servicio Secreto aguardaron, pero no hubo nada más. Derivantes era una palabra clave para Jones; a ojos vistas, la palabra hacía vibrar algo profundo y básico en su interior. Algo que crispaba dolorosamente su rostro enjuto; un meollo del fervor llameante había saltado hasta la superficie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No les tiene usted mucha simpatía —observó Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Simpatía? —Jones pareció a punto de estallar—. ¿A los derivantes? ¿A esas criaturas extrañas que vienen aquí, a establecerse en nuestros planetas? —su voz aumentó de tono hasta convertirse en un chillido salvaje e histérico—. ¿Es que no pueden ustedes ver lo que está sucediendo? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;»¿Cuánto tiempo creen ustedes que nos dejarán solos? Ocho mundos muertos; nada más que rocas. Y la Tierra, el único utilizable. ¿No lo ven ustedes? Están preparándose para atacarnos; están utilizando Marte y Venus como bases. Lo que quieren es apoderarse de la Tierra; ¿quién iba a interesarse por esos desiertos vacíos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quizá les interese a ellos —sugirió Pearson un tanto incómodo—. Como usted dice, son seres vivos totalmente extraños. Quizá para ellos la Tierra no signifique nada. Tal vez necesiten condiciones de vida completamente distintas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mirando a Jones intensamente, Kaminski dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Cada forma de vida tiene sus propias necesidades físicas; lo que para nosotros es un desierto estéril resultará un valle fértil para otros, ¿no es así?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La Tierra es el único planeta fértil —repitió Jones con absoluta convicción—. Lo que ellos quieren es la Tierra. Para eso han venido hasta aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así estaba la cosa. Allí estaba, el espectro terrorífico que todos ellos temían. Allí estaba aquello, para destrozar lo cual existían ellos mismos; allí estaba aquello: lo que se les habla enviado a atrapar antes de que se hiciese demasiado grande para ser atrapado. Estaba ante ellos; mejor dicho, se hallaba sentado ante ellos. Porque Jones había vuelto a sentarse; ahora estaba derrengado en la silla, fumando crispadamente, con el delgado rostro distorsionado y una vena oscura latiéndole en la frente. Tras los cristales de sus gafas, sus ojos curiosamente brillantes se habían empañado, atiborrados de pasión. Con el cabello revuelto, erizada la negra barba, un hombre arrugado de brazos larguísimos y piernas enjutas... Un hombre de poder infinito. Un hombre con infinita capacidad de odio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Usted realmente los odia —dijo Cussick, asombrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mudamente, Jones asintió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero no sabe nada sobre ellos, ¿verdad? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Están aquí —respondió Jones airadamente—. Están a nuestro alrededor. Circundándonos. Rodeándonos por todas partes. ¿Es que no pueden ustedes ver sus planes? Están cruzando el espacio, siglo tras siglo... elaborando sus planes, desembarcando primero en Plutón, luego en Mercurio, disponiendo las bases más próximas, más cerca por momentos. Más cerca de la presa; montando bases para el ataque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ataque —repitió Kaminski suavemente, con astucia—. ¿Lo sabe usted? ¿Tiene alguna prueba? ¿O no es más que una idea descabellada?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dentro de seis meses —declaró Jones con voz punzante y metálica—, el primer derivante desembarcará en la Tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nuestros exploradores han desembarcado en todos los planetas —puso de relieve Kaminski, pero su aterciopelada seguridad había desaparecido—. ¿Significa eso que los estemos invadiendo? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hemos estado allí —replicó Jones—, porque esos planetas son nuestros. Los estamos inspeccionando —alzando la mirada, concluyó—. Y eso es lo que están haciendo los derivantes. Están mirando a la Tierra. Precisamente ahora, están mirándonos. ¿No sienten ustedes sus ojos sobre nosotros? Ojos asquerosos, repulsivos, extraños, ojos de insecto...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Horrorizado, Cussick gritó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esto es algo patológico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Puede usted ver eso? —insistía Kaminski.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero, ¿lo ve usted? ¿Ve usted una invasión? ¿Destrucciones? ¿Derivantes apoderándose de la Tierra?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dentro de un año —declaró Jones—, habrá derivantes aterrizando por doquier. Cada día de la semana. Diez aquí, veinte allí. Hordas y hordas. Todos idénticos. Incalculables hordas de asquerosos seres extraños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Haciendo un esfuerzo, Pearson dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sentándose a nuestro lado en los autobuses, supongo. Queriendo casarse con nuestras hijas, ¿no es así?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jones debía de haber adivinado la observación; un segundo antes de que Pearson hablara, la cara del hombre se puso blanca como la tiza, y se agarró convulsivamente a los brazos del sillón donde estaba sentado. Luchando consigo mismo, esforzándose por mantener su dominio, contestó entre dientes:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La gente no va a soportarlo, amigo. Puedo verlo. Va a haber quemas. Esos derivantes son seres secos, amigo. Arden bien. Habrá que recoger mucha basura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kaminski soltó un juramento en voz baja, furiosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dejadme salir de aquí —empezó a decir, sin dirigirse a nadie en particular—. No puedo soportarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tómelo con calma —dijo Pearson secamente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No puedo, no lo resisto —fútilmente, Kaminski daba vueltas alrededor—. ¡No hay nada que podamos hacer! No podemos tocarle; realmente él está viendo esas cosas. Está libre de nosotros... y él lo sabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era el principio de la noche. Cussick y Pearson estaban juntos en el oscuro pasillo del piso superior de las oficinas de la Policía. A unos cuantos pasos de distancia aguardaba un ordenanza, con rostro blanduzco bajo su casco de acero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno —empezó a decir Pearson. Tuvo un escalofrío—. Hace frío aquí. ¿Por qué no vienen usted con su mujer a cenar a mi casa? Podríamos hablar, cambiar impresiones, discutir el asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cussick contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Con mucho gusto, gracias. Usted no conoce a Nina, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. Creo que estaba usted de licencia. ¿Pasando la luna de miel?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Algo parecido. Conseguimos un lindo piso en Copenhague... Estábamos empezando a pintarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo pudo usted encontrar casa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La familia de Nina me ayudó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Su esposa no está en la Seguridad, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. Arte e Idealismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué opina ella sobre que sea usted policía?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No le gusta. Se pregunta si es una profesión necesaria. Piensa que es quizá la nueva tiranía —Cussick añadió, irónicamente—. Después de todo, los absolutistas se están extinguiendo. Dentro de unos cuantos años...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cree usted que Hitler era un adivino? —preguntó Pearson de pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, lo creo. No tan desarrollado como Jones, naturalmente. Sueños, atisbos, intuiciones. También para él el futuro era una cosa fija. Y se permitía grandes jugadas. Creo que Jones también comenzará a hacer lo mismo, ahora que está comenzando a comprender para qué se halla sobre la Tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la mano de Pearson había un documento doblado. Distraídamente golpeó con él sobre las puntas de sus dedos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Sabe usted qué idea insensata se me ocurrió hace poco? Iba yo bajando cuando le tenían en aquella habitación. Pensé que le abriría las mandíbulas y le metería una píldora A por la garganta. Le estallaría la osamenta hecha añicos. Pero luego caí en la cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No puede ser asesinado —completó Cussick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Puede ser asesinado. Pero no puede ser cogido por sorpresa. Para matar a Jones habría que bloquearlo por todas partes. Y nos lleva una delantera de un año. Morirá; es un mortal como nosotros. Hitler murió al fin. Pero Hitler escapó en su época de un montón de balas y venenos y bombas. Haría falta un anillo cerrado para hacerlo, una habitación sin puertas. Y por la expresión de su rostro puede usted saber que todavía hay una puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llamó al ordenanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Entregue esto personalmente. Ya sabe usted dónde; en el piso de abajo en el despacho 45 A. Donde tienen cogido al tipo ese huesudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ordenanza saludó, recogió el documento y se alejó con un trotecito rápido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Usted opina que él se cree todo eso? —preguntó Pearson—. Acerca de los derivantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nunca lo sabremos. Hay algo raro en eso. Naturalmente, es verdad que van a aterrizar; se pulsan ellos mismos a la ventura, ¿no es así?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A decir verdad —continuó Pearson por su cuenta—, uno ha aterrizado ya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Vivo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Muerto. Están trabajando en la investigación. Al parecer el secreto será mantenido... hasta que aparezca otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Puede dar algún detalle?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Muchísimos. Es un organismo gigantesco unicelular, que emplea el espacio vacío como medio de cultivo. Deriva, usando una especie de órgano de propulsión. Es absolutamente inofensivo. Es una ameba. Tiene una anchura de seis metros. Posee una forma de corteza rudimentaria para resguardarse del frío. No se trata de ninguna invasión siniestra; esos pobres seres condenados vagan en torno sin propósito alguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué comen?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nada. Siguen viviendo hasta que se mueren. No tienen mecanismo alguno para alimentarse, ni ningún proceso digestivo, ninguna excreción, ningún aparato reproductor. Son incompletos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es extraño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Al parecer hemos tropezado con un enjambre de ellos. Seguramente han empezado a caer. Se desplomarán aquí y allá, estallarán en sitios alejados, caerán sobre los coches, se aplastarán en los campos. Llenarán los lagos y los ríos. Serán una plaga. Apestarán y se pudrirán. Lo más probable será eso: que se limiten a morir tranquilamente. Babeándose al sol... Precisamente el calor es lo que ha matado al que tenemos; lo ha cocido como a un bollo. Y mientras tanto la gente tendrá algo en que pensar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Especialmente después de que Jones ha iniciado la cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si no hubiese sido Jones, habría sido cualquier otro. Pero Jones tiene ese talento, esa ventaja. Sabe montar el escenario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El documento ese era la orden poniéndolo en libertad, ¿no es así?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Exactamente —repuso Pearson—. Está libre. Hasta que no elaboremos una ley nueva, es un hombre libre. Para hacer lo que quiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la diminuta, blanquísima y ascética celda de la Policía, Jones se dedicaba a enjuagarse la boca con el Tónico Especial para la Garganta del Dr. Hammerton. El tónico era amargo y desagradable. Trasladaba la buchada de un carrillo a otro, la mantenía durante un momento sobre la parte superior de su tráquea y la escupía luego al lavabo de porcelana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin hacer comentarios, los dos policías uniformados, uno a cada extremo de la habitación, vigilaban. Jones no les prestaba la menor atención; mirándose al espejo colocado encima de la palangana, se peinó escrupulosamente los cabellos. Luego se pasó el pulgar por los dientes. Quería estar en forma; dentro de una hora iba a verse metido en asuntos importantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un momento trató de recordar lo que sucedía a continuación. La orden de libertad estaba ya en marcha, o así le parecía al menos. Hacía tanto tiempo que había ocurrido aquello... todo un año había pasado, y los detalles se habían difuminado. Vagamente guardaba el recuerdo de un policía que entraba con algo, un papel cualquiera. Eso era: aquella era la orden de libertad. Y después de eso venía un discurso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El discurso estaba todavía muy claro en su memoria; no lo había olvidado. Le acometió el fastidio al pensar en aquello. Tener que decir las mismas palabras, repetir los mismos gestos. Las viejas acciones mecánicas... acontecimientos pasados, secos y polvorientos, chirriando bajo la sabana niveladora de una época lúgubre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mientras tanto, la onda viviente continuaba centelleando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un hombre con los ojos en el presente y el cuerpo en el pasado. Incluso ahora, mientras estaba examinando su traje deteriorado, alisando su cabello, frotando sus encías; incluso estando allí, en la aséptica celda de la Policía, sus sentidos se hallaban fuertemente pegados a otra escena, a un mundo que todavía se agitaba con vitalidad, un mundo que no se había hecho rancio. Mucho había sucedido en el año próximo. Y mientras se rascaba viciosamente el mentón cubierto de barba espinosa, arrancándose un viejo barrillo, la ola descubría nuevos instantes, nuevas excitaciones y acontecimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ola del futuro estaba alzando conchas increíbles para que él las examinara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Impacientemente, se acercó a la puerta de la habitación y miró afuera. Aquello era lo que más odiaba; la cosa repulsiva. La jalea del tiempo: no se le podía dar prisa. Era algo que se arrastraba con cansados pasos de elefante. Nada le hacía ir más aprisa; era algo monstruoso y sordo. Y él había agotado ya el año próximo; estaba totalmente harto de él. Pero iba a acontecer de un momento a otro. Le gustase o no —y no le gustaba—, iba a tener que revivirlo pulgada a pulgada, volviendo a experimentar en su cuerpo lo que hacía mucho tiempo había experimentado en su mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así le había sucedido durante toda su vida. El desfasamiento había existido siempre. Hasta que cumplió los nueve años, se había imaginado que todo ser humano debía sufrir la duplicación de todos los instantes de vida. A los nueve años había vivido dieciocho años. Estaba agotado, deshecho, aplastado por un sentido de fatalidad. A los nueve años y medio comprendió que era el único individuo gravado con aquella carga. A partir de entonces su resignación se convirtió rápidamente en rabiosa impaciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había nacido en Colorado, el 11 de agosto de 1977. La guerra estaba todavía en su apogeo, pero había pasado de largo el centro oeste de América. La guerra no había pasado nunca por Greeley, Colorado; nunca había llegado hasta allí. Ninguna guerra podía alcanzar a todas las ciudades, a todos los seres humanos vivos. La granja que mantenía a su familia continuaba casi como de costumbre: una unidad económica que se autoabastecía y continuaba una rutina estancada, ignorante e indiferente hacia la crisis del género humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los primeros recuerdos eran extraños. Más tarde había tratado de desenmarañarlos. El feto lánguido había ya experimentado impresiones de un mundo no existente todavía; mientras estaba acurrucado en las entrañas sangrientas de la madre, una fantasmagoría, incomprensible y vívida, se arremolinaba a su alrededor. Simultáneamente había estado tendido al sol brillante de un otoño del Colorado y vegetado tranquilamente en el negro saco mojado, goteante proveedor de todo. Había conocido el terror del nacimiento antes de ser concebido; en la época en que el embrión tenía ya un mes de edad, el trauma llevaba largo tiempo de existencia en el pasado. El hecho real del nacimiento no tuvo para él significación alguna; mientras se balanceaba colgado del puño del doctor, la verdad era que llevaba ya en el mundo un año entero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se asombraban de que el nuevo bebé no lloraba. Y de cómo su proceso de aprendizaje fue tan rápido. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es más; en cierta ocasión, él se había hecho estas conjeturas: ¿cuál era el verdadero momento de su origen?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿En qué momento del tiempo había llegado a existir realmente por vez primera? Mientras flotaba en el útero había estado claramente vivo, sensible. ¿A qué punto se retrotraían las primeras memorias? Un año antes del nacimiento, él no era todavía una unidad; ni siquiera un cigoto. Los elementos que lo formaban no se habían juntado aún. Y en la época en que el óvulo fertilizado había empezado a dividirse, la pared había saltado mucho más allá del momento del nacimiento: a tres meses de distancia en el otoño cálido, polvoriento y brillante de Colorado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un misterio. Terminó por dejar de pensar en eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En sus primeros años de niñez había aceptado su doble existencia aprendiendo a integrar los dos continuos. El proceso no había resultado fácil. Durante meses se había arrastrado penosamente hacia puertas, muebles, paredes. Se había rebelado a tomar una cucharada de aceite de hígado de bacalao un año antes de que se la dieran; había rechazado frenéticamente un pezón olvidado hacía mucho tiempo. La confusión le había llevado al borde de la muerte por inanición; había sido alimentado a la fuerza, y a la fuerza se le impidió alejarse de la existencia. Naturalmente se supuso que era un retrasado mental. Un bebé que se empina por objetos invisibles, que trata de pasar las manos por los tableros cerrados de la cuna...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero a los cuatro meses ya estaba diciendo palabras completas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunas escenas de su niñez, reforzadas por el doble acaecimiento, no habían abandonado nunca su recuerdo. Una de ellas surgió ahora, mientras se hallaba en la blanca y solitaria celda de la Policía, aguardando impaciente su orden de libertad. Cuando él tenía nueve años y medio, había llegado la primera bomba de hidrógeno. No la primera bomba de hidrógeno arrojada en la guerra, naturalmente; ya habían caído docenas en el mundo. Esta era la primera que atravesaba las intrincadas pantallas que guardaban el corazón de América, la región desde las Montañas Rocosas al Mississipi. La bomba había estallad
